confluencia y circularidad
“Nêgo sigue vivo para nosotros”, dice Joana María, hija del intelectual, poeta y activista brasilero Antônio Nêgo Bispo dos Santos que construyó un poderoso río con sus palabras y logró ser portavoz de las comunidades quilombolas. La tierra da, la tierra quiere, editado por Tinta Limón, cobija sus ideas sobre los modos de habitar y vivir en pos de un horizonte contracolonialista. Lo que sigue son subrayados de un libro vigoroso que galopa a contrapelo de lo que nos amansa a diario.
Cuando cumplí diez años, empecé a adiestrar bueyes. Fue así como aprendí que adiestrar y colonizar son lo mismo. Tanto el adiestrador como el colonizador comienzan por desterritorializar al ente atacado, quebrando su identidad, sacándolo de su cosmología, alejándolo de sus entes sagrados, imponiéndole nuevas formas de vida y dándole otro nombre. El proceso de denominación es un intento de borramiento de una memoria para que pueda crearse otra.
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Al dominar la técnica del adiestramiento, rápidamente me di cuenta de que, para enfrentarnos a la sociedad colonialista, a veces “necesitamos transformar las armas de nuestros enemigos en defensa”, como decía uno de mis grandes maestros de defensa. Entonces, para transformar el arte de denominar en un arte de defensa, resolvimos de nominar nosotros también.
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¿Por qué la gente de la favela habla gíria? Llenan la lengua portuguesa con palabras potentes que el propio colonizador no comprende. Llenan la lengua como quien rellena un chorizo. Y así hablan portugués delante del enemigo sin que él lo entienda. La favela adiestró la lengua, la hechizó. Tenemos que hechizar el idioma. Puedo decir que soy un hechicero, ¿qué problema hay? Pero soy hechicero y milagrero, porque soy politeísta y sé hacer tanto milagros como hechizos.
ciudades y cosmofobia
En el quilombo, contamos historias en lo profundo de la noche, en luna llena, alrededor del fuego. Las historias son contadas con placer y son contadas por todos. En la gran ciudad, solo tiene valor aquello que se vuelve mercancía. Allá no se cuentan historias, solo se escriben: escribir historias es una profesión. Nosotros contamos historias sin cobrarle nada a nadie, lo hacemos para fortalecer nuestra trayectoria. Y no contamos solo historias de seres humanos, también contamos historias de bichos: monos, jaguares y pajaritos.
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En el lugar donde nací y fui criado, tenemos una relación orgánica con todas las vidas. Todas las vidas son necesarias, no importantes. Corríamos detrás de un cerdo para atraparlo y meterlo en el chiquero. Jugábamos a que corríamos para poder llegar a un lugar, por necesidad. En la ciudad es diferente: veo gente corriendo sin saber a dónde va, sin saber por qué corren, ¡solo porque un médico les dijo que tienen que correr! Yo también corrí en la ciudad, sin saber a dónde ni por qué corría. ¿Por qué el pueblo de la ciudad no se relaciona con la naturaleza? Porque tiene miedo. Porque son cosmofóbicos.
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La cosmofobia es responsable de este cruel sistema de almacenamiento, de desconexión, de expropiación y de extracción innecesaria. La cosmofobia también es responsable de la basura. ¿Por qué existe tanta basura? Porque las personas acumulan más de lo necesario y el tiempo pasa. Necesitan de cierta cantidad de frutos, pero compran más de lo necesario. El desperdicio es un resultado de la cosmofobia. La cosmofobia es la necesidad de desarrollarse, de desconectarse, de alejarse de lo originario. La cosmofobia es lo mismo que el pecado original. Y todo lo que es original asusta al eurocristiano monoteísta.
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Viví en São Cristóvão, en Río de Janeiro, y todos los fines de semana y en mi tiempo libre iba a la Quinta da Boa Vista. Nunca me gustó Copacabana, para mí Copacabana es una cosa de plástico, un juguete descartable. La parte sintética de Río, para mí es descartable. Ahora, cuando voy a Río de Janeiro, voy a la favela de Maré, al Complexo do Alemão, a la favela Pereirão, y me siento bien. Soy bien recibido en cada una de ellas. Me siento bien ahí donde huele a gente, donde hay cosas que aún son orgánicas y donde la lengua es continuamente adiestrada. Maré tiene un lugar reservado para compartir conmigo, para hacer maíz con porotos, conversar y beber. Pereirão, en Santa Tereza, también tiene un lugar reservado para mí.
Una forma de enfrentar al dinero es gastarlo. Gastemos todo el dinero para que no haga de nuestras vidas un infierno. Otra forma es boicotear el dinero. Cuando viajo no pago hotel y, en lugar de ir al shopping, voy a la feria, porque en la feria veo gente que se parece a mí, que transpira, que es orgánica. La gente en el shopping no transpira, en el shopping no hay olor a sudor, solo hay olores sintéticos, olores de productos abstractos.
Mientras que la sociedad está formada por iguales, la comunidad se hace con personas diversas. Nosotros somos los diversos, los cosmológicos, los naturales, los orgánicos. No somos humanistas, los humanistas son las personas que transforman la naturaleza en dinero, en el auto del año. Todos somos cosmos, excepto los humanos. Yo no soy humano, soy quilombola. Soy labrador, pescador, soy un ente del cosmos. Los humanos son eurocristianos monoteístas. Tienen miedo del cosmos. La cosmofobia es la gran enfermedad de la humanidad.
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Nosotros, cuando hablamos de individuo, hablamos de unidad, decimos “uno”, pero este “uno” es parte del todo, del universo. Si para los humanistas el “uno” es el universo, para nosotros solo hay “uno” porque hay más de uno. Percibimos una diferencia entre ser “uno” y ser único, mientras que para ellos “uno” y el único son lo mismo. Cuando decimos “globo”, estamos englobando y, al mismo tiempo, reconociendo las individualidades que existen dentro del globo. Se trata de una cuestión germinante, que necesita ser tratada y cultivada.
somos compartidores
Cuando escucho por el mundo la palabra confluencia o la palabra compartiendo, me siento muy contento. Al mismo tiempo, cuando escucho intercambio, siempre digo: “Cuidado, no es intercambio, es compartir”. Porque intercambiar significa un reloj por un reloj, un objeto por otro objeto, mientras en el compartir se trata de una acción por otra acción, de un gesto por otro gesto, de un afecto por otro afecto. Y los afectos no se intercambian, se comparten.
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A veces vas caminando y encontrás una piedra bonita y acogedora para sentarte. O una superficie plana donde tumbarte un rato y descansar. Este compartir es tan abundante, tan presente en nuestras vidas, que raramente hablamos de esto con la gente de la ciudad. Si estás caminando y ves un ratón corriendo en medio del bosque, existe el riesgo de que justo atrás suyo haya una serpiente. El ratón comparte una advertencia: “No andes por aquí ahora porque la cosa puede no estar bien”. Un ratón en el bosque no es una cosa tan mala como lo es un ratón en la ciudad. Un ratón en el bosque es alguien que comparte. Si veo comida que es buena para el ratón voy a tener que dejarla ahí, porque el ratón puede ser un informante. El cuervo es un pájaro que siempre ahuyenta a las serpientes. Si estoy dentro de la Caatinga y canta un cuervo, sé que hay algo que necesito observar ahí: una serpiente o un teyú. A veces, es otra cosa que no hace daño a nadie, pero el cuervo da la señal.
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Las ciudades están sobre los quilombos. Belo Horizonte está en Quilombo Souza, Quilombo Manzo o Quilombo de Luízes, por ejemplo. No son los quilombos los que están en Belo Horizonte. En los quilombos donde se ubica Minas Gerais, se encuentran las más importantes expresiones contracolonialistas compuestas por nuestro pueblo afroconfluyente. Allí se preservó mucho de las costumbres quilombolas y sus saberes orgánicos. De nuestros modos de ver, de hacer, de sentir y de vivir. En muchos otros quilombos donde hay otros estados, muchas prácticas fueron destruidas por el Estado. Quizás la palabra no sea destruidas, sino precarizadas.
Aquí en los quilombos donde está el estado de Piauí, el beiju era uno de los alimentos más populares para el desayuno, así como las tortas de tapioca, pero estos alimentos fueron dejando de ser apreciados debido a la poca divulgación, a las burlas que hacían los colonialistas o a la intervención del Estado, a través de órganos sanitarios. Vivo a cinco kilómetros de la escuela donde estudian mi nieta y mis nietos, pero no puedo vender las cabras que criamos para la alimentación escolar porque el municipio no cuenta con un organismo de vigilancia sanitaria adecuado para realizar pruebas y evaluar la calidad de los alimentos. ¿Cómo puede ser que la carne que mi nieto o nieta comen todos los días en mi casa no sea apta para comer en la escuela? Esto es incongruente.
En los quilombos donde se encuentra Minas Gerais, vemos que muchas comidas aún se preservan y los organismos de defensa sanitaria no tuvieron la fuerza para destruirlas. Hay una estructura más amplia, sobre todo por las fiestas. Cada práctica alimentaria que conecta con las festividades se fortalece. Cuando las formas de alimentarnos se desconectan y se alejan de las fiestas, se debilitan.
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No hay fiesta sin comida ni comida sin fiesta, así como no hay comida sin siembra. Las comidas típicas de cada fiesta acompañan el modo de vida compartido y el ciclo de siembra. Durante las fiestas, quien no cultiva también tiene acceso a los productos. La comida alimenta el cuerpo y alimenta el alma. La comida para nosotros no es solo comida. El feijão que sale del supermercado y va a nuestras fiestas se convierte en otro producto, incorporando otras vidas, otros espíritus. Ya no es más aquel feijão: se convierte en otra cosa.
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Existen modos de vida fuera de la colonización, pero política, no. Toda política es un instrumento colonialista, porque la política se refiere a la gestión de la vida ajena. La política no es autogestión. La política la produce un grupo que se considera iluminado y que, por lo tanto, tiene que ser protagonista de la vida ajena. La democracia es una cosa eminentemente humana. Los otros seres, los otros vivientes en el mundo, no ejercitan este movimiento. No tienen vidas que se asemejen a eso. Los bueyes, cerdos, gallinas y aves no tienen esa estructura de gestión. Su gestión es diferente. Solo los humanos tenemos esta estructura en la que uno vive para gestionar verticalmente la vida del otro, para defender los derechos de los otros. Entre las otras vidas, cada una se defiende de forma segmentada para defender el territorio de forma integrada.
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Cuando un enjambre de abejas crece demasiado, una reina se va y construye otro enjambre. Cuando una casa de avispas crece demasiado, construyen una casa nueva. Cuando un hormiguero es demasiado grande, las hormigas construyen otro hormiguero. ¿Por qué no aprendemos que, en la autogestión, el grupo tiene que ser del tamaño necesario para autogestionarse? Un terreiro de Umbanda o una casa de Candomblé no quieren recibir a todo el mundo, no quieren que vaya toda la ciudad, solo quieren que vaya una parte del pueblo. Cuando crecen demasiado, construyen otra casa. Solo quieren recibir a aquellos que pueden recibir.
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Entendemos el norte o el sur de manera diferente a quienes trabajan con la linealidad y la verticalidad. Para nosotros, existe el lado del sol naciente y el lado del sol poniente. El lado por donde sale la luna, el lado de donde viene el viento, el lado hacia donde va el viento.
somos la oralidad
Si el patio es esencial en el quilombo, ¿cuál es la parte más necesaria de una casa en la favela? Es el techo de losa. La primera losa es para el primer hijo o hija que se casa, y la segunda losa es para celebrar fiestas. Pero ¿qué hizo el programa Minha Casa, Minha Vida? Llegó a las favelas y eliminó los techos de losa de las casas, la parte más necesaria. Llegó a los quilombos y construyó casas sin patio, eliminó los patios de las casas, su parte más necesaria.
Minha Casa, Minha Vida es el programa más colonialista en política de vivienda. Fue un ataque brutal, violento, perverso, racista, institucionalmente colonialista. Es mejor decir colonialismo que racismo, porque alterar la arquitectura, subyugar o prohibir la arquitectura existente es más que racismo. ¿Por qué no tuvieron en cuenta la arquitectura del pueblo de la favela?
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Si alguien me pregunta si nuestros libros están llegando a los quilombos, respondo que no están hechos para los quilombos: ¡salieron de los quilombos y tienen que llegar a las urbanizaciones cerradas! Llegar a las universidades y a los shoppings. En el quilombo somos de la oralidad, nuestros saberes son los del bar de la esquina. Es en el bar de la esquina donde hacemos este tipo de comparaciones, es ahí donde nos reímos cuando pasa un auto de lujo y cierra los vidrios con miedo: “¡Pobrecito, además de estar preso en un barrio privado, sigue preso cuando está en la calle y se cruza con nosotros!”. Somos las personas que son atrapadas sin necesidad de esposas o llaves, solo con la apariencia. Esta comparación la hacemos en los bares, en los velorios, cuando vamos a pescar, cuando estamos entre nosotros. Si están hablando de nosotros, hablemos un poco de ellos también.
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No hay buen gobierno para un mal Estado. Así como no hay un buen conductor para un mal auto, ni un buen conductor para un mal tren. Cualquier gobierno que gobierne este Estado será un gobierno colonialista, porque el Estado es colonialista. Quien anda en bicicleta es ciclista, pero quien anda en auto es conductor, chofer. Ser colonialista es como ser adiestrador de bueyes. Cualquier gobierno de un estado colonialista será un gobierno colonialista. Es necesario contracolonizar la estructura organizativa.
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Ecología es una palabra utilizada por los académicos. En el quilombo no existe la ecología, está el campo del quilombo, el campo de la aldea, el campo ribereño, el campo de los mariscadores, el campo de los pescadores, el campo de los recolectoros de coco. ¿Por qué la academia usa la palabra ecología y no agricultura quilombola? ¿Por qué no usan campo indígena? Las universidades son fábricas de transformación de los saberes en mercancía y la agricultura quilombola no es mercancía. Pero los saberes considerados válidos son aquellos que la universidad convierte en mercancías.
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¿Por qué nos enfermamos menos en los quilombos en el contexto de la pandemia de Covid-19? Un gran maestro nos explica: “En los quilombos tenemos relaciones, no tenemos aglomeraciones. Las aglomeraciones están hechas de cuerpos que n se conocen, que no se tocan entre sí”. Y como no se relacionan, no se inmunizan. Nosotros, que nos relacionamos, que nos abrazamos, estamos inmunizados.
Somos pueblos de trayectorias, no somos pueblos de teoría. Somos circulares: comienzo, mitad y comienzo. Nuestras vidas no tienen fin. La generación de nuestras abuelas es el comienzo, la generación de nuestras madres es la mitad y la generación de nuestras nietas es, de nuevo, el comienzo.
La tierra da, la tierra quiere, de Antônio Nêgo Bispo dos Santos
Traducción Florencia Carrizo
Tinta Limón Ediciones, 2026





