la batalla de caracas
El secuestro de Nicolás Maduro fue un golpe contundente al mentón del chavismo. Y un mensaje de disciplinamiento para el resto de los gobiernos de la región. El autor de esta nota viajó a Caracas para conversar con la nueva presidenta del país y diversas fuentes del oficialismo, con el fin de averiguar de primera mano qué pasó el 3E. Y en qué consiste la estrategia venezolana para ganar tiempo sin entregar la soberanía.
En la madrugada del 3 de enero, cuando aún estaba oscuro, Venezuela despertó bajo fuego extranjero. Unas 150 aeronaves militares de los Estados Unidos penetraron el territorio nacional, asaltaron el complejo castrense de Fuerte Tiuna y secuestraron al presidente Nicolás Maduro, junto con su esposa, Cilia Flores.
Las primeras explosiones se escucharon poco después de las dos de la madrugada. Fueron precedidas por un ataque cibernético similar al que neutralizó la defensa iraní durante la Guerra de los Doce Días, en junio de 2025. Parte de Caracas quedó sin electricidad. Los sistemas de radares fueron inhabilitados y las baterías antiaéreas rusas y chinas anuladas. Los canales de comunicación utilizados por las Fuerzas Armadas locales también enmudecieron, al menos parcialmente.
Para cumplir el plan trazado por el Pentágono, las aeronaves despegaron desde casi veinte puntos distintos, incluidas las embarcaciones que se habían instalado en el mar Caribe las últimas semanas. La primera línea de combate estuvo conformada por aviones EA-18G Growler, fabricados para acciones de neutralización electromagnética. Luego atacaron helicópteros Sikorsky MH-60M DAP, Boeing MH-47G Chinook y Bell AH-1Z Viper, utilizados en el enfrentamiento directo, a su vez resguardados por aviones F-22 y F-35. La incursión tenía una doble misión: destruir dispositivos de defensa aérea —ubicados principalmente en los aeropuertos de Higuerote, del vecino estado de Miranda, y La Carlota en la capital— y ocupar el Fuerte Tiuna para secuestrar al presidente.
Maduro y Flores fueron sorprendidos mientras dormían. Según informaron los militares estadounidenses, ambos habrían intentado correr hacia un búnker de la residencia, pero los soldados los interceptaron e inmovilizaron. La captura fue a las tres de la mañana. Veinte minutos más tarde la pareja fue trasladada en helicóptero hasta el buque anfibio USS Iwo Jima, esposados de pies y manos. Desde allí volaron hacia Nueva York, donde terminaron encarcelados en el Centro Metropolitano de Detención, ubicado en Brooklyn.
el apriete
Pocos minutos después del secuestro, la entonces vicepresidenta Delcy Rodríguez recibió la llamada de un intermediario que le transmitió un ultimátum de Marco Rubio, secretario de Estado norteamericano: el presidente estaba muerto y los nuevos responsables del Gobierno venezolano tenían quince minutos para declarar su rendición o una segunda ola de ataques sería desatada. La primera respuesta fue que Venezuela no iba a capitular. Ante el aparente fracaso de su maniobra para apurar el desenlace, Rubio rectificó el mensaje anterior y reconoció que Maduro y Flores estaban bajo custodia de Washington. La vicepresidenta se negó a establecer contacto alguno antes de que hubiera una prueba de vida de la pareja presidencial. Fue por ese motivo que Donald Trump publicó en sus redes la noticia de que el mandatario había sido capturado. Y poco después comenzó a circular la foto del presidente venezolano esposado y con gafas oscuras, a bordo de un helicóptero. A partir de ese momento Delcy Rodríguez aceptó entablar conversaciones directas con el secretario de Estado, una estrategia que había sido trazada por Maduro en noviembre pero la Casa Blanca rechazó.
Además de la captura de la máxima autoridad y de su esposa, debieron morir más de 100 personas, entre ellos 32 soldados cubanos, para que finalmente comenzaran las negociaciones. Varios cayeron resistiendo el ataque, a pesar de la inmensa asimetría militar. Pero existen oficiales venezolanos que están bajo custodia e investigación a la espera de determinar si actuaron con negligencia, o fueron sobornados, o directamente traicionaron. De hecho, la operación expuso fallas y fisuras en el dispositivo de seguridad estatal. Venezuela había sido herida en su centro nervioso, en el punto en que un proceso revolucionario no puede vacilar: el mando político y simbólico.

En las primeras horas, la indignación popular convivió con la aprehensión y el miedo. El secuestro del presidente pretendía producir un terremoto psicológico: sembrar pánico, estimular deserciones, provocar disputas internas. El objetivo era crear un escenario que condujera al chavismo a la capitulación. Pasados los días iniciales, la niebla comenzó a disiparse y surgió la paradoja: Washington mostró capacidad para golpear a la revolución bolivariana, pero no para establecer en el poder a una coalición alineada con la Casa Blanca. Logró atacar el corazón del chavismo, pero sin fuerza inmediata para sustituirlo por un gobierno de derecha con base social, capilaridad territorial y legitimidad institucional.
El propio Trump, con movimientos erráticos, descartó a las figuras más evidentes de la extrema derecha venezolana, especialmente a María Corina Machado, reconociendo su falta de credibilidad y respetabilidad. A pesar del violento ataque militar y del cerco al bloque chavista, no existe un “nuevo Estado” para ocupar el lugar del viejo. Emergió una correlación de fuerzas marcada por un equilibrio precario. Por un lado, la superpotencia dispone de superioridad aérea y naval capaz de bloquear el país, estrangular el comercio, paralizar rutas, destruir infraestructura, imponer dolor social a gran escala y, si lo desea, ejecutar nuevas incursiones bélicas. Por otro lado, el Estado venezolano permanece en pie: gobierna, controla las instituciones, mantiene el mando territorial, preserva la integridad de las Fuerzas Armadas y continúa apoyado por un movimiento popular arraigado, cuya existencia no se borra con un secuestro.
Cuando la victoria rápida no es posible, el imperialismo busca la victoria lenta. Trump opera en ese terreno: exigir las concesiones más brutales, deshidratar al chavismo, humillar a su dirección, insinuar traiciones, fomentar rumores, producir desconfianza entre militares y civiles, abrir grietas en el bloque histórico que ha sostenido la Revolución Bolivariana desde 1999. La Casa Blanca intenta presentar al gobierno interino como un títere y difundir la idea de que todo ya estaría decidido. No es verdad, pero la repetición convierte la mentira en “clima”. La prensa occidental, con sus agencias, organiza la guerra de narrativas. Naturaliza el secuestro, relativiza la agresión, encuadra la violencia imperial como “respuesta” a una supuesta amenaza. Y, cuando no logra fundar ese argumento, intenta al menos confundir. Este método, antiguo, cumple una función concreta: desarmar la solidaridad, diluir el escándalo, normalizar la barbarie.
realismo socialista del siglo XXI
Para el chavismo, el dilema es duro. Resistir sin caer en la trampa de un enfrentamiento directo claramente desigual. Un choque frontal con Estados Unidos sería, hoy, suicida. La superioridad bélica norteamericana es aplastante y la operación del 3 de enero dejó este escenario al descubierto. Tampoco existe, en el horizonte, un escudo militar que pudiera ser ofrecido por China o Rusia. El cálculo geopolítico es implacable y desfavorable para Caracas.
Si la guerra abierta es una trampa, queda la política como campo principal. Esa ha sido, desde el primer momento, la apuesta de la ahora presidenta Delcy Rodríguez. Al mismo tiempo que actúa para detener la ofensiva norteamericana recurriendo a concesiones económicas y gestiones diplomáticas, necesita mantener cohesionado el bloque chavista, impedir desagregaciones, preservar la gobernabilidad cotidiana e impulsar la energía de las calles. Su tarea no se limita a administrar un Estado bajo cerco, con el líder secuestrado: sobre todo, debe derrotar la estrategia de asfixia impuesta por la superpotencia.
El primer eje es la legitimidad. Denunciar la agresión imperial, reafirmar la soberanía y exigir la liberación inmediata de la pareja presidencial son actos de defensa nacional, no de propaganda. Convertir el secuestro en una cuestión internacional es indispensable para elevar el costo político del agresor. Si el mundo “acepta” que un presidente constitucional pueda ser capturado, mañana cualquier país del Sur Global puede sufrir lo mismo. El precedente es venenoso.
El segundo eje es el funcionamiento del Estado. Ante una crisis de esta naturaleza, la “normalidad” se vuelve un arma. Mantener servicios, cadenas de mando, abastecimiento, rutinas administrativas y señales de estabilidad es negar al enemigo la victoria simbólica. El mensaje debe ser inequívoco: Venezuela sigue gobernándose a sí misma. El intento de decapitación fracasó.
El tercer eje es la movilización popular. El chavismo no es un partido, sino un movimiento social que nació de una rebelión histórica contra el viejo Estado oligárquico y la subordinación al capital extranjero. Si las bases se desmovilizan, el Estado pierde músculo. Si la indignación se dispersa, se transforma en miedo o cinismo. La dirección debe organizar la rabia, darle forma, disciplina y horizonte.
El cuarto eje es la ampliación de alianzas internas. Delcy Rodríguez intenta construir un arco más amplio de apoyos, convocando sectores que, aun no siendo chavistas, comprenden que la intervención extranjera es una amenaza existencial. Medidas de distensión, como la reciente ley de amnistía, pueden reducir fricciones internas y aislar a los grupos que apuestan por el caos como atajo hacia el poder.
Estos movimientos no eliminan contradicciones. El chavismo gobierna un país presionado por años de sanciones, con dificultades económicas reales y tensiones sociales acumuladas. El imperialismo apuesta justamente a la combinación entre cerco externo y desgaste interno. Por ello, la defensa nacional no puede ser solo militar o diplomática: debe ser social. Sin proteger a los pobres, sin garantizar mínimos de bienestar, sin mantener la cohesión comunitaria, ninguna soberanía resiste.
la concesión vence al tiempo
Vale recordar la lección histórica de Brest-Litovsk, inmediatamente después de la revolución rusa. En los primeros meses de 1918, aún durante la Primera Guerra Mundial, Alemania presentó condiciones humillantes para un armisticio, incluido el control sobre territorios que contenían un tercio de la población rusa, el 50% de la industria y el 90% de las minas de carbón. Dentro del partido bolchevique muchos exigían una “guerra revolucionaria”. Pero Lenin insistió en un acuerdo a cualquier costo: era necesario ganar tiempo, preservar el poder político, aceptar retrocesos tácticos para evitar una derrota estratégica. Aun así, apenas dos meses después de firmado el tratado con el imperio prusiano, las fuerzas contrarrevolucionarias lanzaron al primer Estado socialista a una brutal guerra civil con la invasión de catorce ejércitos extranjeros. Los bolcheviques lograron triunfar en 1922, como se sabe, pagando terribles pérdidas materiales y humanas, pero esa es otra historia.
La analogía con Venezuela no está en los detalles, sino en la esencia del dilema: cuando la fuerza del enemigo es desproporcionada, la cuestión central es salvar el poder político. Los territorios se recuperan. Las riquezas se vuelven a comprar. Pero perder el Estado ante la oligarquía o el imperialismo suele significar décadas de regresión, privatización salvaje, represión y venganza social. En Venezuela el petróleo es el nudo del chantaje, riqueza estratégica y objetivo histórico de codicia. Trump quiere petróleo y quiere, sobre todo, el control político que el petróleo permite. Las concesiones pueden comprar tiempo, aunque abran puertas al peligro de la dependencia estructural. Como saben los propios dirigentes chavistas la frontera entre maniobra táctica y rendición estratégica puede ser estrecha y el enemigo trabaja para convertir una en la otra. Se trata, sin embargo, de la única opción realista efectivamente disponible.
El tiempo es un recurso decisivo. Si el Gobierno venezolano logra atravesar los próximos meses sin guerra abierta y sin colapso interno, podrá aprovechar fisuras en el propio sistema político estadounidense. Las elecciones parlamentarias de noviembre pueden reducir el margen de maniobra de Trump y obligarlo a recalcular. No por virtud democrática sino por aritmética del poder. Un presidente acorralado internamente suele ser más peligroso. Puede ser, no obstante, obligado a negociar en términos menos leoninos. Aun así nadie debe alimentar ilusiones, ya que la política exterior de Estados Unidos no se define por los caprichos de un hombre. Expresa intereses estructurales: hegemonía hemisférica, contención de rivales globales, control de recursos. El intervencionismo es política de Estado. Cambian los envases, permanece el contenido. Las que varían son las condiciones de la resistencia.
El chavismo ha buscado combinar firmeza y flexibilidad. Firmeza para impedir la sustitución del Estado por un protectorado. Flexibilidad para ampliar alianzas, reducir tensiones internas y negociar lo necesario sin perder lo esencial. La seducción del voluntarismo —el gesto épico, la bravata, la “guerra por honor”— puede ser fatal cuando el enemigo tiene medios para transformar el heroísmo en masacre.
Existe una dimensión simbólica decisiva: el imperialismo quiere quebrar la idea de que es posible resistir. Humillar para domesticar. Probar que ningún proyecto soberano se sostiene frente a su hegemonía. Y por eso la resistencia venezolana, incluso cuando recurre al repliegue táctico, necesita mantener alto el sentido estratégico: defender el poder popular, preservar conquistas sociales, sostener la dignidad nacional.
La Revolución Bolivariana llegó a su momento más dramático precisamente porque enfrentó la pregunta fundamental: quién manda en el Estado y al servicio de quién. Chávez abrió un ciclo que desplazó riqueza, voz y soberanía en favor de los de abajo. El imperialismo quiere revertir ese desplazamiento, colocando nuevamente el petróleo y el Estado en manos de las viejas élites y del capital extranjero.
Delcy Rodríguez, en esta etapa, ha dirigido el gobierno más con frialdad que con espectáculo, prefiriendo la paciencia al improviso. Su misión es reagrupar líneas de defensa, reconstruir confianza, reorganizar fuerzas y atravesar la tormenta sin entregar el timón. El futuro del chavismo puede depender de negociaciones duras y, a veces, ultrajantes. Pero la historia enseña: las concesiones tácticas pueden ser reversibles; la pérdida del poder, casi nunca.
un arma estratégica
Existe, finalmente, una tarea que trasciende a los gobiernos y es construir conciencia latinoamericana. La agresión del 3 de enero debe leerse como advertencia. La soberanía regional continúa en disputa y el imperialismo no dudará en recurrir a la fuerza cuando sus herramientas “suaves” fracasen. La respuesta debe ser continental, popular y persistente.
La historia no está escrita. El secuestro de Maduro y Flores constituye un crimen y una provocación. Que nadie se engañe: lo que está en juego es si la fuerza sustituirá al derecho, si el imperialismo impondrá su ley mediante la intimidación, si América Latina aceptará retornar al estatuto de colonia. Frente a esta amenaza, la única respuesta digna es la solidaridad activa con Venezuela, denuncia sin ambigüedades de la agresión estadounidense y movilización permanente en defensa de la soberanía de los pueblos.
Existe también un aspecto material que no puede tratarse como nota al pie: la guerra económica, que precede al ataque militar y continúa después de él. Sanciones financieras, bloqueo de activos, prohibiciones de transacción, persecución de buques, amenazas a empresas y bancos. Todo ello compone un sistema de asfixia que busca producir, mediante la escasez, la rendición social. La estrategia es estrangular la capacidad del Estado de importar, invertir, pagar y producir; hacer que la inflación erosione los salarios; transformar la vida cotidiana en filas, incertidumbre e irritación; y luego atribuir el caos al propio gobierno sitiado.
En ese mecanismo la propaganda realiza el servicio final. La crisis se presenta como prueba de “ineficiencia” o “corrupción congénita”, omitiendo que la principal variable es externa, deliberada y planificada. No se trata de negar errores internos, contradicciones, burocratización, disputas o ineficiencias. Se trata de rechazar el truco imperial de incendiar la casa y culpar al residente por el humo. El debate sobre los límites del chavismo es posible cuando se reconoce el contexto de cerco permanente.
El secuestro del presidente, en ese sentido, intenta completar la ecuación: si el estrangulamiento económico no derribó al Gobierno, se corta la cabeza del Estado. La respuesta venezolana, por lo tanto, necesita combinar defensa nacional y recomposición social. No basta con denunciar. Es necesario proteger al pueblo del impacto de la guerra económica, porque es el pueblo quien sostiene la resistencia. Esto implica políticas de abastecimiento, defensa del salario, protección de servicios básicos, combate al mercado especulativo y, sobre todo, capacidad de comunicar con claridad: decir al país qué sacrificios son inevitables, qué medidas se están tomando y qué líneas no serán cruzadas. La verdad, en tiempos de cerco, es un arma estratégica.
También es crucial reorganizar la política regional. El golpe contra Venezuela envía un mensaje a toda América Latina: quien ose controlar sus recursos, diversificar alianzas y limitar el saqueo externo será castigado. Por ello, la pasividad de los gobiernos vecinos se revela, además de inmoral, miope. Hoy es Caracas; mañana podría ser Bogotá, La Paz, Ciudad de México o Brasilia, si la autonomía toca intereses sensibles. El imperialismo prueba límites; cuando no encuentra resistencia, avanza.
Corresponde a las fuerzas progresistas del continente recolocar la integración como cuestión de seguridad colectiva. ALBA, CELAC, Unasur o cualquier instrumento que llegue a existir: el nombre importa menos que la disposición de construir una muralla diplomática contra la intervención. Sin coordinación regional cada país se convierte en un objetivo aislado, fácilmente presionado por sanciones, chantajes comerciales y amenazas militares. La soberanía, en el siglo XXI, es también solidaridad organizada.
Por último, está la batalla del derecho. El secuestro de un presidente electo y el ataque a instalaciones militares de un Estado soberano deben ser tratados como un crimen internacional, sin eufemismos. Si el mundo admite este precedente, el orden internacional se convierte en una farsa total. La defensa de Venezuela es, por lo tanto, la defensa del principio básico de que ningún país tiene derecho a decidir, por la fuerza, el gobierno de otro. El chavismo atraviesa una hora sombría, pero no una hora final. En las revoluciones, la resistencia se construye con largas travesías, repliegues tácticos, reorganizaciones, paciencia y coraje. El imperialismo quiere un desenlace rápido, ejemplar y pedagógico. Corresponde a los venezolanos —y a los pueblos del continente— frustrar ese guion. Venezuela no está sola si América Latina decide que no vuelve al pasado. Ante quienes preguntan “¿vale la pena?”, la respuesta está en la historia: cada concesión hecha al imperio por miedo se convierte en una exigencia mayor mañana. Resistir es costoso, pero rendirse suele costar el alma de una nación.





