batallón laburante | revista crisis
conurbano embichado / cerco sanitario / odisea del rebusque
batallón laburante
El contexto actual de la pandemia alteró todos los cálculos. A las vidas conurbanas se le sumó la precariedad y la pobreza que dejó sedimentadas el gobierno anterior. Aun así, con esa doble intranquilidad en la mochila –la económica y la del virus dando vueltas– hay quienes no pueden elegir sacarle el cuerpo a la primera línea. Un registro de esos barrios ajustados, que se cuidan, de las pibas y los pibes que ensayan una sociabilidad nueva, de los laburantes que la reman para permanecer a flote.
27 de Agosto de 2020
crisis #43

 

Martín se despertó a las dos de la mañana con un dolor agudo en el cuello, pero no le dio mucha bola. Y se alegró porque aún no era la hora de levantarse. A las siete, cuando intentó manotear el celular que chillaba arriba de la mesita de luz, un fuerte malestar físico lo volteó. Entonces se dio cuenta de que no iba a poder ir a laburar. Mandó unos mensajitos avisando al encargado, por las dudas se puso el termómetro de mercurio, y escuchó un audio de su compañero diciéndole que también había estado con dolores de cervicales durante la noche, pero por suerte ahora estaba bien. Miró los 37 grados y medio y se puso a repasar a los pedos una y otra vez la película del día anterior. Cuando recordó ese rato que había pasado con el suegro —que vive debajo de su casa y tiene diabetes— se cagó todo, le avisó a la mujer y rajó a buscar algún lugar para que le hagan rápido ese test de mierda.

Martín labura en un taller mecánico en el Dock Sud, justo antes de llegar a la Isla Maciel, a unas cuadras de donde comienza el puente viejo de La Boca. Toda la semana va en su auto desde Berazategui, va con muchas ganas y con felicidad, porque es el oficio que tiene desde pibito cuando empezó a aprender jugando con autitos y de paso incorporó un saber que de adulto le garpa y le permite no estar tan ahogado en un mercado laboral cada vez más jodido. Teniendo en cuenta que incluso una franja de trabajadores formales está bajo la línea de la pobreza, él sería uno de esos laburantes al que el insensible y gordofóbico de Raúl Alfonsín le diría que no se queje porque tan mal no le va. “Excepto los primeros quince días de la cuarentena que se paró todo, yo tuve incluso más laburo que antes: hice horas extras, laburé los sábados. Pero estuve tranquilo. Laburo bastante solo en la fosa, alguna que otra vez alguien me viene a ayudar. Hacemos mecánica de camiones para los que siguen laburando porque son esenciales y también para los que están parados y aprovechan para arreglar algo”.

Mientras se dirige a un centro de salud en el que le van a hacer el hisopado se repite que no puede tener el bicho feo ese; en el laburo le dieron todos los elementos, cambiaron las normas y se alteró de manera profunda la cotidianidad: máscaras, barbijos, alcohol en gel y del común, los rociaban varias veces al día y cada mañana cuando llegaban les tomaban la temperatura y la agregaban en la planilla en la que firman la entrada. Se transformó —y este es quizás el peor de los hábitos de la excepción— la sociabilidad cotidiana: antes tenían mate en el comedor y cuando llegaban a la mañana se ponían a charlar un rato, sobre todo los lunes para relatar el fin de semana. Ahora se cortó todo. Mate cocido o té, y nunca se juntan en la cocina más de dos personas, siempre manteniendo la distancia. Aceptar y bancar la suspensión del tiempo de comedor es como soportar, estoicos y sin anestesia, que se le arranque el corazón afectivo al laburo. Pero se pusieron las pilas y cumplieron: “incluso antes salíamos de trabajar y éramos cinco o seis que nos quedábamos tomando unas cervezas. Con el Covid nos quedamos un ratito nomás, cada uno se toma una o dos latitas y tasa tasa cada uno a su casa”. Esas latitas cogotudas e individualistas que ya estaban ahí, esperando en silencio en las góndolas de supermercados y en los kioscos, la oportunidad social para desplazar de manera definitiva a la birra de litro, vidriosa, nacional y grupal.

A las vidas laborales de quienes trabajan en el taller, y a todas las y los que vienen más “abajo” —en esta nota y en la escala salarial—, no se las suele mimar en el discurso oficial. Si se los menciona es tocando el lado pobre o empobrecido del laburante y sin dignificar y empoderar al mismo tiempo el instinto de clase. Siguen siendo las “mayorías laburantes ruidosas” que no son escuchadas por las orejitas del lenguaje público y político, que pasa más tiempo fantasmeando en Villa Tuiter que pensando en salir de la zona de confort. Queda expuesta, sin vergüenza, la otra grave y silenciada pérdida de la cultura del trabajo que ha sufrido nuestro país: la de al menos dos generaciones de argentinos y argentinas que se dedican a la función pública, al periodismo, y a mostrarse como influencers intelectuales sin que les interese demasiado el punto de vista laburante –y el lado manufacturado de las cosas. Sin empatía y sin ganas de investigar ánimos, pulsos y temperaturas de vidas, a las que se va empujando todos los días un poquitito más hacia la bocota abierta de una derecha fea que apela al corazón gorrudo mientras te vacía el bolsillo.

Siguen siendo las “mayorías laburantes ruidosas” que no son escuchadas por las orejitas del lenguaje público y político, que pasa más tiempo fantasmeando en Villa Tuiter que pensando en salir de la zona de confort.

 

sacrificio y tafirol

Quilmes está embichado. Después de La Matanza —que la triplica en población— es el distrito con más cantidad de casos de Covid-19 en el conurbano bonaerense. A fines de mayo y por casi dos semanas, Villa Azul —un territorio pequeño y picante ubicado en la zona de frontera compartida por Avellaneda y Quilmes— se metió en las pantallas y en la conversación pública dejando expuesta la pesada herencia de Cambiemos a escala municipal y una grieta bien concreta y palpable: viviendas y servicios públicos construidos por el estadito municipal en Azul-Avellaneda, y precariedad y desidia en la gestión del exintendente Martiniano Molina. La conciencia de esta disparidad pinchó a un grupo de vecinos y vecinas que cortaron el acceso sudeste de la autopista Buenos Aires-La Plata, para alertar que en el barrio estaba pintando un foquito de virus y que el Operativo Detectar que ya había hecho su desembarco tenía que pasar a nafta.

Luego del cerco que se armó para evitar la proliferación de casos y el colapso sanitario, las mismas máquinas mediáticas y gorrudas que colaboran a diario para que se acepten fronteras urbanas y aislamientos sociales permanentes, visibilizaron de manera perversa su propio “sueño político”: el gueto de Villa Azul, como repetía la cínica de Patricia Bullrich. Semanas de móviles periodísticos y de un croniquismo barrial inédito, que con el tono securitario —inflamado también por el excesivo montaje bélico— alternaban historias mínimas de la gente jodida por la precariedad del barrio con el ninguneo total o las esporádicas críticas feroces a los más jóvenes cuya irresponsabilidad habría hecho proliferar el bicho. No tiene sentido hacer leña del vecino o vecina que cayó con el virus al barrio, pero lo más probable es que haya sido producto de quienes se vieron obligados a tener que seguir yendo a laburar.

Belén fue una de las trabajadoras de traje blanco. Me manda una foto en la que se ven varios muñecos Michelin de diferentes estaturas y para que la identifique se marca con una flecha gigante que parece salir del cielo. Por el temor al contagio la salita del barrio venía envuelta en una extraña calma. Pero de repente el aviso de varios posibles casos se convirtió en un cerco sanitario proyectado a la escena nacional: “la sensación de caer al barrio y que esté todo vallado fue horrible, pero la situación era muy jevi y no quedaba otra. Imagino que los vecinos y las vecinas habrán sentido una invasión constante: por todos lados trajes amarillos de policías y bomberos, y nosotros vestidos de astronauta. Recorrimos casa por casa y completamos la ficha epidemiológica antes de que se les haga el hisopado. Mucha gente estaba angustiada, algunos se acercaban a pedir permiso para ir a laburar porque cuando empezó a salir en todos lados la situación de Villa Azul en muchos trabajos les exigían certificados de que no estaban infectados. Se señalizó todo el barrio, se lo dividió en cinco sectores —cada uno con un referente del Comité Operativo de Emergencia— y se numeraron las casas. Sirvió mucho poder tener toda esa georreferencia”. Días agitados en que una biopolítica piola desplegó redes y trató de disipar un toque la confusión metiéndose medio a ciegas en los más finos detalles sociales. Hubo mucho del barrio saltando por sí mismo con la ayuda de organizaciones y vecinos y un musculito estatal que jugó fuerte y con saldo positivo: barrio cerrado y gobernabilidad abierta a las demandas que peloteaban por todos lados. Esa actuación dejó la expectativa de que esa presencia vino para quedarse; vecinos y vecinas quedaron abrazados a los buenos fierros del Estado y deseando que, no solo no haya un repliegue de esa maquinita, sino que el mapeo y la gestión “total” de demandas lejos de cortarse o quedar en falsas promesas, se profundice más: “hubo una cobertura de todo lo que se pudo. Incluso hasta se compraron medicamentos que no los garantizaba ningún programa. La mayor parte de la comunidad se sintió escuchada, y nosotros desde las instituciones también, porque siempre estamos medio dejados de lado. Tuvo que pasar esto para que se vea que Villa Azul existe y es parte de Quilmes. También generó deseo y sobre todo mucha ansiedad lo que se habló sobre la urbanización del barrio y la construcción de viviendas”.

Belén quedó exhausta de la maratón de dos semanas. Una cotidianidad laboral desbordada en la que se cortaron del todo las fuguitas del mate colectivo y la charla relajada y en la que tenés que evitar el bicho, pero también la quemazón. “Llegó un momento en el que temía más por mi salud mental que por el Covid —dice riéndose—. Además, era tanta la gente contagiada que te desbordabas: ocho de cada diez daban positivo, y estábamos todos de acá para allá corriendo; no existió el distanciamiento. Fue muy desgastante. Hubo después mucho reconocimiento y aplausos para los vecinos y las vecinas, para las militantes, pero me parece que faltó un gran aplauso para el laburante, ja”.

Hubo mucho del barrio saltando por sí mismo con la ayuda de organizaciones y vecinos y un musculito estatal que jugó fuerte y con saldo positivo: barrio cerrado y gobernabilidad abierta a las demandas que peloteaban por todos lados.

 

olvídalo mejor olvídalo

Osvaldo trabaja en uno de los Centros de Aislamiento Sanitario acondicionados para alojar a los infectados con síntomas leves. En cada Centro hay un equipo de colaboradores y empleados municipales cuya tarea consiste, entre otras varias gestiones, en tratar de entretener a quienes tienen que guardarse por varios días: montaron un proyector y pasan películas de acción o documentales, llevan juegos de mesa, juguetes si hay pibitos y pibitas. Se trata de distraerlos un rato para que olviden el encierro, los síntomas del bicho (y todo lo que se habla de manera constante sobre él), el barrio y la familia que quedó allá lejos. El trabajo con los acostados y las acostadas comienza cuando llegan al Centro con el susto impreso en la cara y mirando con desconfianza para todos lados: “acá tratamos de brindarle las comidas, que estén calentitos y entretenidos, que estén contenidos; charlamos mucho porque quizás salta algún otro problema que tienen y se lo podemos solucionar. La gente que llega no tiene laburo en blanco, no tienen obras sociales y llegan confundidos y asustados. Con el paso de los días se dan cuenta de que está todo okey y que esto es para el bien de ellos. Aunque están un poco aburridos, lo cual es entendible, por eso tratamos de hacerlo más llevadero”. Animar un poco los días que parecen fotocopiarse, meterle onda y cortar con el sopor de la tibia peste.

El lema podría ser, que no cunda el aburrimiento. Ese tiempo espeso que se derrama lento y doloroso y que puede incubar ideas piolas o puede comerte el coco y pelar de a poco los cables, dejando los nervios chamuscados y preparados para que algún quilombito agazapado estalle. Pero sea porque el terror principal al Covid y sus efectos no dejó mucha cabida para berretines ordinarios, o porque el laburo que hicieron con ese material afectivo y explosivo que es el tiempo ralentizado tuvo éxito, lo cierto es que la convivencia forzada estuvo bastante tranquila: “que yo sepa hubo un solo quilombo —cuenta Osvaldo riendo—, un pibe que una noche se llevó un dispenser a la pieza y lo dejó al otro sin agua. Pero lo hablamos y quedó todo bien. Creo que se adaptaron bastante y que entendieron que esto es para cuidarlos”.

Andá a decirle a quienes laburan en los Centros que el virus es minúsculo e imperceptible. Ahí adentro la visión microscópica de los seres ponzoñosos no existe. El bicho te toce, estornuda y anda en dos patas. Lidiar con esa carga viral y encima sin deberle nada a Hipócrates debe hacer que cada tanto pinte la pregunta: qué mierda estoy haciendo acá. El cagazo está entonces en el rostro de las infectadas y los infectados, pero también en los laburantes estrechos que están ubicados en la parte de Cloverfield donde el monstruo es regigante y tienen que transformar el miedo en un compañero más de laburo, meter el chucho en el espacio subjetivo justo para que no atente contra las tareas concretas. Después de todo, cada quien se asusta lo que puede y lo que sus condiciones materiales de existencia le permitan: “miedo al contagio hay siempre porque nosotros entramos y ellos son positivos. La posibilidad de contagiarnos y llevar a casa el virus y contagiar a alguna persona de riesgo está. Por eso nos desinfectamos a cada rato. Todo lo que entra al Centro queda aislado y desinfectado, y al otro día no se lo puede usar. Vamos rotando: se desinfectan los juegos, las películas, todo”.

Están también los trabajadores esencialmente precarizados de la recolección de residuos. Los intestinos de la ciudad se siguen moviendo e incluso, con más tiempo de sedentarismo hogareño, la basura crece y también el riesgo de que el descarte que espera en el cesto o en la vereda esté tocado por la peste.

 

la sal del asfalto

El aguijón del miedo también pinchó a los que trabajan a cielo abierto mientras la sociedad está más o menos bajo techo. Hay servicios de delivery de todos los colores que llevan y traen lo que venga, pero por piedad no les pregunto nada: si a la cantidad de horas que pedalean y queman gomas le sumamos el tiempo extra no remunerado que los “hacen trabajar”, en la infinidad de crónicas urbanas que protagonizan la explotación ya es 24/7.

Están también los otros trabajadores esencialmente precarizados: los laburantes de la recolección de residuos. Los intestinos de la ciudad se siguen moviendo e incluso, con más tiempo de sedentarismo hogareño, la basura crece y también el riesgo de que el descarte que espera en el cesto o en la vereda esté tocado por la peste. Trabajar en el lado oscuro y con la podredumbre de la ciudad siempre te expone al riesgo, pero la pandemia le agregó una capa social y ambiental de cagazo que obliga a reforzar las cautelas: “nos acostumbramos a cuidarnos un poco mejor. A sacarse los guantes antes de subir a la cabina, a higienizarse, a llevar siempre cloro —cuenta Claudio mostrando un pantalón azul que ahora tiene manchones blancos por todos lados—, y después del laburo cada uno con su latita y para su casita. La verdad es que hay una incertidumbre y un miedo que uno tiene, sobre todo por la familia que al comienzo estaba con cagazo y ahora un poco menos. Yo cuando llego a mi casa salgo directo al patio, me cambio de ropa, me tiro lavandina por todos lados. Así la venimos piloteando. El miedo siempre está: como el lobo, ja. Pero acá no podés titubear; tenés que ponerle onda y alegría. Si no vas para atrás y no sirve”.

Al que labura la imagen de la familia lo ayuda. Acompaña como una estampita y es un órgano clave —junto al órgano del bolsillo del que hablaba Perón— que mantiene al cuerpito funcionando y yendo y viniendo. Más aún cuando la pulpa afectiva que contiene la sociabilidad laboral se deja a un lado: distancia calculada y choque de antebrazos, chistes o anécdotas que se pegan a la humedad de los barbijos y llegan difusas, celulares que casi no se dejan manipular por los guantes y las normas de higiene, ausencia del partido de fútbol con su tercer tiempo, ir de la casa al trabajo y del trabajo a la casa atravesando climas sombríos, rostros parcos, retraídos. Y la experiencia inédita de que se taponen los poros por los que el cuerpo laburante transpira y respira.

Las calles de la sociedad afiebrada mostraron un fuerte recambio: salen de la cancha por un tiempo quienes se dedican a la venta ambulante, e invaden por los cuatro costados los que para morfar devienen comerciantes de ocasión. “Gracias a la harina —y a la lavandina—, que me ha dado un mango”, podría ser el canto barrial y popular de estos meses de cuarentena. Maxi labura de mantenimiento en “la República de los Niños” y ahora está con su madre vendiendo pan por el barrio. Emanuel pasó de la carbonería a poner un emprendimiento panadero en su casa con la ayuda del suegro. Sergio trabaja en una peluquería y mientras las tijeras descansan y las barbas y el pelo crecen, se metió en la venta de alfajores artesanales que es un rebusque familiar. Las firmas podrían seguir como en un final de película: hasta que vuelvan las obras de construcción, vender productos de limpieza o armarse el kiosquito que pinte.

Rebusques de todo tipo suman billetes a lo que entró por el Ingreso Familiar de Emergencia que cobraron casi 9 millones de personas, de las cuales más de la mitad son laburantes informales y en su mayoría residen en el conurbano bonaerense. “Yo me quedé varado y tuve que buscarme un rebusque; me puse a vender pollos a pedido en mi domicilio y a seguir luchándola. Cobré el IFE las dos veces y me sirvió para tapar algunos pozos. Viste que las deudas a veces son pequeñas, pero se van juntando una tras otra y se te hacen una suma”. El que habla es Ale, un vendedor ambulante de “alma y corazón” que está hace 25 años subiendo al bondi en la misma zona para vender golosinas. Ahora se suma un desafío inédito: entre la falta de moneda y el cagazo por tocar el producto que se flashea infectado, el gesto de manotear el bolsillo quedará como puro amague.

“Gracias a la harina –y a la lavandina–, que me ha dado un mango”, podría ser el canto barrial y popular de estos meses de cuarentena.

 

extraña normalidad

A Martín el test le dio positivo y estuvo diez días guardado. Sigue repasando en slow motion todos los movimientos que hizo durante los largos meses de pandemia y no encuentra dónde mierda pudo haberse infectado. En una de esas fue en la estación de servicio cuando cargó gas y manipuló guita, o en un almacén del barrio cuando capaz que bajó la guardia para manotear un sándwich y se tocó la cara con ganas. Andá a saber. Lo cierto es que, más allá de la culpa y el cagazo que le comió el coco hasta que pasó el período de contagio, no le transmitió el Covid a nadie: ni a la mujer, ni a los hijos, ni a la familia, ni a los compañeros de laburo que lo perseguían todos los días con mensajes para ver cómo estaba, y hasta que se hicieron el hisopado y les dio negativo no se quedaron tranquilos. Acostumbrado a silenciar el grito de los órganos hasta el umbral “martillazo en la cabeza”, piensa que podría haber pasado como un asintomático.

Ahora está acostado, embolado y en la agridulce espera del médico de la ART que le va a dar el alta: “lo peor de ir a trabajar durante todo este tiempo era el cagazo de contagiarme y llevar el bicho a mi casa. Al final el miedo se hizo realidad, pero por suerte zafaron todos. Estos días en cama y encierro fueron horribles. No sabía qué mierda hacer. Ahí te das cuenta que te gusta el trabajo, ja”.

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