en busca de la mística perdida

La ofensiva sostenida del proyecto de ultraderecha abrió interrogantes urgentes sobre el derrotero de la militancia del campo popular, sobre nuestras formas organizativas, los objetivos, las prioridades y el menosprecio de la vitalidad política. Cinco militantes que dejaron sus organizaciones en años recientes hacen un descarnado balance y perspectiva con la ilusión de convertir esa experiencia singular en un insumo para la reconstrucción de una fuerza colectiva para la resistencia.

Yo no sabía eso cuando entré en 2015, a principios del macrismo, pero existían muchas instancias de formación sobre el capitalismo, marxismo, etc. Había mucha potencia en esto de querer cambiar la realidad, porque también a medida que fui participando fue cambiando mi vida. Nunca había escuchado la palabra “militante”. Después cuando uno revisa y se ve llevando una olla con guiso de no sé cuántos litros en un auto que se empaña todo por dentro, con una compañera que apenas podía manejar y con riesgo de quemarse, se da cuenta de que lo hacía porque había algo más detrás de eso. Al tiempo me fueron convocando a reuniones más políticas. En 2017 retomamos el armado del partido para presentarnos a elecciones. Yo justo había vuelto de una experiencia en Brasil para conocer jóvenes de allá y me había resultado muy enriquecedora, pero me dijeron que era necesario que aportara en el partido y acepté. Abruptamente dejé de participar en lo juvenil y me puse en campaña, primero tratando de entender, después haciendo todo lo administrativo para el partido. Ya había organizado toda mi vida en función de la militancia. Pasaba más de doce horas en los locales hasta que apareció este desafío: conseguir papeles, afiliaciones, adhesiones. Y como que se fue rompiendo ese relato, esa sustancia que yo tenía cuando militaba. Me decía: “¿por qué en vez de estar charlando con los compañeros mientras preparamos el almuerzo del comedor popular o arreglamos algo en algún local, tengo que estar ocho horas llenando un Excel y leyendo documentos [nacionales] de identidad?”. Me empezó a quedar muy lejano todo lo que era la discusión. Ahí se fue perdiendo un poco el sentido que yo tenía, que iba a cambiar el mundo, para terminar siendo un oficinista. En 2018, más o menos, varios compañeros planteamos que no nos alcanzaba la guita, y como que ahí se empieza a desdibujar porque uno dice “¿para qué estoy?”. Hay una cosa compleja de decir: esto no es por plata, pero vivimos en un sistema donde la plata es necesaria. Entonces la cosa ya empezaba a resquebrajarse por varios lugares. Luego abrimos un espacio cultural y creo que eso fue lo que me terminó de detonar, porque me encontré contactando a proveedores, recibiendo mercadería y controlando horarios de compañeros. Hoy lo recuerdo como algo desgastante porque terminé quemado, con sensaciones feas en el cuerpo, mucho estrés, una sensación de no querer saber más nada, no de la política, pero toda esa potencia que supe sentir cuando, por ejemplo, tomamos un espacio abandonado en el conurbano y lo reparamos con los hijos de las compañeras de la orga mientras pensábamos todo lo que podíamos hacer ahí se había diluido. Yo no soy la misma persona después de haber participado en la orga. Me arrepiento sí de los últimos dos años, pero si tuviera que elegir lo volvería a hacer con tal de volver a vivir esa sensación, ese sentido de pertenencia. Antes las preocupaciones tenían acción concreta en la organización y hoy solo son ansiedad.

Julián, 29 años, ingeniero en sistemas.

pozo vacante

En total fueron once años de militancia orgánica. En la universidad los horarios de cursada los ponía en base a lo que le conviniera a la orga, porque todo giraba en torno a ella. Renuncié a un laburo para tomar tareas dentro del centro de estudiantes. Hacía otras cosas, obvio. Laburaba, entrenaba, tenía un novio que vivía lejos, había vida por fuera, pero gran parte de mi vida era la militancia. Luego me fui a militar un corto tiempo a la parte territorial y después al frente feminista. Con el tiempo hubo rupturas que en términos generales tuvieron que ver con las distintas lecturas que existían acerca del rol de los movimientos sociales y su cercanía con el kirchnerismo. Eso hizo que muchos compañeros dejaran de militar. Fueron muchas discusiones que implicaron bocha de cansancio. Sábados y domingos discutiendo sobre el documento de no sé qué, no sé cuánto, y era como “yo milito para democratizar el acceso a la universidad o para que el aborto sea legal, no para discutir permanentemente la estructura o posicionamientos de la orga”. Eso fue desgastando a muchos, me incluyo. Durante mi último tiempo de militancia éramos bastante pocos y por ende había una mirada más amable de “che, somos pocos, cuidémonos”, no era estar presionando tanto si alguien no podía estar en algo sino más bien de repensar qué tipo de militantes construíamos y cómo militar, porque cambió todo el contexto económico, social y político del país desde que yo empecé en 2013 a cuando dejé en 2024. En el último tiempo discutíamos mucho en relación al pluriempleo, el mayor individualismo y menor compromiso para con proyectos colectivos de largo alcance. Entonces buscábamos ser más flexibles y no pensar al militante como un soldado que lo da todo a toda hora, sino pensar que la mayoría teníamos más de un laburo, que no teníamos tanto tiempo. Era pensar un formato más flexible de disponibilidad de tiempo y tareas. El formato estaba un poco vencido, la gente nueva que se sumaba a militar no llegaba como tal vez llegaba la gente en 2013, tipo “absorbeme la vida”, sino más bien “yo tengo este ratito, este día”. Y creo que eso sucedió porque entramos en una época en donde es más difícil sostener ciertos procesos comunitarios porque requieren otro tiempo, otra energía e incluso otra espera. Y bueno, ahí era ver qué hacíamos con eso nosotros, si decíamos “no, bueno, entonces no” o “bueno, dale, en ese ratito podemos hacer tal cosa”. Yo pasé muchas rupturas. Cuando uno milita con un montón de compañeros que están re contentos, muy subidos y convencidos, es una cosa muy distinta a cuando militás con un octavo de esa cantidad de compañeros y que encima están re pinchados porque se la pasaron horas y días enteros discutiendo y discutiendo las rupturas. Creo que hubo algo de esa motivación que se fue pinchando, algo relacionado al “para qué”, algo de eso se me perdió en el acumulado de derrotas de los últimos años, entre el pésimo gobierno de Alberto y la victoria de Milei y la ultraderecha; algo de sentir que las actividades que pensábamos no salían, que teníamos reuniones para esto y para lo otro y que solo venía una persona por fuera de la orga para tal actividad, y como que cuando una pone y pone pero la cosa no avanza es frustrante. Igual, no siento que se me haya caído a nivel general la importancia o la potencia de lo colectivo, eso para mí nunca estuvo en duda. Fue más algo que me pasó a mí después de estar once años militando ahí, porque, de hecho, al poco tiempo que me fui de la orga me acerqué a otro espacio que nada que ver, no era una organización política, sino una construcción barrial. Después me pasó que la actividad la hacían un día que yo no podía. Más allá de todo, para con la militancia yo tengo una sensación muy hermosa, no lo veo como algo que me marcó negativamente. Todo lo contrario. Siento que esa energía disponible para armar una construcción más política me quedó vacante.

Lara, 33 años, trabajadora de la educación.

dimensión mística

Toda mi militancia tuvo que ver con campesinos pobres. Cerca de los 2000 estábamos laburando con comunidades y militaba 16 horas por día. Cuando salimos de la facultad montamos mucha organización campesina. Caminábamos, íbamos y volvíamos llevando gente a encuentros de delegados de distintas regionales, mucho laburo territorial. Vivíamos en comunidad en unas casas en un pueblito al norte de Córdoba. Teníamos una dinámica comunitaria muy fuerte. Íbamos a foros sociales y empezábamos a juntarnos con los piqueteros. Eso en mi vida duró hasta el 2005. Ahí nos convocan desde el Ministerio de Economía de la Nación y nos fuimos a un programa social agropecuario donde incluimos a organizaciones sociales campesinas. Con 33 años estaba a cargo y estuvo re interesante, hicimos mucho donde no había nada. Teníamos miedo a la cooptación del Estado, un poco esa era la discusión. Ahí me agarró como un ataque de pánico porque me voy a vivir a Capital y entro a laburar y tenía que hablar con funcionarios, hacer cosas que después muchos hicieron pero en ese momento éramos los primeros. Años más tarde estuve en otros organismos del Estado donde armamos programas muy zarpados de formación técnica, un despliegue total en todo el país. Pero veía en las orgas otra onda. Nosotros éramos como un grupo que pensaba todo antes y yo no quería más eso, porque veía cosas deliciosas en la organización campesina: se juntaba una chica con otra y se armaba un grupo. Pero cuando llegábamos las organizaciones, los campesinos la veían pasar, porque nos peleábamos entre nosotros, disputas entre cuadros medios, cuadros más históricos que no dejaban que los cuadros medios se expresaran. Era todo disputa. Ahí me fui de las organizaciones. En un momento volví a laburar con una orga porque me hacía falta. Hacía un mes que había explotado la pandemia, estábamos todos guardados. Y empezamos a hacer un proyecto agroecológico zarpado que hasta el día de hoy funciona. Pero yo ya en modo asesor más que como militante orgánico. A mí lo que me desgastó un montón fue la primera experiencia en el Estado, porque implicaba una velocidad que hacía imposible reflexionar entre varios. Entonces te despegaba un montón de la cotidianeidad y muchos compas empezaban a verte con otros ojos ya, diciendo “se la da de funcionario este”, y vos estabas entregando todo ahí por el colectivo, pero era un colectivo que te desconfiaba, más cuando nosotros veníamos de ir a pasar las tardes tomando mate con las familias, hacer una reunioncita. Ahí había una lógica que permitía entender la comunidad, sentirse parte, y eso de a poco iba madurando hacia una lucha. Creo que faltó formación de género y faltó política comunitaria, que es lo que da alegría. Cuando las comunidades están bien, están organizadas y hacen eventos, es una fiesta la organización. Un montón se desgastaron, todos los que pasaron por las instancias de gestión, todos se quemaron. Es una trituradora. Hoy laburo con un grupo de jóvenes con el tema del consumo y salud mental en un barrio. Yo hago la parte de la huerta. A mí me desgastó cierta lógica, no lo colectivo. Con lo colectivo todo lo contrario, me encanta, me da alegría, vida. De la organización en sí rescato esta cosa de que les permite a las familias que participan vivenciar ese poder popular. También la dimensión mística que produce la lucha por la tierra, que básicamente se trata de cómo vencer los miedos con otros. Si no la gente se re caga de miedo, porque está la cana, el fiscal, están todos llenos de armas y vos estás tomando mate ahí, con un alambradito de mierda [de por medio]. Y en esa grupalidad se veían cambios muy profundos en las personas. Eso era magnífico. Yo no me siento más en una reunión con nadie para definir las líneas de proyectos. Una pérdida total de tiempo. Disfruto un montón de ver gente que no acostumbra a hablar y hablar, disfruto de ver minas y jóvenes que plantean sus problemas con profundidad. Eso no es algo que me queme, lo que me quema es la mesa chica.

Javier, 52 años, agroecólogo y educador popular.

dedito por WhatsApp

En el 2011 me mudé cerca de la facultad con amigas que también militaban y nuestra casa pasó a ser un punto de reunión. Luego hubo un año en el que hice una bestialidad: por las elecciones en la universidad, era más importante el segundo cuatrimestre que el primero, entonces cursé y rendí cerca de diez materias en el primero para tener el segundo libre. Así que en agosto terminé y hasta noviembre milité todos los días de 6:15 de la tarde que llegaba del laburo hasta las 11 de la noche. En la orga giré por distintos lugares, pero de militancia universitaria fueron siete años y son los que me formaron: las elecciones con todo el folklore de recibir al otro con las medialunas, los carteles, afichar todo, la remera, estar en la facultad desde las 7 hasta las 11 de la noche que se va el último estudiante y hacés la última reunión, el balance del día, y al día siguiente de nuevo. Después en la orga sucedieron muchas rupturas de las que salimos muy lastimados. También se me empezaron a pisar militancia y trabajo, porque primero empecé a trabajar en un espacio vinculado con los movimientos sociales de manera rentada y luego trabajé para mi orga otros dos años también con renta, entonces hubo un momento en el que el límite entre laburo y militancia era difuso. A finales del 2019 empecé a trabajar a una hora de mi casa y eso me quitó mucho tiempo. Renuncié a la renta de la orga y ahí me alejó. Después vino la pandemia y todo fue muy difícil. El reunionismo por Zoom no colaboró. Ya en el 2023 no hice nada de lo que hacía antes. Si hasta el 2020 mi tiempo iba 70% a la militancia y 30% al laburo, en 2022 eso se invirtió y ya en 2023 fue mandar un dedito por WhatsApp cada tanto. Me acuerdo de que en un momento me llamaron para decirme de alguna reunión y dije “yo ya no milito más”. Estábamos enfrascados en una discusión constante sobre nosotros mismos. Yo ahí laburaba diez horas en medio de la pandemia en la gestión estatal y me sentía muy útil políticamente. Creo que sublimé por ahí; después estaba horas con la orga escribiendo un documento para volver a ver si nos definíamos así o asá y en un momento estábamos todas las orgas discutiendo quién era más o menos de izquierda, más o menos popular o feminista. Hubo varios meses en los que me iba de las reuniones y sentía que mi militancia se estaba convirtiendo únicamente en tener reuniones y no me daban los horarios. Solo escribía documentos e informes, pasó a ser muy burocrático mi rol y yo había tenido un rol mucho más piola en otro momento, donde me sentía parte de algo mucho mejor ganando centros de estudiantes, yendo a marchas, armando distintas jornadas, trabajando con cooperativas. Ahora sentía que estaba siendo parte de una conducción de una orga nacional que había llegado al fracaso, porque Milei nos ganó a todo el campo popular y yo no creo que haya ganado por ser de derecha sino por venir de afuera de la política y proponer ir contra la casta. Cuando me fui se estaban yendo varios, como que fue un éxodo medio masivo. Creo que es incompatible la vitalidad que algunos teníamos militando con tener una vida aparte de eso. Tener horas de reunión, jornadas y actividades y tener amigos que no militan, familia, un laburo, cosas que van por fuera de la militancia. Hay un momento en el que querés irte un fin de semana sin que eso implique faltar a un plenario y que sea trágico, o tomarte vacaciones cuando tengas ganas y no cuando la orga necesita. Aparte me vi siendo lo que nunca había querido ser: una militante solo de estructura. Igual nadie se fue diciendo “che, no tiene sentido militar”. Sí me parece que hay algo de la militancia orgánica como la conocíamos que hay que repensar, al menos para quienes no militamos en el 2001 ni nacimos como orgas estatales. Hay algo que no es sostenible, no está el mismo tiempo disponible, no era realizable una reunión y que la gente estuviera disponible a las 3 de la tarde porque esa gente estaba laburando.

Daniela, 36 años, socióloga.

militancia gedienta 

Toda la gente con la que milité egresó entre 2022 y 2024. Fue una camada que se sumó a militar pospandemia. Medio que la pandemia había matado todo. Tuvimos que volver a armar centros de estudiantes desde cero en medio de lo que eran las burbujas. Entonces fueron tres años de una militancia donde asumimos muchas responsabilidades, donde sentíamos que había necesidad de construir un montón de cosas que estaban muy inactivas. Veíamos la necesidad de tener espacios de debate como generación, de formación política, histórica, económica. Me acuerdo de que hubo una decisión activa de salir a buscar a los pibes para que votaran y empezamos a articular muchísimo con otros espacios inorgánicos, pero ahí ya empezó a haber tensiones. Recuerdo estar en quinto año organizando un plenario con distintas agrupaciones secundarias para dar una discusión y yo en el baño angustiado porque en un grupo de WhatsApp compañeros responsables presionaban para aparatear la actividad. Por ejemplo, para ciertas instancias de reunión y debate sobre las tomas de secundarios en 2022, los pibes escribíamos problematizando ciertos efectos de esas medidas y después [los militantes más grandes] nos decían “eso no lo pueden poner porque va a provocar tal o cual cosa”. Era porque consideraban que si lo poníamos podíamos abrir dudas en los nuevos militantes. Yo había entrado a la facultad muy manija de militar, pero todo era un medio para un medio para un eventual fin, que era sumar a un militante para que pagara aportes, tener carteles y tener gente cuidando los carteles. Había reuniones en donde ya las conclusiones estaban predefinidas de antemano, era abrir el debate pero sabiendo hacia dónde tenía que llegar. En lugar de aportar algún tipo de discusión, muchas personas que planteaban un debate alternativo o decían no querer militar de esta forma, etc., eran ninguneadas. Un espacio de treinta militantes en un año perdió quince, incluyéndome. A medida que muchos se iban, yo veía que los que seguían conduciendo el espacio pensaban que se habían ido porque “no les daba”. Es mentira, el grueso de la gente sigue queriendo militar, no se querían quedar en su casa, sino que veían que no había un propósito. Recuerdo un día que tomamos el colegio secundario durante casi una semana donde se generó algo muy lindo. Algo que me flasheó mucho fue que la gente se organizaba y se generaba un común sin necesidad de que uno tuviera que estar corriendo de atrás a las personas para que lo hicieran. Estaban todos los pibes en ronda organizándose en comisiones y recuerdo decir “bueno, va a estar todo bien porque nos estamos cubriendo entre todos y somos un montón”. Fue muy importante porque era ver el resultado de todo lo que veníamos haciendo el último año, de pasar de estar en una pandemia aislados a mostrar que había una capacidad organizativa y política de dar un mensaje, que se materializara sobre todo en los propios pibes el hecho de haber logrado que militar no fuera un “uy, qué gedes”, sino un atributo positivo y que la política dejara de ser mala palabra, porque cuando volvimos de la pandemia era muy difícil hablar de política. La toma fue la demostración de que los pibes tenían ganas de ser parte de eso. En ese entonces militaba mucho y recuerdo el cansancio constante, estar teniendo cinco reuniones por día. Pasé la mitad de mi adolescencia militando y la otra mitad en una pandemia, y creo que eso influyó también en que dejara de militar. Los sábados y domingos solo militaba. Hoy lo pienso y digo “qué locura”. Era una forma de militar muy orgánica, es muy difícil salirse de esa lógica y pensar en una participación intermitente para poder hacer algo. Yo quiero participar políticamente y construir en algún espacio, pero me acuerdo del año pasado cuando sentía una carga por estar persiguiendo a la gente por WhatsApp, o momentos en donde estábamos solos con una compañera militando 16 horas por día y recordar la asfixia de decir “no termina más esto, ¿quién me metió acá?”.

Luciano, 20 años, estudiante de Historia.