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la bala de plata
El magistrado que hace suspirar a la República y provoca erecciones en el círculo rojo fue nombrado en 1994 juez federal por sus amigos de la política y ejerce el poder como un monarca. Peronista de exquisita puntería, indiferente al temor, tiempista y rencoroso, apunta contra Cristina Kirchner y está presto a disparar.
Fotografía: Oscar Bony
10 de Octubre de 2018
crisis #35

Culpable inocente, 1998, díptico, serie El triunfo de la muerte. Oscar Bony © The Estate of Oscar Bony

 

Dicen sus amigos que Claudio Bonadío agrupa bien. Contiene la respiración, afina la puntería y nunca se relaja. Puede gatillar antes de tiempo y puede incluso no dar en el blanco, ni con el primer tiro ni con el segundo. Pero, mientras dispara, va contorneando un círculo que abrasa a su objetivo. Impactar hasta volver incapaz a lo que ve como una amenaza, eso es lo que busca.

Amante de las armas, con dos muertos en la espalda, el juez federal que Carlos Menem nombró por decreto hace 24 años es dueño de una trayectoria densa, que domina sin mayores inconvenientes. Ni su
prontuario ni su filiación le impiden ser la esperanza de la Argentina republicana que quiere desterrar la impunidad de los que pierden, sin importarle cómo.

Desde que Cristina Fernández de Kirchner empezó a declinar su poder, Bonadío erectó al círculo rojo, llenó páginas de diarios, procesó con prisión preventiva, encarceló sin sentencia y nunca dejó de disparar.
La expresidenta fue su blanco predilecto: le dictó cuatro procesamientos en causas de lo más disímiles, desde el dólar futuro hasta los cuadernos de Centeno, una investigación que por primera vez trasciende
al circuito previsible del kirchnerismo y sus empresarios aliados.

El magistrado que llegó a lo más alto del poder de la mano de Carlos Corach está enredado en una contradicción. Tiene los trámites de la jubilación listos y podría irse hoy mismo, pero se siente ante la oportunidad más preciada. Una causa con la que, supone, puede resetear una vida entera, la suya. Redimirse de un cuarto de siglo como actor funcional a los inquilinos de la Casa Rosada, con un impacto que trascienda las fronteras.

De 62 años, nacido en San Martín, con orígenes militantes en Guardia de Hierro, Bonadío puede completar una nueva enciclopedia de Derecho, con fallos que hicieron historia. Se crió en el viejo Concejo Deliberante y se acercó al PJ de la ciudad en tiempos de Carlos Grosso, fue el segundo de Corach en la secretaría de Legal y Técnica de Menem y sobrevivió siempre al poder de turno, con fallos a medida. Del récord de 75 denuncias que acumuló en el Consejo de la Magistratura, sobreviven apenas un puñado en estado vegetativo. Es capaz de procesar hoy al mismo que sobreseyó ayer, como puede atestiguarlo el secretario de CFK, Daniel Álvarez.

Bonadío se mueve siempre con una Glock 40, que maneja a la perfección. Ese reaseguro permanente, que llevó a la expresidenta a llamarlo pistolero, explica en parte una de las características con la que coinciden en definirlo aquellos que lo frecuentan. No tiene miedo físico: no sabe de qué se trata o lo domina por completo ante lo desconocido. No tiembla, no se sobresalta.

 

la criatura

Si Menem no hubiera tenido la fabulosa idea de crear los tribunales de Comodoro Py, hace 27 años, Bonadío nunca hubiera existido. Hasta que el riojano llegó a la presidencia, los jueces federales funcionaban en un edificio aledaño al del Palacio de Tribunales, como un estamento menor y dependiente. Menem amplió a 12 su número, les dio entidad de casta y Corach los inmortalizó en una servilleta que, según repite, jamás existió. Entre aquellos pioneros de la justicia delivery, ninguno hubiera pasado por un filtro, ni siquiera mínimo y tendencioso, como el del actual Consejo de la Magistratura.

Historia antigua que solo recuerdan los hijos del rencor, los nuevos tribunales estuvieron mal paridos. Carlos Arslanian, el entonces ministro de Justicia, los inauguró a desgano en un acto en el que, dicen los
memoriosos, el excamarista que juzgó a las juntas le hablaba al presidente que estuvo ausente. Poco después, el hoy senador creó además la Cámara de Casación Penal. Cuando designó a los primeros jueces, Arslanian los definió como “unos esperpentos”. Fue su último aporte al menemismo ejecutivo, porque después de eso, en enero de 1992, renunció a ser parte de la epopeya. Tuvieron que llamar a Jorge Maiorano para que se haga cargo de asumir la función en el esquema que gobernaban Corach y el secretario de Justicia, César Arias. En ese tiempo, se inicia la colonización del poder judicial por parte del gobierno y los servicios de inteligencia.

Bonadío, María Romilda Servini de Cubría, Rodolfo Canicoba Corral sobrevivieron a todo, con una capacidad innegable para adaptarse al viento de cola. Aliados del poder de turno, ensañados con el pasado que ellos mismos encarnaron, activos con los desposeídos, indulgentes con los inquilinos de turno de la Casa Rosada y el establishment. Para eso fueron creados los tribunales federales de Comodoro Py.

¿Cómo hizo Bonadío para llegar con este vigor al filo de la jubilación? Con ese libreto, una red de contactos imperecederos, la protección de la política y una personalidad única. De un juzgado de Morón, con apenas seis años como abogado,al poder omnímodo de la servilleta; la historia se contó pero se omite ante cada fallo que fue tapa y cada sobreseimiento que cayó en la intrascendencia. Siempre un juez aliado al gobierno de turno, pero sin permitir nunca que se lo llevaran por delante. "Hay cosas en las que no negocia". Eso dicen sus amigos.

Peronista, de un raro nacionalismo, Bonadío conserva desde Guardia de Hierro algunos rencores que entiende como lealtades. Su secretario y mano derecha, Enrique Rodríguez Varela, es hijo del exministro de Justicia de Videla y fiscal de Estado en la provincia de Buenos Aires en tiempos de Ramón Camps. Alberto Rodríguez Varela sabía lo que pasaba: actuó como abogado del dictador en plena democracia.

Tiempista y decidido, el juez se ofrece a dar en el blanco, cuando un ciclo se quiebra o busca empezar. Lo hizo, por ejemplo, en agosto de 2003 cuando -en pleno amanecer de los derechos humanos- ordenó la detención de Fernando Vaca Narvaja, Roberto Perdía y Mario Firmenich por considerarlos responsables de la desaparición y muerte de 15 militantes montoneros. Sin fundamentos, los viejos guerrilleros salieron en libertad en un mes y querellaron al juez, que fue sobreseído por Norberto Oyarbide y protegido como siempre por la Cámara Federal.

En palabras de un menemista aún irreductible: “Claudio dejó la política para ser juez y, como juez, es un monarca”.

la doctora

Miguel Ángel Pichetto lo cuenta así, en las mesas del peronismo. Un día de finales de 2014, el amigo Bonadío se acercó a verlo con un mensaje destinado a la presidenta. Había caído en su juzgado la denuncia de Margarita Stolbizer que involucraba a Cristina Kirchner en la llamada causa Hotesur, por los hoteles fantasmas de El Calafate. Bonadío le dijo que se podía arreglar sin mayores inconvenientes, que debía elegir un abogado que facilite las cosas y acredite buena llegada a Comodoro Py. Mencionaba, por ejemplo, el caso de Juan Carlos Relats, el dueño del Hotel Panamericano que también estaba involucrado en la causa y tenía como abogado a Joaquín Da Rocha, el fugaz Procurador del Tesoro en 2010.

La entonces presidenta quedó en contestar. Cuando lo hizo, afirmó que su hijo Máximo consideraba el ofrecimiento una extorsión destinada a sacarle plata a la familia. Si existió, fue una oportunidad perdida.

Después vino lo que el juez denuncia como una persecución de la ex SIDE y que incluyó un procedimiento en el que quedó involucrado su hijo. Mariano Fulvio Bonadío, dueño del sello MCL Records y baterista de la banda Alelí Cheval, quedó afectado en la pelea con el gobierno cristinista. Fue denunciado por lavado de dinero por el senador Marcelo Fuentes y el espionaje oficial intentó enredarlo en una causa por drogas. Dicen que un comisario le avisó al juez que le iban a “meter drogas” en el estudio de su hijo. Bonadío parece no tener dudas: menciona a los altos mandos del espionaje criollo como responsables de una maniobra que la senadora alentaba o conocía.

Desde entonces, el Bonadío parsimonioso y servil se convirtió en el depredador que vemos hoy. Motivos para juzgar la corrupción kirchnerista le sobran, pero se rige por un Código que solo él conoce. Dos de los procesamientos para la expresidenta fueron por causas resonantes pero carentes de pruebas. La denuncia por el dólar futuro, una decisión de política económica que generó perjuicio para el Estado, y la del supuesto encubrimiento por el memorándum con Irán, que nunca llegó a consumarse. El magistrado que ilusiona a la República busca revancha. Lo explica en parte el letrero que, según dicen, todavía conserva en su escritorio: “todo pasa, todo vuelve”.

En las adyacencias de la expresidenta, desmienten que haya existido algún tipo de mensaje del juez a través de Pichetto. La convivencia de Bonadío con el kirchnerismo fue amable durante más de diez años. En ese lapso, el ex Guardia de Hierro sobreseyó a los secretarios del matrimonio presidencial Daniel Muñoz, Daniel Álvarez -ahora sí, procesado- e Isidro Bounine. A cambio, consiguió protección ante la avalancha de denuncias que lo apuntaban en el Consejo de la Magistratura. En 2005, Pichetto lo salvó del juicio político con un dictamen de 115 páginas que presentó ante la comisión de Disciplina. Su denunciante era Alejandro Rúa, entonces titular de la Unidad Especial AMIA, que lo acusaba de dormir el expediente en el que se investigaba el encubrimiento al atentado. Entre gracioso y macabro, en 2017 ese mismo juez se dedicó a procesar por encubrimiento a CFK, Héctor Timerman, Carlos Zannini y un selecto grupo de personajes menores.

En 2008, fue denunciado por mal desempeño por Ezequiel Nino, de la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia, y Pedro Biscay, entonces director del Centro de Investigación y Prevención de la Criminalidad Económica, en causas de fraude empresario al Estado que el juez liquidaba con la sistemática prescripción. El encargado de protegerlo en ese caso fue Hernán Ordiales, representante del Poder Ejecutivo entre 2011 y 2014. Su jefa era Cristina.

Un tiempo después, cuando el kirchnerismo empezó a hacer agua, algo comenzó a resquebrajarse. Cuando Sergio Massa decidió romper con lo que había sido el Frente para la Victoria, cuando el proyecto de la expresidenta comenzó a marchitarse, Bonadío volvió a martillar.

 

la embajada

Bonadío se mueve protegido por una armadura de la que poco se sabe. Sus procedimientos están plagados de arbitrariedades, tanto como sus omisiones. Ya a principios de siglo se hablaba en la Cámara Federal de que existía el Código Procesal y el Código Bonadío, porque “hay reglas que aplica en sus expedientes y solo él conoce”. Lo recuerdan en un libro de 2005 los periodistas Mariano Thieberger y Pablo Abiad, Justicia en la era K. En los días de Cambiemos, al juzgado de Bonadío comenzaron a llamarlo “La embajada” porque es el único lugar donde no rige la ley argentina.

Durante los años del kirchnerismo, Bonadío se enfrentó con una dupla que parecía imbatible, Alberto Nisman y Antonio Jaime Stiuso. Era la época en que los servicios de inteligencia se movían como una orquesta aceitada al servicio del oficialismo, los jueces federales estaban alineados con la Casa Rosada y el estudio Richarte-Pirota los defendía a todos. El Auditor General de la Nación, Javier Fernández, era el director de una sinfonía que, con partituras de Stiuso, llegaba a los tribunales federales y respiraba a través de medios de comunicación que eran partícipes por complicidad y comodidad. Por alguna razón, Bonadío no era eso.

Es lo que puede confirmarse hoy cuando el intocable Fernández cae víctima de lasaga de los cuadernos: procesado por haber sido una de las estaciones del chofer Centeno, se confiesa ante la misma sede judicial como una pieza en desuso, a detonar. “Que el señor juez pretendiera desvincular de la causa a ‘Jaime’, involucrando a su amigo personal Javier Fernández en episodios de soborno que ha negado en su acto indagatorio, tal vez porque en la causa debería caer solamente el Auditor y no el Agente de Inteligencia, amigo personal del doctor Bonadío y del fiscal Stornelli, como daño colateral de una operación promovida o pergeñada por ‘Jaime’, quien debería desaparecer de la escena judicial”. La presentación del abogado Domingo Montanaro, a diez días de que estallara el Gloria Gate, tuvo escasa difusión
mediática pero incluye una comparación inquietante. “Fueron desplazados de la escena los otrora amigos y confidentes del agente Jaime, el Lauchón Viale (...), luego apareciera ‘suicidado’ y muerto Alberto Natalio Nisman (...) y esta vez sería la hora de desplazar de la escena al doctor Francisco Javier Fernández”.

De acuerdo a ese relato, Bonadío tendría una amistad con Stiuso, pese a las peleas en las que se enfrentaron. O por lo menos, un canal de diálogo. La trama que se abre detrás de Centeno muestra un estado de descomposición entre factores de poder y no se limita al mundo empresario. También, en tribunales hay cambio de mando.

Pese a que lo ayuda a zafar del presente, el exmilitante de Guardia de Hierro no exhibe demasiada simpatía por Mauricio Macri. Dicen a su lado que detesta a los empresarios que crecieron mamando de la teta del Estado. Aunque le atribuyen diálogo directo con José Torello -el jefe de asesores del presidente, made in Newman y sus golpes de efecto beneficiaron casi siempre al macrismo, sus actos parecen hijos del rencor con Cristina Kirchner y de la construcción trabajosa de un peronismo poskirchnerista. Tardó dos años en pedir la detención de la expresidenta y lo hizo justo cuando el senador Pichetto se quedó con la llave de su libertad, el desafuero.

Bonadío llegó a cuestionar a Macri en su mejor momento, apenas unos días después de que el presidente pidiera que los jueces trabajen más y paguen Ganancias, con la autoridad de los votos de 2017. “Empezamos mal”, dijo en noviembre pasado, en una de sus contadas apariciones públicas, en el Rotary Club. Era una forma de alinearse con Ricardo Lorenzetti, el presidente de la Corte Suprema que se empeñó en convertirse en líder del partido judicial y jefe de Comodoro Py. El rafaelino se acercó a los jueces federales en busca de conformar una escuadra imbatible y logró incluso cultivar un buen vínculo con el intratable Bonadío, que se convirtió en una de las estrellas del Centro de Información Judicial y llegó incluso a escribir artículos en los libros que editaba el órgano de difusión del máximo tribunal durante los once años del Lorenzetti supremo. Con su salida, Bonadío parece haberse quedado sin un respaldo político en la Justicia.

La causa más importante en muchos años, con la mitad del gabinete kirchnerista, los empresarios de la burguesía nacional que no fue y la patria contratista en pleno, tiene las características de un Lava Jato aborigen. Junto con la narrativa recurrente de la corrupción K, aparecen elementos de una jugada mayor que amenaza con barrer a las grandes empresas que quedan. Techint, Angelo Calcaterra, IECSA, Aldo Roggio, Gabriel Romero, Enrique Pescarmona, Marcelo Mindlin; esa gente nunca tuvo que tocar el pianito ni escuchar los relatos de gerentes que fueron encerrados en el territorio en el que mandan las ratas. Se exige desde el Norte un mensaje claro a favor de la transparencia que entierre el pasado. Denunciado por forum shopping, ¿Bonadío es el indicado?

 

las galias

No se sabe con precisión cuándo, pero en la década del noventa Bonadío edificó un vínculo que lo marcó a fuego. Conoció a Rodolfo Galimberti a través de un amigo común. Junto con el excanciller Rafael Bielsa y el exjuez federal Gabriel Cavallo, los cuatro iban a practicar tiro al Belgrano Shooting Club y mantenían largas conversaciones. Los que conocen ese lazo afirman que Bonadío forjó una relación de respeto y confianza con el exlíder de la JP que terminó como socio de Jorge Born y hombre de la CIA. Con filiaciones enfrentadas dentro del peronismo, el juez reverenciaba a Galimberti como un hombre de acción y un jefe político que le abriría un preciado universo de contactos. En 2002, a pocos días de su muerte, Bonadío llegó a defenderlo en público ante un grupo de jueces en un restaurante de Retiro. Con el exjefe de la Columna Norte de Montoneros, el juez escuchó una teoría que tornaba compatible el nacionalismo y el reconocimiento de Estados Unidos como madre patria. “Nosotros somos las Galias. Luchamos hasta que no pudimos más que sobrevivir”. La comparación sirve, tal vez, para descifrar el razonamiento de un tipo de peronismo que inauguró un nuevo criterio de soberanía y resultó más confiable afuera que adentro.

El nexo de Bonadío con la embajada norteamericana es pública. Lo mismo que otros jueces federales figura como abonado, a pura simpatía, en cada cóctel del 4 de julio y tiene una relación anterior con el actual representante de Trump, Edward Prado, exjuez durante 35 años y con unas cuantas visitas previas a la Argentina, antes de ser nombrado embajador.

Sin embargo, allegados a Bonadío deslizan que cuenta con dos terminales distintas, el Departamento de Justicia y la CIA. Eso lo ubica como antagonista de otros abanderados de la pureza con DNI argentino, que suelen entenderse mejor con el FBI.

El juez se siente en su mejor momento,con todos pendientes de sus movimientos. Al final de su carrera se topó con la bala de plata y no quiere desperdiciarla. Tiene un respaldo superior y cree que merece un mayor reconocimiento. Alguien, hace no tanto, le hizo creer que podía llegar a ministro de la Corte. Se está jugando todo, pero necesita que su balacera impacte en la diana. Para no terminar como víctima de una venganza, como la que hoy disfruta ejecutar.

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