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yo me quedo en casa, patrona
El aislamiento social preventivo no se vive del mismo modo en todas las clases sociales: para las familias pudientes con mansiones, un mes sin el personal doméstico puede ser una pesadilla. Por eso activan una batería de chantajes emocionales y patronales, para impedir que las trabajadoras del hogar cumplan el aislamiento social preventivo en sus casas. Pero las abejas se siguen organizando y esta vez toca cuidarse. Cómo se comunican, el sindicato que aun no está, la estrategias para plantarse. ¿Ahora sí las vemos?
04 de Abril de 2020

 

“Chicas, trabajo con cama pero me quiero ir. ¿Cómo hago? ¿Se puede viajar? Acá mi patrona me  dice que no puedo salir a la calle, que es peligroso, pero yo quiero estar en mi casa”. Hasta animarse a escribir eso, María aguantó quince días. Cuando Alberto Fernández anunció la cuarentena obligatoria, ella escuchó la noticia desde la cocina, mientras hacía la cena para los patrones, y de inmediato “la señora” se le acercó y le dijo que nadie podría salir a la calle por decreto así que se tendría que quedar ahí, con ellos, en Olivos. María pensó que tal vez era lo mejor, así podía cobrar el sueldo completo a fin de mes y, además, tuvo miedo, porque la patrona se paseaba de un lado al otro de la casa diciendo en voz alta: “El que sale a la calle va preso. ¡Va preso!”, así que aguantó esos días sin quejarse. Pero la oficialización de otra quincena de aislamiento la quebró: se quería ir y no conocía a nadie para preguntar qué hacer.

Hacía dos años que había llegado de Paraguay. Ahí fue cuando escribió a la página del sindicato, la Unión del Personal Auxiliar de Casas Particulares (UPACP), y contó lo que pasaba. No tuvo respuesta del gremio. Sí de sus pares, que enseguida la contactaron. Le contaron del permiso para circular y de sus derechos. Entonces tomó coraje y fue a hablarles a sus patrones. En realidad, primero fue con la dueña de casa, que le dijo que iba a consultarlo con su marido. Ya juntos, los dos le preguntaron quién le había dado esa información. “Una tía que trabaja en Nordelta”, inventó al vuelo, para no exponerse a decir que había escrito en la página y porque sabía que mencionar a las trabajadoras del country más grande de Argentina luego de la revuelta del 2019, cuando expusieron la discriminación que vivían en sus lugares de trabajo, hace recular a los patrones. Ellos se encerraron en su estudio. Al salir, montaron una escena: que era tarde, que se debería haber ido el viernes, que ese permiso no servía. También usaron otra estrategia, le recordaron lo importante que era para la casa, que sin ella no podían seguir. Un bolero. Le mostraban los mensajes con sus amigos en los que le advertían que no la dejaran salir, que corría riesgo de ir presa, le hacían escuchar los audios. Ella, a su vez, también recibía mensajes de las trabajadoras de Nordelta que la alentaban a que insistiera, que tenía que estar en su casa y con sueldo pago. Insistió, pero la cara de la señora se transformó: “Si querés arriesgate, pero si te agarran, te van a hacer una causa y acá yo no te voy a querer más”. María pudo irse a su casa, después de quince días, envalentonada por la información que le dieron las otras trabajadoras. Pero no todas lograron esa salida.

Entonces tomó coraje y fue a hablarles a sus patrones. En realidad, primero fue con la dueña de casa, que le dijo que iba a consultarlo con su marido. Ellos se encerraron en su estudio. Al salir, montaron una escena: le recordaron lo importante que era para la casa, que sin ella no podían seguir. Un bolero.

 

lo auxiliar y lo esencial

“Las chicas que están con cama se quedan porque las patronas les hicieron tener miedo”, cuenta Claudia, que en el verano pasado encabezó la movida de las trabajadoras de Nordelta. Los mensajes van y vienen entre ellas. “Cuando Alberto Fernández anunció la cuarentena obligatoria, las patronas entraron en crisis”, dice. Ella hoy trabaja en negro y por hora y cuenta que los celulares de muchas empezaron a sonar ese día. Las ofertas se repetían:  “El doble. Te pago el doble y un certificado para circular”. Todo se dibuja: asistente en una clínica, lo que sea. Circulaba un permiso como trabajadora de un lugar de kinesiología. “Pensalo”, le decían, “pensalo”. ¿Quién pasaría el trapo con lavandina? ¿Y las camas? ¿Y los platos? Cerca de 1.730.000, empleadas domésticas según los datos del INDEC hacen ese trabajo, pero, de ellas, apenas 515.000 están registradas. El resto está sin red.

El sindicato reconocido a nivel estatal es UPACP. Ahí escriben ellas si tienen consultas, ahí se informan, ahí, cuando pueden llevan su reclamo. Las quejas de las trabajadoras están a la orden del día y la Unión, lo aseguran, no está a la altura de esos reclamos. Por eso, si bien no han logrado una organización sólida y fuerte, sí aparecieron en distintos momentos organizaciones que nuclean esos reclamos.

El 23 de marzo el UPACP sacó un comunicado en el que avisaba que se quedaban en casa para no exponerse al virus y que cualquier consulta sería por WhatsApp. Habilitaron unas líneas entonces en las que atenderían una treintena de abogados. No es fácil llegar a esa información para todas. Ahí también hay capitales ganados y capitales perdidos. En el camino, desde el sindicato facilitaron un formulario para que presenten quienes tienen que asistir a mayores o personas de riesgo, lo que sería la “cuarta categoría”. El 27 de marzo, comunicaron: “UPACP hace un llamado a la reflexión, exhortando al diálogo social, de los actores de las relaciones laborales; con el objeto de evitar inconvenientes, no apropiados a estas circunstancias y no acordes al buen proceder que entendemos debería y debe imperar”. Antes habían aclarado que sólo esas trabajadoras de cuarta categoría podían ir a trabajar en tanto no tuvieran más de sesenta años o hijos menores de 12 años y el resto de las excepciones que determinaba la ley. “Las trabajadoras de 5°, 3°, 2° y 1° categoría, no deben (están exceptuadas de) concurrir a trabajar, teniendo el derecho a cobrar su sueldo o remuneración, igual y sin quita alguna, hasta el 31/03/20”, puntualizan. En el número fijo no atienden. La consulta por WhatsApp para ver si hay movimientos en los cambios de categoría, por el momento, está sin responder.

El Facebook del sindicato es un mural vivo de lo que atraviesan por estos días. Los grupos de WhatsApp, aunque no son públicos, también:

“Dice que llegó hasta la parada y ahí la patrona la fue a buscar. Que si no seguía trabajando la iba a echar”.

“No soy la única que está trabajando. Te venís hasta el puente y te viene a buscar tu jefa”.

“Hay una paraguayita que trabaja en la casa de enfrente desde hace tres o cuatro años. No la dejaron irse. Tiene esposo, familia, la pobre”.

“Si somos puestos dentro de ‘personal esencial’ o ‘actividad esencial’... por qué no nos incluyen en el bono compensatorio como a los médicos, enfermeros, policías y demás??? Prefiero perder el trabajo a tener que poner en juego mi salud y seguridad”.

Por qué no te quedaste, Juanita

El caso del patrón que intentó meter a la empleada en el baúl para acceder al country en Tandil o el video de Catherine Fulop en el que a pocos días de decretada la cuarentena muestra por Instagram a Juana, la mujer que trabaja en su casa con uniforme y todo, y dice “¿Por qué te quedaste, Juanita, loca? Pobre, que Alberto no se entere”, son apenas los costados más grotescos de una situación que se repite. Hasta que todo se enmarcó dentro de la cuarentena obligatoria, ellas iban, y sabían que sus patrones viajaban por trabajo o por vacaciones y tenían que estar expuestas al posible contagio. El día que anunciaron el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) algo aflojó. Los diez mil pesos alegraron a muchas. Hasta entonces, la preocupación iba por el lado del día a día. Quienes estaban en negro no podían dejar de trabajar. Quienes estaban en blanco pero con pocas horas tampoco, y si bien algunos countries habían restringido los ingresos, encontraban la manera.

“Desde el anuncio del IFE las compañeras están priorizando su salud y sus familias y están animándose a enfrentar a la patrona”, cuenta Aly Diarte, que en septiembre de 2019 se puso al frente de una organización para darle curso a esta problemática. Trabajadoras In-Domésticas es el nombre del espacio y allí desfilan con distinta intensidad gente del Oeste, de zona Sur, Norte y CABA. Ella marca, además, el juego de chantaje emocional que se entabla en esta situaciones y también cuando la rutina gana terreno: “Lo más común es la manipulación emocional, la frase ‘vos sos como de la familia’. Y en el mandato de que hay que ser agradecida con la gente que te ayuda. A eso sumale la frase ‘no se muerde la mano que te da de comer’ y la religión de la que la mayoría son adherentes, entonces nos volvemos carne de cañón para las manipulaciones emocionales. Pero la realidad es que con esa manipulación las compañeras arriesgan su vida y hasta la salud de su familia por sus patrones. Ama y se encariña con las familias para las que trabajan y se vuelven perros fieles. Las escinden de sus propios deseos y no las dejan crecer”.

“Lo más común es la manipulación emocional, la frase ‘vos sos como de la familia’. A eso sumale la frase ‘no se muerde la mano que te da de comer’. Nos volvemos carne de cañón para las manipulaciones emocionales. Ama y se encariña con las familias para las que trabajan y se vuelven perros fieles. Las escinden de sus propios deseos y no las dejan crecer”.

Algunas de las trabajadoras que pudieron quedarse en sus casas reciben llamados de sus patronas avisando que les quieren pagar menos por el cobro del IFE. “A otras las están cambiando de categoría para hacerlas ir a trabajar igual –cuenta Aly Diarte. Las pasan a cuarta para que pasen por cuidadoras. Las compañeras acceden porque, además, muchas están podridas de estar en sus casas y aguantar violencias de los maridos o hijos desempleados”.

Claudia agrega en base a lo que ve de su propia historia y la de sus compañeras en Nordelta: “Yo alquilo porque me tuve que ir de mi casa por violencia de género. Pago siete mil pesos por una pieza y comedor más luz. El aislamiento también genera violencia de género. Estar encerrados sin trabajar, sin dinero y con falta de alimento trae discusiones. Los hijos adolescentes hacen lo que sea para poder salir a la calle, se arriesgan. No es lo mismo una cuarentena en una mansión o en una casa con patio y todas las comodidades”. ¿Pero cuánto más puede durar? “Si se extiende la cuarentena tenemos que ver cómo seguimos, porque a las que trabajamos por hora creo que nos va a entrar la desesperación por ganarnos el mango”, vaticina Claudia y explica: “Las deudas se acumulan. El Gobierno dijo que, por el momento, el gas, la luz y otros impuestos no se abonen pero sabemos bien que esto se acumula ¿Después cómo salimos de esta deuda?”.

El 3 de abril fue el Día del Personal de Casas Particulares. Un flyer las saludó desde el sindicato y ellas comentaron con abrazos para sus pares, con datos de sus recorridos laborales y con listas ancestrales de  despidos y desprecios. Una de ellas escribió: “Hoy es nuestro día. Levantemos la voz. Gritemos. Que escuchen que existimos”.

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