largo adiós / éxodo jujeño / volcar la gloria
el ídolo de los quemados
Ariel Ortega no solo fue el último de una estirpe de punteros derechos poseídos por Satán. Su despedida marca también una transición hacia un fútbol doméstico sin grandes rebeldes, con clubes que poco a poco se van quedando sin héroes. Un hombre como tantos otros que nunca dejó de amar el juego. En la sobremesa de otro superclásico deslucido, esta nota lo homenajea.
06 de Marzo de 2016
crisis #15

Primero en su adolescencia y luego en su trayectoria profesional, Ariel Ortega se inspiró en tres ídolos que, llegado el trance del retiro, eligieron hacerlo al calor de su propia luminiscencia. Norberto Alonso tenía 33 años en diciembre de 1986 cuando ganó con River la Copa Intercontinental en Tokio y decidió despedirse en el Everest de su carrera. También Enzo Francescoli, a los 36, abdicó multicampeón: el uruguayo ganó la Supercopa y el tricampeonato argentino en diciembre de 1997 y no volvió a jugar. Y Diego Maradona, aunque lejos de México 86 y torturado por los controles antidopings, se despidió en el club de su vida, Boca, e incluso después de ganarle un clásico a River en octubre de 1997, cinco días antes de cumplir 37.

A diferencia de sus maestros inspiradores, Ortega esperó hasta el crepúsculo de su vida laboral para jubilarse en el subsuelo del fútbol, los torneos de ascenso, y en un partido que sería la pregunta perfecta para una trivia imposible: sucedió después de un cero a cero entre Defensores de Belgrano y Acassuso, un viernes por la tarde que no está en la memoria de nadie, ni siquiera en la de los hinchas de Defe, su último club. Fue en Núñez, pero no en el Monumental sino en el estadio Juan Pasquale, el 30 de marzo de 2012, y en medio de una racha espantosa de su equipo: doce partidos sin triunfos y el anteúltimo escalón en las posiciones. Faltaban once fechas y tres meses para que terminara el torneo de la B Metropolitana, pero Ortega, que había cumplido 38 años, no volvió a jugar. Más que terminarse, su carrera se desvaneció. Salió lesionado a los diecinueve minutos del segundo tiempo y desde entonces pasó a ser un ex jugador, si es que eso es posible.

¿Cómo llevás ser ex futbolista?

—Es que para mí nunca se deja de ser futbolista. Profesionalmente dejé de jugar, pero igual sigo jugando, siempre voy a jugar, —responde Ortega en el vestuario de River, nueve días antes de su despedida en el Monumental, o un año y tres meses después de aquella última vez oficial.

Este año jugaste con los veteranos de River un par de lunes a la noche.

—Sí, vine dos veces, pero tengo muchos compromisos en el Interior, y se me complica. El partido que no me pierdo nunca es con los amigos, los miércoles, acá cerca de River.

Para divertirte.

—Sí, pero también para ganar. Yo quiero jugar a ganar, si no, si es muy desparejo el partido o demasiado amistoso, no me gusta. Me aburro.

Tu retiro oficial no fue anunciado. Ni los hinchas de Defe se dieron cuenta que habías dejado de jugar.

—Es que se fue dando. Yo había hecho una buena pretemporada y quería pelear arriba con Defensores, pero nos empezó a ir mal, se fue el técnico, Fito Della Picca, y sin darme cuenta perdí la motivación. Así que dije basta.

¿Y por qué no seguiste en otro equipo?

—Porque se piensan que tengo veinte años y que si me contratan salen campeones seguro, pero no es así. No es lo mismo que antes. Y como yo el fútbol siempre me lo tomé en serio, no quería generar falsas expectativas.

Sucesor de Oreste Corbatta y René Houseman, el jujeño es el modelo final de una especie de genios despreocupados por el honor y la reputación, un club de futbolistas con aura de boxeadores en la postdata de la gloria. En la cofradía de los punteros derechos iconoclastas, los embajadores argentinos de Garrincha son criaturas invertebradas que nos regalaron uno de los secretos más personales del fútbol: los números diez serán mejores, sí, pero los siete pueden hacernos más felices. Es el secreto de quienes, confinados al borde de la línea, supieron jugar con los límites de la cancha y la realidad.

¿Lo viste jugar a Garrincha?

—Yo no, pero mi viejo sí, y siempre me decía que me parecía a él. Pero lo que más me acuerdo es que me decía que Pelé jugaba bien porque tenía a Garrincha al lado. Me quedó eso, que Pelé era bueno por Garrincha.

La construcción que Ortega hizo de su propia letanía se condice con la de un Corbatta veterano que, como un daguerrotipo de aquel fenómeno de Racing que llegó a los Mundiales 58 y 62, terminó jugando en clubes perdidos del Alto Valle del Río Negro. O también con el holograma del Houseman de Huracán y los Mundiales 74 y 78 que ya no se movía con piernas sino con yunques cuando, en los últimos dos años de su carrera, apenas se presentó a tres partidos en Independiente y uno en Excursionistas.

Garrincha, Corbatta, Houseman y Ortega: queribles, autodestructivos e intentando gambetear el destino. Con el fútbol, sin importarles el pedigrí de equipos cada vez más subterráneos, y también con el alcohol: en el yin y el yang de los wines está marcado que la suerte se complementa con la desgracia y que los rivales mareados, tropezándose y cayéndose al piso, son un atajo a la siguiente imagen, la de ellos mismos perdiendo el sentido de la gravedad.

Garrincha murió a los 49 consumido por una pancreatitis derivada de una dualidad fatal: cuando no estaba depresivo, estaba borracho. Corbatta se fue a los 55, analfabeto según quienes lo trataron, también en la miseria, sin casa propia y devorado por un alcoholismo crónico que le produjo cáncer de laringe. Y Houseman, que de haber regalado tanta alegría cuando jugaba pareció haberla perdido, recién ahora va por los 59 que ya aparentaba desde hacía rato.

el rebuzno

¿Y qué desafíos le esperan ahora a Ortega, cuando el partido despedida también es pasado? ¿Cómo sigue este recorrido que da vértigo de repasarlo, ni siquiera de vivirlo? Jujuy, Libertador General San Martín y el ingenio Ledesma que acarrea la Noche del apagón, treinta trabajadores desaparecidos en la dictadura y el trabajo de todo un pueblo incluido el de su padre, José, especialista en soldaduras. Los primeros amagues en el potrero enfrente de su casa, una cancha de once contra once con más tierra que césped y la herencia del apodo, el legado de un padre número nueve al estilo Artime y con una patada tan atómica que un día derriba al arquero y le dicen tenés patada de Burro: nace el José Burro y deriva en Ariel Burrito. Las inferiores de Atlético Ledesma son poca cosa para un pibe de 16 años que en diciembre de 1990 viaja a Buenos Aires con un técnico que tiene contactos en Independiente y en Boca pero que en medio del viaje escucha cómo el Burrito rebuzna y dice que sólo quiere jugar en River, y entonces hay cambio de rumbo y de la terminal de Retiro a la parada del 130, timbre para bajar en Libertador y Monroe, caminata por Lidoro Quinteros y el Monumental, que va apareciendo, lo sacude.

En febrero de 1991 ya juega en la quinta de River y vive en el primer piso del Monumental con otros chicos del interior, el cordobés Pablo Miresti, el santiagueño Antonio Luna y otros pibes que se quedarán en el camino pero que mientras tanto salen a conocer Buenos Aires, aunque nunca más allá de Libertador, Cabildo o cualquier otra avenida que no los obligue a pagar el boleto de un colectivo para el que no les alcanza la plata. Ariel también sale a la caza de las cabinas de ENTEL y hurga en los monederos para recolectar cospeles olvidados, los domingos ve a River como alcanza pelota en la cancha o como hincha en la platea, y se enloquece la noche de agosto en que Ramón Díaz vuelve de Europa y le hace dos goles a Central. Una tarde de noviembre se presenta en la reserva contra San Lorenzo, los relatores lo descubren y anuncian al nuevo mesías, el presidente Davicce le ofrece un departamento en Belgrano y le pide a sus padres que dejen Jujuy y se muden con él. En diciembre River sale campeón del Apertura 91 y, en un partido contra Platense, un chango de 17 años y rodillas cartilaginosas debuta en Primera.

En 1992 se gana la porción derecha del ataque, en 1993 sale campeón por segunda vez y en 1994 por tercera vez. En la Bombonera despatarra a Mc Allister y deja de rodillas a Navarro Montoya. Con 19 años debuta en la selección, y quiebra la cintura, frena y los rivales se caen como también se cae su camioneta una madrugada a la salida de un boliche.

Con 20 años juega el Mundial de 1994 y reemplaza al Maradona que le cortaron las piernas, Orteee Orteee, campeón Panamericano 1995, subcampeón olímpico en Atlanta 96, el amor de Danesa, la Copa Libertadores y el Apertura 96, ícono pop del mejor fútbol que se haya visto en el Monumental en los últimos cincuenta años, desobediencia a Ramón que lo quiere sacar contra Racing, apilada y sombrerito a Ferro, travesaño ante la Juventus, el Valencia paga quince millones de dólares, golazo en el Camp Nou, apilada en Santiago de Chile, un irlandés sigue de largo en Dublín, la diez en Francia 98, dos goles a Jamaica, un monumento al potrero en el primer tiempo contra Inglaterra, un cabezazo al arquero de Holanda y una expulsión. La expulsión.

Aterrizaje en Sampdoria, otra madrugada maldita, en Parma gana la Supercopa italiana pero Europa queda lejos de Jujuy y es hora de la segunda etapa en River, Los Cuatro Fantásticos, Aimar-Saviola-Ortega-Ángel, campeón argentino 2002, fracaso en el Mundial de Japón y acuerdo con el Fenerbahçe. Festejan empresarios-representantes-intermediarios pero sufre el jugador: infierno en la parte asiática de Estambul, Expreso de medianoche futbolístico y una metáfora de su carrera, atrapado, exiliado de sus afectos y gritando en silencio por una salida, mientras otros se llevaban los dólares.

Huida como fugitivo y sanción de la FIFA, seis meses inactivo y recaída en el alcoholismo, campeón 2004 con Newell’s, gol a River y gesto de pongan la platita, regreso del hijo pródigo y tercera etapa en Núñez, gol de emboquillada a San Lorenzo en 2006, caño a Paletta en 2007, ausencias a entrenamientos, internación para adictos en Chile y su mujer lo denuncia por amenazas. Viejo, con las primeras canas y mal entrenado saca campeón a River en 2008, vuelve a chocar de madrugada, Simeone lo echa, sin él River queda último, exilio jujeño en Independiente Rivadavia de Mendoza, cuarta etapa en River, gol de emboquillada en la pretemporada de Canadá, un equipo y un club que se caen a pedazos, Desábato le grita borracho, nueva recaída, diez fechas ausente, Jota Jota López lo echa, sin él River desciende, All Boys, Defensores de Belgrano, sesenta mil personas en su despedida, gracias Dios por hacerme de River.

¿Y ahora tenés ganas de hacer qué?

—Tengo varios proyectos. Me gustaría dirigir en las divisiones inferiores de River y algún día la Primera. Sé que es difícil, pero ya hice el primer año del curso. También me gustaría ayudar a mi primer club, Atlético Ledesma. Estuve el otro fin de semana en Ledesma y la gente estaba triste: es un club que jugó los viejos Nacionales, el viejo Zoff fue uno de los técnicos, pero ahora no tiene equipo en la liga local. No es que desapareció, pero como pertenece a una empresa, Ledesma, y el ingenio no quiere tener fútbol profesional, ya no juega en mayores. Me gustaría colaborar para que vuelva a un Regional, a un Nacional. Y también paso mucho tiempo con mis hijos (Sol, Manuela y Tomás). Los miércoles Tomy viene a entrenar acá.

el fútbol desde la utilería

El miércoles 3, nueve días antes de la última vez que 60 mil personas lo ovacionaran en su vida, Ortega pasó la tarde en el vientre del Monumental, el vestuario Ángel Labruna, un recinto ubicado debajo de la tribuna Sívori que está lejos de ser una simple aglomeración de duchas y armarios para que los deportistas descansen en los entretiempos de los partidos y guarden su ropa. El coto privado de los futbolistas también cuenta con un gimnasio de amplios ventanales que dan al campo de juego y a las tribunas, un sector reservado para el cuerpo técnico, una sala con tres camillas que tienen bordado el escudo del club a la altura de sus almohadas, una antesala para que el preparador físico dirija los movimientos musculares precompetitivos de los jugadores, y una utilería con estantes repletos de botines, pantalones y camisetas, y decorada con posters de jugadores emblemáticos: en julio de 2013, esas fotos pegadas a las paredes muestran a Passarella —una en su función de presidente y otra en su época de jugador—, Leonardo Ponzio, Matías Almeyda y el propio Ortega.

La rutina del Burrito como flamante ex futbolista se alimenta de esos pequeños ritos que mitigan su síndrome de abstinencia post retiro: todos los miércoles a las tres de la tarde, y como si fuese un regreso al útero de su carrera futbolística, el jujeño llega a la utilería del Monumental para compartir varias rondas de mate mientras espera que Tomás, su único hijo varón, de doce años, termine de entrenarse en las divisiones infantiles. En la falta de adrenalina de un día laborable y con poca gente yendo y viniendo por el club —alumnos del instituto secundario, chicas del equipo femenino de fútbol, pibes de las divisiones menores—, Ortega vuelve a River en función de padre pero también en búsqueda del único refugio que sigue en pie de los años fértiles de su trabajo. Si la relación de un deportista con una cancha es perecedera, el vestuario asegura lealtad afectiva.

Pero Ortega, cada miércoles, no regresa a un sector cualquiera del Ángel Labruna. Su patria chica es la utilería, una república autonómica de la competitividad que rodea al sector. El vestuario es la única comarca del fútbol en el que las idolatrías no tienen prerrogativas. Aquí, donde no se cuecen ídolos sino caciques, nacen las estructuras sociales de un plantel. Esto es, en cierta forma, el Politburó de la profesión: quienes tienen voz y voto son los jugadores con ascendencia sobre sus pares, no sobre la gente, y Ortega, que nunca tuvo la ambición de que el mundo gire a su alrededor ni tampoco despertó en sus compañeros la fe del guía que los lleva a atravesar el desierto, fue durante veinte años el dueño de las tribunas pero no del vestuario. No era un líder patronal ni sindical, sino, nada menos, el artista favorito del público.

Un vestuario podría ser entonces un lugar indiferente para Ortega sino fuera por la complicidad de una utilería, el lugar al que el jujeño regresa para tomar mate. Que no haya futbolistas ni ex jugadores ni dirigentes a esa hora es, justamente, una definición: el Burrito viene por el reencuentro con los utileros, la casta del fútbol que más extraña, esos hombres que trabajan en las capas subterráneas. Y es, probablemente, el secreto de su adoración: Ortega se retiró a destiempo de la gloria porque también es uno de nosotros, los de afuera de la cancha, los que no fuimos elegidos para ser futbolistas pero sí podríamos haber sido utileros. Al Burrito lo podemos imaginar como técnico, pero no como presidente. Antes en la utilería que en los despachos del poder. Antes visitándonos a nosotros que a un empresario.

¿Qué te enseñó el vestuario?

—Todo, porque encima el fútbol me pasó en la parte más linda de la vida, entre los 17 y los 35 años. Lo que más destaco es el compañerismo, los utileros. Siempre fui de llegar temprano a los entrenamientos para tomar mate con ellos. Son gente especial, no tienen maldad, son los que más aman al club. Eran mi psicólogo, me daban el mate y hablaba con ellos. Lo que más extraño es tomar mate con los utileros, estar acá adentro.

¿Fuiste o vas a algún psicólogo?

—No, nunca. Nunca fui a terapia. A veces, si tengo que hablar algo, lo hablo más tranquilo con los amigos de mi pueblo.

Como las relaciones sociales suelen basarse en la reciprocidad, en su partido homenaje del sábado 13 de julio, un Monumental en estado de enamoramiento le devolvió a Ortega la simbiosis que desde 1991 recibió del jujeño. Pero es mentira decir que el Burrito sólo regaló alegría. Habría sido demasiado impersonal, demasiado perfecto, y no estaríamos hablando de un número siete (porque somos muchos los que creemos que Ortega siempre será siete): en cada una de sus debilidades, en la roja contra Holanda, en la soledad en Turquía, en las copas de más y en su obstinada pulseada contra el tiempo para no retirarse, Ortega fue nosotros, los que ganamos y perdemos todos los días.

El jujeño eludió hasta a un club empecinado en su nueva maquinaria de devorar ídolos, y en el que por ahora es imposible imaginar en cuántos años, o en cuántas décadas, volverá a llenar su cancha para despedir a otro de los suyos. Seguramente para varios de quiénes estuvieron en el Monumental fue el último tributo futbolístico de sus vidas, y por lo tanto también se convirtió en un auto homenaje: en un fútbol con cada vez menos feedback entre jugadores e hinchas, con Ortega se fue algo de nosotros.

El marketing lo vendió como el último ídolo, pero ídolo, tratándose de Orteguita, suena a fetiche, a deidad, a tótem. Y el futbolista que ama a los utileros es mucho más que eso: es nuestro último héroe.

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