tres instrucciones para armar una revista política

Segundo episodio de la saga sobre nuestro laboratorio editorial. ¿Cómo se construye un punto de vista colectivo hoy? El desafío de desplegar capacidad crítica convive con la necesidad de resolver el financiamiento desde la autonomía y un deseo profundo de aportar a la transformación social.

Una revista no es política simplemente porque hable de temas políticos, sino por lo que genera en el proceso de su producción. La política nunca es una propiedad o etiqueta, menos un oficio o profesión. Al cumplir quince años de su relanzamiento, decidimos sistematizar algunos elementos de la práctica desarrollada en esta tercera época de crisis. Para aclararnos los tantos y para poner en común el humilde saber hacer acumulado, con la ilusión de que se multipliquen las aventuras editoriales con vocación beligerante, reunimos dicho acervo en tres instrucciones principales: construir un punto de vista colectivo, crear contenidos que posean valor social, y desplegar a fondo la capacidad crítica.

| uno | lo colectivo vence al tiempo

Toda revista es un dispositivo consistente y perdurable desde el que pensar la escena contemporánea. Su característica más relevante consiste en ir más allá de la figura del periodista o investigador individual para construir un intelectual colectivo. Esa conquista requiere de una sabiduría propiamente organizacional, cuyo primer hallazgo consiste en distinguir lo colectivo de lo grupal.

Podríamos definir al grupo como una reunión de personas que se juntan para lograr cierto objetivo, por ejemplo, comunicar ideas. Lo colectivo ocurre, o no, en el marco de esa grupalidad, pero supone algo cualitativamente distinto: la emergencia de un cuerpo nuevo que no resulta de la mera suma de los individuos. Para que exista lo colectivo los egos deben disolverse y fundirse en pos de un punto de vista más potente. Ese tejido que conformamos al disponernos a cooperar es lo que hace una diferencia, produce un plus de valor. Se trata de un tipo de afectividad especial, de la cual emana el sujeto político.

La dificultad radica en que esa trama colectiva no es, sino que se hace; nunca está dada y hay que tejerla cada vez, ante cada desafío. Y ojo que no se trata de relegar ni olvidar a la singularidad. Demasiadas veces sucede que los grupos se tornan opresivos, la organización se vuelve una carga o corset, por eso hay gente que tiende a replegarse en lo individual. Tal cosa ocurre precisamente cuando se desarma la dinámica colectiva y queda solo la organización como una cáscara. Apostamos a la articulación virtuosa entre el individuo y lo grupal, pero sobre la base de un axioma obvio aunque cada vez más escaso en la sociedad en que vivimos: en la unión está la fuerza.

La segunda cualidad imprescindible de un intelectual colectivo consiste en inventar reglas de comportamiento alternativas a las que propone el sistema de valores dominante. Para decirlo mal y pronto, una revista política es lo contrario a una empresa. No tanto por su figura societaria (crisis en su tercera época se conformó como una asociación civil), sino por el modo de funcionamiento. En este sentido hay dos principios que nos resultan esenciales: autonomía y horizontalidad.

La autonomía es la plena capacidad de decidir por motu proprio sobre el proceso del que participamos. Su nervio más sensible es el vínculo con el dinero. Cómo financiamos el proyecto y de qué manera nos relacionamos con la guita. A grandes rasgos, un tercio de nuestros ingresos provienen de la publicidad, otro de la cooperación internacional, y el tercero surge de las ventas. En los tres casos una misma regla ética nos gobierna: conseguir el dinero necesario para hacer lo que nos proponemos, sin subordinar nuestro trabajo a la voluntad de los financiadores. Parece sencillo trazar una línea divisoria clara, pero no lo es para nada y en ese intento se juega todo.

Comencemos con la publicidad, que es el rubro más conocido: ya sea que el aporte venga de una empresa privada o de una institución estatal, el punto es estar dispuestos a perder el apoyo de cuajo ante cualquier apriete o contradicción. Recordemos dos episodios que grafican bien este dilema. El relanzamiento de esta tercera etapa contó con el apoyo entusiasta y considerable de una firma de fuerte crecimiento durante el kirchnerismo, cuyos dueños habían sido militantes en la década del setenta. El proyecto iba viento en popa pero, cuando estábamos por publicar el cuarto número, uno de los empresarios exigió mayor compromiso con el oficialismo. Nos negamos y cortaron el chorro. Fueron meses de malaria, estuvimos al borde de cerrar, pero continuar constreñidos hubiera sido una claudicación y no valía la pena.

La segunda anécdota se repitió varias veces y tiene relación con la pauta publicitaria estatal que recibimos de distintos gobiernos, con diferentes colores políticos. Actualmente contamos, por ejemplo, con avisos del Estado de la Provincia de Buenos Aires y también del ejecutivo porteño. En ciertas ocasiones llegaron campañas cuyos mensajes están totalmente reñidos con el espíritu de crisis, por lo que solicitamos el cambio de dicha publicidad, lo cual implicaba un riesgo de penalización y nos obligaba a bancar las consecuencias.

En el vínculo con los financiadores externos, fundaciones u organismos que suelen patrocinar emprendimientos o investigaciones críticas, el juego es más sutil. No se suele recibir presiones directas o toparse con observaciones flagrantes en términos ideológicos, pero la tentación por acomodar la propia búsqueda al interés temático, al sistema de alianzas y al estilo estético de los benefactores es poderosa. Hay que tener las alarmas encendidas porque muchas veces esa influencia resulta imperceptible y actúa con modales amables.

Los ingresos por venta o suscripción son nuestros recursos más genuinos, y ampliar la participación de ese ítem en el esquema de financiamiento es una señal de que el proyecto goza de buena salud. Sin embargo, también respecto de nuestros lectores es vital mantener la guardia alta para resistir el efecto burbuja. A veces los consumidores son un factor conservador que tiende a presionarnos para que no salgamos de la zona de confort ideológica. Sucedió cuando entrevistamos a personajes que podrían ser considerados enemigos: “¿por qué darles espacio a quienes poseen sus propios medios de comunicación?”. Por el contrario, suele haber enojos cuando cuestionamos el sentido común y los consensos establecidos en nuestro campo de afinidad político y cultural.

Hubo otro criterio que adoptamos de manera intuitiva pero se fue consolidando como un precepto consistente, aunque admite excepciones que corroboran la norma. Quienes hacemos crisis no contamos con este trabajo como único ingreso. El objetivo es mantener el espíritu militante y eludir la profesionalización extrema, poniendo en el centro el deseo de participar y la amistad política como argamasa, en lugar de establecer vínculos contractuales. Lo que obliga a cada quien a establecer esquemas de manutención complementarios y al mismo tiempo nos dota como colectivo de una flexibilidad valiosa. Durante las épocas de bonanza el crecimiento habilita la ampliación del grupo con nuevos integrantes en lugar de concentrar tareas en pocas manos, mientras que cuando las arcas se deprimen “tirar el achique” se torna menos trágico. Este estilo de funcionamiento supone una distribución de honorarios bastante equitativos, lo cual inhibe la cristalización de jerarquías y estimula la horizontalidad.

La hipótesis organizativa se ha revelado eficaz, al menos por ahora. El colectivo es una usina que genera compromiso. Chupa mucha energía de quienes participamos pero sin agotarla, más bien la reproduce y a veces la acrecienta. Promueve la cooperación y no es tierra fértil para la competencia. Aunque también tiene sus bemoles: hay quienes consideran que hacemos una oda a la precariedad; no resulta fácil desarrollar las tareas administrativas o rutinarias con el mismo entusiasmo; y con esta filosofía nunca tendremos amarrada la continuidad. De eso se trata: sin garantías, pero pisando firme.

| dos | la comunidad es el mensaje

Una revista política es un medio de comunicación, pero es también y sobre todo un vehículo para participar del debate público. Entre las principales cualidades de un colectivo editorial hay que contabilizar su pericia en la lectura del entorno, el talento al elaborar, procesar e incluso amasar la realidad en que se inscribe, para conformar una máquina expresiva capaz de fabricar ideas e imágenes que distingan lo relevante de la época, aquello que nos afecta de alegría o tristeza. Un paso en esa dirección es constituir una comunidad política con quienes nos leen. Y con una constelación de interlocutores ambiciosa y transversal. Desbordar los límites del propio grupo para evitar la osificación, la rutina y el solipsismo. No se trata de ser un mero emisor, pues limitarse a informar o bajar línea no tiene gracia. Tampoco replicar los enunciados ya existentes, sin agregar nada nuevo al proceso histórico. El desafío consiste en introducir una perspectiva original en el marco de una conversación compleja, conflictiva y para nada lineal. Nos mueve el deseo de aportar un valor a la sociedad, que no se mide en términos mercantiles.

crisis propone desde su propia materialidad una reflexión en lo relativo al tiempo. Que el corazón del proyecto sea una revista impresa implica un anacronismo. Cuando todo nos empuja a adorar la velocidad y lo efímero, tras el incuestionable mandato de capturar la atención, abrazar lo gráfico en la era digital nos permite ir contra la corriente del snobismo. Sin perder la vocación de ser contemporáneos, exploramos lo actual de una manera que no se rinda ante lo hegemónico. Así surge la hipótesis de influir en la coyuntura pero develando capas de una historicidad más densa. Necesitamos modos de expresión que den cuenta de esa multiplicidad temporal: la revista cada dos meses; el programa de radio y los podcasts semanales, al igual que el newsletter sobre geopolítica; las redes sociales para el quehacer diario, sin la pretensión de tener que opinar de todo; la web, como superficie de articulación de las distintas duraciones. Las presentaciones presenciales de cada número poseen un brillo especial en este cúmulo de iniciativas, porque le dan carnadura corporal a la experiencia y le otorgan un relieve que no cabe en el plano virtual. Las que organizamos religiosamente en la Ciudad de Buenos Aires cada vez que sale de imprenta la revista y aquellas a las que nos invitan en cualquier sitio del país, a las que acudimos siempre con muchísimo gusto. Convertir en anacronismo en una potencialidad en lugar de padecerlo como un handicap no nos condena a la nostalgia. Desde su inicio la tercera época de crisis es en sí misma una operación en el plano de la memoria. Se referencia con un origen mítico en términos culturales y políticos, pero sin reverencias melancólicas: “el ayer como recurso y archivo, no como meta ni medida”.

También en términos espaciales nos vemos compelidos al desborde. No tanto ascender hacia la cumbre, sino esparcirse hacia abajo y los costados. Echar raíces y al mismo tiempo desplegar una aspiración de universalidad. Dos iniciativas hoy en vías de construcción dan cuenta prácticamente de ese anhelo. Somos una revista hecha en Buenos Aires, pero nos interesa sobremanera adquirir un enfoque lo más federal posible. Una y otra vez intentamos entablar intercambios sostenidos con grupos y personas de distintas ciudades, pero los límites del relacionamiento bilateral son evidentes. No alcanza el tiempo físico para reducir la distancia. Por eso fundamos Áncora, una agencia de inteligencia colectiva de alcance nacional que busca politizar nuestro vínculo con la información. En otra escala, somos una revista hecha en la Argentina, pero nos interesa sobremanera alcanzar una perspectiva lo más global posible. Por eso desplegamos una estrategia obsesiva de mapeo de portales país por país, que volcamos cada domingo en las recomendaciones y análisis del boletín El Mundo en Crisis. Sin embargo, sabemos que ese abordaje es insuficiente ya que la estructura informativa internacional está fuertemente mediada por la mirada del norte. Por eso imaginamos el Aleph de revistas del gran sur, una plataforma de articulación entre experiencias editoriales críticas de Asia, África, América Latina y las periferias del norte, que nos obligó a urdir vínculos concretos con otras latitudes para experimentar planos más oblicuos y perspectivistas que la tradicional vista panorámica de la pretendida conciencia universal.

Como se verá, para cada necesidad hay un proyecto, de los cuales resultan nuevos colectivos y entrecruzamientos que enriquecen una comunidad política viva y en permanente mutación, sin centro de comando único pero con una motivación compartida.

| tres | la verdad es revolucionaria

La principal cualidad de la función intelectual en un mundo signado por la injusticia y la infelicidad es su potencia crítica. No se trata simplemente de opinar lo mal que están las cosas, ni siquiera de nombrarse como opositor. La disconformidad con el estado de situación implica enfrentar al statu quo y poner en práctica otro repertorio ético, rechazando las fuerzas centrípetas de la adaptación y los criterios de éxito que ofrece el sistema. Es vital la capacidad caústica que posee el pensamiento cuando encuentra en el dolor su fuerza motriz, cuando sintoniza con el malestar y se alimenta de la bronca. Es cierto que, si no encontramos dónde apoyarnos para ejercer la negación de lo dado, el riesgo de sumirnos en el cinismo es alto. Sin imágenes de felicidad alternativas, sin utopías a las que apuntar, esta normalidad insufrible termina siendo naturalizada porque no se puede modificar. Se torna insuperable. Y no vale contentarse con añorar los modelos agotados del pasado, que quizás hayan sido muy nobles pero no volverán.

No tenemos una solución a este dilema. Formamos parte de un movimiento antagonista que no tiene una identidad definida, atraviesa un momento de debilidad, incluso puede decirse que está sufriendo una dura derrota política, pero tarde o temprano va a patear el tablero, dejando en ridículo al fatalismo para reabrir el campo de lo posible. La lucha por la verdad histórica es el desafío que asumimos y en el que nos proponemos hacer un aporte específico a este sujeto múltiple y transversal. En tiempos donde la información constituye un recurso decisivo, combatir la mentira del poder se torna una labor medular. En pos de una nueva eficacia en ese terreno creamos el Equipo de Investigación Política (EdIPo), cuya propuesta consiste en develar quiénes son los enemigos de hoy. No en abstracto o de manera solo teórica, sino para ponerle rostro y mostrar sus articulaciones materiales. Dispositivos como el Mapa de la Policía o el Registro de Ataques de la Argentina Radicalizada (RADAR) han sido de utilidad a la hora de enfrentar la violencia (estatal y paraestatal) desatada por la ultraderecha desde su ascenso al poder. Pero su principal tesoro es la potencialidad que contiene, pues en cierto modo esto recién comienza y las oportunidades de producir conocimiento e intervenir de manera disruptiva son enormes, casi infinitas. Se requiere mucha paciencia estratégica e inteligencia organizacional, en un contexto posdemocratico donde el peligro acecha.

Hace poco una persona cercana nos dijo con la mejor buena onda, a propósito de un contenido que publicamos y tuvo fuerte repercusión: “Ustedes sí la pegaron”. Ese comentario circunstancial nos sirvió para tomar conciencia de hasta qué punto una invención política es todo lo contrario a una carambola, ya que requiere un largo proceso de elaboración en el que se maduran, afinan y validan las hipótesis, se reúnen los recursos necesarios para su desenvolvimiento (económicos y sobre todo afectivos), se persiste en la indagación con mucho de tozudez más algo de virtud, y sobre todo se consolida ese punto de vista colectivo que está en el origen de la revista pero la desborda, prolifera, se articula con otros sujetos y despliega su potencial emancipador, hasta la victoria siempre.