Sobre el periodismo extractivo
Lo que leerás a continuación es un fragmento de Ñawpaq. Tu futuro en la espalda, de reciente aparición por editorial Planeta. Cuando tenía dos años, el autor llegó a Buenos Aires junto a su familia que había emigrado desde Bolivia para instalarse en la villa 1.11.14 del Bajo Flores. Allí creció y forjó una mirada cáustica sobre la ciudad, hecha de narraciones sensibles, argumentaciones filosas e ideas potentes. Nace con este libro una perspectiva intelectual que aporta una capa de sentido fundamental a nuestra experiencia colectiva.
extractivismo
Elijo pensar el extractivismo como un modelo socioafectivo, no económico; como una forma de vincularse con el mundo, con el afuera. Lejos de las teorías económicas sobre los recursos naturales en las economías emergentes, lo concibo más bien como una sensibilidad particular para reconocer potencialidades. Un mecanismo que ejerce un tipo de poder, una forma específica de lectura y una capacidad: identificar aquello que antes parecía carecer de valor y que, de pronto, se transforma en un recurso —ya sea primario, físico o metafísico—.
¿Dónde se aprende esa capacidad? ¿Dónde se enseña a reconocer los valores que sostienen la vida?
Si los cuerpos son el terreno mismo sobre el cual se extraen —al margen de las grandes empresas— saberes y experiencias explotables, como antiguas minas coloniales, entonces las marcas que quedan en ellos no serían más que otro recurso al que acudir para la acumulación industrial y académica de conocimiento. Afirmo que se trata de un tipo de vínculo porque necesariamente implica una relación entre cuerpos. No me refiero a ellos en un sentido macropolítico, sino micropolítico. Y lo subrayo porque, en este vínculo entre cuerpo y territorio, no es posible pensar por fuera de las afecciones.
Incluso si forzáramos un poco el razonamiento, podríamos imaginar a la estructura académica o periodística como una maquinaria global que se alimenta de los valores ocultos en los guetos o “territorios”. Esos valores no son reconocidos como tales hasta que, desde la mirada intelectual o académica, se les «otorga» un plus de significación: recién cuando pueden ser observados, narrados o ilustrados por los ojos de los letrados. Persiste la creencia de que un territorio se revaloriza únicamente cuando logra ser exportado hacia otros mundos.
La referente del barrio no reconoce un valor en sí misma —ni por fuera de su ecosistema— a menos que exista alguien que preste atención y encuentre en ese exotismo una forma de relación comunitaria, política, social o cultural de la cual valerse para expresarla mediante la escritura, el cine o cualquier otro dispositivo narrativo. En ese proceso, la referente abandona su presencia física para convertirse en una representación territorial para un tercero: una recapitalización.
Pero en ese tránsito —que implica una relación donde uno de los actores ocupa la posición de conferir visibilidad o legitimidad, ni siquiera a la persona sino a su figura— ¿no se juega algo que desborda lo que solemos considerar una noble tarea de transmisión y descubrimiento de vidas?
¿Qué tan lejos está este tipo de vínculo —el del extractivista que se atreve a explorar territorios exóticos para hallar una nueva tesis o teoría— de aquel que investiga una región con el fin de explotarla? ¿Y qué tan distinto es del periodista «valiente» que encuentra un testimonio de vida capaz de otorgarle el renombre necesario para convertirse en la voz autorizada de una interpretación popular destinada a quienes, aunque ávidos de curiosidad, permanecen ajenos a ese gesto que se presenta como heroico?
¿Es posible pensar este modelo academicista, intelectual, periodístico o militante como una nueva forma de reproducción del sometimiento neoliberal? Una modalidad de explotación extrema que ya no recae únicamente sobre la fuerza de trabajo ni sobre los recursos naturales, sino también sobre los conocimientos, los recuerdos más íntimos, las capacidades políticas o incluso los sucesos más violentos: una explotación de aquello ante lo cual, muchas veces, no podemos ser más que espectadores.
Hablo de este mecanismo extractivista del mismo modo en que hablo de las grandes empresas, justamente para forzar una idea. La reproducción neoliberal de la época no se dio únicamente a través de grandes monopolios, industrias o Estados, sino también —y sobre todo— a través de nuestros propios cuerpos y de nuestras relaciones. Para aquel sujeto que no encuentra valor en su propio recorrido, en sus conocimientos o en sus prácticas políticas, este vínculo implica una forma de revalidación frente al mundo: redescubrir, en sus propias intimidades, que aquello que formó parte del curso natural de su vida posee algún tipo de valor.
Sin embargo, en el fondo también implica reconocer que ese valor depende de una traducción que muchas veces somos incapaces de realizar: por limitaciones intelectuales, por sometimientos históricos, por la comodidad que evita el riesgo o por la falta de vínculos que permitan hacerlo visible.
El goce de poder ser, por una vez, algo más que un entramado social o comunitario —de ser visto como un sujeto recordable, portador de algún valor— es altísimo. Y aún más lo es encontrar en otro una concordancia con aquello que uno supo conservar en su intimidad como una miseria, ahora observado como relato, premisa o figura valiosa. Pero aceptarlos términos de este vínculo incluye también una derrota y un vacío. Hay una lucidez amarga en negar el sometimiento propio de esta relación en nombre de un intercambio afectivo.
Sociólogos, antropólogos, periodistas, médicos, trabajadores sociales, cineastas: todo tipo de sujetos han transitado por la vida de otros y han sabido encontrar allí su tesoro. Lo han moldeado y forjado; han extraído testimonios, tesis, saberes, pero sobre todo vidas. Y el precio a pagar siempre fueron los afectos.
Aquel sujeto revalidado por este mecanismo termina vaciándose; lo único que espera a cambio en este vínculo —que en el fondo sabe desfavorable y económico— es un poco de afecto, ese afecto mínimo de sentirse requerido y visto por alguien. La crueldad está en constatar que uno no fue más que un título, un documental o una estadística. Ni siquiera se trata de un reclamo económico, que vergonzosamente jamás aparece planteado cuando se entabla esta relación, sino de la validación íntima de saber que la vida tenía un poco más de sentido de lo que uno creía.
Así, el mismo territorio que nos constituye como sujetos de valor simbólico termina también por someternos, impidiéndonos expresarlo. Y aquello que se presenta como alianza —la dialéctica periodística o académica— termina generando un vacío con el mundo. ¿Hacia quién está escrito un libro que expresa un territorio? ¿Hacia el mismo territorio o hacia otro lugar? ¿Con qué objeto? ¿Con qué objetivo escribo este libro y qué quiero decir y hacer con él?
No soy ingenuo: en el mismo instante en que escribo estas palabras, me adhiero de alguna forma a esta estructura extractivista de vidas. Solo que quiero arriesgarme —por incomodidad o por egolatría—; quiero forzar las letras y arrebatarlas, quiero ser capaz de traducirme y traducir. Quiero ser yo, con total egoísmo, quien pueda participar de esas mesas de debate, quien pueda exponer su propio libro y discutirlo. No quiero tener ninguna autoridad como testimonio; quiero, más bien, que a través de mi propio testimonio —para mí mismo— pueda alejarme de un tipo de vínculo que me vació durante toda la vida.
Quiero, y me aferro, al lenguaje difícil; quiero, incluso, no entender del todo lo que leo y lo que escribo. En ese riesgo está la extradición que reclamo de todos los espacios de los que soy parte. Aquí encuentro el punto de encuentro para identificar dónde está el movimiento necesario para emancipar este tipo de vínculos, desde cualquier ángulo. El riesgo es el único motor capaz de destruir esta fórmula. Un riesgo real, creíble: poner en juego no solo el propio cuerpo en un movimiento hacia espacios nuevos e incómodos, sino también poner a disposición todo lo que uno es, exponerse de la misma manera que lo hace aquel «objeto de estudio»; ser, en carne viva, parte del objeto de estudio. Convertirse en alguien totalmente disponible a ser afectado o dañado por un mundo de realidades que no nos pertenece.
Lucrecia Martel ha señalado en más de una ocasión que asume el riesgo y la responsabilidad del poder que ejerce, a través de las herramientas del cine, para poner en escena historias de comunidades indígenas. En sus palabras encuentro una contradicción. Coincido en que, para referirse a aquello que nos incomoda del mundo, es necesario arriesgarse —y que importe poco la carga moral del objeto sobre el cual ejercemos nuestra mirada—, pero también entiendo que su premisa opera como una contrateoría elaborada para que admitamos que todos, de algún modo, ejercemos un tipo de poder extractivista sobre aquellos «que no son capaces» de dialogar con el mundo en los términos que ese mismo mundo exige.
El peligro de sus palabras no es lo que dicen, sino lo que puede hacerse con ellas.
Adhiero profundamente a la idea de que hay que superar a los cuerpos para poder enunciarse sobre cualquier puerta que nos presente el mundo; me resulta una regla moral triste creer que, para hablar de migración o de un gueto, uno deba necesariamente ser —o portar en la piel— las marcas de esos territorios. Pero eso no significa obviar el precio que se paga en estos vínculos: un precio que las estructuras académicas, militantes o artísticas suelen esconder, minimizar o romantizar.
El «objeto de estudio», como concepto, es ya de por sí despreciativo: coloca por delante del cuerpo aquello que uno quiere observar o analizar. Rara vez se calcula el daño que produce deshumanizar de ese modo; poco se comprende, y muy rápido se olvida, lo que esa operación implica. Cuando un militante político logra una asimilación real con un barrio y este lo asimila a él, su abandono implica un desgarramiento: un dejar atrás no solo los vínculos, sino una parte propia que quedará para siempre en ese territorio. Hay un valor inmenso en ese dolor.
En cambio, cuando la tesis concluye para sus autores, o cuando el libro sobre realidades marginales es finalmente publicado, ocurre algo distinto: uno arranca una parte de ese territorio, pero no lo abandona, porque —y esto lo entiendo dolorosamente— nunca fue parte de él. Jamás se consideró el mundo ni sus relaciones como otra cosa que un conjunto de objetos.
Existen tipos de abandonos que implican movimientos distintos. Ambos suponen la recepción de un foráneo, ambos suponen una llegada y una partida inevitables. ¿Qué se juega en un vínculo con el mundo que se rige por intercambios, transacciones y, en algún punto, afectos?
Dos desgarramientos posibles: uno íntimo e individual, donde la propia vida queda expuesta hasta el punto de parecer extirpada; y otro colectivo y comunitario, donde un trayecto —una sombra de vida que fue vital durante un tiempo— se vuelve apenas una anécdota territorial, sin que por ello deje de significar un dolor real.
periodistas, comunicadores de lo social
La profesionalización de la interpretación del mundo se sostiene, en gran medida, a través de cierto periodismo: ese ejercicio constante que intenta exponer “la realidad”, erigiéndose como interlocutor legítimo de aquello que —según su propio mandato— debe ser entendido, más allá de cualquier interpretación ajena. Pero el paso siguiente, más sutil y más peligroso, es el periodismo-verdad: aquel que encuentra en el refugio del relato la capacidad de convertirse en autor de vidas.
“Con la historia de la bruja barranquillera había mantenido a raya la pretensión de Alcira de convertirme en su compadre por un tiempo” (Cristian Alarcón, Si me querés, quereme transa)
Recuerdo haber leído ese libro fascinado. Era la primera vez que me encontraba con un texto que prometía iluminar mi barrio hacia un «afuera», un afuera intelectual que apenas estaba empezando a conocer gracias a mi temprana amistad con Diego Sztulwark y el Colectivo Situaciones. Leía tan rápido como podía para llegar al siguiente encuentro con él, con la ilusión de discutir, comprender y, de algún modo, participar del idioma de ese afuera que me atraía, me deslumbraba y, sobre todo, no entendía.
Volviendo a la cita, recuerdo haberla comprendido así: en ese capítulo, Alarcón relata que la mujer que fue su fuente principal de información —la columna vertebral del libro, la voz que hizo posible ese best seller— le pidió que fuera padrino de su hijo menor. Un título profundamente significativo en las culturas boliviana y peruana, donde el compadrazgo implica una declaración de afecto, de lealtad y de confianza absoluta.
Ese pasaje me rompió algo del mundo, separaba mi yo lector e intelectual de mi yo corporal, sentía una molestia en cierta empatía con la protagonista y ese rechazo. Porque, más allá de la cercanía construida después de meses de convivencia, entrevistas y vínculos también con sus hijos, Alarcón no se consideraba capaz —ni responsable— de aceptar ese lugar.
¿Por qué? Porque la mujer, con la lucidez dolorosa de quien conoce el precio de su propia vida, le confesaba que quizá no estaría presente en el futuro de sus hijos: la cárcel, la muerte o incluso alguna represalia derivada del libro mismo eran posibilidades reales en su horizonte.
Ese pedido la colocaba en una posición extrema y a él —al autor, al periodista curioso— en el lugar de un posible responsable afectivo y ético. Él desarrolla durante varios párrafos las razones por las que no debe implicarse en esa situación, ni afectiva ni legalmente.
En las colectividades se repite una frase: «El padrino solo existe el día del bautismo». Se sabe que el título, más allá de su sentido etimológico, es sobre todo un reconocimiento: la confirmación de la importancia de alguien en un momento particular.
Pero creo que lo que entendí de inmediato fue otra cosa. Ella no le pedía a Alarcón que se hiciera cargo de un hijo que no era suyo ni que adoptara legalmente a un niño para salvarlo de una vida miserable. Le estaba pidiendo que reconociera algo mucho más simple: que aquellos encuentros, aquellas conversaciones y aquellas intimidades que Alcira derramó no eran meros testimonios ni confesiones descontextualizadas. Eran charlas entre dos amigos. Momentos en los que habló con alguien que la escuchaba, no que la leía. Con alguien que, al menos en ese instante, intentaba entenderla y no solamente exponerla.
No sé si eso que pensé fue realmente así, pero fue lo que entendí en el instante en que terminé ese pasaje. Ese libro no estaba pensado para mí. Y no lo estaba porque, tal como plantea la situación, Alarcón da por sentado que su público comprenderá —y justificará— esa distancia profesional: la frialdad necesaria para proteger la obra, para sostener la figura del periodista que debe preservar su lugar. La obra por encima del cuerpo.
Y en este caso, el cuerpo que leía —yo— estaba del otro lado del vidrio.
Me invadió entonces un resentimiento hacia ese tipo de periodismo. Pensé: no solo la vida, los dolores y las miserias de ese cuerpo quedan expuestas en función de una historia que busca mostrar el narcotráfico en las villas —justo cuando la cultura marginal comenzaba a ponerse de moda—, sino que incluso la situación más íntima posible, aquella en la que Alcira reconoce en Alarcón a alguien en quien vaciarse y confiar, también termina convertida en material narrativo.
Hasta la última anécdota se vuelve parte del relato. Se da por sentado que el público que leerá ese libro comprenderá y pasará por alto esa distancia entre periodista y testigo. Porque para eso estamos entrenados: para creer en la neutralidad como virtud y en la exposición como destino.
El pedido de amor de Alcira me pareció la exposición de un mundo que urgía romperse. Y ese amor no correspondido era la evidencia dolorosa de un afuera que yo mismo necesitaba empezar a explorar.
¿Se puede acaso ejercer esta profesión comprendiendo que no existen «testigos» ni «testimonios», sino algo mucho más complejo que un simple vínculo de jerarquías? ¿Puede exigírsele una implicación no natural a toda una estructura formada históricamente para desintegrar la carne, para convertir cuerpos y territorios en configuraciones de relatos, cifras y material administrable?
Nosotros, como lectores de realidades construidas a través de ese vidrio de distancia, ¿qué hacemos con la culpa que nos provoca lo que leemos? ¿La procesamos o la olvidamos?
¿Recordamos que, más allá de las capacidades narrativas de un autor, existe un entramado de dolor expuesto que sostiene cada palabra? ¿Somos capaces de reconocer qué relatos, qué testimonios, qué vidas quedan habilitadas para representar una época o una coyuntura? ¿Quién decide qué historia logra condensar «el momento» y cuál queda relegada al silencio, al margen o al descarte?





