llorarás con un ojo y con el otro poguearás
Una multitud se desplegó en el conurbano bonaerense para despedir al Indio Solari, en un acontecimiento tan doloroso como festivo, al mismo tiempo fugaz y eterno. En esta crónica escrita con los ojos aun irritados y la voz todavía raspada, un patricio quilmeño transmite el cúmulo de sensaciones y reflexiones que experimentaron sus cuerpos ricoteros durante las jornadas en las que el país fue un gran pogo fúnebre y entrañable.
Ahora estamos ingresando y no quiero. Retrocedo. No entiendo en qué momento pasamos de las risas, de las bardeadas más o menos amables, de las charlitas entre escuditos de fútbol argentino que pactan no tribunear, de los agites embriagados, de los pásame el vaso che, a este silencio envolvente que empieza a apretarnos. Giro la cabeza y miro hacia atrás. Salgo rápido.
***
Ahora lo estoy viviendo, pero cuando lo escriba me imagino que esta descripción va a quedar distorsionada, le voy a agregar cosas que no sé si pasaron, olvidarme de otras que sí, describir los recuerdos que salgan de las brumas, pero para esto todavía falta. Todavía estamos escabiando y viendo, y metiéndonos y saliendo, y buscando, esos poguitos que crecieron de a miles por todos lados, esos cantos que parecen tener fuerza pero cada tanto se pinchan, breves silencios, risas que acompañan y alguien se acuerda y niega con la cabeza y pide que descorchen el otro vino o que le pongan más hielo al ferné. Son días en que todo parece flotar. Tatuajes apenitas despegados de las pieles, logos y fotos que se salen de las remeras y les quitan la gracia y hasta mirando con atención parece que entre el vaso (o la lata o la botella) y la mano que la sostiene hay una distancia mínima, pero ilógica. Todo se sale un poco fuera de sí. Los recitalitos de los costados, entre los puestos, en las esquinas, en las calles, sueltos, los grupitos que forman garabatos que bailan. Pero es domingo y cuando te aproximás a la fila se empiezan a apagar los parlantes, no se grita tan fuerte, no se escuchan las canciones a todo volumen. Pero para aproximarse hasta la fila todavía nos faltan casi dos días y ni se sabe el lugar de la despedida.

Ahora es viernes a la tarde y me pregunto cómo mierda, con qué recursos, de qué manera, con qué puntos de vista podés aproximarte a contar y percibir algo de semejante dolor. Me disperso imaginando cómo lo hubieran hecho cronistas del siglo pasado o el tono que tendrá esta efeméride en los calendarios de un futuro lejano. Un Rodolfo Walsh en esos pocos caracteres, en la bajada de ese titular en letras catástrofe, en esa portada inolvidable. El General Solari, figura central de la cultura argentina en los últimos cuarenta años, murió el viernes 7 de junio a la madrugada. En la conciencia de millones de ricoteras y ricoteras la noticia tardará en volverse tolerable. La Argentina llora a un líder excepcional y sus ejércitos de la noche no cesan de movilizarse por todo el país. Pero andá a tener la capacidad de condensar así una noticia diciendo y tocando fibras sensibles. Encuentro, mirando la pantallita, a un paisano quilmeño viralizado que recorre mil planos de la historia del Indio en menos de dos minutos y nunca pierde el acento. Esa frase que sintetiza tantos afectos: “Me habló al oído cuando estaba en la esquina del barrio”, o algo así. Un susurro muy especial escuchado por primera vez. Varias son las necrológicas multitudinarias de la historia argentina. Acá se inhuman los cuerpitos gigantes, los que tienen la fuerza de levantar, sostener, empujar un estado anímico (o social, da igual), de quienes hicieron feliz a un pueblo. Y brotan, de todas partes y en una circulación de esas de procesión a la meca, millones de personas que lo agradecen, girando y girando, por días. Pueden estar escritos con antelación esos obituarios exclusivos, pero la magnitud y el alcance de ese último adiós es imposible de medir o anticipar. Me disperso, ahora, con un anacronismo: la muerte del Ruiseñor de Tangopolis generó una reacción sin precedentes en la historia de la radio y la prensa escrita nacional. Las redes sociales se vieron desbordadas por multitudes que buscaban desesperadamente confirmar la noticia. Canales de televisión y de streaming transmitieron marchas fúnebres y coberturas ininterrumpidas, mientras los locutores y los streamers lloraban al aire, marcando una profunda interrupción en la vida cotidiana del país. La incredulidad y el dolor se apoderaron de las calles.

Ahora que nos acabamos de enterar, y durante este día y el otro y el día que le sigue, no vamos a dejar de postear y mirar y reír y llorar. Nos enteramos por la pantalla del celular y no es momento de soltarla. Nos agarramos tensos al plástico y escroleamos, mensajeamos, tiramos audios. Una necesaria pulsión, esta vez paliativa tal vez, a mirar todo lo que haya. Son pocos los momentos históricos en que incluso el posteo que dura segundos, por la magnitud del acontecimiento, no será efímero. Estamos haciendo posteos en los dispositivos de la fugacidad que van a durar una eternidad. Todos son archivos del futuro. Posteísmo para la posteridad. Pasarán, en documentales por venir, como imágenes de la vida cotidiana de cada quien al momento de recibir la noticia y quedar en estado de perplejidad. Cuando las pantallitas, los audios, los textos, las conversaciones, las juntaditas, las convocatorias, las maneras todas de acercarnos (sea en la forma, formato, que sea: el dolor es tan intenso que manda sobre el medio). El género es el que intentamos en estos momentos de suspensión de la ley de gravedad, de atmósfera irreal o mezcla: anécdotas de ayer, emociones de recién. Hoy no se puede escribir, qué se puede decir, no hay palabras mientras escribimos rápido lo que salga. Imágenes veladas, extrañeza de mirarlas, de ver a quienes están ahí. Analógicas más que digitales. O mitad y mitad. Anecdotario. Relicario. Hoy se postea y está bien que así sea, porque salen pulsiones de vida. Cada quien su álbum de fotos. Sus recuerdos privados. Nos hacen sentir a todas y todos menos abollados. Más cercanos. A perderse, sumergirse, en esa multitud humana. Todo se torna amigable y se pliega, necesario, a tu dolor y lo rebaja apenas. Autorreferencialidad inevitable y deseable. Todo sirve. Hoy necesitamos malas fotos y posteos, pero buenos recuerdos. Acontecimientos que borran la línea cronológica y despliegan una banda de extraño presente en el que conviven todos los yoes. La tristeza tan grande invita a todos y a todas: deglute para adentro cualquier forma de expresión. Una conmoción que se puede clipear y publicar de manera ilimitada. Ahora y hasta el lunes vamos a estar así. Irritando el nervio óptico. Con los ojos vidriosos de cristal líquido, lastimadas las retinas, de llorar y mirar en esa pantallita que fue un inmenso sostén cuando la noticia nos atormentó. La cámara del celular, que seguro se activa automáticamente, es la que guarda las primeras, crudas, privadas capturas del rostro cuando se enteró. De cómo quedó. Queremos salir y silenciar. Volvemos a entrar a mirar. Mandamos un audio o un texto y nos desconectamos. Mandamos cientos de audios y textos, conversando sin rumbo. Cada imagen, video o texto es un pellizco. Duele y sirve para que el cuerpo comience a salir del shock. Aunque no, todavía no. Falta mucho para eso. Al revés, quizá. Para pellicarte a vos mismo y decir: esto está pasando. Se murió el Indio, carajo.
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Ahora es domingo y estamos en la casa que es punto de encuentro y salida hacia el funeral. Mientras guardamos las botellas con hielo, unos tubos de vino, unas latonas de cervezas y no sé cuántas cosas más en una mochila que escucho que se llama Baby Bag, apuro el vaso y meto un spoiler innecesario al día que aún está bostezando, menciono el malestar que va a quedarnos cuando pasé todo este vitalismo gediento, cuando bajé la efervescencia caótica y estemos solos y de noche. Cuando se asome y se trepe, nos camine encima de los cuerpos con resaca de escabios y dolor, el lunes civil y laboral. Pensaba, en verdad, en el inmenso vacío que quedará cuando todo esto vuelva a ser memoria privada. Alguien, que también ofrece la casa familiar para hospedar esas horas finales del día a puro morfi de comunión, me dice que todavía no corte el mambo y la baje así. Es cierto. Ya vendrá el tiempo de la discontinuidad y dejar atrás lo que aún no quiere terminar de pasar. Luego vendrá la diáspora y el regreso mal logrado a una formita humana cualquiera, la que se pueda. Pero ahora, paganos todas y todos, a seguir festejándonos de esta manera rara y reiterativa, metidos en una concepción del tiempo circular y eterno. Se continúa la gira ilimitada. Agitar. Escabiar. Mirar. Llorar. Charlar. Reir. Agitar.

Me doy vuelta para agarrar el Fernet y sin dejar de caminar quedo mirando cómo se asoma, allá atrás, lo que parece una orilla verde de un río bravo y crecido sobre el que flotan varios montones de colores dispersos. Una redacción con un tono de tríptico turista presentaría así el lugar. El Triángulo de Bernal es un atractivo clave si realizan un tour por estas tierras. Desde acá ya se ve movimiento. Llega la fila, dicen, hasta el Puente Pueyrredón, en Avellaneda. Hasta una de las fronteras remarcada en 2002, pocos meses después de la separación de Los Redondos, a sangre y fuego. Un estruendoso parate al ingreso a aquel centro que no está más. Dos años después, de nuevo sobre cuerpos jóvenes, en Cromañón, llegará el brutal segundo y definitivo cerco mortuorio para cierta otra manera de ir para allá. Me disperso. Es inevitable. ¿Qué hacemos acá, así, ahora? Todo parece un poco fuera de lugar. Puede ser, es, irreal. Qué hacen esas filas de micros ahí. Alguien dice que cuando lleguemos nos quedemos cerca de dónde haya más agite. Sí, respondemos sincronizados. Si intento que salga algo cercano a una crónica tengo que describir el cielo y decir que está plomizo. Un cielo gris asfalto, mejor, como si estuviera todo al revés y la calle quedara arriba nuestro, que se asoma de a retazos y de a ratos, entre árboles, carteles y cables y semáforos. Ahora porque todavía es domingo y digo que ese color de fondo, ese trapo gris, hace brillar y satura más los colores de las cosas que nos rodean, hasta los hálitos de aliento vital sobre los que tambalean las palabras cantadas o partidas del desconsuelo agitado. Mañana, ese mismo cielo, después de la tormenta, casi arriba de la cabeza que lo intenta sostener con una fuerza extenuante, me va a parecer color gris laucha. Pero de nuevo me adelanto. Vuelvo. Hoy sirve. Es un fondo sobre el que todo lo que duele y lo que se mueve adquiere una pátina diferente.
Ahora no voy a hacer una descripción y menos a enumerar, estoy en otro plano. Pero mañana sí, cuando pase a unos metros de acá arriba del Tren Roca, haciendo el recorrido que se anuncia con demora, a la ida o a la vuelta, mirando un paisaje que va a parecer desolado, que tiene algo de espeluznante, voy a aprovechar para teclear rápido algunos apuntes de lo que insista y resuene del día de ayer. Voy a transcribir que justo, sentado en el suelo del vagón, a unos metros del caño en donde estoy casi recostado, hay un flaquito con la remera negra de PR mirando consternado y sonriente la carpeta de imágenes y videos de la despedida. Las primeras exequias públicas de la historia argentina en que se agitó y se bailó tanto como se puchereó y se lagrimeó. Siguen sonando fragmentos de canciones, aunque es difícil distinguir con precisión si suenan piel afuera o cráneo adentro. Al lado mío un flaco escucha Todo un palo. En una de las estaciones parecieron entrar los acordes de La bestia pop. O fue después que lo escuché, en un kiosco. Donde acerques la oreja suena su voz.
Mañana lunes a la hora de levantarse, refunfuñando y alternando los nscht y los soplidos ruidosos necesarios para poder arrancar, voy a intentar escribir la palabra dolor y WhatsApp me la va a reemplazar por ese emoji compungido que tanto hicimos laburar estas horas. Sigo pensando si voy a poder describir acá, en estos caracteres, si seré capaz de organizar de alguna manera legible, todo este exceso. No lo sé. ¿Puede alguien decirme me voy a editar tu dolor? ¿Quedará destilado, en la versión final, algo de ese dolor puro de la felicidad vivida y perdida?

Un flaco con gorrito de piluso de Indio, campera y vaso gigante de vino sin rebajar, grita que es la víspera de su cumpleaños y que su segundo nombre es Patricio y que el nombre se lo puso su viejo. Me quedo pensando en ese dato. En la cantidad de Patricios de distintas edades que se llamarán por acá. Y en quienes serán nombrados así en el futuro. Al lado, una tipita rapaz y valiente, con capucha negra, se mueve con una aceleración imposible de seguir, traza movimientos sinuosos. Pasa una banderita individual con la cara de Indio colgando de una espalda y una heladerita tirando para abajo el brazo. Se ve allá otra bandera, esta vez de Argentina, con febo sonriente y con las gafas del Indio. Una piba dice que es de ahí y no puede decir más, no hay palabras: hay un vaso de Ferné, palabras no. Una mano como un parabrisas pasando por la cara hace el gesto de cerrarse los labios. Se abraza con el hermano. Tres ricoteras ríen a carcajadas y mostrando, sin pudor de manito en la boca, la campanilla, dejan flotando un rato en el aire unos JA JA JA que adquieren el tamaño del cartel de la pizzería que se ve a lo lejos. Una morocha, con un aire de Negra Poly años ochenta, conversa con unos pibes. La veo y se me mete en el ojo el conmovedor posteo del Flaco y me pongo a pensar en una pregunta sin respuesta. ¿Qué hubiese escrito Quiquito Symns el día viernes? Dos flacos saltan y evitan que otro que estaba saltando arriba de un puesto de diario y no escuchando las advertencias de gente del barrio y de un vago que le gritaba que no haga show, pase, ya descendiendo de la alturita, del recibimiento a piñas a uno a patadas.
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Ahora estamos en la fila que se acorta, de prepo, en el cartel creo que dice que estamos a trescientos metros. No entiendo. No quería entrar y no queríamos entrar. Queríamos ir, venir, estar acá en los alrededores. Pero ahora estamos enrolados en la fila. “En un toque entramos, eh”. Escucho y me agarra una punzada en la panza. Me vuelvo a demorar. Voy para atrás.

Pegamos toda una vuelta, caminamos varias cuadras, nos metemos por dentro del barrio, entramos por una parte en la que vendedores de lo que haiga. Alguien se pone a contar que una vez, en La Feria de Los Pajaritos, compró… se escucha caer un vaso gigante repleto de hielos y no se escucha lo que dice. Por la amplitud con que estira los brazos podría ser algún animal de esos de la hacienda Nápoles. Vecinos y vecinas que se arriman o miran con empatía, policías jóvenes de no sé qué fuerza que cuentan asomando una sonrisa al frío, que tienen unas chalinas de ese color, del estilo de la que tengo puesta ahora, pero que solo las pueden llevar si acuerdan todas salir así. Mientras, al lado, una chica va a pagar mil pesos en un kiosco para pasar a mear y la que está al lado le dice que ni en pedo y pasan sin pagar. Hay otro que mira unos buzos re baratos y dice, le dice a su compañero, a la vuelta, amiguito, a la vuelta va a estar más barato. Tenés que ser pillo. Se asoma el Renault de la pintada de El Lujo es Vulgaridad y te tienta la pic. Atrás dejamos algunas parrillitas, adelante se ven otras. Mezcladas con algunos puestos de tortillas santiagueñas rellenas, sándwiches. Se escuchan voces de una bronquita que no aumenta. Alguien dice que no lo vengan a correr de nada, que de blanquito tiene la piel nomás. Y otro dice que somos todos re indios. Pero queda todo ahí. Contenido. Jornadas de mohínes y no de berretines. Un clima, en esta parte, ahora, de previa de recital. Plebeyismo coronado en todo su esplendor. Pasa un viejo vendiendo unas petaquitas de whisky. Un canoso cincuentón habla con un cuarentón pelado. Con voz estertórea. Nosotros le mandamos gancho: pumba. No sé de qué está hablando, pero no me suena a una jerga pugilista. Otro le responde solo con un chasquido de lengua. Otro habla de alitas de mosca pero yo no veo insectos por ningún lado.
Seguimos dando vueltas. Vamos y venimos. Todavía ni se ven las vallas. Pienso, ahora que estoy escribiendo esto y tengo que volver a esa previa, que estábamos todos y todas muy tomados por una confusión y esa mezcla de sensaciones. Creo, ahora, que esa caminata media dubitativa no era azarosa. Buscaba, quizá, tantear hasta dónde llegaba esa geografía del dolor. Si tenía bordes. Estamos dando vueltas. Afirmando y negando lo que nos pasó. Todo a la vez. Disfruto ahora, acá, en estas extrañas inmediaciones, de lo que probablemente no vuelva a suceder en esta escala sobrehumana. La última previa de esta magnitud. Hasta acá se movilizó, para la misa ricotera final, un pueblo nómade que encontró un estadito y pudo festejar el ritual fúnebre.
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Ahora es lunes y me mandan una captura sacada de El Trece. Un zócalo que dice: “Un millón de fanáticos en el velatorio”. Arriba, en letras más chicas: “18 hs y más de 9 km de fila en el último adiós al Indio”. Más arriba, en letras más chiquitas aun, hay un “Urgente”. Arriba de todas esas leyendas, en la imagen: yo. Es un yo desfigurado: roto y mal parado. Si es autodesfiguración vale para hacerlo decir un poco más. El drama está ahí, diría el Indio riéndose sin inmutarse (siendo feliz) de su irónica reflexión sobre la nada que deja para cantar la alegría. Lo que ya se dijo lo dijo un señor que se llama Palito Ortega: “La felicidad: Ja Ja Ja Ja”. En la imagen no hay nada de original para ustedes que leen. Una más de las infinitas capturas de los instantes de dolor público. Para mí, en cambio, como le pasa a cada quien cuando no está acostumbrado a que lo agarren in fraganti, es un espejo raro. Así me veo entonces, che. Soy de una generación pre fotogénica que no expone, en imágenes o videos, su dolorcito. Entonces, ahora, que miro la foto, ya de noche, el lunes de madrugada, me rescato que nunca me había visto así. Cabeza inclinada, la antigua campera de argentina trucha con el parche de PR y el escudo sin estrellas, las manos en un gesto raro que no termino de entender que quiere hacer. No se tapa. No se seca las lágrimas. Ninguno de esos movimientos que hice durante todos estos días. Es algo más. Parece, en esa mano que presiona sobre la nariz y la boca, que estoy intentando, lo veo por el pedazo de ojera que asoma de las gafas oscuras y parece un gusano grande, que lo que quiero es sostener todo el rostro desde ese punto. Creyendo que todo el cuerpo se me puede desmoronar si no aprieto por esa parte de la jeta. El videograph, sumiso a la fuerza solariana, parece amigable, sensación y no sensacionalismo ni criminalización. Habla de un millón de personas. Qué me importa el dato. Sí, en cambio, pienso, que esas mismas pantallas (y muchas y muchos de quienes postean la emoción y el réquiem de ocasión) disparaban otros titulares, en letras catástrofes, cuando fuerzas oscuras (y en este caso no las de Mrs. Parkinson, al que había presentado en el Hipódromo de Tandil un año antes) lo bajaron del escenario en el año 2017 y luego del recital más multitudinario de este país. Más de cuatrocientas mil personas. Ahí lo retiraron y no por decisión propia. Si Olavarría 1, aquel del año 97 y la histórica conferencia de prensa es cancelación pre-recital, en Olavarría 2 será cancelación post recital. Un poder político articulado, intensificando una feroz primera modita de odio sacudida desde las grandes pantallas (todo narrado en ese disco íntimo y revanchista, autorreferencial y de devolución sútil y feroz de la violencia recibida, El ruiseñor, el amor y la muerte, 2018), que cree necesario desactivar ese in crescendo sin lugares en el horizonte. Esos recitales pensados para parques jurásicos, desbordados Hipódromos, Autódromos, predios inmensos. Si quedaba, entonces, una última y desmesurada misa (que duplique a aquella, la última vez que nos vimos), la estamos haciendo ahora, post mortem, para vos. Se creían que no iban a volver a ver ese desborde y nos propusimos hacerlo por última vez. Quizá también lo dejaste planeado. Me alegra pensar, Indio, que acá, en este día, duplicamos aquella multitud y estamos realizando, de alguna manera rara, el recital que faltaba. Esto, como siempre, no tiene dimensiones ni formas terrestres. Todo lo que pasa acá se puede ver casi completo solo desde las plateas más altas. Así es este amor, no televisión.

Ahora que nos estamos acercando al Polideportivo, pienso que el silencio de Palacio durante estos días, esa desconexión que aturde que no es respeto ni indiferencia, que ese automuteo inédito del pequeño gran matón de la Internet, que esa cerrada de orto que se escuchó hasta acá, está relacionada con el profundo y atávico miedo a lo real, a esta peregrinación ininterrumpida, dolida y festiva a la vez, de cientos de miles de cuerpos, sospechados siempre, por las capas de aguante subjetivo, de ser células maldormidas y desperdigadas por ahí. Ahora comienza a disminuir el sonido de la música y los parlantes salen de escena, se escucha un murmullo embriagado, estamos en la fila. Falta, todavía. Habíamos quedado en que no. Quedarnos solo cerca de algún agite. Algún fueguito. Pero, de nuevo, ahora que escribo, creo que sí estábamos buscando acercarnos a algo; a ese umbral en donde el magnetismo te deja en un ánimo en que ya no podés elegir. En que te empuja la misma fuerza que tantas veces te sacó de quicio y te hizo saltar. Fue. Parece un enorme, angosto e interminable campo de recital. Pienso en toda la fuerza que estoy haciendo para salir y estar, a la vez, en este lugar. Se me ocurre un breve panegírico. Algo rápido y apretado. Carlos “Indio” Solari. Vió, descubrió, antes de que se inventara el diagnóstico por imágenes, un sistema nervioso novedoso que portaba información sensible sobre el futuro y que lo agitaban jóvenes que las instituciones de la vieja cultura frita no percibían. Nervios, ánimos, fuerzas vitales donde otros creían que había envases vaciados de cualquier restito de Historia. Pensador que nombró, bautizó, y mandó a estudiar y a bailar, a la vez, a varias generaciones de argentinos y argentinas. Sus Memorias serán lectura obligatoria en los diseños curriculares de las futuras escuelas de la patria.

Ahora estamos ingresando. Miro a un costado y veo un ramo de rosas casi tapando el rostro de un chabón grande. Las lleva, las agarra, como si fuera una antorcha. De repente nos hundimos en un silencio espeso, después se escuchan mezclados, o sobre ese fondo de música tenue y continua que de manera subliminal también nos acompaña en esa circulación. Hay sollozos breves, gracias y llantos, gritos y aplausos, gestitos de contener la respiración y la sensación del dolor inmenso envolviéndonos. Todo se acerca. Se reduce. Se vuelve pequeño el lugar y alejadísimo el montaje austero que está ahí nomás. Me alejo, pero todo se acerca y estamos demasiado adentro. Me siento mal. Salgo. Salimos. Es todo muy rápido. Un toque. Dos minutos que durarán, se evocarán, para siempre. La salida es una arcada de dolor. Ya no recuerdo lo que pasó recién. Estoy llorando. Todas, todos estamos iguales. Salís y caés sin tocar el piso. Buscás apoyos. Te sentás en el cordón. Vas de acá para allá. Una quijada se tuerce como si la succionara un vacío violento. Un pucherito en un rostro de piedra. Parecemos, como dice un amigo, bebés gigantes. Veo dos cuerpos que se sostienen inclinados desde las cabezas, formando una pirámide. Veo a dos que se palpan las caras y se posan las frentes como jugadores de fútbol que se pelean. Veo un pibito que mira a la madre llorar a los gritos, tomada de la mano por una chica adolescente. Otro pasa puteando y llorando y mirando para arriba. Otro parece rezar una plegaria, masticando las palabras. Otro se explica en cálculos matemáticos que no llegan a ningún lado lo que está pasando. Retorcidos, apretados, rostros y cuerpos. Que lloran, incluso cuando ya no quedan lágrimas. Pienso en la cantidad de imágenes de enfermeras llevando a Diegos no sonrientes, o en la cantidad de abrazos mutuos, entrelazados los brazos tentaculares sobre los hombros, o sosteniendo cinturas porque algo se puede desarmar por el fuerte golpe. Es fundamental que te lleven, que te agarren, que te dejes llevar, en este estado de alucinación que provoca un dolor tan masivo, que tiene siempre algo de incredulidad. La salida. Pocas veces se ve, y ahora en el final de un recital, en la otra parte de la ambigüedad, de este dolor publicado, derramado a las calles, un muestrario tan amplio y similar del pesar como una fuerza que doblega cuerpos, que deja boqueando sin aire, que esconde caras en remeras, que descansa cabezas en hombros prestados para hundir un ratito la cara que solo oculta, con los lentes, los ojos ardientes.

Ahora que es lunes a la madrugada y estoy escribiendo esto aparece en YouTube el videíto de la canción de despedida que los redondos tocaron en su último recital, el 4 de agosto de 2001 en Córdoba. “Un ángel para tu soledad”. Se me ocurre, ahora que lo miro emocionado, que, a diferencia de otras exequias públicas de la historia argentina, otros grandes dolores, acá, en la despedida que estas varias generaciones jóvenes le hacemos al Indio, podemos bailar por nuestras penas y por nuestra desolación. Bailar. Marear. Girar. Dar (y darle) vueltas. Poguear y poguear. Hasta cansar el dolor y hacer que por un rato se aleje y se quede en un rincón y quede sin aire ni ganas ya de ladrar ese perro que va a seguir allí. Pero si va a permanecer que lo haga en movimiento. Cantar llorando. Miles de pequeños o grandes pogos, también medibles a escala richter que, como en una película de terror, tiene sus momentos pesadillezcos (un pogo gigante, dentro de un campo que se hunde y deviene un cráter sin bordes). Pero que, como en el otro pogo, si te agarra vértigo o te estas por caer alguien te va a sostener. Estamos mal, pero bailamos igual. Es solo un rocanrol y una tradición del país.
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Ahora está cayendo una llovizna solo para que el vapor del dolor se eleve un poco más. Nos preguntamos la hora y quedamos extrañados. Salimos a un atardecer que parece una dudosa alba. Una falsa madrugada. Son recién las seis de la tarde y parecen de una mañana luego de días sin dormir. La confusión y la confirmación de la hora dura unos segundos. Es porque salimos y no a un espacio concreto. Se acerca cuando está oscureciendo, de golpe, una luz fulgurante de un móvil que creo que era de Telefé. Me espantó. Me corro y le digo que no. Vuelvo al grupo y parece una revanchita inmediata. Llega un recorte de la transmisión en vivo que está haciendo un canal de televisión del velorio. Es el momento justo en el que estamos pasando frente al ataúd. De fondo se asoma un pedazo del suelo azul de la cancha. Y dos flacos de seguridad. Más adelante una fila de gente con pecheras blancas que dicen Indio. Pasamos casi en fila india. Me veo y me hace mal. Segunda irrupción de autodesfiguración. No quería mirarlo. Un flaco cuarentón con canas que le toman la barba y parte del pelo mostrándose como un nene que no entiende nada. Creo que balbuceo “gracias Indio”. Tira un beso. Hace un gesto con la mano, dos veces, como un montoncito de incredulidad. De qué haces ahí. Todo lloroso. Después lo hace con las dos manos. Después se quiebra, lo sostienen de atrás, una chica de anteojos de chilindrina que se tapa la cara en la campera de Argentina de él que se tapa la cara. Una señora, que no sale en la transmisión, que tenía unas pecheras creo que amarillas o no sé, se acerca y me dice “Fuerza, che”, con una calma maternal que conmueve. Me acuerdo de ese momento cuando veo otro viral conmovedor de la Viru. Un gesto justo de amor profundo. Una ricotera tiembla en llanto. Ella, con unos lentes que deben ser del Indio, le responde que le de un beso al Indio de su parte o algo así y le sostiene los mofletes, así no se van para cualquier lado, con las dos manos. Le abraza la cara que sostiene con suficiente presión para calmar y continuar. Le ofrece un suave pero potente paréntesis a esa cara, para contener la desesperación y que el dolor no se aleje tanto del cuerpo que lo termine envolviendo todo. Mirando el recorte de nuevo, se marea. Vértigo. En el videíto, en el clip, se escucha una voz que habla de la gente que va llegando desde distintos puntos y no solo la Argentina, porque tuvimos el testimonio incluso de vecinos de Uruguay que se venían también para aprovechar (dixit) esta despedida. Mientras esa persona, desde algún estudio de televisión, animaba la transmisión, en esa mención veo, en el video, que una chica de seguridad me agarra la mano, también con delicadeza para que continúe circulando. Antes, cuando estoy haciendo así con la mano, atrás se ve a alguien que saca un celular para filmar a una mano que hace una ve, detrás mío se asoma la cara de una joven que se tapa la boca con ambas manos y solo deja la expresión de la mirada azorada. Adelante mío, siguiendo la fila para allá, saliendo, un flaco de buzo gris clarito aplaude y abraza y sostiene a su mujer de buzo gris oscuro, que se lleva la mano a la boca. Delante de ellos otro flaco llora, descansa la cabeza en el hombro de la campera roja de su mujer que se tapa el rostro con una mano y con la otra, sincronizados, tocan la valla, o apoyan solo las manos, con la timidez y la precaución con la que uno se acerca a una zona liminal en la que no se sabe qué carajo hacer. La locutora de un show, dice, el videíto de veintiún segundos está por concluir, más música en esta jornada. En este caso: Gualicho. Quedan cinco segundos para que la toma se amplíe y suenen los acordes iniciales. Me acuerdo, ahora, del fuera de campo de ese video. Antes de esa señora que me dice fuerza con tono materno, en los segundos previos, me acerco a una chica que tiene una pechera. Le digo si la puede poner ahí, señalando la manta repleta de trapos y remeras que están debajo del cajón, se la alcanzo sin abollar, media plegada, la toma como si fuese algo frágil, a la remera negra que dice Juguetes Perdidos, gira lento, se la pasa a un chico despacio y la apoyan con cuidado.

Ahora es viernes de nuevo. No, sábado temprano. Los rumores empiezan a tomar forma, todavía estamos expectantes por las coordenadas donde vamos a perder la forma humana por el dolor y la alegría. Alguien manda un mensaje: que sí, que vive ahí y ya se sabe. Están pasando policías y camiones. Parece que es posta. Además de las gestiones que luego se conocieron (y que lograron una organización europea, en Avellaneda, para un llanto desmesurado de argentinos y argentinas) hay un plano de comunicación que pide ser reconocido y se lo voy a dar acá. Es una charla que tuvo lugar durante el viernes a la noche. Así la transcribo.
¿Es cierto lo que me dices?, se torsiona hasta tensar su cabeza y hacer un arco con su soporte, un movimiento de incredulidad que le hace sacar fuera de sí todas las luces al unísono y luego volverlas a su lugar. Es la voz de un Señor Semáforo preocupado gritándole a su compañero de trabajo sobre la Avenida Mitre. ¿Pero cómo es posible? ¡Sufriremos mucho, jamás dejaremos que pase!, susurran aprovechando el viento los árboles y el pastito de Señor Parque. ¡Eso va a ocurrir y no lo podrás impedir, juajuajua! Le responde Palo de Luz que no se imagina que terminará tan mojado. Los bustos de Eva y el General, la alegría del cartel de los Derechos del Trabajador, y Los de Eva y el General, y el de Gatica que se salen de sus estructuras y se dan la mano, contrasta con el enojo chinchudo de Estación, y de algunas líneas de colectivo que hacen señas, tocan bocinazos, mueven las orejitas de esos espejos retrovisores, no están del todo de acuerdo. Se oye a la siempre infiel y ciclotímica 247 oponerse. Y la 22, siempre con esa sonrisa amigable, moviendo la carrocería para ambos lados, le dice que ya está cansada de sus problemas y que es muy tóxica con sus pasajeros. La 98, que nunca se sabe con qué ramal te puede salir y no se decide, le dice a la 22 que siempre sus usuarios la han reconocido y que la quieren mucho. La parrilla El tano está en silencio. Le dice a los colectivos que pensarán que es una Parrilla mala, pero que está asustada y no quiere que le vuelvan a robar un sándwich de milanesas. Todos ríen y la bulinean, recordando el viral.

Ahora que es lunes y que necesito volver a dispersarme, me río pensando y apuntando datos que me parecen importantes que se lean en un archivo futuro. Porque serán de una civilización quizá extinguida. Nunca más, imagino, van a juntarse tanta cantidad de gafas. No hay mediciones exactas, pero si pienso en términos líquidos, creo, nunca más se beberán tantos litros de alcohol, se olerán tantos litros de meo, se escucharán caer tantos litros de lágrimas.
Ese videíto que vi en YouTube, el del último recital de los redondos, finalizaba con el Indio metiendo, mientras se va Un ángel: “¡Chau, nene! ¡Gracias!”.
¡Chau, Indio, gracias a vos!




