“Los cuentos de mi madre me enseñaron a narrar” | revista crisis
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“Los cuentos de mi madre me enseñaron a narrar”
A fines de 1974, Celia Zaragoza habló con Antonio Di Benedetto y consiguió en esa charla varias perlas. El adn de su voz narrativa, esos modos de mirar el mundo. ¿Qué hacer con los silencios? ¿Cómo ser escritor fuera de esa Buenos Aires que todo lo traga? Este 10 de octubre se cumplen 34 años de su muerte y te proponemos conocer la cocina mental y emotiva de un escritor que nunca siguió lo que se esperaba.
10 de Octubre de 2020

 

Usted nació en la calle Buenos Aires, en Mendoza...

-La casa aún existe. La veo todos los días. Vieja. Ruinosa. No he vuelto a entrar en ella. Sin duda se conserva en mi imaginación con determinadas características. Pero dentro debe de haber desaparecido todo lo que tiene alguna significación para mí. No hallaría absolutamente ninguna huella de mis padres. No se puede destruir. Tiene que permanecer como entonces. La tengo yo...

La tiene... ¿cómo?

-Como una vivienda de patios largos y no muy anchos: así la recuerdo. De uno mi padre eliminó las baldosas y liberó la tierra. La abonó y la cultivó. Estableció una huerta minúscula y, desde luego, dado su tamaño, no utilitaria, sino destinada a fines de observación. Porque también era enólogo y nunca cesó de estudiar la vida vegetal, mejor si guiada por sus conocimientos y sus propias manos.

¿Sus ramas de origen?

-Mis abuelos paternos eran del campo. Mis abuelos maternos, de la ciudad. Las vacaciones más que el veraneo, las hice a veces en casa de los primeros. Allí había una bodega con cubas de roble de Francia, estaban los viñedos en parte plantados con cepas que mi abuelo Antonio trajo de Italia, y los frutales, los animales, los magníficos cursos de agua. Mucha noche. No había electricidad. Una aventura, para mí, pasar la noche, desde la temprana hora de cenar, con lámparas de ciertos combustibles elementales. Y ese recuerdo se me enlaza con el horno de barro, los dulces y el pan casero, los animales de corral, los pájaros y sus árboles. No era Bermejo, sino un lugar más lejano, llamado Los Corralitos. Más adentro todavía se podía gozar de una laguna navegable con embarcaciones muy precarias y livianas, poblada de un bicho parecido al pato, que llamábamos tagua. La alegría estaba, más bien, en la zona de la familia de mi madre. La compensación de una vida sin mucha fortuna se daba por la solidaridad entre sus miembros, las grandes reuniones, el espíritu jovial, el gusto por el bel canto. Mi abuelo Giovanni - y también otros descendientes suyos- había sido músico en Italia. En la rama paterna, en cambio, imperaba el drama. Suicidios repetidos en todas las etapas. Lo he dicho con mucha claridad en Los suicidas, donde la historia de mi abuelo Antonio está contada en parte, como personaje que allí se trata de un modo real. Uno de los hermanos de mi padre se suicida luego de un largo período de pérdida de la razón. Las graves hostilidades familiares eran motivadas, casi siempre, por asuntos pasionales. Rivalidades que llegaban al extremo de la muerte. O de grandes silencios. Mi abuelo tenía el corazón fácil. Desde Italia regresó en un viaje, acompañado. Esto le determinó un castigo implacable de mi abuela. Convivieron juntos hasta morir, pero ella nunca más le dirigió la palabra. 

 

En 1933 muere su padre.

-En febrero, en la casa de Bermejo. Cuando yo estaba en la escuela primaria. Tenía diez años. En la infancia se produjo el hachazo y nos quedamos en fuerte desamparo. Mi padre murió sin avisar ni explicar. No dejó cartas. La explicación que se da es que murió en forma natural (de un ataque). No la creo del todo.

¿Cómo era su padre?

-Me llevaba al campo. No de picnic. (Tal vez hubo algún picnic, pero no con él.) Era un hombre de estudio, dedicado a la cultura pero, al mismo tiempo enamorado de la tierra. Ensayaba continuamente nuevas variedades de frutales o injertos y se hacía tiempo para ir al pedazo de terreno donde se desarrollaba su trabajo experimental. Así nació mi propio ánimo sembrador. Precisamente por imitación, recordando su enseñanza de que germina lo que se siembra en una tierra cuidada, alimentada por el agua y por el sol -y como a mí me gustaba mucho la cerveza- una vez sembré un surco con la tierra dispuesta para cultivar una hortaliza. Le preparé espacios distanciados –de 15 a 30 centímetros- como mi padre me había indicado que se hace con la semilla, y en esos hoyos puse y cubrí tapitas corona, con la convicción de que amanecerían botellas de cerveza. Pero algún borracho madrugador las cosecho primero.

¿Conservó usted su ánimo cultivador?

-Se inició temprano respaldado por mi padre, atrás la época ingenua de la siembra de cerveza. Tendría yo ocho o nueve años, y debía usar el azadón y la pala aunque no me gustara, aunque me pareciera innecesario. Pero me había adjudicado un surco y yo debía cultivarlo bajo la guía de él. Como imperativo ese contacto con la tierra, ya no como un consejo o experiencia agrícola. De mi padre aprendí entonces que hay que llenar de plantas y de árboles donde uno esté, hasta ese punto era fervoroso plantador. He ido muchas veces, en los años siguientes y melancólicos de la adolescencia, a contemplar una trinchera de álamos que mi padre plantó. Luego ha desaparecido, porque construyeron viviendas en esa región. Yo, desde lejos, la podía ver… Y aún conservo el ánimo cultivador, heredado pero bien reservado, porque no tengo fuerzas, ni dedicación, ni tiempo.

Mucha severidad y disciplina en los primeros años...

-Pero mi padre me dejó algo más: sus libros. Leía cosas que muestran inclinación hacia un sentido dramático y profundo -quizás angustioso- de la existencia. Obras de filosofía, de pensamiento. Nietzsche abundaba sin duda. Era, preferentemente, lector de ensayos y a su vez quedaron de él muchas páginas escritas. Realmente era como mi madre, narrador nato. Fabulador, estaba dedicado al mundo de la imaginación. Quizás no me lo transmitía a mí en forma directa, como lo hacía con tanto acierto mi madre.

¿Qué narraba su madre?

-Mi madre -brasileña, de ascendencia italiana- nos cantaba canciones de cuna de Brasil, las que recordaba porque se las cantaban a ella. Mi madre tenía la memoria regada por la fantasía, las fábulas, las leyendas de la baja Italia y también las de Brasil - país donde se fabula mucho, y ella pasó su infancia allí- enriquecían sus recuerdos. He dicho muchas veces que a pesar de que he aprendido a narrar de muchas maneras y con muchos maestros, mi gran maestra fue mi madre. Su familia, con numerosos ramales, ha tenido que afrontar circunstancias o situaciones trágicas o dramáticas. Y ha pasado muchas aventuras en su trayecto de Sicilia a Brasil -San Pablo, donde nacen mi madre y hermanos y primos de ella- a Buenos Aires, a Mendoza. Se acumula el anecdotario y mi madre, cuando yo tenía cierta edad, solía contarme o contarnos la historia de cada miembro de la familia, o rememorar las circunstancias junto con sus parientes. Me gustaba muchísimo escucharla. Al principio, por conocer, por descubrir que lo que ella contaba eran verdaderas aventuras familiares, dramas o historias pintorescas: caracterizaciones de tipos que constituían verdaderos personajes para mi visión. Después comencé prestar atención a cómo hacía ella para narrar, cómo construía un relato. Cómo lo empezaba, lo desarrollaba, lo cerraba. Si incluía o no la descripción de personajes, qué palabras usaba, qué proporción les concedía en el relato. Veía una Justeza y una distribución perfectas en la historia y en el grado que concedía a la descripción. Más tarde, observé que ella contaba una historia y sólo mencionaba a los personajes, sin detalles de éstos. Después -en posesión del conocimiento relativo de cómo eran los lugares donde vivió la familia, cuáles eran sus costumbres, qué características tenían los parientes lejanos-, ya no necesitaba nombrar a estos desconocidos. Entonces me los figuraba yo y seguía construyendo el relato que se me quedaba prendido, la historia continuaba en mí. Me provocaba estímulos para descubrir que es bueno, para una narración, dejar elementos inconclusos. Así, la historia continúa con la ayuda creativa de quien la escucha o quien la lee. Es decir, el lector o el oyente participan de la creación, reciben su siembra.

 

¿Cuándo aparece Buenos Aires en su vida por primera vez?

-Mi primer recuerdo de Buenos Aires es muy impreciso. Me veo con un sobretodo, muy abrigadito -tendría dos o tres años-, acompañado por mi madre, en un autito de lata del parque Japonés. Es lo único que conservo de aquel viaje.

Hubo un segundo viaje.

- En circunstancias muy distintas. Cuando tenía once años, poco después de la muerte de mi padre, cuando quedamos solos y había mucha tristeza en la casa, una tristeza que a mí me hizo intenso mal. Me empezó a comer por dentro y me fui apagando. Un tío mío que viajaba con frecuencia, me trajo a Buenos Aires. Mi impresión fue la de un mundo adulto, de gente dinámica, de cosas que atropellan, difícil de conocer y entender. Me hizo un bien y me regó para un mal. El bien fue que, como mi tío tenía mucho que hacer -venía por sus negocios, aunque me llevó a conocer las cosas que podían gustarle a un chico y cuyas imágenes se me han borrado- me dejaba muchas horas solo, en el hotel. Era tanto mi aburrimiento que, a veces, bajaba a la vereda y no me atrevía más que a caminar diez o quince pasos a derecha o a izquierda para no perderme. A la derecha había un edificio en el que mirando por unas ventanitas se veían grandes máquinas cuya función yo desconocía. Un día las sorprendí en actividad. Era la maquinaria del diario Crítica, de donde brotaba una ininterrumpida sucesión de diarios. Esto me produjo un ensimismamiento que me concentraba, me perdía. Primero apresaba la imagen objetivamente. Pero luego esa cinta que se va cortando, doblando y produciendo el ejemplar, circulaba por dentro de mí, me llevaba a otras regiones, quizás a las que después veía en las páginas del diario, una vez en la calle.

En cierto modo ése fue su primer contacto con el periodismo.

- Pero ese viaje me deparó otra sorpresa, me produjo otro bien, de un orden parecido. Decidí comprar una revista. Hasta ese momento había leído revistas como El Tony -de historietas- o Tit-Bits -contaba historias, con narración escrita-. Aquel día me llamó la atención una revista diferente. Se llamaba Leoplán. Fue el primer Leoplán que compré -sería el tercero o cuarto de la colección-, y leí completa, la novela que incluía. Era de Edgar Allan Poe. Eso me llevó a enrolarme fielmente como lector de Leoplán, hasta que desapareció. Leí toda la serie y valoré la gran oportunidad de adquirir tempranamente nociones de novela, a través de muchas grandes novelas. Y fue porque vi esa revista en un kiosco de Buenos Aires. En Mendoza, tal vez hubiera tardado años en descubrirla. De modo que, en eso, el viaje me hizo bien. Pero, al mismo tiempo, hizo crecer en mí el recelo hacia esa ciudad que no me interesaba. Se convirtió en aversión y decidí no volver nunca más.

¿Cumplió su propósito?

- Durante más de treinta años. No sé si realmente no me interesaba Buenos Aires, o si la rechazaba a priori. La orillaba constantemente. Primero tenía contra Buenos Aires todos los resentimientos que tiene el pueblo del interior. No simplemente esa reacción frente a cómo es el porteño, y cómo es uno, lo que desde ya produce alguna fricción. No era eso en mí. En mi estaba racionalmente, la consideración del Buenos Aires descrito por Martínez Estrada (aunque tardé en encontrarme con sus páginas). Su significación en la historia y en la economía del país, el perjuicio que suele producir a las provincias, en su autonomía, en su economía, en su conducción. Pero también estaba, por medio, mi arrogancia. Y accedí a venir sólo cuando tuvo una razón grande para hacerlo, fue cuando Borges me invitó a dar una conferencia en la Biblioteca Nacional. En realidad, habían sido también razones grandes las de la publicación de los dos primeros libros, pero entonces me parecía que yo ya estaba representado, que era mejor que conocieran mi libro, mi producto, que a mí mismo. Y vine en 1958, por primera vez de una manera consciente y voluntaria.

¿Cómo se produjo su llegada al periodismo?

- Cuando tenía unos quince a dieciséis años, no sé qué casualidad me acercó a un periódico semanal. Creo que se vendía en las canchas de fútbol "para que algunas personas lo compraran y pudieran sentarse encima, y no directamente sobre el cemento": esto me decía siempre el dueño, un impresor muy pobre, aunque sé que no era del todo verdad. Su formato era tabloid. Se imprimía en papel verde. Me asignó la página de cine que yo entregaba, semana tras semana.

1945 es clave en su vida periodística.

-Ingresé en Los Andes. Inicialmente, a la redacción general, aunque desde el primer momento colaboré en la parte artística. Durante un periodo de escasez de papel de diario, algunos redactores de Los Andes fuimos trasladados a radio Aconcagua. Mis tareas de radiotelefonía -nada importantes ni exigentes- me permitían escribir, y estudiar mis libros de abogacía.

Por entonces esboza Mundo animal.

 -Y se publica en 1953, época de graves dificultades. Con ese libro me inicio en la carrera literaria, por decirlo así "en público", ya que condené para siempre otros trabajos anteriores. Mi esposa, Luz, más buenamente ansiosa que yo, trajo de la imprenta el primer ejemplar de Mundo animal que, por mi parte, no había visto ni sabía que estuviese encuadernado. Ella habló con el editor, don Gildo D'Accurzio, y se pusieron de acuerdo para darme la primicia en una noche con una copa y el grupo de mis amigos más queridos. Y hay otro aspecto. Me enfermaban los ruidos, los padecía como una agresión personal del mundo contra mí. De esa hipersensibilidad y de la comprensión de los efectos del que yo llamo "ruido material", surgió la mitad de El silenciero. La otra mitad es más profunda, atañe al "ruido metafísico". Pues bien, padeciendo esa tortura, quizás para salvarme, escribí la novela: pero no habría sido posible hacerla sin determinadas defensas contra los factores perturbadores. También en eso aplicó dedicación mi mujer, me defendió.

 

Usted, Di Benedetto, ¿encuentra similitud entre el adulto que es y aquel otro en que -cuando criatura-, pensaba convertirse mientras imaginaba su futuro?

-Absolutamente no. Cuando era niño pensé... Vivía en una farmacia, la de mi padre; casi podría decir que nací en una farmacia. Pensaba que iba a ser farmacéutico. Jugaba a preparar remedios. He aprendido el oficio, estuve en eso hasta los dieciocho años. Entonces, al revés de ahora, casi todas las medicinas se preparaban en el propio laboratorio. Aprendí cómo se hace una píldora, cómo se prepara una bebida, cómo se elabora una pasta o ungüento... Pero más tarde pensé ser veterinario, veterinario de campo. De todos modos, cuando se trató de decidir, elegí el Derecho... Y cuando se trató de ejercer, las posibilidades reales me llevaron al periodismo.

En cuanto a su visión del mundo, ¿se reconoce aquel chico en el adulto con quien dialogo?

- No, no. Aquel chico era un ser natural, vale decir, formaba parte de la naturaleza. Yo estoy ahora en una existencia que es organización, trabajo, conciencia. Estoy ante la angustia, no sólo de vivir -que ya no hay ni que nombrarla, porque es común a todos, y en la infancia si se siente no se entiende-, sino de la cercanía de la muerte, de la proximidad de los límites. Aplico la palabra límites para muchas circunstancias. No haber producido o realizado muchas cosas que poseen una importancia cuya ausencia hace sufrir. Por ejemplo, no haberle dado más a mi hija, y ya no sé si le podré dar. Haberla acompañado más. Creo que todos estos años se han perdido. No debo lamentar, tal vez, no haber escrito más.

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