zafé por un pelito

Normalizados en la conversación pública y más accesibles desde lo económico, los implantes capilares se popularizan entre los hombres que ven sus cabellos arrasados por la calvicie. El procedimiento es doloroso e incómdo, pero muchos varones están dispuestos a hacerse una cirugía estética para detener las consecuencias del paso del tiempo. Cinco pelados que pasaron por el quirófano comparten las primeras señales, sus esperanzas, incomodidades y conclusiones.

Tengo 43 y me cuido el pelo prácticamente desde los 19 años. Yo tengo dos implantes. Me hice uno, el primero, con cicatriz, hace diez años más o menos, y este último fue hace nueve meses y la verdad que aplaudo. Así, diez puntos. Tengo como quería tener. El pelo es parte de mi identidad. No aceptaba verme pelado. Yo tengo a mi hermano, que se quedó pelado a los 15 años. Tiene 50, cabeza redonda, ojos claros, barba. Yo no tenía la cabeza para ser pelado, no lo sentía, por eso es que decidí, por estética, por mi personalidad y por mi esencia, seguir manteniendo el pelo. El pelo siempre me gustó tenerlo así: loco, largo, todo zaparrastroso. Cuando me operé, la segunda operación que me hago, no sabía cómo iba a reaccionar la cabeza, pero me reaccionó de diez y la verdad que fue muy natural, se ve muy natural. Si yo te mostrara la foto anterior, es increíble el cambio. Todo el mundo me lo ve. [Me dicen] “mirá el pelucón” y eso te hace sentir importante, como que la inversión valió la pena. En mi primera operación debo haber tenido 33 años, fue con la técnica de la cicatriz, el bisturí, donde te sacaban toda la tira [de piel] de atrás, de la nuca. Te anestesian la cabeza, [pero] vos estás despierto. Te abren acá, te sacan una tira de piel con pelo y ahí te sacan los bulbos para después implantártelos. Vos estás despierto, con anestesia local, viendo tele, viendo cómo te operan. Cuando me hice la operación, había empezado a tener una caída muy fuerte, no había con qué recuperarla. Y bueno, me había peleado también en ese momento con mi novia. Era una pareja con la que había estado mucho tiempo y la autoestima baja mucho. No era barato, era caro. Te estoy hablando de que en ese momento me salió 14.000 pesos, hace 10 años. Hoy este implante me salió 1.200.000. El pelado, si no es la Bruja Verón [exjugador de fútbol], por decirte, no tiene buena llegada. Si no sos bien portado, la cabeza justa para ser pelado y los ojos, no te queda bien. Si te ves pelado, tu autoestima no te va a convencer. Vas a estar todo el tiempo mirándote en los espejos y eso. Yo estaba así, mirá [hace como que se peina]: tapándome la entradita, poniéndome la gorra, probando. Y no. Mi hijo tiene siete años y tiene, pobrecito, poquito pelo. Qué sé yo. Es trabajar la autoestima con tiempo. Sin embargo, él sabe que yo me operé y me dice “papi, qué pelazo que tenés”. De acá a diez años, cuando [mi hijo] tenga 18, va a haber un champú que te vas a tirar y te va a crecer el pelo. Cuando vos te hacés un implante de pelo, el cuidado es para toda la vida. Así como las pibas que se hacen las gomas y cada tanto se tienen que cambiar la silicona. Hoy está renormalizado, hoy cualquiera se pone pelo. El primer actor que se puso pelo o que renegó mucho con eso fue Gastón Pauls. En la clínica donde voy a tratarme había una persona de 60 años que estaba por entrar al quirófano. Un viejo. Qué sé yo, es una renovación, pero yo a esa edad no me lo hago.

Luis, 43 años, repartidor, músico y streamer.

desarma y sangra

Cuando me empezó a aparecer la alopecia, que es la caída del cabello por una cuestión genética, no lo quería asumir. Empecé con unos tratamientos localizados, sin consultar con nadie, con unas gotitas de minoxidil. Y no tuve buen resultado. El tema me estaba incomodando. Cuando fui a Hair Recovery el año pasado, ellos tenían registrado que yo había hecho una consulta hacía como diez años. No me acordaba. Se ve que ya en ese momento estaba viendo que tenía entradas. Yo hago psicoanálisis y me ayudó bastante porque logré darme cuenta de que el rechazo que tenía a hacerme una intervención estética era algo que estaba en mí. Yo mismo, en cierta medida, tenía un discurso de que la persona que se hacía cosas de estética [se detiene]… lo veía como algo malo, innecesario. Me daba hasta pena. Decía: “Oh, qué insegura tal persona que se tiene que hacer algo para sentirse bien”. Era reticente a los implantes mamarios, a ponerse bótox. Y, claro, quizás yo estaba rechazándolo en mí mismo sin darme cuenta, porque por dentro me estaba pasando todo eso y después lo pude ver desde otra perspectiva, como una solución. Obviamente, salvando las distancias, porque esto es una intervención más brusca. Cuando fui a hacerme el tratamiento, la verdad que fui con bastante confianza, tranquilo. No lo padecí para nada, al contrario, disfruté el proceso de la cirugía. Me cagué de risa con las personas que estaban ahí haciéndome la intervención. La pasamos hasta bien, te diría. El proceso dura como seis, ocho horas. Te sacan pelo de la nuca y los laterales porque tienen una genética diferente de la de arriba de la cabeza, con lo cual se aseguran de que quedan implantados para siempre y no se caen. Los que sí se pueden seguir cayendo son los de antes, digamos, que son los que sufren alopecia. Entonces, cuando te sacan esos pelos para después implantártelos arriba, se genera una herida porque te tironean y son muchos pelitos que te sacan. En mi caso fueron 3.000 unidades de folículos y te sangra, te arde por la misma lastimadura y eso que estás con analgésico y todo. Es una incomodidad, pero no llega a ser tan grande como para, por ejemplo, no poder dormir. Después te queda un poquito sensible, hoy no siento absolutamente nada en toda esa zona. Solamente si alguien te toca el pelo así de golpe, sentís como una especie de electricidad. Al principio me daba un poco de cosa que me vieran, que la gente se enterase. Los primeros días anduve con gorra. Después me empezó medio a importar nada casi, y ahora se lo cuento a la gente. A mí me cambió para bien en un momento de mi vida que me estaba afectando en la seguridad, y yo soy una persona de andar bastante seguro. Para mí era un tema muy fuerte y ahora estoy recontento, retranquilo. De hecho, yo creo que en algún momento me voy a volver a hacer otro en la parte del casquillo, digamos, de atrás, porque ahí también me estoy quedando pelado. La falta de pelo me hacía ver más viejo. Ahora que tengo el pelo colocado, la verdad que me siento mucho más a gusto con verme. Me vino re bien porque me generó un bienestar emocional que ahora me ayuda para otras cosas. Andás bien en la vida y, qué sé yo, te desenvolvés en otras áreas con mayor tranquilidad: en las áreas sociales, donde hay gente, qué sé yo, cuando voy a hacer deporte o cuando me voy a encontrar con una chica. O sea, en general y con el sexo femenino en particular, porque también me doy cuenta de que me pasaba eso, me incomodaba más todavía cuando había alguna mujer cerca. Me incomodaba que me vieran pelado. Mis sobrinos me siguen diciendo pelado. Venían a la pasada y me decían: “Eh, pelado”. Como que me querían molestar con algo y pensaban que me iban a hinchar las bolas con eso. Tienen 7, 7, 10 y 12 años. Cuando se enteraron de que me puse el pelo, con más razón me hinchaban las pelotas. Ahora me cago de risa, pero antes me repegaba y me dolía que me dijeran así.

Jorge, 43 años, ingeniero agrónomo.

tour a turquía

Hago mucho deporte: juego al fútbol, juego al paddle, voy al gimnasio prácticamente todos los días. La parte física es importante, para tener buena salud. Pero la estética no me importa. Lo del implante lo hice [hace dos años] básicamente porque un amigo mío me dijo: “¿Por qué no te lo hacés?”. Entonces agarré el tour a Turquía, a Estambul, de tres o cuatro días. Te dan alojamiento, te dan todo. Y nada, yo lo hice para joder. Pero tengo cero problemas con la estética, con mi cara, cero complejos. El tour lo hice desde España [donde vive]. Hay muchas empresas que te cobran, no me acuerdo el valor, pero ponele que 500 euros, por el análisis inicial. Obviamente te hacen sacarte una foto antes de que vayas para decirte y analizar si es posible un trasplante. Y, una vez que vas, el primer día te pasan a buscar con una combi por el hotel. Hoteles cuatro o cinco estrellas, todo muy lindo. Te dan el desayuno, te hacés los análisis y si querés te pueden operar el mismo día o al siguiente. En mi caso entré, creo, a las seis de la mañana o siete y estuve como hasta las tres, cuatro de la tarde. Me pasaron el mayor número de implantes, creo que eran 6.500 folículos. Después de que te hacen la operación, al otro día te lo miran y te dan el alta. Y después te dan unas indicaciones, un manual, unas lociones, te vendían todo. O sea, te vendían si querías el champú, si querías vitaminas. Todo extra. Yo no agarré casi nada. Creo que agarré la loción o un champú. Y después todo lo demás ya lo había investigado y lo fui comprando por mi cuenta. Fui en septiembre, octubre y me tocó una semana de frío, y estuvo buenísimo porque el calor, el sudor, el sol, todo eso es contraproducente [para el post-operatorio]. No quieren que te dé el sol directamente, no quieren que transpires, ni que hagas ninguna actividad física, nada. El primer día, como sangra, te dan tipo un pañal, y te ponen una vincha. El pañal este, esta gasa te la podés sacar al segundo día y ya después te tenés que ir cuidando. Te recomiendan agua de mar, que está muy buena, te va calmando, porque te pica y vos querés rascarte. Y es lo peor porque es como un tatuaje: si te sacás una cascarita, te cagás el implante. [Las personas que le realizaron el implante] no hablaban en inglés, había una traductora en español que me quiso vender más cosas. De hecho, me vendió la sedación. Era como que te daban un faso, o dos gotitas de clonazepam. Pero ni siquiera, porque yo escuchaba todo y veía todo claro. O sea, no fue sedación. Yo me había enojado porque les digo: “Escuchame, si me vas a sedar, sedame completo. O sea, yo no quiero escuchar ni ver ni nada”. Y las dos pibas que me lo hicieron eran dos turcas sacando y poniendo pelitos. No creo que ni hayan sido médicas ni hayan sido nada. Eran unas minas de treinta, veintipico de años. Si te vas a hacer algo así, te imaginás profesionales, no sé, gente más grande. De hecho, el box era como ir al dentista. Un dentista es hasta más limpio, te diría. Es un lugar así con una silla, una camilla y dos sillas al costado que se te meten las dos chiquitas a ponerte los pelos y no mucho más. O sea, no hay aparatos electrónicos ni nada para medir nada. No es muy hospitalario. Yo empecé a perder el pelo re pibito. A mí me dicen “El Pelado”. Y ahora me miran como diciendo “¿Dónde está el Pelado?”. Creería que tengo que volver porque hay una parte que no me pusieron, que es la parte de la coronilla. Y mi mujer me dice: “Boludo, cuando sopla el viento, parece que tenés una peluca”. La verdad, no creo [viajar de nuevo a Turquía] porque tenés que volver a cuidarte y todo eso. Pero, en general, he recibido comentarios positivos. La gente no lo puede creer. Por ejemplo, el sábado llegué y había un pibe que hace un montón que no veía: “‘¿Y cómo está el Peluca?”. Te da como esa sensación linda y aparte te cambia la cara. Me lo dicen todo el tiempo: “Loco, qué bien que te quedó”. En otra época te hubieran dicho cualquier cosa: “Mirá el peluquín que te pusiste”.

Martín, 40 años, dueño de una inmobiliaria.

las cascarillas

En general, nunca fui muy inseguro, salvo porque era muy flaco. Lo del pelo fue progresivo. Algunos días me interesaba, otros días no. Me veía en el ascensor, que tiene dos espejos. Pero no me preocupaba tanto. Soy medio bajo, pero tampoco tan bajo, entonces solo me veían los altos. Y después empecé a jugar al fútbol y ¿viste que ahora se filman todos los partidos? Me vi en cámara y tenía una aureola en la coronilla. Pensé: “Yo no quiero ser mi papá tan joven”. Él me dijo lo mismo: “Me di cuenta de que me quedé pelado en el casamiento cuando filmaron desde arriba”. Primero fui a una dermatóloga. Me dijo: “Bueno, tenemos dos problemas: las entradas y la coronilla. Para la coronilla, pastillas y plasma. Y para lo otro, un implante. Mi hijo hace implantes capilares. Tiene la máquina” [ríe]. Lo consulté, le mandé fotos por WhatsApp, y me dijo que costaba 1.500 dólares. Fui a Hair Recovery y me dijeron 2.000 dólares. Yo no estaba muy convencido y a la semana me hablaron y me lo dejaron a 1.600 dólares, y lo pagué en tres cuotas. El resumen es que pica. Primero te drogan, porque te pinchan la cabeza por horas. Te van poniendo más anestesia local, dependiendo cómo te vayas sintiendo. En la primera parte de la mañana te sacan todos los folículos de la parte donde te van a implantar, parás para el almuerzo y después te ponen todo lo que te sacaron [de la nuca] en la primera parte. El después depende mucho del tipo de trasplante que te hagas. En mi caso, como solo me puse acá [se señala la frente], pude dormir tranquilo, boca arriba. Pero hay gente que tiene que dormir medio sentada porque le ponen acá [se señala la coronilla]. El primer día, te sale sangre. Yo no manché nada. Y no te podés bañar. Tenés que ir al lugar y te lavan el pelo especialmente y ahí te dan todo, como todo un kit especial de cuidado, y te explican bien cómo te tenés que lavar. Y ahí son dos semanas en las que el pelo se te empieza a caer. Se te forma toda una cáscara y como que tendés a rascarte y a sacarte las cascaritas, pero no podés. Te la tenés que aguantar. Yo me rasqué por ansioso. Y la cabeza la tenés gigante, porque te ponen un líquido y eso va se va hinchando. Tenés que ponerte [gel refrigerante] cada tres horas. El primer día me golpeé la cabeza, justo donde me hice el implante. Yo tengo como el microondas que sale un poco de la alacena y me di contra la parte de abajo. Me dijeron: “No, claro, perdés un poco la espacialidad de la cabeza en general”. Porque la tenés más grande y encima está drogada todavía esa parte. Yo me lo hice en enero y no podés ver el sol tampoco. Entonces hice home office dos semanas y, cuando volví, era obvio que me había hecho algo. Me rapé a cero y todavía tenía cascarita. Capaz que los amigos que no veo muy seguido no se dieron tanta cuenta, porque por esas dos semanas simplemente para algunas personas me corté el pelo y nada más. Ahora me lo corto más seguido porque tomo finasteride y eso hace que te crezca el pelo. Entonces, cada dos o tres semanas me voy a cortar el pelo. Mi peluquero está chocho [ríe]. Fueron dos tratamientos en paralelo, porque por un lado me hice el trasplante y por el otro lado me hice toda esa parte de la coronilla, que es tomar finasteride todos los días. En un momento me ponía así como un gel y unos masajes y después plasma, que es una vez por mes cada tres meses, y cada tanto me hago mesoterapia, que te dan pinchacitos chiquitos. Yo quería solucionar el tema del pelo de la cabeza, pero a la vez me quiero hacer la depilación definitiva porque tengo mucho en el cuerpo. Y también, como era muy flaco y no me gustaban mis brazos, me tatué como para taparlos un poco. Me puse algo ahí como para disimular [se señala los tatuajes]. O sea, el implante no lo hice por mi novia, lo hice completamente por mí. Pero ella es la persona que más se da cuenta porque me vio todos los días durante casi diez años. Y de hecho, para Navidad, yo le imprimí fotos de los últimos cuatro años, le regalé un álbum de fotos y estoy más viejo en las fotos viejas.

Facundo, 30 años, probador de videojuegos.

jardinería capilar

Fue por vanidad propia. A nadie le interesa: ni hombres ni mujeres. A nadie le preocupa si uno es medio pelado: es uno con uno. Era absolutamente un problema de gente rica. Yo estaba haciendo algo de tele o cada tanto aparecía en pantalla, pero era más el espejo. Fue en el 97. Tenía 33 años. Venía viendo hacía un par de años que perdía pelo y lo tenía muy finito. Mi padre perdió el pelo de muy chico, entonces dije: “Bueno, intentemos no revertir, pero sí frenar un poco el camino”. Había una cosa genial en esa época que se llamaba Schwanek. Era una empresa que te hacía masajitos. De hecho, hubo una canción que hizo Miguel Ángel Sola, [que] se llamaba “La Sopapa”, porque te hacían con una sopapa para irrigar mejor la cabeza. Me lo hice hasta que me sentí un tarado sentado frente a un espejo con una sopapa y además no me dio ningún resultado, así que fui a averiguar en Hair Recovery y, bendiciones del 1 a 1 [la convertibilidad], no era inaccesible. Supongo, además, que habría cerrado alguna redacción y había recibido alguna indemnización, y dije: “Bueno, me patino 1.500 dólares”. Había dos empresas con mucha publicidad y era muy gracioso porque quedaban a una cuadra una de la otra, sobre la avenida Córdoba. Una era muy, muy menemista: todo dorado, con columnas; y la otra daba un poco más médico. Mi teoría incomprobada es que era la misma empresa que hacía dos looks. Siempre había famosos que eran contratados como voceros y les hacían la operación gratis a cambio de aparecer en la foto: estaba Diego Latorre cuando era jugador todavía. Primero tenés que hacer una entrevista donde te cuentan un poco toda la folletería. Después te examina un médico y te dice sí, que sos apto, que te va a dar grandes resultados. Y “tenemos un plan un poco más caro si querés”. El día anterior me dio miedo. Después de todo era una pequeña operación. No deja de ser un tajo en la piel. Digo: “Uy, ¿dónde me estoy metiendo?”. Justo compartía la redacción con [el periodista] Matías Martin, que también se lo había hecho. [Lo conocía] pero de saludarlo. Así que le pedí el teléfono a un fotógrafo. Lo llamé y le dije: “Me estoy por hacer esto”. Me dijo: “Quedate tranquilo, está todo bien, sale todo bárbaro”. El procedimiento tardaba unas tres horas, cuatro. Te dan un clonazepam, te ponen un televisor. Lo que hacían en esa época era un tajo grande a la altura de la nuca, un poquito más arriba, a lo ancho de la cabeza, y de ahí sacaban las parcelitas… Y hacían jardinería: van sembrando pelo por pelo sacado de ese sector que se habían llevado a una mesita, a un platito. El truco era que esa es la zona donde por último se pierde pelo. Sigo teniendo la cicatriz, una bruta cicatriz. En general, tratan de mantener la línea del cuero cabelludo y supongo que de tapar un poco el hueco redondo tipo fraile y algo de las entradas. En los días posteriores, lo que te delata es que tenés que andar con una gorrita para que no se contamine o infecte. Y tener cuidado del sol. Capaz que antes no se hablaba tanto de los hombres poniéndose cremas o usando bótox, lo que hace cualquier estrella de la televisión hoy por hoy. Ahora se habla más abiertamente del tema. Ya pasó el momento noventoso de las notas sobre “el hombre metrosexual” y todas esas pavadas, el hombre que se pone perfume. ¡Toda la historia se puso perfume el hombre! Quedé conforme, pero no me lo haría de vuelta, porque con la técnica nueva te tenés que rapar y no quiero, justamente porque estamos hablando de una persona vanidosa.

Antonio, 61 años, periodista.