doctrina de seguridad nacional y popular / soldado del pingüino / sergio berni
sol de noche
Sergio Berni fue el general romano con quien la pax kirchnerista relevó y conquistó territorios, bajo el piadoso manto del Ministerio de Desarrollo Social. Al galope de la coyuntura, su proyección al Ministerio de Seguridad marca un cambio de rumbo en el manejo del monopolio de la violencia legítima. Un burócrata del futuro que al mismo tiempo refuerza la ideología nestorista de carismáticos sin votos.
18 de Julio de 2014
crisis #19

El Ministerio de Desarrollo Social puso el cuerpo quizás como ningún otro en estos años. ¿Qué quiere decir? No solo que es el ministerio cristiano, católico, con olor a oveja, atendido por una ministra trabajadora social, sino también porque fue a contrapelo de la herencia descentralizada de las funciones del Estado nacional, tal la ideología y los efectos concretos del Estado que dejó el menemismo. Mientras los Ministerios de educación y salud, por ejemplo, tienen ministros de “políticas testigo”, ya que muchas facultades educativas y sanitarias fueron absorbidas por municipios y provincias, el Ministerio de Desarrollo Social se autoimpuso con la gestión de Alicia Kirchner una presencia territorial capilar: en cada municipio un CIC (Centro Integrador Comunitario), en cada provincia un CDR (Centro de Referencia). Reparto de pensiones, relevamientos territoriales, economía social, tren sanitario. Una gira mágica y misteriosa por el terreno que dejó la crisis.
Sergio Berni llegó con Alicia, y su área inicial fue la Subsecretaría de Abordaje Territorial. “¿Hicieron el relevo?”, les preguntaba a los jóvenes trabajadores sociales. Se trataba, en realidad, de un mal uso de la palabra “relevamiento”. Al lenguaje técnico-político se le filtraba el fraseo castrense. A Berni, decían todos, lo puso Néstor para que cuide a su hermana. Y para que -como buen milico- corte la maleza social y permita que el ministerio penetre el territorio. Era subsecretario, o sea, que siempre una secretaria o secretario lo separaban de Alicia. Eso nunca pasó. Su lealtad con Kirchner incluyó todo tipo de realidades y leyendas. La que se conoció en 2013, en el programa PPT, lo descubre “infiltrado” como médico en la huelga de mineros de Río Turbio de 1994. 
La relación de Sergio Berni y Alicia Kirchner es una de las novelas sentimentales de esta década de poder político: respeto desaforado por la hermana del jefe, pero ninguno por el círculo áulico de la ministra. Una prolongación de la lógica barrial: a tu hermana no la toco, a las amigas sí. El respeto por el poder de Alicia se remitía y circunscribía a Alicia. El resto, como lo pudo saber una secretaria y mano derecha de Alicia, era nada. Todavía resuena en la memoria de muchos oficinistas la tarde en que Sergio le dijo a esa secretaria: “no te cago a trompadas porque sos mujer”. El pecado de aquella mujer había sido “poner” los recursos en el lugar equivocado, según la verdad relativa de Berni. Lo que le daban al intendente de San Miguel, Joaquín de la Torre, debía ir a Aldo Rico, el referente elegido por Sergio. La anécdota, uno de los rumores más ampliados en el palacio vaticano de la 9 de Julio, completaba el círculo de fama con que Berni nació al kirchnerismo: haber sido, supuestamente, un “carapintada”. En 2003 todos hablaban de la foto donde aparecía de civil, en un auto, apuntando a un camarógrafo, en pleno levantamiento de Semana Santa del 87. No era él aquel tipo de la foto. 

 

médico y militar o militar y médico

Berni estuvo junto a Kirchner desde 1991. Médico y militar (teniente coronel con licencia especial), Néstor lo puso al frente de la dirección del hospital de la localidad santacruceña (y minera) “Veintiocho de Noviembre”. ¿Pero qué es un militar para un patagónico? ¿Qué es un militar incluso para un Kirchner? La Patagonia, el viento malvinero, el frío, el desierto originario, imprimen con toda lógica que la presencia estatal comience, continúe y termine alrededor del imaginario militar: el tema es la ocupación del espacio. 
La carrera meteórica de Sergio Berni tiene el vértigo de la propia carrera de Kirchner. El pingüino, desconfiado como buen patagónico, siempre despreció los intermediarios. Berni acaso representó (representa) el cuerpo de Kirchner. Así, como dice el rezo de la militancia (“poner el cuerpo”), Kirchner quería estar cuerpo a cuerpo, cara a cara, en cada lugar adonde su olfato sísmico lo precisara. Berni fue un cuerpo desprendido de Néstor. ¿Conocía Néstor el temperamento temerario de Berni, su misoginia, su retórica para asustar bienpensantes? Sí, y tal vez le divertía. A Kirchner, fundador de un “relato”, le gustaron siempre los funcionarios “míticos”, esos que se auto-narran: Kirchner era el autor, de algún modo, de esos micro-relatos que hacían las delicias de las narrativas periodísticas. Como aquel hit temprano de Guillermo Moreno: la pistola en el escritorio. Si, como dice el dogma de todo cuento, “cuando aparece una pistola en escena hay que dispararla”, Kirchner era el autor de un policial trucho: sabía que esas armas estaban descargadas, eran el chiste de sobremesa con que Kirchner fastidiaba la vida cívica de los empresarios y abogados acostumbrados a la franela del poder político sumiso. Berni, como Moreno, como Kunkel, como Diana Conti, autoconscientes de una leyenda en gestación para el teatro de la risa de palacio, son la clase de políticos que el matrimonio Kirchner amó: hechos para el consumo de su poder, nunca saldrían a la tarea difícil de juntar votos. Es decir, a producir poder. De eso se encargan los políticos de la pesadilla kirchnerista, los Massa y los Scioli. 
Pero Berni fue más que un hombre de Estado, fue un superhéroe de Estado: la prueba de un voluntarismo extremo por sobre la contracción de las voluntades públicas, la vitalidad hecha moco de los empleados estatales. Una anécdota precisa: la toma del Parque Indoamericano en el diciembre del crucial 2010. Su regimiento de trabajadoras sociales (dependientes de la muy operativa DINACRI, Dirección Nacional de Asistencia Crítica) apura el relevamiento contra el tiempo ya que es de día, llega la tarde y luego la noche. La coordinadora apunta por handy que sin luz, con el terreno tomado, y las amenazas alrededor de nuevos “ocupantes”, no van a poder seguir haciéndolo. “¿Qué necesitás para que sigan relevando?” -grita Sergio. Luz. ¡Luz! Berni hizo colocar reflectores que mantuvieron toda la escena iluminada durante la noche. Berni nos recuerda una dimensión de maestranza del Estado: no solo lo militar, lo social, lo sanitario, sino ese fondo por donde circulan recursos posibles que pueden construir todas las posibilidades de la acción. Como si tuviera la llave maestra de todos los depósitos de donde obtener recursos. Berni es el grado cero de la concepción de poder: el municipio, lo territorial, lo micro. Conocer a los referentes, a los interlocutores. 

 

las anécdotas

Mandar un mail a los amigos (muchos amigos que fueron parte del Ministerio) para que me cuenten “una de Berni” significó someterme a una lluvia donde las escenas se repiten aunque los actores cambien. Que Mussi, que Ishi, que Othacehé, que cuando entró a una villa en Chimbas (San Juan) caminando solo y bien vestido. Que las piñas con el Huevo Ceballos. Que vivía en un campamento. Que las piñas con los piqueteros de Castells. Que cumplía su palabra. Todo lo alimentaba su perfil auto-narrado. Berni fue un Nestornauta auténtico, esa imagen emergió el mismo 7D de carambola: el día en que “nacía la democracia” ya que vencía el plazo de adecuación de Clarín, hubo un escape de gas, la ciudad amaneció con una nube tóxica que le otorgó un aura de Chernobyl a un día de por sí desconcertante, y Berni se paseó con el traje espacial por el puerto dirigiendo el operativo. Ya era el hombre de la seguridad. Esa imagen lo colocó donde quiso: a un costado de la coyuntura del microclima político, pero en el medio de las “urgencias”. Y esa simultaneidad de “Alertas” le otorgó un trato con los medios que es una anomalía kirchnerista. Berni convive con los cronistas, se inmiscuye en cada tema del día, contiene familias, dirige operativos, negocia levantamientos de cortes, es decir, actúa ahí adonde el kirchnerismo cultural quiso afincar una parte de todo: la “sensación térmica”. Berni respeta, alimenta, sacraliza, la inseguridad como tema. 
Su estilo le granjeó enemigos dentro del kirchnerismo, algunos cariños, y algunos síndromes de Estocolmo en funcionarios que tuvo bajo su cargo y que vivían pendientes del humor, la ira, el reto o la alegría de “Sergio”. Pero en todas las versiones pesa el reconocimiento a su labor, su concepción 24/7 de la gestión. Ninguna catástrofe lo agarrará en pantalones cortos por las playas brasileñas. En un libro de la antropóloga Julieta Quirós publicado en 2011 (El por qué de los que van. Peronistas y piqueteros en el Gran Buenos Aires, una antropología de la política vivida) se retrata la consolidación del orden kirchnerista en sus primeros años con los punteros del peronismo varelense convirtiéndose en “soldados K”, las viejas manzaneras de Duhalde aprendiendo el lenguaje de los CIC y las organizaciones piqueteras de izquierda sentándose a negociar con el gobierno su propia subsistencia política. La negociación de la “paz social”. En varios párrafos, cifrado, aparece la sombra de Berni. Y su virtud castrense: la palabra. Dice: “En la reunión, Forni había tomado cartas en el asunto en lo referente a las cooperativas textiles del Manos a la Obra. Con la misma aspereza con que nos había hablado a nosotros, lo había hecho telefónicamente con un subordinado suyo, director a cargo del programa; lo había interrogado por cada una de las faltas denunciadas por los dirigentes, lo había amonestado por las que ‘a esa altura ya no podían ser’, había concretado una reunión entre él y los dirigentes para el día siguiente, y le había ordenado identificar ‘una por una’ las trabas en la cadena de pagos. – ‘Vos detectá dónde están las trabas del circuito, me hacés un informe, y yo hablo con quien tenga que hablar para destrabarlo, ¿está claro?’, había dicho. En ese momento yo no contaba con los elementos necesarios para estimar el significado de esas palabras: los dirigentes llevaban cuatro años vinculándose con Forni; no solo sabían, por el puesto que ocupaba, que era un funcionario con decisión política, sino que sabían además, y por experiencia propia, cuál era su temperamento y cómo ejercía sus funciones. Cuando Forni se comprometía a algo, decían, cumplía.” Sergio cumple, Néstor dignifica. 
En 2007, con la tarea cumplida del primer gobierno, Alicia lo sentó a Berni, lo miró a los ojos, y como si le diera el premio, le dijo: “Sergio, vas a ser diputado por la provincia de Buenos Aires”. Berni había llevado su trabajo político en esa provincia (que era la obsesión política de los Kirchner) hasta límites personales extravagantes. Se merecía ese premio. Su construcción de un sello (“Militancia Social Kirchnerista”) era apenas el pequeño artefacto de construcción y contención de un círculo de incondicionales básico. Berni agradeció y le dijo que él tenía a quién poner, tenía un nombre. Y así fue. El joven dirigente platense, Ariel Pasini, ingresó al Congreso y jamás tuvo que rendir cuentas. El subtexto de ese gesto también incluía la concepción política de Berni: el Estado está donde se hacen las cosas.   

 

seguridad 

Y Sergio Berni se fue del ministerio, pasó por el senado, y finalmente se integró al ministerio para el que había nacido: el de Seguridad. Como Secretario, no como ministro. Pero su ingreso fungió como una “intervención” de hecho, porque significó un sobresalto en el rumbo de la política. De una gestión de tinte reformista se pasó a una ligada a la coyuntura con una impronta de “presencia” en el lugar donde estalla cada quilombo. Su llegada significó devolverle a las fuerzas de seguridad atribuciones que fueron recortadas por la gestión de Nilda Garré. Se pasó de un “in dubio pro víctima/delincuente/denunciante” a un “in dubio pro policía”. Esto fue muy claro tanto en la revisión de los ascensos como en la resolución de sumarios administrativos. 
Sin embargo, para afuera no generó mayores escándalos porque la gestión de Garré consolidó una línea que nadie quiere cruzar: un envoltorio progresista. Berni, apoyándose en la no represión, en el reproche al gatillo fácil, en las reformas curriculares, generó un control político pero con su estilo: dejando patas para arriba a la academia que había escrito sobre eso. Berni ejerce el control político de las fuerzas, pero es solo él, es un poder personalizado. La percepción es que, si se va, nada queda de ese gobierno político de la seguridad. 
Loco y seductor, el gran atractivo por su capacidad de trabajo se combina con un manejo de la relación con los medios que no tributa al discurso kirchnerista promedio, que es siempre un poco anti periodístico. El jueves 8 de mayo, luego de un encuentro por la Seguridad Democrática al que asistió Agustín Rossi (ministro de Defensa), Estela de Carloto, Luis D’Elía, Milagro Sala, y demás referentes progresistas del kirchnerismo, Berni reprochó a micrófono que no está para “filosofar”, sino para estar “en la trinchera” junto a los que sufren. Marcelo Longobardi amaneció en la mañana de Mitre empalagado por esas declaraciones. Berni habló de las víctimas, de sus familiares, de los policías caídos, de las esposas de los policías. Esa clave del “personaje Berni” lo ubica (en esto sí: a diferencia de Moreno) allí donde se articulan (operativamente) ciertos consensos: en el 2003 le puso el cuerpo al conflicto social; ahora le pone el cuerpo a la lucha contra el delito. Sale de la polarización, se mueve en un registro sub-ideológico. Y en esa línea, algo de Berni anticipa lo que vendrá como alternativa post kirchnerista. Su molde es el del auténtico Nestornauta, un funcionario todo terreno capaz de absorber la mayor cantidad de funciones, una individualidad estatal fundida a ser el “héroe colectivo” y que simpatiza con el sentido común de todos los que están “en la calle”. A la larga, se entiende con policías, enfermeros del SAME, médicos, piqueteros, sindicalistas, vecinos, secuestrados y secuestradores. Y si no se entiende se va a las manos. La preocupación por construir la leyenda paralela es una tensión full time: Berni no duerme, dicen los que lo agigantan. Pequeño Leviatán del gobierno progresista, nos recuerda a todos que el Estado está armado, que las armas hay que dispararlas, que la ideología es un “chantaje”. 
Las críticas internas son balbuceadas y ambiguas. La dirección ideológica de Berni es dudosa, pero se reconoce que su presencia y poder es político. Me dice un amigo que trabaja en el ministerio: “la sensación es que se retrocedió o al menos se frenó un proceso que, con errores, intentaba generar nuevas reglas para las policías, con mayor control del uso de sus recursos, de la fuerza utilizada, con participación ciudadana, etc.”. Parece más atenuado el control civil de la PFA, aunque el control en términos operativos es absoluto, “y eso es positivo”. “Cómo se mueven hoy las fuerzas es decidido por Berni. Lo que se frenó fue un trabajo fino, la mirada específica sobre ciertas regularidades de la labor policial que siguen intactas: corrupción, negligencia, violencia. Berni desarmó el área de transparencia, le sacó contenido al área de violencia institucional, y dejó solo el nombre de la participación ciudadana. Todo el control es de él.” Construyó poder en el ministerio desde su llegada, se cargó dos ministros e incluso se dio el lujo de proponer a la ministra actual, a la que le da órdenes. 
Puede decirse que según los parámetros de la “seguridad democrática” en algunos puntos fue un retroceso pero en otros un avance fue su llegada. Un avance aplicado a la lógica operativa como la explica un funcionario de adentro: “la democracia se tiene que hacer cargo del poder de fuego que tiene y ponerle la cara a eso sin falsos progresismos y sin la necesidad de ser Mussolini”. Agrega: “vino también a mostrarnos que no hay modelos de seguridad, hay gestiones”. Su línea directa con la presidenta también deja entrever un matiz pragmático: el “estilo Berni” es un permitido kirchnerista. El abrazo a la filosofía del CELS muchas veces parece un protocolo de intenciones atravesado por la urgencia. Berni subraya que él no “filosofa”, coloca a la gestión en la calle, y los tiempos de la gestión son marcados por el reloj de arena de la gente: el miedo. Berni es el Alberto Crescenti del país. Un Estado ambulatorio donde tallan los fuertes, los decididos, los aventureros.
“Tanto amor te va a matar.”

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