¿por qué la guerra? el fracaso económico y político de estados unidos

Estados Unidos se desmorona, pero su reacción no es el repliegue: es la guerra. ¿Por qué? Porque la gobernanza neoliberal fracasa y las luchas intestinas del capital financiero conducen a una salida violenta. La guerra funciona como acumulación originaria, como última carta de un imperio que se vuelve fascista. Lazzarato analiza la guerra civil global, el choque de esa potencia imperial en declive con China y los BRICS, el avance de la financierización, el lugar del gobierno de Milei, el desarrollo tecnológico y la paradoja central de nuestro tiempo: las luchas de clases sin clase y sin revolución. Aquí un adelanto de La gran violencia: por qué la guerra y no la revolución que acaba de publicarse en Tinta Limón Ediciones.

Un doble, contradictorio y complementario proceso político y económico está en marcha: el Estado y la política (estadounidense) afirman enérgicamente su soberanía mediante la guerra (incluida la guerra civil) y el genocidio. Mientras, al mismo tiempo, muestran su total subordinación al nuevo rostro que ha adquirido el poder económico tras la dramática crisis financiera de 2008, promoviendo una financierización sin precedentes, tan ilusoria y peligrosa como la que produjo la crisis de las hipotecas subprime. La causa del desastre que nos llevó a la guerra se ha convertido en una nueva medicina para salir de la crisis: una situación que solo puede ser presagio de otras catástrofes y otras guerras. El análisis de lo que ocurre en Estados Unidos, el corazón del poder capitalista, es crucial, porque es precisamente de su seno, de su economía y de su estrategia de poder de donde han partido todas las crisis y todas las guerras que han asolado y asolan el mundo. El núcleo del problema radica en el fracaso del modelo económico y político estadounidense, que lo conduce necesariamente a la guerra, al genocidio y a la guerra civil interna, por ahora solo latente, pero que ya se ha materializado una primera vez en el Capitolio, al final de la presidencia de Donald Trump. Si se le aplicaran las reglas que se aplican a otros países, la economía estadounidense hace tiempo debería haberse declarado en bancarrota. A finales de abril de 2024, la deuda pública total, denominada Total Treasury Security Outstanding, es decir, la suma de los distintos bonos y títulos de deuda pública, ascendía a 34,617 billones de dólares. Doce meses antes, esta suma era de 31,458 billones. En un año, la deuda pública aumentó en 3,160 billones de dólares, casi igual al nivel de la deuda pública de Alemania, la cuarta economía mundial. Pero es su progresión exponencial la que está ahora completamente descontrolada: un aumento de un billón cada cien días. Hoy ya estamos en un billón cada sesenta días. Si hay una nación que vive a costa del mundo entero, esa es Estados Unidos. El resto del mundo paga sus deudas (los gastos desmesurados del american way of life –del cual, evidentemente, solo una parte de los estadounidenses se beneficia– y su enorme aparato militar) de dos maneras principales. Por medio del dólar, la mercancía más intercambiada del mundo, Estados Unidos ejerce un señoreaje sobre todo el planeta, ya que su moneda nacional funciona como la moneda del comercio internacional, lo que le permite endeudarse como ningún otro país. Tras la crisis de 2008, Estados Unidos encontró otra forma de trasladar los costos de la deuda a otros, mediante una reorganización de las finanzas. Los capitales (principalmente de los aliados y, entre ellos, sobre todo de Europa) se transfieren a Estados Unidos para pagar, gracias a los fondos de inversión, las crecientes tasas de interés de la deuda. Tras la crisis financiera, se estableció una concentración del capital, a raíz de quince años de quantitative easing (liquidez a costo cero) operada por los bancos centrales, que dio lugar a un monopolio de una escala que el capitalismo nunca había conocido. Con la ayuda política de las administraciones Obama y Biden, un grupo muy reducido de fondos de inversión estadounidenses dispone de activos (es decir, captación y gestión del ahorro) de entre 44 y 46 billones de dólares. Para hacerse una idea de lo que significa esta centralización monopólica, se puede comparar con el PBI de Italia (2 billones de dólares) o el de toda la Unión Europea (18 billones de dólares). Los “Big Three” –como se denomina a los tres fondos de inversión más importantes, Vanguard, Black Rock y State Street– constituyen, de hecho, una única realidad, ya que la propiedad de los fondos es cruzada y difícil de atribuir. Las fortunas de este “hipermonopolio” se han construido sobre la destrucción del Estado social. Para las jubilaciones, la salud, la educación o cualquier otro servicio social, los estadounidenses se ven obligados a contratar seguros de todo tipo. Ahora les toca a los europeos y al resto del mundo occidental (pero también a la América Latina de Milei) ponerse en manos de los fondos de inversión, al ritmo que dicta el desmantelamiento de los servicios sociales (el salario indirecto garantizado por el welfare se transforma en una carga, un costo y un gasto que cada quien debe asumir para asegurar su propia reproducción). Estados Unidos tiene un doble interés en continuar e intensificar el desmantelamiento del welfare en todo el mundo: económico, porque induce a invertir en los títulos de los fondos de inversión (que a su vez sirven para comprar bonos del Tesoro, obligaciones y acciones de empresas estadounidenses), y político, porque la privatización de los servicios significa individualismo y financierización del individuo, que se transforma de trabajador o ciudadano en pequeño operador financiero (y no en empresario de sí mismo, como recita la ideología dominante). Las políticas fiscales también convergen en el proyecto de anular el Estado social. Ni los ricos ni las empresas pagan impuestos, y la progresividad de estos se reduce a cero; por lo tanto, no hay más recursos para el gasto social y, en consecuencia, se incentiva la compra de pólizas privadas que acaban en fondos de inversión. El proyecto de destruir todo lo que se había logrado gracias a doscientos años de luchas se está, finalmente, realizando. El ahorro estadounidense ya no es suficiente para alimentar el circuito de la renta, por lo que los fondos de inversión están al acecho del ahorro europeo. Por ejemplo, los 35 billones de dólares que Enrico Letta, ex primer ministro de Italia y principal referente el Partido Democrático, querría destinar a un gran fondo de inversión europeo funcionarían según los mismos principios: producir y distribuir renta, dando lugar a las mismas enormes diferencias de clase que se encuentran en Estados Unidos. La razón del rápido e increíble empobrecimiento de Europa se debe rastrear en la estrategia económica llevada a cabo por el aliado estadounidense. El diferencial negativo con Estados Unidos ha pasado del 15 por ciento en 2002 al 30 por ciento actual. Cuanto más Europa se deja robar, más sus clases políticas y mediáticas se vuelven atlantistas, belicistas, sumisamente inclinadas ante aquellos que las están marginando de manera dramática, empujándolas hacia la guerra contra Rusia (guerra que, dicho sea de paso, ni siquiera son capaces de sostener). Los Estados europeos han sustituido a China y al Este asiático en la compra de bonos del Tesoro estadounidense y, continuando la demolición del Estado social, obligan a la población a suscribir pólizas de seguros que terminan en las cuentas de los fondos de inversión. De esta manera, el euro se convierte en dólar, salvando así a la dolarización amenazada por el rechazo del sur a someterse al dominio de la moneda estadounidense. Este traspaso de riqueza también afecta a América Latina, donde Milei es la vanguardia de la nueva financierización que apunta a privatizar todo. El neofascismo de Milei es un laboratorio para adaptar las técnicas de saqueo estadounidenses, acogidas por Europa, Japón y Australia, también a las economías más débiles. El que Milei encarna no es el fascismo clásico: es el nuevo fascismo “libertario” de la renta y de los fondos de inversión, una mala copia ideológica del fascismo de Silicon Valley, nacido de sus empresas “innovadoras”. La política económica de Biden, al querer repatriar industrias que habían sido descentralizadas, empobrece aún más al resto del mundo y, sobre todo, a Europa, que ve a empresas establecidas en su territorio intentar cruzar el Atlántico. Las grandes facilidades fiscales necesarias son financiadas con deuda, al igual que con deuda se financian las bombas (miles de millones de dólares) que Estados Unidos no deja de enviar a Ucrania e Israel. Por lo tanto, irónicamente, Europa paga la política diseñada para reducir aún más su capacidad productiva, como paga dos veces la guerra y el genocidio: una vez con la compra de bonos del Tesoro estadounidenses y con las pólizas de seguro que permiten a Estados Unidos endeudarse, y otra vez con la imposición de construir una economía de guerra (aceptada y acelerada por clases políticas abocadas al suicidio). Como decía Kissinger: “Ser enemigos de Estados Unidos puede ser peligroso, pero ser amigos es fatal”. Esta enorme liquidez ha permitido a los fondos comprar, en promedio, el 22% de todo el índice Standard & Poor’s, que contiene las 500 principales empresas cotizadas en la bolsa de Nueva York. Los fondos de inversión ya están presentes en las empresas y bancos más importantes de Europa (sobre todo en Italia, donde se están vendiendo a un ritmo acelerado), y sus especulaciones deciden prácticamente el destino de la economía, influyendo en las decisiones de los “emprendedores”. Alguien deliraba sobre la autonomía del proletariado cognitivo, sobre la independencia de la nueva composición de clase. Nada más lejos de la realidad. Quien decide dónde, cuándo, cómo y con qué fuerza laboral producir (asalariada, precaria, servil, esclavizada, femenina, etc.) es, una vez más, quien posee los capitales necesarios, quien tiene la liquidez y el poder para hacerlo (hoy en día, seguramente los “Big Three”). No es, desde luego, el proletariado más débil de los últimos dos siglos. Nada de autonomía e independencia: la realidad de clase es subordinación, sometimiento y sujeción, como nunca antes en la historia del capitalismo. Ser “trabajo vivo” es una desgracia, porque siempre es trabajo comandado, como el de mi padre y mi abuelo. El trabajo no produce “el” mundo, sino el “mundo del capital”, que, hasta que se demuestre lo contrario, es algo muy diferente, porque es un mundo de mierda. El trabajo vivo solo puede conquistar autonomía e independencia en el rechazo, en la ruptura, en la revuelta y en la revolución. Sin eso, ¡se trata de una impotencia asegurada!

más allá del concepto de desigualdad 

La estrategia de concentración de la riqueza en manos de unos pocos y el empobrecimiento de muchos continúa, y con las guerras se profundiza aún más. La situación ya no puede caracterizarse con el concepto de “desigualdad”, ¡nos estamos deslizando más allá! El Estado de derecho y la democracia se revelan impotentes frente a la última mutación en curso del capitalismo y construyen, en cambio, obstáculos que eliminar. Democracia o Estado de derecho, contrariamente a la ideología dominante, parecen cada vez menos compatibles con el capitalismo. En una actualidad ocupada por la guerra, el genocidio, el fascismo, una noticia parece haber pasado desapercibida para muchos, pero es un síntoma importante de la evolución del capitalismo, la otra cara de la gran violencia que estamos viviendo. Un empresario, Elon Musk, CEO de Tesla, pidió y obtuvo una remuneración anual de 56.000 millones de dólares. En el viejo capitalismo industrial (hasta los años cincuenta), la relación entre el salario del obrero y la compensación del patrón era, como máximo, de 1 a 20. En los años ochenta, de 1 a 42. En el 2000, de 1 a 120 y así sucesivamente, aumentando hasta los 56.000 millones de dólares de hoy. La brecha es vertiginosa; la cantidad se convierte en calidad. Las dos realidades son inconmensurables. Los términos de la relación no determinan ninguna relación, no se trata siquiera de la misma humanidad de un lado y otro de la relación. Son dos “razas” diferentes, seres humanos heterogéneos. La relación no tiene ningún sentido, no responde a ninguna “racionalidad” económica, como aquella que el capitalismo todavía pretendía hace cincuenta años. La “no relación” es lo que define desde siempre la situación colonial. Esta relación, sin ninguna legitimidad económica más que una desnuda relación de poder, se está instalando también en los países del norte. Podríamos preguntarnos si se trata aún de capitalismo o si estamos más bien ante un nuevo tipo de aristocracia, que nos impone pagar rentas a unos señores cuya legitimación es solo la arbitrariedad de un poder absoluto que no necesita la ridícula legitimación adelantada por la presidenta de Tesla, Robyn Denholm. En una carta, explicó a los accionistas que el “salario” sirve “para mantener la atención de Elon y motivarlo a concentrarse en lograr un crecimiento sorprendente para nuestra empresa”. Musk “no es un gerente típico” y para motivarlo “se necesita algo diferente”. 56.000 millones son una simple renta que implica una concepción de la sociedad donde una pequeñísima aristocracia reina sobre una masa (¿plebe? ¿populacho? ¿turba?) que se divide la miseria produciendo una sobreabundancia de jerarquías entre los pobres. Lo que parece una excepción extraña de un empresario singular se está encarnando en Argentina, donde Milei tiene como punto de referencia precisamente este capitalismo y estos capitalistas. Donde nació el neoliberalismo en los años setenta, el capitalismo está viviendo una nueva mutación: la voluntad política es imponer la dictadura incondicional de la propiedad privada, la privatización de toda relación social. Distopía que ya no necesita del terror del golpe de Estado. Las relaciones de fuerza que la composición de clase contemporánea logra imponer son tan débiles, tan desbalanceadas a favor del “capital”, que basta con exhibir una motosierra y presentarse en algún concierto para afirmarse. Cuando Milei grita “libertad”, “libertad”, la explicación del texto debe buscarse en Peter Thiel, millonario y cofundador de PayPal: “Ya no creo que libertad y democracia sean compatibles”. La democracia tiene un origen completamente diferente del capitalismo: es la expresión de la irrupción de las masas en la historia y de su deseo de justicia e igualdad. Solo la lucha de clases civiliza al capitalismo, que en sí y por sí no tiene nada de democrático y progresivo. El poder ejercido en la empresa, que es su modelo de poder, es despótico a pesar de todas las teorías del management que intentan enmascararlo alardeando “participación”. Junto con Musk, otros millonarios (Murdoch, por ejemplo, y el propio Thiel) están financiando y haciendo activamente campaña por la elección de Trump. Aquí encontramos otra razón de la existencia del fascismo, esta vez económica (verdad confirmada por el funcionamiento de la economía antiobrera bajo Mussolini o Hitler). De hecho, la agenda de la contrarrevolución ya estaba marcada en los años setenta por la crítica de la democracia llevada adelante por la Trilateral. Lo que quiere Milei (pero es exactamente el proyecto de Macron, de Draghi, de Europa, etc.) está expresado muy bien por estos millonarios trumpistas: regresar al mundo anterior al New Deal, anterior al welfare; en otras palabras, anterior a la revolución soviética, pero también antes de la Revolución Francesa (sueño de los ordoliberales alemanes, nostalgia de cuando existía el “orden” de los estamentos). Continúa Thiel: “Los años veinte fueron la última década de la historia estadounidense en la que se podía ser sinceramente optimista en política. Desde 1920, el gran aumento de los beneficiarios del welfare y la extensión del derecho de voto a las mujeres han hecho de la noción de ‘democracia capitalista’ un oxímoron”. El Estado en Francia, en lugar de ser el principal enemigo del mercado, asegura una verdadera renta a las empresas a través del fisco, pero sobre todo a través del welfare para las empresas: 230.000 millones anuales de los que no tienen que rendir cuentas, privilegio otorgado por el “monarca republicano”. La destrucción del modelo social tiene como objetivo fundamental transferir los recursos de hospitales, escuelas, seguros sociales, etc., a los ricos y a los nuevos empresarios/rentistas. En Italia, se ha aprobado la ley sobre la “autonomía diferenciada”, que prevé un tratamiento diferenciado de los servicios públicos proporcionados a los ciudadanos italianos según residan en una región rica o pobre. Lo que está garantizado para todos es lo “esencial”, lo que significa servicios públicos cada vez más mediocres para todos y una salud de “excelencia” en las regiones ricas asegurada por el sector privado. La igualdad siempre está vinculada a la lucha de clases, a la revolución, mientras que el liberalismo se basa en la “diferencia” (de riqueza y propiedad). Todas estas cosas no pueden explicarse por los dispositivos biopolíticos más refinados. Separan el poder del capital, el sometimiento de la propiedad privada, la dominación del “trabajo”, lo cual en el capitalismo es imposible y suicida. Es imposible separar las relaciones de producción de las relaciones de poder, y estas últimas parecen indiferentes a la modernidad y al progreso, al avance de la ciencia y la tecnología. La fantasmal y fantasiosa narrativa de los nuevos capitalismos (cognitivo, bio, neuronal, etc.) termina en el fascismo, la guerra y el genocidio. Hay que tomar muy en serio este fenómeno “argentino” / Silicon Valley porque es la otra cara del fascismo contemporáneo. No proviene del fascismo histórico como Meloni en Italia o Le Pen en Francia, sino de las vanguardias más avanzadas de la investigación tecnológica y las técnicas financieras. Frente a la hipermodernidad, todavía debemos usar el “viejo” análisis de Marx en el Manifiesto. El problema político sigue siendo la propiedad privada y el objetivo revolucionario sigue siendo su abolición. Es en torno a su conservación y a la lucha contra su abolición que se cristalizan todos los fascismos, las reacciones, las guerras y los genocidios. Sea cual sea el centro de acción política privilegiado (la ecología, el feminismo, el racismo), pensar en iniciar caminos de liberación, de ruptura, de resistencia sin cuestionar la propiedad es una ingenuidad que se mide por la gran violencia que el poder desata cuando se cuestionan sus privilegios. Y el privilegio de los privilegios es la propiedad (del trabajo ajeno, de la mujer, de la naturaleza, de otros seres humanos). Un pálido sustituto de la lucha marxista por la abolición de la propiedad privada se encuentra en la inofensiva teoría de los “comunes”, que parece ignorar que su condición de viabilidad es la violenta “expropiación de los expropiadores”. No hemos avanzado ni un centímetro desde el Manifiesto. O, mejor dicho, el capitalismo siempre ha sido fiel al primer “derecho humano” que reconoce: ser propietario. El racismo clásico en la base del fascismo biológico se ha vuelto cultural, aliándose perfectamente con el racismo del darwinismo social de los fascistas-capitalistas de Silicon Valley. Juntos, hacen que la democracia sea superflua.