el negocio pseudocientífico del sufrimiento
Un ser querido de quien escribe esta nota murió como consecuencia de un cóctel de terapias anti científicas, a las que se suele llamar “alternativas”. A partir de esa experiencia, reconstruye una trama de personajes vernáculos que extraen renta del malestar sistémico y se pregunta cómo debe actuar una comunidad cuando uno de sus integrantes busca respuestas adentrándose en el peligro.
Luz tenía 40 años cuando murió sola, deshidratada y famélica en la terapia intensiva de un hospital provincial. Once meses antes, se había mudado a 1200 kilómetros de su ciudad de siempre para convivir con Joselo, un propagador de las terapias alternativas. Esta es la historia de su muerte y sus muchas explicaciones.
emprendedorismo de la espiritualidad
Siempre fue una piba inquieta y vital, amiguera, con una sonrisa de esas que achinan los ojos. En la adolescencia, conoció a OR, la mamá de su mejor amiga, quien se convirtió en una referente para sus búsquedas espirituales. Hizo cursos de reiki, yoga, y los del Arte de Vivir, del gurú Sri Sri Ravi Shankar. En 2013, empezó a seguir a Alejandra Casado Wozniak, por ese entonces una incipiente youtuber del bienestar. En su primer video contaba cómo, luego de un encuentro de biodecodificación —una pseudoterapia que afirma que el origen de las enfermedades es siempre emocional— y tras tres días de “sueño paradoxal”, había entendido los conflictos transgeneracionales de su familia.
Casado Wozniak sostiene que la realidad es solo una percepción que, como tal, puede ser cambiada, e inventó la Lógica Global Convergente (LGC), una forma de la cultura terapéutica: grupos, redes y encuentros que proponen una mirada “holista” entre cuerpo, mente y espíritu para la búsqueda del bienestar. No es nada “raro”, dice Casado Wozniak, “es lógico”. Sus presentaciones en Youtube son increíblemente soporíferas: se la ve dibujando en una pizarra mientras divulga un ensamblaje místico de conceptos científicos y referencias simbólicas, con términos que van de la biología, la medicina y la física, al esoterismo, la numerología y el calendario maya. No hay ningún aporte innovador sino más bien un dedicado esfuerzo de refrite de ideas que circulan intensamente desde la posguerra, cuando empezaron a multiplicarse movimientos ligados al bienestar personal en la contracultura estadounidense.
En 2022, Luz se sumó al curso “Propuesta Decidiendo 24: Zona de Construcción (Asumiendo 21, Asimilando 22, Desafiando 23)”, que dictaba Joselo, uno de los divulgadores informales de Casado Wozniak, integrante de una pequeña red de cuentapropistas cercanos que se hacen unos mangos interpretando los incomprensibles contenidos de sus videos. Ella buscaba soluciones a malestares físicos y psíquicos, insatisfecha con las respuestas —o la falta de ellas— de médicos, psicólogos, investigadores. El vínculo arrancó con un asesoramiento personal, pero dos años después se mudó con él. “Eso que decís, me hace sentido”, le decía. En sus últimos días, postrada en la cama, al lado de la habitación en la que Joselo trabajaba mientras ella vomitaba sin parar hacía una semana, Luz todavía creía que estaba haciendo lo correcto para sanarse. Sin atención médica ni ningún tratamiento para frenar la deshidratación, se sentía una mujer fuerte que transitaba su misión en el mundo.
lazos rotos
Ya habían pasado varios meses sin verla, con el contacto telefónico cada vez menos frecuente, cuando la familia de Luz viajó a visitarla. Aunque le gustó el encuentro, le molestó que le dijeran a cada rato que se tenía que cuidar. Todos se habían preocupado porque la habían visto muy mal físicamente; había adelgazado mucho, tenía anemia y se agitaba tanto que ni siquiera había podido jugar con sus sobrinos. A pesar de haber transitado una neumonía sin medicación ni atención médica, estaba convencida de que estaba mejorando y que su familia —a quienes les había dicho que había sido una gripe— no lo veía. Ellos eran el problema, porque querían borrarle los síntomas con medicaciones. Apoyada por Joselo, había llegado al punto de dejar de tomar un anticoagulante con el que trataba un trastorno autoinmune. El empoderamiento que sentía sobre su salud la reconfortaba y, después de la visita, solo esperaba que algún día intentaran entender su mirada.
Las amigas que se había ido haciendo en los grupos terapéuticos estaban siempre presentes para recordarle que los dolores eran por estrés y que tenía que hacer lo que ella considerara mejor para sí misma. Además del aislamiento social, este tipo de grupos del bienestar operan con una gestión distorsiva de la información. A diferencia de lo que sucede con las redes sociales, donde se trata de escuchar solo a quien confirma las propias creencias, buscan desacreditar activamente a quien no pertenece al grupo. Son, como los denomina C. Thi Nguyen, cámaras de eco: una estructura social que promueve que los miembros desconfíen de otras miradas. Así, las culturas terapéuticas construyen en un doble movimiento el empoderamiento de quien está en una situación de vulnerabilidad y la rotura de sus vínculos. Estimular la condescencia, la desconfianza y el antagonismo ante la inevitable y previsible preocupación de los entornos afectivos, para que sea interpretada como una amenaza, refuerza, además, la sensación de comunidad.
pseudociencia por debajo del radar
En los últimos tiempos, Luz había empezado a hacer consultas médicas virtuales con Patricia Alejandra Escoriza. Su nombre apenas aparece en los buscadores digitales en unos pocos eventos publicados en redes, donde figura como bioterapeuta, consteladora familiar, odontóloga de UnCuyo y facilitadora de procesos de autosanación ligados a la Nueva Medicina Germánica (NMG).
La NMG es una formulación del médico Ryke Geerd Hamer que afirma que cualquier enfermedad es, en realidad, un Programa Biológico Significativo(PBS) mediante el cual el organismo procesa conflictos de origen psíquico. Para fundamentarla, desarrolló las 5 Leyes Biológicas, que conectan los shocks psicológicos con el desarrollo embrionario y las funciones cerebrales, basadas en la observación de pacientes con cáncer que habían atravesado un trauma previo.
Las medicinas alternativas engloban un conjunto de prácticas para curar enfermedades o mejorar la salud de las personas que no se sustentan en evidencia, sea porque no se comprobó su eficacia o bien porque se comprobó que no curan. Observaciones como las que sostienen la NMG pueden ayudar a proponer hipótesis, pero no son generalizables. En términos de evidencia, son casi anecdóticas.
Hamer tenía su anécdota. El 17 de agosto de 1978, en la isla francesa de Cavallo, Vittorio Emanuele de Saboya había matado de un tiro a un turista alemán de nombre Dirk. El primero era el príncipe heredero de Umberto II, último monarca de Italia; el segundo, de apenas 19 años, era el hijo de Hamer. La NMG surgió de su propio conflicto biológico: dos meses después de que mataran a su hijo, tuvo cáncer testicular. No sólo su “teoría” no tuvo validación de la comunidad científica, sino que en 1986 lo inhabilitaron para ejercer la medicina en Alemania. Hasta su muerte en 2017, siguió sus prácticas médicas ilegalmente; fue investigado por fraude y responsabilidad en la muerte de varios pacientes, y encarcelado en diversas ocasiones.
A pesar de todo, la NMG sigue siendo difundida y practicada tanto por médicos profesionales como por sanadores sin licencia en todo el mundo. A un clic de distancia, abundan redes sociales y páginas de internet de egresados de medicina de universidades nacionales y privadas que combinan la práctica basada en evidencias con las leyes de Hamer.
Dos meses y medio antes de morirse, después de varios días de fiebre y un ataque de pánico porque no sabía si el dolor en el pecho era respiratorio o cardíaco, Luz fue a una guardia. En la tomografía se veía agua en los pulmones, pero rechazó la internación y se fue a descansar a su casa. Estaba convencida de que ya se había curado la neumonía. Escoriza le aseguró que estaba con un programa de pleura y de ataque a la integridad, lo que significaba que los órganos se estaban protegiendo de un ataque externo. La tos y dolor tenían que ver con sentirse abandonada, le explicó, y el derrame pleural era la fase curativa. Le recomendó que resolviera el conflicto de abandono, buscando un lugar seguro donde sentirse a salvo y contenida para eliminar el agua de los pulmones, y la tranquilizó confirmando que el programa biológico se estaba desactivando, que había que mantener la calma. Para cuando, unos días más tarde, Escoriza le preguntó cómo seguía, Luz necesitaba descansar después de lavar los platos o bañarse; y muchas veces no podía salir de la cama.
Escoriza le había pedido que llevara notas de lo que le iba pasando para entender en qué “fase del programa” estaba. Luz, de hecho, escribía todo en una agenda hacía años, una práctica de autovigilancia constitutiva de las culturas terapéuticas, de la exacerbación del monitoreo permanente del metabolismo y el pensamiento. Notas en papel y en digital a diario, donde registraba su estado de ánimo, malestares físicos, con qué soñaba. Todos los días. Todos.
Además, le había compartido el artículo “Evidencias sobre el poder de la intención”, de un investigador de la Universidad del Zulia de Venezuela, publicado en una revista indexada, de revisión por pares y respaldada por el Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico. El enlace remitía a la red SciELO, una biblioteca electrónica científica en línea que tiene entre sus principios garantizar el rigor científico y la calidad de las investigaciones que publica. En el artículo, el autor cita diversos experimentos, que involucran sanadores a distancia, psíquicos y uso de hipnosis, “que demuestran que la materia física puede ser influenciada y alterada por el pensamiento […] aún a distancias remotas”. Cosas como las “visualizaciones vívidas”, afirma, son “efectivas para el tratamiento de enfermedades coronarias y para minimizar los efectos colaterales de la quimioterapia”. Si la intención es curar —y se intenciona con bondad, amor y compasión—, pues cura.
¿Cómo se explica la imbricación de supersticiones y creencias en el sistema científico y en profesionales de la salud? Pablo Esteban, docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes, explica que la asimetría de saberes entre paciente y médico permite que se filtren algunos “grises no científicos” en profesionales para quienes muchas veces es difícil sostener el relato de una ciencia perfecta —objetiva, desinteresada, progresiva—. “Lo que tratan de hacer estas prácticas laterales, alternativas, pseudocientíficas, es lo que muchas veces la medicina tradicional no hace”, con practicantes alternativos que escuchan a los pacientes y los invitan a concentrarse en cuidarse a sí mismos.
Luz estaba rodeada de personas que creían en la NMG y, en simultáneo, tomaban antibióticos y visitaban médicos “tradicionales”. Mientras ella se exigía físicamente para resistir los síntomas que se multiplicaban, quienes la acompañaban sostenían un discurso antimedicina junto a una práctica médica selectiva.
Para Valentín Muro, filósofo y divulgador científico, el rol de los colaboracionistas es clave, tanto de aquellos que fomentan las prácticas como de quienes, incluso involuntariamente, las validan al no cuestionarlas. Las pseudociencias brindan sensación de “comunidad” y, subraya, la preocupación de las personas frente a los efectos de lo que hacen las terapias médicas o el uso de medicamentos puede ser entendible y noble. Por ejemplo, en el caso de las vacunas, “cognitivamente tenemos una experiencia distinta de algo que hacemos, que de algo que no hacemos. Es decir, no dar una vacuna y que pase algo malo es distinto de hacer algo y que pase algo malo; la inacción no la vivimos igual: a vos lo que te preocupa es hacerle daño a tu hijo, no la ciencia de la vacuna”. Aun construidos sobre falacias, son relatos sumamente sólidos, con mucho sentido común, explica. El éxito consiste en darles a personas que están en una situación de alta vulnerabilidad “explicaciones hipersatisfactorias, aunque sean falsas”.
hacer carne el sentido
Un mes antes de morirse, Luz fue con OR al Evento 71 que Casado Wozniak organizó en Los Cocos, Córdoba. Después de tres días de charlas, se divertían haciendo chistes sobre cómo se estaban “acomodando”, entendiendo procesos profundos que hasta entonces solo habían aprendido en la teoría. Lo que llamaban acomodes eran enfermedades: OR se había descompuesto, otra compañera se había desmayado en la calle y Luz estaba con diarrea, cansancio y fiebre. Mientras que OR se había tomado una pastilla de carbón, ella solo quería saber qué le estaba pasando según la NMG, por lo cual su suegra le ofreció llevarle apuntes de cursos que habían dictado Carla Escudero y David Williams.
Carla Gimena Escudero es Licenciada en Biología Molecular de la Universidad Nacional de San Luis y Doctora en Ciencias Biológicas en la Universidad Nacional de Cuyo. Se desarrolló como investigadora en neurociencias hasta que fundó PsicoBiología con David Colin Williams Garrido, su pareja, licenciado en Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid. En este proyecto convergen los intereses de corte científico de Carla, fundamentalmente ligados a las 5 Leyes Biológicas de Hamer, y los intereses de pretensión humanista de David, enfocados en la conciencia trascendental y la conexión del sujeto con el universo. Él es otro de los divulgadores de Casado Wozniak. En sus videos abundan las referencias a la realidad como una construcción que nos domina y una apelación al nivel biológico de la existencia como clave para entender una cierta conexión evolutiva entre el sujeto y el universo.
Durante el último viaje de Luz a su ciudad natal, habían internado a su papá para hacerle un cateterismo cardíaco. Lejos de angustiarse, estaba tranquila porque las arterias coronarias tapadas eran un signo de conflicto de pérdida de territorio, tal como lo estaba aprendiendo en la Formación en Ciencias Biológicas orientadas a las 5 Leyes Biológicas con Escudero y Williams. “Me hace todo el sentido”, le dijo Joselo cuando se lo comentó.
extractivismo del malestar
En el telar del bienestar se entretejen por lo menos tres tipos de personas según las relaciones de producción. Aquellas que, como Luz, pagan servicios asociados a terapias alternativas para obtener soluciones a padecimientos físicos, psíquicos y espirituales. Aquellas que, como Joselo, Patricia Alejandra Escoriza, David Williams y Carla Escudero, sostienen su acceso a esas soluciones haciendo de las soluciones mismas una fuente de ingresos, mediante estrategias de formación, divulgación y asistencia a los primeros. Y, finalmente, están quienes, como Alejandra Casado Wozniak, extraen ganancia de todos los eslabones previos. El malestar existencial de unos como bienestar económico de otros.
La capacidad de renta de los segundos varía de acuerdo al escalafón y las estrategias de cada cuentapropista de la LGC y la NMG. A Patricia Alejandra Escoriza, de quien no hay registro en ARCA, Luz le pagó 15 mil pesos por una consulta a principios de 2025. En la última oferta de formación de la plataforma de Joselo, publicada en 2023, se cobraba una membresía anual de 60 mil pesos para argentinos y 360 dólares para extranjeros. En 2025, cursos de nueve meses en la plataforma Psicobiología rondaron los 250 mil pesos. Para llevar adelante esa oferta, David Colin Williams Garrido está registrado como monotributista categoría A y Carla Gimena Escudero como categoría B en la prestación de servicios personales del tipo 960990, que incluyen “actividades de astrología y espiritismo”. Sin conflicto de intereses, esta última publicó, por lo menos hasta 2019, artículos científicos como investigadora en centros CONICET de las universidades nacionales de Buenos Aires y de Cuyo.
La situación económica de Luz en sus últimos meses de vida era crítica. Mientras acumulaba deudas con la tarjeta de crédito y tiraba un paño para vender budines y llaveritos que Joselo hacía con una impresora 3D, ahorraba todo lo que podía de alguna que otra changa y de lo que recibía como ayuda familiar mensual para poder ir al evento de Córdoba. La participación, que no incluía alojamiento ni comida, costaba 400 dólares. Dólar crocante, “sólo billete”, se encargó de aclarar personalmente Casado Wozniak, por los chats de Telegram por donde circula la mayoría de información de la LGC. El testimonio de alguien que prefiere no revelar su identidad levanta la sospecha de su ascenso económico, en poco más de una década, de viajar en bondi a encuentros de biodecodificación a ostentar múltiples propiedades inmuebles en Argentina y otros países.
La realidad de Luz coincide con la de los seguidores de la LGC, cuya mayoría son laburantes, gente de clase media o baja que ahorra con grandes esfuerzos para participar de cursos y eventos, costear terapeutas y otras actividades que impone el negocio del bienestar. El evento 71 de Los Cocos lo dejó en evidencia, junto con otra recurrencia de las culturas terapéuticas: de cerca de 200 participantes, casi la totalidad eran mujeres.
Frente al malestar contemporáneo, la LGC y la NMG lucran con la fragilidad, notablemente feminizada, y acaban anulando cualquier posibilidad de agencia subjetiva —incluso del más básico instinto de supervivencia— y, sobre todo, colectiva.
cómo cuidar
Unos días antes de morir, Luz le pidió a su suegra un paracetamol para un malestar en la espalda que no la dejaba dormir. Por momentos casi no tenía voz, era un hilo de murmullos quebrados. Nerviosa por haber pasado otra noche despierta por el dolor, le preguntó si aún tenía la pastilla para dormir que alguna vez le había ofrecido. Además, le dolía la panza y había empezado a vomitar hasta un vaso de agua. No podía estar sentada porque le latía el sacro. Su suegra intentó tranquilizarla diciendo que tenía un conflicto de bocado, algo que no quería tragar y, como una picardía, le avisó que iba a guardar un blister de clonazepam de su madre, que había muerto unos días antes, por si lo necesitaban. Aunque los vómitos seguían dos días después, le sugirió aguantar sin tomar pastillas para que el proceso fuera lo más natural posible. Cuando Luz le avisó que había dormido toda la noche, la suegra se alegró pensando que estaría en PCL de algún programa.
Según el chatbot del Dr. Hamer, una inteligencia artificial que recibe consultas en 95 idiomas y responde de acuerdo a la Nueva Medicina Germánica, “PCL” significa fase post-conflictolítica. Esta se inicia luego de que se haya solucionado un conflicto biológico y refiere a la regeneración de los tejidos afectados durante la fase activa del conflicto; en esta etapa, el dolor y cualquier síntoma son interpretados como manifestaciones naturales del proceso de reparación.
Los últimos días Luz ya no podía salir de la cama. Recordó que Carla Escudero le había enseñado algo sobre el conflicto de bocado en el curso de psicobiología y volvió otra vez sobre la charla con su mamá el día anterior, que estaba cada vez más angustiada por el abandono del tratamiento médico. Un día y medio antes del primer paro cardiorrespiratorio que la dejaría con muerte cerebral, Luz se dio cuenta de que el corazón le latía más rápido. Decidió consultarle al chatbot: Hola! Soy una mujer de 40 años que está con puntadas a la altura de la unión del esternón, al frente, y con puntadas en la zona dorsal, no puedo respirar profundamente, es más, si intento hacerlo me dan puntadas. Lo que le pasaba, respondió la IA, era parte de la reparación por conflicto de territorio. Sin duda, las palabras de su mamá le habían activado un nuevo programa, pensó.
Esa conciencia es la que tenía cuando se desmayó, después de una semana vomitando sin parar, al lado de Joselo. Nadie hizo nada. Absolutamente nada. La naturalización de una agonía de muerte solo se rompió por el llamado a una ambulancia, un gesto formal y mecánico propio de quien nunca cuidó. Los miembros de la comunidad de la LGC compartieron en Telegram la pena de haber perdido a quienes llamaban “Vacante 80”, una compañera de la “Vuelta 20”. Una integrante, en base al mismo chatbot del Dr. Hamer, interpretó lo sucedido como caquexia, la desnutrición severa que se presenta con enfermedades crónicas muy avanzadas. La verdad era que Luz no tenía ninguna enfermedad grave; se había deshidratado, sin atención médica ni ningún tratamiento medicinal, cumpliendo con todo lo que durante ese tiempo le habían indicado Joselo, su suegra, Carla, David, Alejandra, OR. Aun así, sus compañeras estaban convencidas que era lo que ella había decidido.
Pero Luz tenía proyectos. Mientras persistían los escalofríos por la fiebre durante sus últimas horas, soñaba que su próxima casa en Córdoba fuera de barro y tuviera salamandra. Pensaba qué laburo podía hacer para ahorrar para la mudanza, entusiasmada como había estado el año previo cuando se mudó porque había encontrado a alguien con quien compartir la vida. Planificaba la próxima visita a su ciudad natal, a reencontrarse con su gran amiga de la adolescencia. Mientras el cuerpo se le apagaba lentamente, pensando que se estaba curando, Luz quería vivir.
Antes, mucho antes de una muerte enajenada, alguien empieza a sufrir. La enfermedad física o mental, el desasosiego espiritual, las insatisfacciones inevitables en un mundo donde cada vez más personas tienen menos posibilidades de llevar una vida plena, calan las subjetividades. En un sistema que bombardea deseos y ofrece pocas alternativas para satisfacerlos, la cultura del bienestar consolida la sensación de poder individual —porque estar bien depende de vos— y capitaliza sus necesidades —porque por suerte nos sobra la oferta de terapias alternativas—.
Movimientos como la LGC tienen, en principio, un gran poder de convocatoria porque son universalizantes: explican y dan sentido total a la existencia. Simulando aval científico, a través de la apropiación y tergiversación de conocimientos basados en evidencia, e incorporando una dimensión mística no religiosa, se configuran como un dispositivo espiritual increíblemente seductor para quienes están atravesados por alguna desazón existencial. La sensación de poder que genera la exaltación del yo como única referencia de la sabiduría fácilmente deviene, para quien atraviesa padecimientos físicos o mentales, en una ilusión de omnipotencia que oculta el total despojo de la capacidad de pensar por sí mismo.
¿Cómo cuidar(nos) cuando un proceso personal deja de necesitar acompañamiento y compresión, y demanda una intervención implacable sobre un ser querido? Las redes afectivas constituyen una primera dimensión de responsabilidad social ante el avance de terapias que ponen en riesgo la vida de las personas.
Sin embargo, no alcanza. En una cultura de autorresponsabilización, en la que el sujeto es el encargado de su bienestar, se invisibiliza la configuración histórica del padecimiento. Cuando la salud y el cuidado niegan su dimensión colectiva, no solo se carga la responsabilidad del propio bienestar sobre el individuo sino que se despolitiza el malestar socialmente producido. Si el proyecto neoliberal nos constituyó como artífices de nuestro éxito económico, los movimientos del bienestar autorreferenciados le otorgan el sentido necesario para aceptar el sufrimiento que conlleva, con la fe inclaudicable de que, con conciencia clara y determinación firme, es de nosotros mismos de quienes depende la propia plenitud.
Las culturas terapéuticas elevan experiencias y episodios subjetivos al grado de evidencia para sostener el argumento personal como si fuera una verdad generalizada. Cuando esto es realizado por un profesional universitario, con conocimientos científicos y herramientas de comunicación, lo que se produce es la legitimación social de la falacia. ¿Cuál es la responsabilidad de quienes difundieron posverdades, desalentaron sistemáticamente la asistencia médica en los talleres en los que participó Luz, realizaron prácticas médicas sin ser profesionales idóneos, u omitieron ayudarla, aun cuando los signos de deterioro físico eran indudablemente graves? La responsabilidad social no se agota en la culpa legal de quienes realizaron actos ilícitos; es una dimensión que interpela a todos aquellos quienes reproducen las culturas terapéuticas, colaboracionistas activos y pasivos, conscientes o no.
Hay aun otra dimensión de la responsabilidad social cuyo carácter es institucional. Las pseudociencias están integradas en el sistema científico y académico, a través de profesionales e investigadores que las legitiman. Alcanzan también al sistema público de salud, dentro del cual hay médicos que hacen medicina basada en creencias y hay autopercibidos terapeutas que practican ilegalmente la medicina, a la vista de todos e incluso con eventos apoyados por gobiernos. El Estado viola el derecho a la salud al no regular actividades de particulares, grupos o empresas que realizan prácticas médicas o culturales tradicionales perjudiciales. Las culturas terapéuticas son un problema de política pública.
En este último terreno plantean, además, una discusión muy compleja porque, como afirma Valentín Muro, tratamos a creencias que atentan contra la vida humana como si fueran una decisión personal que debe ser respetada. Como comunidad política, la responsabilidad social atraviesa cualquier instancia afectiva e institucional, y trasciende incluso el debate sobre la ilegitimidad y la ilegalidad que puedan entrañar. No es un problema de tolerancia democrática: cuando una persona sana es engañada, manipulada o coaccionada para sentir que elige su bienestar poniendo en riesgo su integridad vital, el problema es el desmembramiento total de los lazos humanitarios.
La muerte de Luz, como cada muerte evitable en manos de una cultura terapéutica, duele en quienes la querían y debería resonar en cada rincón de la sociedad. Frente a la cultura del bienestar, tal vez sea la hora urgente de la ética del cuidado, de pensar colectivamente y sentir como propio el malestar sistémico que engendra la época que transitamos.




