Por qué ver Naza

La película de Yuval Abraham y Rachel Szor sobre el genocidio en curso perpetrado por Israel llegó, no sin obstáculos, a los cines argentinos, y actualiza la cuestión de la responsabilidad por los hechos históricos de los que somos contemporáneos: honrar la verdad, aunque dé miedo.

NAZA es el acrónimo de una expresión militar que podría traducirse como daño colateral. Va siempre acompañado de una cifra: 1, 2, 500. Es la manera en la que el ejército se refiere a la cantidad de víctimas civiles que estiman por cada objetivo y la palabra que guía el documental dirigido por Yuval Abraham y Rachel Szor, coproducido por el diario The Guardian, en colaboración con los medios israelíes +972 Magazine y Local Call. 

La película apunta directo contra dos muletillas: que Israel tiene el ejército más moral del mundo y que se trata de la única democracia de Medio Oriente. Naza invita a poner en primer plano la definición de democracia, el rol del ejército y la cadena de responsabilidades, incluida la de quienes somos testigos voluntarios e involuntarios. Llega en plena convulsión electoral, un proceso que también puede leerse desde esas mismas coordenadas: ¿qué sistema político está en juego? ¿Qué conciencias forma una sociedad estratificada en función del servicio militar obligatorio del que participa solo la población judía israelí? 

Tras los premios y la ovación en el Festival de Venecia y el revuelo que generó, Abraham informó en sus redes que el documental estará disponible online, de manera libre y gratuita, a finales de noviembre en el sitio de The Guardian. 

Un breve repaso por su estreno en cines da un panorama del estado actual de la conversación en distintos lugares del mundo. Argentina nuevamente como anomalía, bien cerca de lo que ocurre en Israel, donde ningún cine la programó. 

En Buenos Aires, hasta ahora pudo verse solo en dos cines: Cacodelphia (CABA, zona Obelisco) y el Cine Teatro Helios (Palomar). Todas las funciones se agotaron y programaron más durante noviembre. No hubo estreno en cines comerciales ni en el circuito institucional, como sí ocurrió en Europa, Canadá, Estados Unidos, México, Brasil y la lista sigue. En México, además, tuvo una función en la Cineteca Nacional de Ciudad de México y en Uruguay se estrenó también en la Cinemateca Nacional en Montevideo. Responsables del cine Cacodelphia confirman: al terminar las funciones, la sala queda una y otra vez en un silencio absoluto. 

luces y sombras 

En la moderna ciudad de Tel Aviv la vida sigue en las ventanas iluminadas que se dejan ver detrás de las siluetas oscuras de los veinticuatro soldados y agentes de inteligencia que prestan testimonio anónimo, entrevistados por el director en terrazas oscuras de la ciudad. Una mano recoge migas de una mesa, un cuerpo se despliega haciendo yoga. Un bebé llora. Alguien apaga la televisión. A menos de 60 kilómetros, sobre esa misma costa, esas escenas podrían ser las últimas de cientos de personas que morirán en simultáneo y quedarán cubiertas por escombros cuando algún joven soldado apriete un botón. No es casual que uno de sus productores, Jonathan Glazer, también haya participado en la realización de Zona de interés (2023), película que retrata la vida cotidiana de la familia de un funcionario nazi que vive junto a un campo de concentración. Ambas películas cuentan, además, con música de la artista británica Micachu. 

Mientras oímos detalles de las operaciones militares en primera persona, es posible completar cada relato con imágenes reales. Cualquiera que navegue las redes sociales puede encontrar registros en tiktok de todo lo que cuentan. No radica en el contenido de los testimonios su originalidad. El documental aporta otra cosa: la posibilidad de detenernos en el tono y las palabras que eligen quienes participaron de las operaciones. La pregunta por el instante en el que un quiebre puede ocurrir. El momento inexacto en el que alguien toma conciencia y ya no puede volver atrás. Ojalá también la pregunta por su responsabilidad. ¿Dónde empieza y dónde termina la obediencia debida? 

“Me esforcé demasiado para entrar a esa unidad de elite”, dice un agente, muy joven, y cuenta que se trata de los cargos más altos y respetados por la gran mayoría de la sociedad israelí. Creen ser responsables, éticos. No odian a los árabes. Se perciben de izquierda. Con la conciencia intacta vuelven a almorzar a sus casas entre operación y operación. 

Algunos son muy claros en su quiebre ético, en el descrédito para con el relato oficial. “Vi fosas comunes, vi cadáveres inundados, he visto niños rodeados de cadáveres, vi gente asesinada mientras iba a buscar comida, vi personas volar por el aire porque a alguien se le ocurrió que se acercaban demasiado a una base militar. Me dieron palmaditas en la espalda por esa operación”. Esto es un genocidio, concluyen. Y hemos participado en él. 

Otros se aferran a la definición: daños colaterales inevitables. Ellos o nosotros. Legítima defensa, objetivos militares. Ganamos la guerra, una y otra vez. Esta es la lógica que, según sostiene Abraham en ensayos previos, permite a los “israelíes liberales” (libeales en sentido de progresistas) participar de un genocidio. Y seguir viviendo. 

“Dejar que la IA decida a quien matar es mejor que dejar que lo decida alguien a quien Hamas mató su amigo la semana pasada”, argumenta un soldado, como si no hubiera humanos detrás de esa tecnología. 

Conocimos el testimonio de Eichmann, su frialdad y la forma de describir procedimientos que pretendían ser técnico-burocráticos cuando estaba sentado frente a un tribunal. Pudimos oír sobre el accionar de los genocidas de la última dictadura argentina cuando relataron su versión frente a los jueces que declararían su prisión perpetua. Supimos de los horrores de los campos de concentración y de los centros clandestinos de detención cuando ya no quedaban víctimas en ellos. Cada día que pasa sin que podamos siquiera imaginar justicia por los crímenes confesados y cometidos en Gaza es una afrenta a nuestra posibilidad de creer en la verdad y preservar una memoria común como humanidad.

En la palabra genocidio se cifra una clave. No es un capricho semántico. Es un quiebre histórico que nos remonta a los tiempos de la segunda guerra mundial, cuando el término fue acuñado por el abogado Rafael Lemkin y poco después adoptado por la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de Naciones Unidas. 

Quizás los principales destinatarios de Naza sean quienes aún no se animan a pronunciar esa palabra. Quienes todavía conservan, en algún rincón de sí, la idea de que se trata de un acto de legítima defensa. Quienes desean poder sostener que lo que ocurre es apenas resultado de un mal gobierno, y no de políticas de estado sistemáticas. O quienes todavía convivimos con estos argumentos y entendemos que es necesario ganar la conversación pública hasta que el negacionismo no sea una opción. 

Por eso Argentina e Israel son dos lugares en los que Naza necesita particular difusión. No es casual que sean a la vez los países donde más ha costado verla. 

fetichismo de la precisión 

Las matanzas masivas ocurrieron siempre. Hubo guerras y genocidios. Hay otros sucediendo a la par. Las novedades son al menos dos: la transmisión en vivo y en directo y la consecuente infinidad de imágenes producidas a distancia cero que convierten a la humanidad entera en testigo; y la capacidad de espionaje, de escucha, de seguimiento de cada paso que habilitan las nuevas tecnologías (mención especial a los sistemas de inteligencia artificial israelí de vigilancia masiva, Lavender y Where is My dad?).

Una de las cosas más inquietantes que deja el documental es tomar conciencia de que ambas novedades son posibles gracias al dispositivo que todos llevamos en el bolsillo: el teléfono celular. El mismo que ese ejército utilizó para identificar terroristas, para derribar edificios enteros, para asesinar a más de 30.0000 niños frente a otros niños, frente a sus padres; para dejar con lesiones graves de por vida, mutilaciones y otras discapacidades a más de 20.000. Y hacerlo sin que salpique sobre los que lo ejecutan ni una sola gota de sangre. Matar decenas de miles de civiles porque estaban demasiado cerca de un terrorista como para merecer convertirse en un daño colateral.

Entre testimonio y testimonio, aparece la imagen de archivo de un joven Netanyahu a quien le preguntan por la definición de terrorismo: es el ataque sistemático y deliberado de inocentes civiles para fines políticos, responde. 

Cómo no sentir un sudor frío imaginando lo peor: ¿quién define qué es un terrorista? No faltan líderes políticos que denominan así a alguien que levanta una bandera palestina y, desarmado, arroja una piedra, o a alguien que protege su identidad en una protesta o porta una máscara de colores, o a quien se organiza contra el fascismo como consigna. 

la responsabilidad del testigo

“Amiga, ¿qué puedo decirle a mi papá?”, “¿qué le contesto a la tía que me manda el link de Naza: la historia verdadera y una cadena de Whatsapp diciendo que hay un documental que circula y es propaganda antisemita?”, “¿por qué no escribís un decálogo para hablar con la familia sin que se vaya todo a la mierda?”. 

“¿Otro relato israelí? ¿Por qué seguir dándole espacio cuando deberían estar hablando los palestinos? ¿Qué trae de novedoso? No aporta nada que no supiéramos”. 

Son preguntas que me interpelan. En su película anterior, el ganador del Oscar a mejor documental internacional No other Land, los directores compartían dirección con el palestino Hamdan Ballal, que fue detenido y agredido por colonos enmascarados con palos, piedras y cuchillos en su aldea de Susya (Masafer Yatta). El ejército israelí lo detuvo junto a otros palestinos bajo el argumento de lanzamiento de piedras. Fue liberado al día siguiente tras pasar la noche esposado en una base militar. Familiares suyos también fueron atacados. 

Es cierto que el documental alcanzó una difusión y un reconocimiento internacional mayores que los de cualquier material producido por palestinos. También es cierto que, aun siendo disidentes, sus realizadores cuentan con una protección de la que carece cualquier persona que vive en Gaza o Cisjordania. Aun así, Naza es una obra valiente. 

Los directores, Rachel Szor y Yuval Abraham, vivían en Jerusalén y no pudieron regresar a sus casas. Netanyahu y otros funcionarios los calificaron de traidores. La película incomoda, y mucho, a las autoridades israelíes, que incluso llegaron a proponer que se les retirara la ciudadanía. El jefe del Estado Mayor de las FDI ordenó formalmente estudiar posibles acciones legales por difamación contra el ejército e investigar las filtraciones realizadas por los soldados que participaron. 

La película pone de relieve una contradicción difícil de soslayar: los adalides de la libertad que reivindican a Israel como la única democracia de Medio Oriente deben hacerse cargo de que el Estado persigue a sus críticos, los empuja al exilio y no garantiza su integridad.

Llevo años conversando sobre el genocidio en Gaza en diferentes registros: con personas que lo niegan, con otras que no entienden cómo existe el conjunto anterior, con muchas que no podrían ubicar Gaza en un mapa pero llevan la bandera palestina o que creen que el judaísmo es solo una religión de gente que usa ropa extraña y que siente y piensa más o menos lo mismo. La conversación cambia según la latitud, la distancia o cercanía con población árabe, musulmana o judía, las trayectorias afectivas que conectan, o no, con uno u otro mundo. Me interesan los dispositivos retóricos, artísticos, que mueven a cada quien de su certeza, de su prejuicio, de su resto de inhumanidad. 

Con cada testimonio que ofrece el documental se acorta la distancia entre la cobardía que llama al silencio y la complicidad que implica ser testigos de un delito que no se denuncia. Naza es un intento más por hacernos partícipes. En tiempos de relativismos, toca volver a honrar la verdad, los hechos, la posibilidad de un juicio común ante el horror humano. 

no solo un sonido semejante 

“Escuchábamos las escenas finales de la vida de los objetivos y sus familias”, dice un agente y vale preguntarse cómo resonará ese eco en sus días porvenir. 

“No entendía cómo los alemanes podían vivir en paz. Sigo viendo a esos nazis como malvados pero viendo esto… ¿yo que soy?”. 

En las elecciones del miércoles pasado, el Likud, partido de Netanyahu, fue el más votado aunque quedó lejos de poder formar mayoría propia. Su principal rival fue el exjefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot. La amplia mayoría de los ciudadanos israelíes que optaron por estas dos opciones comparten, además de haber elegido partidos que no consideran que Palestina tenga derecho a ser reconocido como Estado, una defensa cerrada, irrestricta, sin ambages del accionar del ejército, la verdadera institución intocable, y columna del régimen que antecede a Netanyahu. 

La gran novedad de la elección fue el caudal de votos que obtuvieron las dos listas árabes, a las que habían intentado suspender y a las que tuvieron que devolverles el derecho a participar. En los días siguientes hubo movilizaciones de organizaciones exigiendo formar un gobierno que integrara a estas listas. Y también enfrentamientos entre soldados y manifestantes ultraortodoxos cuando estos bloquearon una autopista en protesta por la detención de un estudiante de una yeshivá (institución de estudios religiosos) que no se había presentado para cumplir con el servicio militar (obligatorio para los religiosos recién a partir de 2024). El movimiento de jóvenes que rechaza servir al ejército y enfrenta por ello persecución y encarcelamientos, los refuzniks, fue y continúa siendo marginal. 

No será posible detener el genocidio sin establecer responsabilidades, y estas no se agotan en el jefe de Estado. Alcanzan a la cadena de mando, a las empresas que proveen armas y software, a las universidades que forman a quienes participan en la selección de blancos. Para buena parte de Occidente, asumirlo implica reconocer que los crímenes fueron cometidos por un Estado presentado como “la única democracia de Medio Oriente” y convertido en modelo por parte de su vanguardia tecnocapitalista. Los vientos que cuestionan qué entiende Occidente por democracia soplan fuerte. 

Al informar que la película será liberada, Yuval Abraham posteó en sus redes un mensaje dirigido a los soldados: “aunque dé miedo, es su deber encontrar la manera de testificar sobre lo que vieron”. Parece remoto aún que surja un movimiento juvenil masivo que rechace participar en un ejército que comete crímenes de lesa humanidad. Pero si hubiera alguna esperanza en ello, Naza será sin dudas una pieza clave en esa dirección.