detrás del muro y de los lamentos | Revista Crisis
barrios privados / patrones del mal / agarrá la pala
detrás del muro y de los lamentos
Trabajar en un country es padecer a diario tediosos controles en los ingresos, exigencias, arbitrariedades y prejuicios. Pero también es la posibilidad de conocer por dentro los sufrimientos de clases sociales altas sometidas a una batalla diaria por alcanzar, y si es posible superar, el estatus de sus vecinos. Seis trabajadoras y trabajadores comparten sus lecturas sobre los comportamientos de los patrones.
Fotografía: Sebastián Pani
11 de Octubre de 2022
crisis #54

 

¡Te da una paja entrar al country! Porque no pertenecés a eso. Yo no creo nada de lo que está ahí. No creo en el house, no creo en los espacios públicos, no creo en ese colegio, no creo en esas casas. Para un arquitecto, tener la posibilidad de hacer una casa en un territorio tan libre es una oportunidad creativa con una persona que se supone que tiene dinero. Entonces empezás a flashear: “acá quiero una súper viga, acá quiero un súper vidrio, acá voy a poner un mega balcón”. Como profesional te metés y lo hacés. Pasa que después hay toda una dinámica en torno al barrio, que te das cuenta que es medio una ficción. Son como maquetas, naves espaciales donde no importa si uno puso una casa amarilla y otro al lado puso un hormigón visto y el del medio una teja. Hay una especie de concepto individual dentro de una cuasi comunidad, en donde hay todo un sentido de pertenencia, pero lo cierto es que es todo una “teoría” [enfatiza la palabra] el sentido de pertenencia. El discurso de la seguridad, el “queremos vivir más tranquilos, queremos vivir más seguros”, en definitiva, pasa a ser el hilo conductor de todo. Hacemos casas con unos ventanales inmensos, con la excusa de que es seguro, y nadie te va a entrar acá. Ficciones. La gente se va a un barrio cerrado comprando la naturaleza y después hacen mierda todo. Le llaman “el campo", “vengan al campo, que acá se respira aire puro”. Y te venden una cuestión del “contacto con la naturaleza”. Pero después no hay ni un puto árbol, está cercado con alambre, no podés llegar a la reserva ecológica. Y los barrios nuevos más todavía, porque al ser barrios nuevos no tenés árboles. Se pierde toda la esencia del entorno y la arquitectura, pudiendo responder a la naturaleza, pero no existe la naturaleza. Tu única limitación es dónde está el norte para poner una pileta, cosa que el dueño pueda tirarse a las 5 de la tarde a tomar sol y que no esté tapado con un árbol. Tenés que presentar planos dentro del barrio a la comisión de arquitectura, no podés hacer lo que querés. Si les gusta la arquitectura que se plantea porque sube un poco la categoría del barrio, empiezan a tener buena onda. La arquitectura es un bien superpretencioso para poder medirse entre ellos el estatus. Si te la hizo un arquitecto de diseño, que pensó en vos, que te juntaste, posiblemente tu casa tenga ya otro level. Distinto a si te lo hizo la persona que construye ahí, que lo único que tiene es una intención de desarrollo inmobiliario. Si tu terreno tiene árboles, si tu terreno da a la laguna, si el terreno de tu casa es grande, si tu casa es de planta baja o si tiene segundo piso. Se mide mucho el tamaño de la galería. Si la pileta que pusiste es de material o es de plástico. Eso ya te ranquea. Hasta lo más bajo, onda el tamaño de la parrilla. “Yo tengo un amigo que se hizo una parrilla toda de acero inoxidable”, me dice un cliente. Le digo: “pero… tipo… te va a salir carísima y no tiene sentido”. “No, yo la quiero de acero inoxidable”. Y pagás cinco millones de pesos una parrilla. Y hay mucho piojoso de clase media que cree que porque tiene una casa en un country está a la altura de determinadas cosas y después empiezan a pichulear, pichulear, pichulear.  

Arquitecta, 34 años. 

house sweet house 

Estoy en el rubro gastronómico en los countries desde siempre. El house es el corazón del country. Funciona como restaurante y también para la vida social. Por acá pasan los golfistas, los tenistas, hacen eventos, casamientos, cumpleaños, jornadas de trabajo. Por ahí cuando hay torneos de tenis, hacen la entrega de premios acá. La ventaja número uno de concesionar acá es la seguridad. Y que no pagamos alquiler, ningún servicio. Como desventaja, afuera podés decir “tengo derecho de admisión y permanencia”. Acá no, no somos dueños, son 300 lotes, tenés 300 familias dueñas. Entonces es complicado, siempre es la misma gente. Tenés que tener buen trato con todos porque después cuando hay elecciones pueden ganar la comisión directiva y el día de mañana te generan un inconveniente. Hay un montón de gente buena, la mayoría, pero también te encontrás con gente que se cree superior a uno por el solo hecho de vivir adentro de un country. El tono, cómo te hablan, cómo piden las cosas, es como si uno fuera sirviente. No sé si es la situación económica o qué. Cada vez que se pierde algo acá, antes de buscarlo, la culpa es del que está trabajando: «¿La moza no se lo quedó? ¿No lo viste?» [Simula la voz]. Hubo un torneo de golf, vinieron los golfistas, tomaron mucho, y uno vino diciéndome que le robaron el teléfono en el house. Vino la policía, revisó a todo el personal, revisó todo. La campera acá no estaba. Llama más tarde un socio y me dice “yo me llevé la campera, porque él no estaba en muy buen estado cuando se fue”. [Ríe]. Este tipo desapareció por tres meses, de la vergüenza, pero tampoco fue capaz de decir “juntá al personal, le voy a pedir disculpas”. Después volvió como si nada. Me ha pasado de sentarme a comer en el salón con los chicos de la cocina, cuando habíamos cortado el servicio y que después venga un socio y me diga que no me puedo sentar a comer ahí. Le dije que el personal los atiende a ellos, que yo no voy a hacer comer al personal como si fuera cualquier cosa, en la cocina, o en la parte de atrás. “No, pero es un área común de los socios, vos no podés sentarte”. [Imita un tono discreto]. O me ha pasado de hablar con la comisión directiva y decir que cerraba por vacaciones en febrero. Y ellos me dicen “no podés cerrar en plena temporada, mejor que se vayan de vacaciones en marzo”. Y yo les digo “¿ustedes se van de vacaciones en marzo?”.  

Concesionario gastronómico, 38 años. 

la chica que me ayuda 

No es lo mismo trabajar en un barrio privado que afuera. Entramos en condiciones muy feas. Pasar por las guardias, que te revisen, viajar, estar ahí adentro. También mentalizarte. Me pasaba que estaba en mi barrio y en 20 minutos estaba en otro lugar. A lo mejor en un departamento en San Isidro el contexto es otro: uno va, toca el timbre y entra. Por ahí son gente que no está dentro de una burbuja. Van, vienen, viajan, se toman un café abajo, van al chino. Además acá las casas son inmensas. Yo me separé, me empecé a independizar y fue mi primer trabajo después de años. Me costó mucho despegarme de mi hijo chiquito. Cada vez que me tenía que ir, me levantaba despacito, pero él automáticamente se despertaba. Me lo sacaba como una garrapata y lo dejaba llorando. Me daba mucha tristeza porque tenía que dejarlo al cuidado de mi hija, que tenía 14 años, para ir a cuidar a otro chico, limpiar, por una necesidad más económica. Por eso será que con el nene que cuidaba tenía ese vínculo… por extrañar a mi nene. Era cariño mutuo. Cuando sentía el ruido de la puertas del lavadero, porque yo siempre entraba por ahí, venía corriendo con el cuaderno del jardín a mostrarme lo que había hecho. Un día la mamá le gritó como diciendo “¡yo soy tu mamá, vení acá, a mí me lo tenés que mostrar!”. [Ríe]. Yo me hice la tonta para no crear una discusión porque me dolió en el alma, el nene lo venía a hacer de cariño, no porque estoy ocupando el lugar de ella. Como la casa era muy grande, él siempre me seguía y para que no se aburra yo trataba de que me ayude. Para el nene agarrar el Blem y tirarle a un mueble era algo nuevo y jugaba, se entretenía. Siempre dije que los chicos, a lo que son los papás, no tienen nada que ver. A lo mejor con el tiempo se vuelven así, pero los chicos son chicos. Por ahí tienen actitudes o cosas de los padres, pero se le va enseñando desde la humildad. Una vuelta me pasó que agarré para fines de semana y como el marido estaba sábado y domingo, yo tenía que tratar de que los chicos no pasaran para el otro lado de la casa. Estábamos mirando la tele, jugando a las cartas, el nene hizo zapping y estaban mostrando un carnaval. Entonces dice “mirá, los negros villeros”. Yo le digo “¡¿cómo los negros villeros?! ¡No, eso es una murga y esos son carnavales de barrio”. Le empecé a explicar y ahí me responde “ah, pero mi papá dice que son todos negros villeros”. [Ríe]. Ellos me escuchaban e incluso después me preguntaban cómo se bailaba y les conté que yo salí en la murga. Les empezó a dar curiosidad y hasta me puse a bailar y se pusieron a bailar conmigo. Ojalá a alguno le haya quedado algo de lo que uno puede aportar. Después trabajé en otra casa que la mamá cuando se enojaba la insultaba de pie a cabeza a la nena de 6 años. Le decía “gorda, fea, gracias a mí tenés para comer, cuando venga tu papá más te vale que no te hagás la pobrecita”. Ahí dejé porque me hacía tanto daño. Y no me animé a decirle al hombre. En otro trabajo estuve como 10 años y cuando el chico creció, 15, 16 años, empezó a aparecerme desnudo y como que se burlaba. Le conté a mi patrona con mucho cuidado para que no le caiga mal. Y me dijo “se me hace muy raro porque encima vos sos una mujer grande. Si fueras más joven, ponele”. Cuando volví a trabajar, después de la pandemia, quería que me quede horas que no me pagaba, o mandarme a trabajar a la casa del ex por el mismo sueldo, porque “me pagó durante la pandemia”. Ahora en vez de empleada doméstica dicen “la chica que me ayuda”. A mí me causa gracia porque “¡no te ayudo, yo te hago todo directamente!”.  

Empleada de casas particulares, 49 años. 

campos verdes 

Cuando recién empecé, hace 30 años, me llamó mucho la atención. No conocía lo que eran las canchas de golf, por ejemplo, ni cómo se trabajaba y cómo es el mantenimiento. Hacían torneos de tenis, de distintos countries y siempre estábamos ahí para atender a ellos y ver los partidos, cómo hacían, cómo eran. Ahora cuando podemos nos juntamos afuera con algunos compañeros del trabajo y jugamos al tenis. Yo empecé a trabajar en una fábrica y era todo cerrado. No era lo mío. Me gusta este trabajo porque es al aire libre. Al ser el barrio así, tenés como más libertad, digamos, de andar, caminar y andar con el tractor, con camioneta, para ir a distintos lugares. Es otra cosa, no es como una fábrica. Ahora estoy en la parte de limpieza de los sectores. Lo que es la parte de fútbol, tenis, golf, equitación, el house, una capillita. Todo eso hacemos en mantenimiento. Más para los fines de semana cuando viene toda la gente y para los que están viviendo. Siempre hago un poco de todo porque acá no es que tenés algo fijo, nos van poniendo en distintos lugares. Estuve en el Club House, en la cocina, de lavacopas, siempre estamos haciendo todo dentro de lo que es las 8 horas de trabajo. Cuando hay que cambiar luces, trabajos de pintura, albañilería contratan de otro lado, pero si hay que ayudar siempre nos dicen a nosotros. Cuando se cumple mi horario, tengo dos casas acá, que es mantenimiento de parque y pileta para que esté linda, aunque todavía no se usa. Esta gente la mantiene todo el año. [Ríe]. Eso es otro trabajo por mi cuenta, una changa. Dejo la casa por fuera en condiciones para que cuando vengan disfruten como hace la gente que viene los fines de semana. Acá hay gente muy buena, que reconoce lo que es el sacrificio del empleado. Por ahí viene y trae alguna gaseosa, la comparte. Pero hay gente que por ser empleado a veces piensa “yo te pago, el sueldo sale de mi bolsillo, por pagar expensas, pagar esto y lo otro, y entonces quiero que vos hagas esto”. Por ejemplo, cuando daba turnos en la cancha de tenis, me decían: “Te estuve llamando por teléfono, vos no me atendiste, yo quería ese horario. Sacalo a ese y dámelo a mí”. Un montón de cosas así. Si yo no atendí el teléfono es porque estaba en la cancha regándola o barriendo. Te decían las cosas de mala manera, como que uno lo hacía a propósito. Algunos te dicen “sí, gracias”, “qué tal”, “hasta luego”, y otros directamente ni saludan. Las casas son muy lindas, hay de épocas de ahora, muy nuevas, y hay de teja, pero no tenés un alambrado que divide tu casa, que vos podés hacer un asado y compartir con la familia en el parque de tu casa porque por ahí le molesta al vecino. Tenés que escuchar música en determinado horario, no podés andar en moto después de cierta hora, para tener visitas en tu propiedad tenés un montón de reglas, no podés estar afuera después de las 12 de la noche. Me gustaría vivir en un lugar así, pero donde tengas tu propia decisión de decir “bueno, viene fulano, mengano”. O hacer un asado y sentarme en el parque de mi casa.  

Empleado de mantenimiento y limpieza, 50 años. 

 

la perra 

Desde los 5 años empecé a trabajar, en Paraguay. Limpiaba, paseaba el perro, hacía los mandados. Como era chiquita, me subía dentro de la cama para extenderla. Mi mamá era cocinera en un mercado donde había una casa cuna para los chicos. Un día aparece una chica buscando una nena como criada. Con permiso de mi mamá fui a vivir con esta familia. Me llamaban y yo tenía que decir “sí, señora”. Pero yo decía “¿qué?” [Simula voz de niña]. Y me acuerdo que mi mamá me visitaba y la señora se enojaba porque yo no respondía “señora”. Por eso, cuando salía de la casa, mi mamá sacaba el palo y me pegaba. Eso se me incorporó para todo, el “señora”, “señor”. La esclavitud no terminó para nosotras. Nosotras nos hablamos cuando estamos en la parada o viajando y todas dicen los mismo: “es lo que nos tocó”. No te queda otra, tenés que ir a limpiar mugre, así hablamos entre nosotras. Todas tienen miedo de hablar. Porque ahí viven los grandes jefes. Hablamos de jueces, abogados, de todo. Esta gente de plata nunca nos reconoce, por más que te muestren sonrisitas o te regalen lo que ellos ya no usan. Si nosotras no estuviéramos, ¿quién le va a hacer el cafecito y quién les va a limpiar la mugre? Cuando yo trabajo están ahí en la mesa, en la computadora, hacen yoga, o se sientan a ver Netflix. Diga que donde estoy ahora no me piden que le haga el café. En otras casas, se sientan y vos les tenés que servir todo. Me acuerdo unos que me hacían hacer hasta hamburguesa casera. ¡Eran re gedientos! Mi hijo me decía “mamá, decile que te paguen más, cocinera es aparte”. No me animaba. Y no tenía para comer, vivía comiendo huevo revuelto con queso y un tomate. Porque una vez saqué un pedacito de bifecito del freezer y me lo hice. Al día siguiente ¡no sabe cómo me retó! “¡No me toques la carne!”. Me asusté porque se transformó toda la cara de la vieja. Y desde esa vez, por educación, no toco nada. Una vez, en otra casa, como no tenía lavarropas, había llevado un jogging y un short de mi hijo y los lavé con mi uniforme. A la tarde me manda un audio el señor y me dice “te quiero pedir un favor, la ropa tuya y de tu hijo no la traigas a lavar en casa, lavalo en tu casa”. Le contesté: “le quiero aclarar algo: lo lavé con mi uniforme. No mezclé con la ropa de ustedes”. Casi me agarra un infarto. ¡Lloré tanto! Me sentí discriminada. Me dolió porque yo me mataba con esa gente y que me diga eso como si fuera que soy sarnosa o algo. [Detiene el relato]. Me acuerdo otra patrona, era mayor, yo la bañaba y ella se hacía todo encima. “Te voy a regalar este colchón”, me dice el marido. Un sábado le dije “señora, mire que hoy me quiero ir más temprano porque pierdo el colectivo y ya no hay”. Ya la había bañado y vestido y me pone la mano para que le saque el esmalte de las uñas. Le digo “señora, ya le dije que yo me voy a ir más temprano. El colectivo me deja, yo no tengo para un remis”. Y me dice “¡ah, bueno, entonces el colchón te lo voy a tener que cobrar!”. ¡Me enojé tanto! ¿Me va a cobrar el colchón que me iba a regalar? Mire, no quiero nada de usted. Ahora mismo me voy de la casa y no voy a volver a trabajar”. Les hice juicio porque me tuvieron en negro. [Vuelve a detenerse]. Psicológicamente te hace mal. Los perros viven mejor que la empleada. ¡Le idolatran! En una casa tenían un caniche y la señora me decía “te pido un favor: ¿podrías salir por el jardín a recorrer?”, o “¿le lavás el platito?, o ¿le ponés su agüita fresca?”. ¡Con tanto trabajo que tengo, lo único que me faltaba ser niñera de perro! Yo le decía: “¡Coco, vos vivís mejor que yo!  

Empleada de casas particulares, 57 años. 

 

siete gremios 

Me dedico a hacer limpieza de vidrios. Estoy tranquilo, tengo mi casa, mi camioneta. Tengo mucha clientela. ¿Los vidrios de mi casa? No los limpio, no, no, no, no. Mi señora me quiere matar, los limpia ella a veces, cuando ve que ya no se ve para afuera. [Ríe]. Para entrar acá tenés que tener certificación del servicio, tenés que estar limpio, los seguros y el documento. En su momento yo tenía el teléfono con el nombre de la gente, hoy ya no lo tengo más. Tengo abreviado el nombre del country y el número de casa. Porque llego a perder el teléfono y se hacen un festín. Tenía el nombre de gente muy importante. Hoy me dicen “¿fuiste a la casa de fulano?”. Yo no sé ni quién es, tampoco me interesa. Acá tenés de todo un poco. Los tipos que tienen fortunas y no te demuestran qué es lo que tienen. Y el otro que no tiene nada y te quiere demostrar que tiene una 4x4 pero vive a fideos. En la época que todo el mundo se iba a Disney, yo hacía los vidrios de un local donde iban y pagaban con tarjeta y decían “ay, pagame el mínimo nada más”. Pero ellos se iban a Disney. Después comen arroz todo el año. Hay de todo, eh, clientas que te veían y te decían: “ay, ¿cuándo vas a venir a hacer los vidrios?”, porque estaban con sus amigas. Después las llamaba y me respondía “ay, no, después, el mes que viene”. [Ríe]. Hacerse ver no significa que tenga. Hay un par de countries de acá que lo deben haber comprado en los noventa, a crédito. Cuando terminaron de pagar, las casas se empezaron a venir abajo. Termotanque no anda, tienen calefacción central, no anda, se le tapan los caños. Arreglar todo eso te sale fortunas. Pero hay gente que tiene. La última casa grande que hice, grande grande, todo un día para hacer la parte de abajo; después fui otro día para hacer la parte de arriba. Baño del señor, vestidor del señor, oficina del señor, habitación de todos los señores, vidrio acá, vidrio ahí, vidrio allá. En la otra punta de la casa arrancaba el vestidor de la señora y el baño de la señora: 60 o 70 metros, vidrios, terraza para tomar sol. El que la tiene la tiene. Yo sigo con mi vida, hago mi trabajo. Una vez fuimos con mi hijo a una casa y le digo: “fijate si en el subsuelo tiene una cancha de fútbol”. Me dice “no, eso es un ascensor de coches”. ¡A ese nivel! ¿Qué es lo que hacen? ¿A qué se dedican? No tengo ni la menor idea. Tampoco me interesa. Un día conté siete gremios dentro de una casa que estábamos trabajando. ¡La pucha! Cuando empecé a hacer los cálculos: ¡fortunas! Me llamó la atención toda la gente que estábamos trabajando ahí y cada uno haciendo su trabajo. Yo, que estaba haciendo los vidrios, el piletero, el parquista, la empleada, el chofer. Cuando empezás a sacar cuentas y sumás las expensas, decís: ¡¿cuántos gastos tienen?! Pero eso depende del nivel de cada uno y cómo quieran tener las casas. Tengo una casa, dos viejos, nueve coches parados en la puerta. Terribles naves. La señora muy jodida. Si ibas arriba, vos tenías que subir por la escalera y ella por el ascensor. Y te controlaban todo el tiempo. Un día había faltado un celular: en definitiva éramos todos, los que trabajábamos en la casa, declarando ante la policía por un celular. El tipo se había ido a Estados Unidos y se trajo seis. En Argentina no servían porque no eran compatibles. ¿Quién terminó perdiendo? La empleada que hacía una semana estaba en la casa. Yo no sé si se lo habrá llevado. Estoy seguro que el viejo se lo olvidó en algún lado y cobramos todos. Hay gente jodida a ese nivel. Pero muy jodida. En pandemia, unos clientes me llamaban para decirme si necesitaba algo. Después había uno que cuando te veía afuera era totalmente distinto a lo que era en la casa. En la casa parecía amoroso y afuera te trataba para la miércole porque él era el importante, no vos que eras el tipo que limpiaba. Mi señora siempre me lo marcaba: “siempre vas a ser el empleado de limpieza”. Sí, seguro, pero ellos necesitan también de mí. 

Vidriero, 65 años.

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