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el último experimento del rating
Veinte micrófonos abiertos y diez segundos en los que cada quien tiene la chance de ser atendido. Santiago del Moro con los dedos en el enchufe y Twitter como aliado estridente atajan la audiencia y expanden un debate altisonante pero condicionado. La tarea cotidiana de disciplinar a la política desde las fronteras del show.
23 de Septiembre de 2016

Corre julio de 2013, Intratables orilla los seis meses de aire en América TV. En el estudio se debate sobre el paro camionero  –digitado por Hugo Moyano– contra el Gobierno de Cristina Fernández. Ricardo Alfonsín ensaya un análisis profundo, pero Santiago del Moro lo frena en seco: “Y su propuesta ¿cuál es?”. Dubitativo, el radical intenta devolver con una respuesta estructural: “Reformar el sistema impositivo y…”, el conductor lo corta nuevamente: “¿Usted se ve con chances?”. Desorientado, el diputado nacional suelta un par de balbuceos. Suficiente. “Gracias, Alfonsín, por estar con nosotros. Está invitado cuando quiera –lo despacha el presentador, y continúa–. Vino Jorge Rial a hablar con nosotros. ¡Nos vamos a meter con todos los temas!”.

Un calendario después, entre risas y complicidad, Santiago del Moro le confesaría a Luis Majul en La Cornisa por qué había sacado a “Ricardito” del aire en tan solo 45 segundos: “Y, la verdad, no caminaba. No caminaba mucho”. El rating no perdona la duda; mucho menos, la falta de reflejos.

Intratables es un producto híbrido: se proyecta en el dispositivo cardinal de la comunicación de masas, la televisión, pero lo hace mediante la gramática del caballito de batalla de la autocomunicación de masas, el Twitter. No en vano durante el corte comercial o, incluso, mientras pasan los informes, los panelistas e invitados hunden sus dedos en las pantallas de sus smartphones. El programa se arma en la intersección de ambos paradigmas, entre la cultura de la imagen y la cultura de los caracteres. Los imperativos que moldean las intervenciones son los mismos que canta el pajarito Larry: síntesis, contundencia e ingenio. Aquél que eluda o ignore esos patrones, queda excomulgado. La telecracia no sabe de segundas oportunidades. Ni de primeras: Gabriela Cerruti es testigo. La dirigente de Nuevo Encuentro, en agosto de 2014, esperó maquillada una hora y cuarto detrás de cámara. Cuando le ofrecieron ingresar al final del programa, la ex diputada se negó, dijo que era una falta de respeto y se fue del estudio. “El vivo es así”, le retrucó Del Moro.  

Otro que se le plantó al conductor fue Jorge Yoma. En una ecuación inversa a la de Alfonsín, al dirigente peronista no le gustó que le cortara su intervención y, sin muchas vueltas, se paró de su asiento y abandonó el piso. El que quedó pagando fue Del Moro. Aunque el golden boy de América pocas veces pierde una batalla: la polémica picó en punta y fue recogida por los programas de chimento al día siguiente. Más rebote para el programa, más escaparate para Del Moro. Cualquier germen de negatividad troca en positividad para la lógica espectacularizante. “Todo se metaforsea en el término contrario para sobrevivirse en su forma expurgada”, apuntaría Jean Braudrillard.  

 “Intratables es un programa de títulos: la gente hoy no escucha un CD entero, escucha un track” resumió Del Moro en una entrevista a La Nación. “Si cada uno que está ahí no aprovecha su segundo para decir algo importante, no sirve estirar, está fuera de timing”, remató. El marco comunicacional está diseñado para esos sujetos que Pierre Bourdieu denomina fast thinkers: individuos que piensan mediante “ideas preconcebidas”, es decir, mediante “tópicos” que flotan entre el sentido común y la agenda mediática.

Esta cadena secuencial de eslóganes ha producido una diáspora del televidente progresista. A medida que el ciclo fue ganando celeridad y perdiendo calado argumentativo, los habitantes del costado izquierdo del termómetro ideológico migraron hacia otras ofertas de la pantalla chica. Según el lingüista norteamericano George Lakoff, los conservadores suelen reflexionar en términos de causas directas, reduccionistas y en código individual, mientras los progresistas piensan de forma compleja, profunda y sistémica, mecanismo analítico que les dificulta metabolizar el mensaje espasmódico que circula en Intratables. No siempre menos es más.  

Un conductor líquido

Hay más de veinte micrófonos abiertos. Tiene voces de sobra para elegir: opta por el ensayista Fernando Iglesias. Lo deja hablar veinte segundos, para que entre en calor. Cuando ya lo percibe cómodo, le suelta los panelistas. Comienza la balacera dialéctica. Vuelan argumentos en todas las direcciones.  Los ánimos se caldean. Por la cucaracha, José Luis Nuñez, cerebro y productor de Intratables, le pasa “el minuto a minuto” desde la pecera. Los números crecen: superaron los seis puntos, ¡su media! Segundos después, el piso es un cacareo. Todos gritan: no se entiende nada. “Basta, basta: ¡basta!”, vocifera mientras se planta en el centro del estudio. Silencio, y a barajar otra vez. Y él, como un crupier experimentado, reparte nuevamente la palabra; solo que, en este caso, el azar es reemplazado por el rating: el responsable de dar y quitar oportunidades en Intratables.

Santiago del Moro conoce el rating. Sabe su ciclotimia, su indiferencia y sus incertidumbres. “Yo no concibo la televisión sin el minuto a minuto” –confesó en Animales Sueltos–. Y esto viene desde los inicios de su carrera, cuando –con apenas 21 años– presentaba videoclips en Muchmusic. Ahí aprendió el vértigo de los números: cuatro horas diarias especulando con el ranking; reconociendo los imperativos de la industria musical como motores de su práctica profesional; metabolizando ese principio de Guy Debord que avisa que “el espectáculo no quiere llegar a ninguna otra cosa que a sí mismo”; y entendiendo que, para permanecer dentro de las fronteras del show, el mandato es resignificarse constantemente, convertirse en un conductor líquido que tenga la capacidad de cambiar de personaje cuando el medio lo demande.

Pero su cintura no termina ahí. El oriundo de Tres Algarrobos también detecta rápido cuando una persona detenta –o no– telegenia, esa cualidad que el semiólogo francés, Philippe Viallon, interpreta como la facilidad para salir atractivo frente a las cámaras. Las antenas de Del Moro fallan en contadas ocasiones. Una habilidad que ha cultivado en Infamas, Soñando por bailar (II), Agite y Clase X, por mencionar otros de los programas en los que ha tonificado sus virtudes de frontman. Todas experiencias audiovisuales que le han brindado el timing, el lenguaje, la estética y los códigos para mantener a la audiencia con los dedos en el enchufe, y, además, estar siempre parado en las coordenadas correctas. Como le dijo en una entrevista su álter ego, Alejandro Fantino: “Sos medio como una piedra filosofal, estás donde está el oro”.

Todas las voces, ¿todas?

La cuenta de Twitter anticipa que uno de los tópicos del programa será “Lanata: la grieta y el periodismo independiente”. En el informe, la voz en off advierte sobre la guerra del periodismo; “Debate, chicanas y odio en esta auténtica batalla televisada”, completa el locutor. El graf rotula “Víctor Hugo vs Magnetto”. Una ráfaga de declaraciones, agresiones y descalificaciones de distintos comunicadores le dan cuerpo al enlatado durante cuatro minutos. Al regreso, en el piso, Ceferino Reato le gatilla en la cara a Diego Brancatelli: “Vos sos un empleado, un mercenario, un alcahuete”. En otra fecha, Camilo García se trenza con Paulo Vilouta. ¿El motivo?  La relación entre el gobierno kirchnerista y la prensa. El razonamiento dual y el vocabulario sísmico también tallan este intercambio. Pero llega el corte comercial y las cámaras se apagan. Son diez minutos de conversaciones cómplices entre panelistas e invitados. Algunos liman asperezas; otros se ríen de las chicanas. El show se toma un respiro. Tiempo de distensión. Tiempo de sentir la potencia del aire acondicionado.

El lema que eligió Intratables para calar en el sentido común ciudadano es “Todas las voces, todas”. De esta manera, intentó erigir un relato que supere la “polarización asfixiante” que cortaba en dos veredas simétricas al tejido social durante el kirchnerismo. En este sentido, el capital del programa sería que, en un escenario dicotómico, logró congregar a voces de toda la góndola política bajo el mismo techo. Cada una, desde su ángulo, deliberando sobre las problemáticas que dibujan el horizonte del país. Una especie de ágora mediático cargado de ideas, tradiciones e imaginarios políticos diversos. ¿Poroto para el pluralismo? 

La respuesta es ambigua. Por un lado, Intratables, posee un arco amplio de invitados que cubre  –con diferente intensidad y frecuencia– desde el rincón izquierdo hasta el borde derecho del espectro ideológico. Es cierto: en el piso pueden estar discutiendo, al mismo tiempo, Vilma Ripoll, Cynthia Hotton y Alberto Samid, lo cual garantizaría el desarrollo de un debate fértil, enriquecedor y democrático. Pero si se ajusta el lente analítico, el problema emerge en las condiciones en que se origina esa esgrima dialógica.

Los informes que se utilizan para generar el debate están formateados con una óptica dual que simplifica, reduce y, precisamente, dicotomiza la realidad. El campo político queda reducido a dos bloques cerrados, compactos y homogéneos: oficialismo y oposición. Su línea editorial termina siendo la misma grieta que pretende suturar. La información está labrada a partir del comportamiento y las declaraciones de personajes públicos enfrentados, que, como asevera el comunicólogo Manuel Castells, enfatiza la personalización de la política. Dicho encuadre es el embrión ideal para reproducir en el estudio los “duelos” del archivo. Tanto panelistas como invitados y conductor emulan esas polémicas, solo que lo hacen en vivo, cara a cara, con las reglas del rating y poniendo en juego su reputación; lo que asegura las temperaturas retórica y emocional mínimas para alcanzar el status de espectáculo.

Dentro de la disputa polar, hay papeles designados. Por ejemplo: Jonatan Viale es la autoridad empírica, el proveedor de datos duros para enmarcar los debates; Diego Brancatelli es el encargado de encender la polémica a través del latiguillo emocional y la falacia ad hominem; Paulo Vilouta oficia de contrapeso del anterior, defendiendo al oficialismo con una ironía más fina, pero el mismo ahínco; Liliana Franco aporta la información de los pasillos políticos, el off the record; Carlos Campolongo es el peronólogo, el que explica cada suceso del justicialismo. Cada uno se vincula con el televidente a través de la empatía, la credibilidad queda en un segundo plano. Su legitimidad procede de lo afectivo, no de los atributos de la profesión: análisis, rigurosidad y capacidad argumentativa (Viale, en este caso, sería una rara avis). Entre todos le dan volumen a este producto que oscila entre la tertulia española (ligereza, informalidad y opinión) y el talk show norteamericano (excentricidad, ironía y controversia).                     

Cachetear a la rutina

En la vitrina de Intratables hay varias nominaciones a los Premios Martín Fierro y brillan dos Premios Tato: “Mejor programa periodístico” y “Mejor conducción masculina”. Ambas estatuillas fueron alzadas en el 2015, dejando en el camino a dos tanques del rating: Periodismo para Todos y La Cornisa. ¿Cuál fue el secreto o, mejor dicho, el valor añadido del elenco que lidera Santiago del Moro?  

El mestizaje entre espectáculo y política. Intratables adoptó la sustancia del debate político, pero lo envolvió con la lógica del entretenimiento. Discursividad económica, conductor líquido y matriz dicotomizante son algunos de los ingredientes que el ciclo importó del mundo del espectáculo. Eso le aporta una dinámica inédita a la discusión política. Abre sus poros. La audiencia se compromete con los personajes, las peleas y las historias en danza, produciendo un eco a gran escala de las controversias políticas. Proyección, difusión y masificación serían los tres activos que le ofrece Intratables a la política. No es poco.               

Pero el último experimento del rating también tiene sus riesgos. La mudanza completa del debate político hacia la esfera del entretenimiento –proceso semiótico que Intratables aún no concretó– traería aparejado un trastorno para la cultura deliberativa y, en consecuencia, para la cuestión pública. El eje estructurante del espectáculo es el simulacro. Sin él, no hay despegue de la realidad. No hay forma de cachetear a la rutina. No hay alternativa al caos cotidiano. En sentido contrario, el debate político, piedra angular de todo proceso democrático, está inmerso en el barro diario. De ahí recoge el pulso social, emana su legitimidad y germinan las decisiones que forjan el destino común. Sacar sus pies de ahí por completo significaría ni más ni menos que aceptar a la ficción como brújula de lo colectivo y, por lo tanto, renunciar a la capacidad objetiva de transformación que entraña la política. Tampoco es poco. 

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