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bahía blanca se mancha de negro
Desde diciembre del año pasado, frente a la costa de Bahía Blanca, se suceden derrames de hidrocarburos que ponen en riesgo el ecosistema natural protegido, la biodiversidad que allí irradia y el sustento de los pescadores artesanales. Un spoiler de lo que puede pasar en otras geografías: ¿Qué hacer cuando los riesgos de la actividad hidrocarburífera se tornan indelebles?
Fotografía: Alejandro Arrarás
19 de Marzo de 2024

 

El primer derrame se descubrió el 27 de diciembre de 2023. Una mancha viscosa que avanzó en silencio. El segundo apareció días después, el 16 de enero. Ambos en la región de Puerto Rosales, al sur bonaerense, frente a la Ría de Bahía Blanca. Hubo otro más detectado el 14 de febrero, cerca, frente a la Base Naval Puerto Belgrano, pero de eso no se sabe mucho. Y cuando todavía no se terminaban de medir las implicancias del primer accidente, el lunes 4 de marzo una cuarta mancha oleosa se sumó a esta seguidilla. En el estuario que se extiende entre Coronel Rosales y Bahía Blanca, se levanta el tercer sistema portuario del país. En ese nudo entre naturaleza y lo que llaman desarrollo se dieron estos derrames. 

Hay quienes dicen que Bahía Blanca es la puerta de la Patagonia. El clima, el viento, ciertos tonos del paisaje les dan la razón. Hay quienes, a su vez, piensan en esta zona como un embudo portuario, donde el polo petroquímico y los barcos se cruzan con el tren cerealero y donde el agua significa sólo una vía para el traslado de materias primas. Este territorio es mucho más, sin embargo. Una memoria natural y cultural asoma y se oculta, casi al ritmo de las mareas, en un estuario que late detrás de una ciudad que muchas veces le da la espalda u olvida que ahí nomás respira un manchón verde en el que islas de distinto tamaño titilan al compás de las aguas: Embudo, Suraita, Bermejo, Trinidad, Ariadna, Wood, Conejos, registradas formalmente alrededor de 1520, protegidas desde 1998 como Reserva Natural Provincial, defendidas por lugareños, ambientalistas e investigadores, mucho antes de esa designación, cuando veían que la salida al mar era algo que podía perderse. 

En esta región, cambiante y misteriosa, estos derrames confirmados encienden una bengala para pensar sobre los riesgos que, desde las organizaciones socioambientales costeras, advierten cuando hablan de los peligros de instalaciones petroleras en el mar. 

 

caños, humo y dólares frente al mar

“Unnamed Road, Arroyo Parejas, Provincia de Buenos Aires”, dice la dirección de la planta Oiltanking Ebytem SA. El mapa satelital deja ver, al abrirse, las aguas del estuario de la Bahía Blanca (así es su nombre formal). Desde tierra no se llega a ver. En la entrada a la empresa que opera las dos monoboyas de las que se desprendieron las dos primeras manchas, un cartel anuncia más de cien días sin accidentes (de trabajadores) y una garita no deja pasar a los visitantes. Tampoco se puede ingresar al Puerto Rosales, a pocos kilómetros. La idea es ver de cerca la zona donde todo comenzó. Logramos acercarnos a través de un atajo, un claro detrás de una casa abandonada. Cruzamos una pileta de natación con aguas de tiempos inciertos, y al fondo, divisamos un campo abierto que deja paso a la costa. Desde ahí, con la marea baja, se ve un buque petrolero, una de las monoboyas, el muelle, y lo que brota cuando las aguas ceden: pastos marinos, cangrejos que vienen y van, ese piso esponjoso que conforman las marismas. 

En esta región se reúnen los dos gigantes: el Puerto de Bahía Blanca, en Ingeniero White, y el Puerto Rosales, en Punta Alta. Ambos ofrecen una salida directa al Atlántico y muelles para que los buques se acerquen sin problemas. El primero, White, es la principal estación marítima de aguas profundas del país. A su alrededor se apostan empresas que se especializan en gases, combustibles y se descargan cereales, oleaginosas. A su alrededor hay plantas dantescas con chimeneas que escupen humos y vapores, hay caños enormes que atraviesan las calles, con carteles que advierten peligro. Una dinámica que no se detiene. 

Rosales, por su parte, creció en los últimos años, en especial desde 2020, cuando la exportación petrolera se disparó a partir de la guerra entre Rusia y Ucrania. Alrededor del 70% del crudo total que se consume en el país pasa por su planta de almacenamiento. Para ese fin, se instalaron las dos monoboyas de la empresa alemana Oiltanking Ebytem S.A,  Punta Ancla y Punta Cigüeña, dos estructuras flotantes que sirven para amarrar los buques tanques y realizar la descarga de derivados de hidrocarburos. A lo lejos, las monoboyas se ven como tortugas flotantes, dos pulmotores amarillos que asisten a los grandes barcos. Una de ellas, a fines de diciembre del año pasado, fue la que derramó una mancha contundente y silenciosa, que avanzó sin intervención hasta que un pescador la notó al salir en su barca para hacer la pesca del día.

 

lo que asoma cuando aclara

Salió a la madrugada, como cada día. Fue el 27 de diciembre a las 4.20 a.m., hacia el canal del Embudo, donde históricamente los pescadores artesanales encuentran camarón y langostino. Primero se impuso el olor a combustible, aunque todavía no se veía nada porque no clareaba. Cinco millas adentro, la cosa cambió. “Ahí vimos el desastre”, dice Natalio Huerta, pescador artesanal, conocedor histórico de la zona, uno de los que resiste en una actividad que fue menguando a medida que los puertos crecían y avanzaban. “Se veía mancha, mancha, mancha, hasta que aclaró bien y lo pudimos filmar con el teléfono. Ahí di aviso a Prefectura a las 6 de la mañana, porque hice los videos y todo, informé del derrame. Seguro estaba la mancha hasta el canal del Embudo, y hay dos canales que lo cruzan, el que se llama el Cadorna y Paso el Frente”. Además del aviso a la Prefectura, Huerta dio parte también a la Administración del Puerto y a la cámara pescadora. La marea crece 6 horas y baja 6 horas. Durante más de dos mareas la mancha vagó por las aguas. 

En esta región, cambiante y misteriosa, estos derrames confirmados encienden una bengala para pensar sobre los riesgos que, desde las organizaciones socioambientales costeras, advierten cuando hablan de los peligros de instalaciones petroleras en el mar.  

Los pescadores artesanales son guardianes silenciosos. Conocen lugares, recovecos, los ánimos de las aguas. También saben de los estragos que puede ocasionar una mancha de hidrocarburos. Desde ese día, la pesca se cortó para Natalio Huerta. Nada hubo ya que pescar. Al 7 de marzo, varias semanas después, él dice: “Camarones y langostinos no hay más nada. Así que ahora armamos la pescadilla y estamos yendo para afuera, para el lado de Pehuen Co, para mar afuera, porque además adentro con la contaminación no quedó nada”. Un golpe más que se suma a lo que traen desde hace años: corridos por el avance del polo petroquímico y sus efectos en las aguas, sostienen una lucha judicial porque calculan que unas 350 familias perdieron su sustento con la alteración del entorno. En la ría se han detectado “metales pesados, compuestos orgánicos y otros contaminantes”. Hoy se pesca un 20% de aquello que históricamente se pescó. A eso, además, se le sumó también en diciembre pasado el temporal que dejó en la ciudad un tendal de pérdidas. 

“Son siempre los pescadores los que dan aviso”, dice Tata Gayone, docente, militante socioambiental desde hace décadas, conocedora del lugar, mientras caminamos por las plantas en un recorrido didáctico por la historia de las últimas transformaciones.

 

cuatro manchas

Enterados del primer accidente, en la boya Punta Ancla, desde el Ministerio de Ambiente de la Provincia intimaron a Oiltanking a iniciar el Plan de Contingencia y saneamiento de las áreas afectadas, el Plan de Remediación. Aplicaron sanciones por el incumplimiento de la Ley 11.723 y de la Ley 10.907 de protección de Reservas Naturales. También, por infracción del artículo 103 de la Ley 12.257. 

Cuando por fin se inició el plan de contención, el trabajo fue arduo. Trabajadores envueltos en trajes especiales cruzaron en el calor abrasador de esos días hacia las islas para cargar el material y meterlo en bolsas, cortar pastos afectados, limpiar lo que se podía en la superficie, cuando las mareas bajaban y daban changüí. Mientras eso ocurría, veintiún días después del primer derrame, hubo uno más, otra vez de una monoboya de Oiltanking, la de Punta Cigüeña. En esa oportunidad el Ministerio de Ambiente de la Provincia suspendió las operaciones y solicitó a la Secretaría de Energía de la Nación, la autoridad competente, que tomara cartas en el asunto. 

Pero empezaron a circular otras noticias. Al desastre ambiental que se evaluaba le ganaba en la partida el dato de dólares que dejaban de ingresar. La suspensión significaba un tapón a la principal vía de evacuación del crudo de Vaca Muerta al Atlántico y el mundo. Una piedra en el zapato para empresas como Pluspetrol, Tecpetrol, ExxonMobil, Shell, Chevrón, entre otras. (Actualmente, Oiltanking construye un muelle para la carga de crudo en buques provenientes de Vaca Muerta, y será uno de los mayores del mundo).

Cada empresa o agente marítimo tiene que presentar su Plan de Emergencia.Quienes detentan la capacidad de acción definitiva de las operaciones de Oiltanking son la Secretaría de Energía de la Nación y Prefectura, que mandaron la autorización para que retomara la actividad luego de que la empresa informara que había solucionado el problema. Entre bambalinas, quienes trabajan en Ambiente bonaerense dicen que el Plan no se activó a tiempo, no se contuvo correctamente el primer derrame, que avanzó con ventaja, y llegó a ingresar a la Reserva Natural con impacto en las marismas, que es la zona vegetal acolchada que se puede pisar cuando la marea está baja. Por eso fueron las actas de infracción. El segundo derrame sí tuvo una respuesta más rápida, pero no se pudo contener en su totalidad por las condiciones climáticas (niebla, oleaje, viento). 

La tercera mancha fue más misteriosa. Cerca de la Base Naval de Puerto Belgrano, una estela oleosa encendió la alarma y los pescadores artesanales, una vez más, fueron los que dieron aviso. Desde la Estación de Rescate de Fauna Marina Guillermo “Indio” Fidalgo difundieron imágenes satelitales que daban cuenta de ello. La cuarta mancha fue detectada entre el 5 y el 7 de marzo, también en las cercanías a la Base. El 7 de marzo, crisis se comunicó con personal técnico de su sector ambiental. La respuesta fue que no tenían conocimiento de lo sucedido. El Observatorio de Sismicidad Inducida, que reúne pruebas visuales, dio a conocer la imagen irrefutable: otra sombra en el agua, nuevas preguntas sin respuesta. Lo único innegable, su ubicación. 

El 12 de marzo, desde el Ministerio de Ambiente de la Provincia de Buenos Aires, se refieren a las últimas manchas frente a Puerto Belgrano y dicen: “La Base corresponde al Ministerio de Defensa de la Nación, desde donde aún no se informaron los responsables. Sin embargo, ambas manchas fueron controladas y retiradas en el marco del Plan de Contingencia. Prefectura Naval, la autoridad competente, indicó estar investigando el origen del incidente y desde la Provincia le enviamos una carta a Defensa de Nación con copia a la Secretaría de Energía de la Nación solicitando que nos compartan la información”. 

Agreguemos una quinta mancha, entre el 14 de febrero y la del 7 de marzo. Fue en Ingeniero White, en el puerto, a finales de febrero. Desde el Museo Ferrowhite avisaron al Ministerio de Ambiente de la Provincia de Buenos Aires, que a su vez avisó a Prefectura, a Medioambiente del consorcio del Puerto. Ante el pedido formal del Ministerio, se solicitaron  análisis pero aún se espera la información. Para eso se hicieron estudios del sustrato del suelo y de las plantas pero todavía no enviaron los resultados.

 

la desposesión

Hace años que Tata Gayone recorre estos senderos que ahora hacemos en una especie de Toxitour particular. Avanzamos con ella, la bióloga María del Carmen Gayone y con la geógrafa María Laura Langhoff. Todas forman parte de la Coordinadora Socioambiental de Bahía Blanca y denuncian las consecuencias de este modelo que se esparció a mediados de los noventa consolidándose como un polo que borró de la memoria toda huella natural. La lectura que hacen linkea ambos puertos, el de Bahía Blanca y el de Rosales, y las plantas que se instalaron en el polo industrial. En dos días visitamos geografías diferentes. Las guías señalan la cercanía entre la planta Profertil y las casas bajas del barrio 26 de septiembre, las escuelas, la sala médica vecina. También, los carteles esparcidos a lo largo del sendero: Peligro, Peligro, Precaución se repiten de a tramos, y anuncian electroductos, nitrógeno gaseoso, parte de lo que se ha vuelto habitual. Al día siguiente, en Puerto Rosales, prepondera otro escenario: contra las construcciones que avanzan tanto en el Consorcio del Puerto como en la planta de Oiltanking contrasta la playa del Arroyo Parejas, que a esa hora de la tarde de un lunes apenas tiene como visitantes a unas familias en reposera, unos cuises que asoman y al bañero que ve el agua a lo lejos con la marea baja. 

Desde el Observatorio de Sismicidad Inducida, dicen: “La situación en Bahía Blanca confirma un hecho que hemos observado tanto en Argentina como en otros países. Esta industria conlleva de forma intrínseca tanto la práctica habitual de emisiones contaminantes de forma deliberada e intencional, como recurrentes accidentes no intencionales de graves consecuencias para las personas y el ambiente. En cualquier caso, contaminación descontrolada”. Y agregan: “Cuando se producía este último derrame en Bahía, simultáneamente un pozo en Santa Cruz sufría un grave reventón y surgencia, emitiendo descontroladamente grandes cantidades de petróleo y gas. Y estos eventos, que no llegan a la luz pública, los conocemos fortuitamente cuando algún testigo los reporta. Pero sabemos que diariamente se producen sin que quede de ellos ningún tipo de registro, más que el pasivo ambiental que a la larga sufriremos todos y todas.”

 

ya no es tu mar

“En Bahía Blanca teníamos mar, teníamos playa, íbamos en un tren, teníamos piletas que se llenaban con el agua de la marea, había pesca artesanal y una comunidad que vivía junto a la costa —dice Tata Gayone—-. Todo eso nos lo han ido arrancando los distintos proyectos: el polo petroquímico que cada vez se va ampliando más, a partir de lo que es la exportación de gas licuado que se hace a partir de este puerto, o la importación de gas; ahora se está anunciando la creación de una plataforma, incremento de las plantas; se habla de una nueva planta de fertilizantes, y en el caso del petróleo, vemos cómo esta desposesión del mar está afectando a la localidad de Puerto Rosales”. Tata historiza casos: el derrame en Magdalena, en 1999; el de Oldeoductos del Valle (Oldelval), en Medanitos, Río Negro, en 2021; lo que pasó en 1991, un derrame que terminó con tambores enterrados bajo tierra, según denunció la ONG Hapic. 

Pero millones de dólares prometen ingresar si se invierte en puertos para hidrocarburos: a partir de la extensión del puerto en Coronel Rosales, por un lado; con la construcción del oleoducto que atravesará 600 km desde la cuenca neuquina hasta Punta Colorada, en el Golfo San Matías, con un enorme puerto petrolero como parte del proyecto Vaca Muerta al sur, por el otro. En este último caso, el plan es que desde ese punto salga el crudo mediante dos monoboyas a 6 kilómetros de la costa. Para ello, el Gobierno de Río Negro impuso la modificación de la Ley 3308 que protegía al Golfo de este tipo de actividades, y lo hizo en un recinto cerrado y de forma exprés, entre agosto y septiembre de 2022, generando el marco legal que las empresas precisaban para llevar adelante el proyecto. ¿Qué similitudes tiene con lo instalado en Bahía Blanca? Sería mucho peor, según dice desde el Observatorio Petrolero Sur, Martín Mullaly: “La idea de llevarlo ahí fue porque la inversión de dragado es menor y tiene mucha más profundidad porque podrán meter de a dos barcos de gran porte. Además, el mercado global de buques está colapsado y la flota es vieja, puede haber más riesgos”. La zona de los golfos norpatagónicos tiene también una larga tradición de pesca artesanal, una rica biodiversidad marina y aguas cristalinas. La ballena franca austral es lo más vistoso de una riqueza natural que resplandece en la zona. Alguien de Bahía Blanca que prefiere guardar su nombre recordaba la sorpresa de los empresarios de Oiltanking al sobrevolar la región y ver que ahí también había vida, que delfines franciscana nadaban cerca de la costa. Las historias se espejan. 

Millones de dólares prometen ingresar a partir de la extensión del puerto en Coronel Rosales. Otros miles, con la construcción del oleoducto que atravesará 600 km desde la cuenca neuquina hasta Punta Colorada, en el Golfo San Matías, con un enorme puerto petrolero como parte del proyecto Vaca Muerta al sur.

“Si el mar es uno solo como decimos entonces es un problema ver zonas de sacrificio. Se trata de un modelo que se instala, de un problema más estructural. Eso que va creciendo deja pasivos ambientales por todos lados porque la economía capitalista en esta etapa y en estos lugares no es planificada en absoluto, tiende a ver de dónde sacar plata rápido”, concluye Gayone. 

Un informe del Observatorio Petrolero Sur da cuenta del avance de la explotación hidrocarburífera más allá de las costas y de sus impactos en la cotidianeidad de quienes desarrollan ahí sus vidas a lo largo de generaciones. Un fenómeno que se registra en muchos países de Latinoamérica: Brasil, Perú son algunos de los ejemplos. Un modelo que se expande, una mancha que avanza, homogénea, por sobre las singularidades. 

Ferrowhite es un museo ubicado en el puerto de Bahía Blanca, en Ingeniero White. Un lugar construído por memorias de trabajadores, y memoriza los despojos que produjo el desguace del Estado en la década del noventa. Su director, Nicolás Testoni, escribió hace un tiempo sobre esas playas robadas a los vecinos por el capital privado. Una lógica que corrió al piberío de sus potreros, de sus fondos, y que los obligó a cruzar de camunina por terrenos vendidos a las empresas. “Los últimos habitantes de la playa plebeya”, los llama. Describe ahí sus transgresiones, pequeñas rebeldías de quienes conocen de cerca las costas y se niegan a resignarlas.

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