La marcha de la resistencia sindical
Cuatro improvisados cronistas recorrieron, cada uno por su lado, la movilización de los gremios el 29A. Portaban una sola consigna en común: clavarse un buen chori callejero. La resultante es un surtido de apuntes, impresiones y preguntas acerca del sindicalismo argentino, en el primer Día del Trabajador del país macrista. Fotografías de Damián Dopacio.
Fotografía: Damian Dopacio
01 de Mayo de 2016

El repositor de Coto is the new cabecita negra

Por Alejandro Bercovich

Los cajeros automáticos del banco Galicia de Paseo Colón e Independencia se quedaron sin efectivo antes de que Juan Carlos Schmid leyera el documento unitario y abriera la lista de oradores del 29A. Frente al escenario montado a espaldas de la Facultad de Ingeniería, la sucursal del banco con más tarjetas de crédito y débito emitidas estallaba de gente que lucía insignias de todos los colores. Decenas de manifestantes hacían cola para sacar algo de plata que minutos después gastarían en un choripán de $30, una lata de Schneider a $40 o una bondiolita completa a $50.

Ricky, chofer de una mudadora cordobesa enfundado en un chaleco verde de Camioneros, le cedió el lugar en la fila a Estela, una maestra bonaerense con visera de la Unión de Docentes Argentinos (UDA) y surtida bijouterie. Hábiles al manejar sus plásticos, el galán y la docente evacuaron rápido el hall de la sucursal antes de que una gigantesca bandera de la rama Logística con las caras de Hugo y Pablo Moyano terminara por cubrir la fachada del Galicia y de inhabilitar su uso por el resto de la tarde.

En las ochenta manzanas que se hicieron peatonales después del mediodía del viernes no había una sola olla popular como las que poblaban las movilizaciones de 2001 y 2002. El que quería comer algo sacaba unos pesos del bolsillo y le pagaba al asador, como alrededor de las canchas los días que hay partido. Pululaban las pecheras de organizaciones sociales y sindicatos pero lo que hacía roncha eran los uniformes de trabajo: desde el extravagante delantal plateado antiradiactivo que lucía orgulloso un metalúrgico de Zárate hasta los miles de cascos que llevó la UOCRA, las corbatas de bancarios y judiciales y los morrales de los estatales más jóvenes. Sin tenerlo demasiado presente, todos estaban en la calle para defender esos símbolos y esas pequeñas grandes conquistas personales. Desde la bijou de Estela hasta ese mango para parar al fernetero que pasaba raudo con su kit para armar de parado un vaso de medio litro.

Ricky y Estela seguramente hayan empezado a usar sus Banelco entre 2005 y 2011, cuando las cuentas sueldo activas en el sistema financiero pasaron de 4,1 a 7,2 millones. Desde entonces hasta el año pasado, el lapso durante el cual el tercer kirchnerismo se abocó a cuidar el empate macroeconómico y no supo satisfacer las nuevas demandas que levantó la CGT de Moyano, las cuentas sueldo activas apenas subieron hasta 7,4 millones. Trabado en la búsqueda de un empresariado que invirtiera en serio para hacerles un lugar en el mapa del consumo a todos los Rickys y Estelas que siguen hacinados en los bordes violentos y en los pliegues de marginalidad de las grandes urbes, el cristinismo se limitó a mantener a estos últimos a flote, repartiéndoles tarjetas de débito de bancos estatales que aprendieron a usar después de que murió Néstor, y que todavía no manejan con la destreza de los que consiguieron primero las suyas. 

La impronta del 29A fue parecida a la de las movilizaciones cegetistas de los últimos cuatro años contra el pago de Ganancias, pero lo que había en juego era otra cosa. Lo que enfrenta ahora el movimiento obrero, sin haber renovado su dirigencia pero sí (y mucho) su base, es la reversión deliberada de un modelo que redistribuyó bruscamente rentas y ganancias dentro del capital (del agro y los servicios públicos hacia la industria y el comercio) y más tibia pero también notablemente entre el capital y el trabajo, en base a una recuperación del salario real desde su piso histórico y a un contexto internacional favorable que permitió esa repartija sin que los más ricos se sintieran expropiados ni mucho menos.  

No solo era nueva en la marcha del viernes la tonalidad defensiva que impuso la ola de despidos, un revival de épocas de dientes apretados que contrastó con la mesura de los eternos dirigentes a la hora de hablar de un paro nacional. También lo eran algunos de los protagonistas. Lo observadores más detallistas repararon en una columna de mercantiles con uniformes de Garbarino, Easy y Coto, los peor pagos y más precarizados engranajes de la era hiperconsumista, que no llegan a pagar Ganancias y que jamás se habían dejado ver en la calle. Otros escucharon a dirigentes como Héctor Daer, de Sanidad, admitir haber tenido que aclarar a muchos de sus afiliados que no había paro, cuando llamaban al gremio para preguntar desde qué hora podían dejar sus puestos para ir a Paseo Colón.

Esos cabecitas negras del siglo XXI, para quienes perder el empleo formal es caerse a la selva donde empiezan a ralear las changas, y los mucho mejor pagos obreros del cinturón fabril de la Panamericana, que a veces votan delegados de izquierda, son la nueva base sobre la que se apoya la vieja cúpula. Quizás por eso los que se subieron al escenario no imaginaron tamaña convocatoria.

Mauricio Macri quedó ante una encrucijada: si veta la ley antidespidos, que ahora difícilmente lo ayude a bloquear el massismo en Diputados, avanza hacia un choque de frente con una CGT en plena reunificación y condicionada por la incipiente pero notoria movilización de las nuevas bases. Si se la aprueban y la promulga, retrocede sobre sus dichos y sacrifica a la vez poder político y sex-appeal inversor. Una doble sangría que no puede permitirse a 16 meses de las PASO de 2017 y apenas echado a andar su único plan para sobrevivir en el poder: que lluevan las inversiones, la economía despegue y llegue el calorcito a los hogares trabajadores después de tantos meses de frío sinceramiento.

 

 

29A

Por Martín Rodríguez

 Esta fue la primera acción de envergadura contra el gobierno de Macri por una sencilla razón: se movilizó (también) gente que votó a Cambiemos. Esta marcha le inundó la cocina al PRO. Se respiraba un fraude social distinto a las marchas de izquierdas o kirchneristas, plazas que no le sacan una sola miga al electorado amarillo. Porque para tener un 51% en la Argentina hace falta que te voten trabajadores. El macrismo lleva gobernados sus cinco primeros meses en función de quienes lo votaron en las PASO y no tanto para la mayoría del balotaje. De “paro nacional” habló sólo Micheli, un histórico ceteaísta autónomo. Ya sabemos la retórica: cuanta más base de representación, más papales los modos; cuanto menos, más radicales. A último momento se bajaron dos gestores de la convocatoria (los impresentables Venegas y Barrionuevo) y se ausentaron algunos gremios como los taxistas (¿agradecimiento por la barrida de UBER?) y SMATA (uno de los gremios de industrias en la cuerda floja que precisa socorro). Hugo Moyano cerró el acto. Caminé entre Independencia y Entre Ríos hasta Independencia y Tacuarí en un bloque de columnas que formaban los gremios de SUTPA (Peajes), Alimentación, Sanidad y Camioneros. Más no se pudo avanzar, salvo que fueras por las laterales. Una marcha que superó todas las marcas: había mucha, demasiada gente.

¿De qué sirvió el 29A? De defensa. Miles de personas en la opción cuerpo a cuerpo, gremio a gremio, tema a tema, que impone el gobierno: tarifazo, transporte, despidos, pago de “Ganancias”, suspensiones, y así. Temas nuevos, temas viejos, pero temas ya del nuevo gobierno. Fue una marcha nacida y criada en el macrismo y liderada por cuatro centrales obreras con trayectorias últimas distintas. En la marcha: cada gremio en su canto, cada central en su representación. Los cantitos anti Macri tenían emisores más claros y blancos (CTA, NE), pero no contagiaban, no hacían el hit de la tarde: cada columna en su canto de Luz y Fuerza, de Peajes, de Plásticos, Lecheros, Camioneros. Si la marcha más contundente hasta hoy fue gremial, nos habla del progreso verde del campo opositor, muestra que una de las mayores líneas de defensa, de *empoderamiento* o *ciudadanía* ya existe: es la “aristocracia obrera”. De Schmid a Dellacarbonara. Después de Cristina y su “vuelta” con narrativa nueva la historia quiso que la primera demostración de fuerza callejera la lideraran los sindicatos con Moyano como orador final de la jornada. ¿Paradojas? Difícil tarea para el “análisis”. Es claro que nadie sustituye a nadie, pero el gobierno de Macri ya logra condiciones objetivas de una unidad impensada cuatro meses atrás: la unidad en la acción. ¿Ahora los bloques opositores de raíz peronista votarán todos al unísono? ¿Se volverán a unir? ¿Saldrá de esa multitud un nuevo liderazgo? Todo improbable. Pero quizás es hora de pensar que la inversión simple de que ahora sólo es oposición lo que antes era oficialismo y viceversa también hace agua: ahora hay un nuevo mapa político. Las divisiones sindicales y políticas en torno al cristinismo vencieron el 10 de diciembre y tardaron pocos meses en reconfigurar un nuevo y provisorio mapa que lo democratiza todo: porque todos juegan un juego de conveniencias pero la marcha del viernes mostró un límite social y que la calle, el palacio, no lo guiona nadie exclusivamente. ¿Por qué? Si el peronismo tiene un punto de reconstrucción lo tiene, en parte, por esos poderes intermedios que fueron subestimados: sindicatos, intendencias, organizaciones sociales, provinciales. Los votos donde se vota. Diríamos, por un rato, “es de abajo hacia arriba”. Primera marcha de la resistencia al macrismo en las que se distinguieron casi exclusivamente las pertenencias gremiales, mientras las identidades políticas estaban diluidas ahí (el FR, el FPV, el PJ, todos). Las fábulas que sólo se explican el 29A por un fracaso maquiavélico del gobierno (“¿qué quieren en verdad los sindicatos?”, se preguntan algunos como si descubrieran la pólvora cada vez que un sindicato no es todo lo “solo vandorista” que creen), digo: esos razonamientos usan lo “político” como forma de tapar lo social. Este fue un hecho político construido por actores de carne y hueso, el sindicalismo realmente existente, en el aquí y ahora, porque se tenía que decir lo social. Porque se tiene que decir a tiempo. Y porque el disciplinamiento que desean tiene fatal contradicción ahí: en el sindicalismo argentino.

Una delegada del gremio de Alimentación (Daer), que encabezaba su columna compacta, se confesaba “defraudada” por el gobierno del que esperaba “cambios”. Se notaba que los había votado. Un delegado camionero dijo que ellos “venían de un conflicto por despidos desde el año pasado que terminó bien” y extendió las razones de su querida presencia a los tarifazos o la inflación. “Mañana suben la nafta”, le sopló otro de atrás. Marchó muchísima gente sindicalizada que en 2015 votó por Scioli, por Macri o por Massa. Esa fue la naturaleza gremial de la marcha. Y un efecto de la marcha es la democratización de hecho en la que muestra al peronismo. Algo que muchos no quieren ver. Fue una marcha, la más masiva, en respuesta a cuatro meses de políticas públicas concretas que apuntaron a dañar la capacidad de negociación laboral. Las cinco centrales sindicales argentinas mostraron un límite legítimo. Y como dice el politólogo Pablo Touzon, en Argentina “ante la crisis rompa el vidrio y saque un sindicato”. Porque, finalmente, “el hardware del peronismo también es el laborismo”, eso sólido que queda al final.

 

 

Un león herbívoro

Por Diego Genoud

Juega un tiempo de descuento que puede durar hasta un mandato. A los 72 años, administra una herencia que no sabe a quién dejarle. Acompaña un reclamo mayor pero no parece dispuesto a ser vanguardia de nada. 

Más flaco, más viejo y más cansado, Hugo Moyano no lo dice pero cree que ya hizo demasiado. Ya se peleó con dos de los últimos tres presidentes peronistas que llegaron al poder gracias al voto de las mayorías. Ya resistió en los noventa y marcó a partir de 2011 la agenda insatisfecha de los trabajadores mejor pagos. A su manera, apostó a Macri para dar vuelta la página del kirchnerismo y no muestra vocación de seguir peleando. Quisiera, de hecho, que el presidente le prestara más atención a los gremios y menos a los técnicos que –según entiende–lo cercan y lo condicionan.

La semana pasada en un programa de televisión el jefe camionero se cruzó al aire con un joven funcionario macrista y le reclamó que dejen de favorecer a los mismos de siempre. Pero cuando salió de escena, el veterano dirigente se mostró conciliador y le adelantó que en el acto por el 1 de mayo “los muchachos” iban a pegar bastante más que él. El ajuste de Cambiemos, con impacto directo sobre el salario real y el empleo, lo obliga a salir a la calle y a abrirle la puerta a una reconciliación imposible con el kirchnerismo residual. Los que creen que la historia se repite casi como un calco y piensan que Macri es Menem le piden al sindicalismo de Moyano que enfrente las medidas del gobierno. 

Pero no todo es igual.

Un cuarto de siglo después de haber irrumpido en la política nacional como emergente de un gremio que creció gracias a la agonía del ferrocarril, Moyano no puede ni quiere estar a la cabeza de ninguna lucha. Su gremio está en manos de Pablo, el hijo que remeda sus definiciones más intransigentes. Pero ahora es Hugo el que sale a pedir que sepan disculpar a su hijo y a relativizar así sus dichos.

Si en los noventa fueron los gremios de transporte como camioneros, la UTA o Aeronavegantes los que encarnaron el rechazo al programa económico del menemismo dentro del MTA, ahora los protagonistas serán -o deberían ser- otros. De ese grupo, sólo el gremio que supo conducir Alicia Castro y hoy dirige Juan Pablo Brey (de 39 años) tuvo una renovación en sus primeras líneas.

Hijos de tradiciones distintas, el jefe de la Bancaria Sergio Palazzo y el secretario general de Aceiteros Daniel Yofra aparecen como nuevas figuras del sindicalismo. No es casual que hayan cerrado los acuerdos salariales más altos del primer semestre, 35 % y 38 %. Como lo marcó el periodista Emiliano Guido, las mejores paritarias también reflejan la matriz productiva de la Argentina: la soja y las finanzas. Palazzo está convencido de que “el nuevo MTA” no va a nacer de los que hace dos décadas ya ocuparon ese lugar. Piensa que deberán ser otros dirigentes, representantes de otros gremios, que además coincidan en una característica: haber desafiado el poder del kirchnerismo con medidas de fuerza.

Después del fracaso sistemático de su salto a la política, Moyano se muestra como un león herbívoro: no quiere comerse a nadie más, salvo que alguien ponga en juego su sobrevida y lo fuerce a pelear. El tono de su discurso público, sus movimientos y hasta su gestualidad indican que está dispuesto a acompañar. Pero que también él necesita que lo trasciendan nuevos liderazgos, que sepan interpretar la sensibilidad de sus bases. Como el Moyano de este tiempo no aparece, el que sigue en escena todavía es el viejo, en la etapa más conciliadora de su vida.

 

 

La larga marcha del sindicalismo argentino

Por Mario Santucho

La marcha del 29A fue un meticuloso acto linguístico. Lo importante es el mensaje que los líderes gremiales quisieron emitir, el celo de los organizadores por cuidar el contenido de la manifestación y el esfuerzo que dedicaron en ser precisos. No es poca cosa hoy en día.

De ahí que no solo haya que registrar la capacidad de movilización, que fue enorme. Y tampoco alcanza con escrutar los símbolos tradicionales del folklore político, que los hubo, como cuando desde el palco pidieron un minuto de silencio por los trabajadores que dieron su vida por el pueblo, entre ellos Rucci, y desde el segmento sur de la concentración (ubicado por Paseo Colón entre Independencia y San Juan) brotó, primero como murmullo y luego en un cántico sostenido que no llegó a ser estridente, el inefable “vamos a volver”.

El marco dispuesto mostró sobriedad arriba del escenario, sonido impecable que podía escucharse desde casi todos los rincones, numerosas pantallas dispersas que operaron un extraño efecto descentralizador, y transmisión en vivo donde se alternaban imágenes de los oradores con paneos permanentes de los manifestantes captados por un dron que sobrevolaba los distintos segmentos de la muchedumbre. Dicen que la logística fue obra del dispositivo comunicacional de Camioneros. Mucha gente se congregó en torno a las pantallas y siguió los discursos, estratégicamente cortos. Se comentaron algunos tramos, se aplaudió poco y en ningún momento hubo euforia. Pero sí una escucha atenta. Moyano dijo que estaba contento con “esta enorme asamblea” a cielo abierto y en cierto modo reveló cuál era su idea.

El discurso de unidad fue leído por el probable próximo jefe de la cegeté reunificada, Juan Carlos Schmid, líder de los “embarcados” de Dragado y Balizamiento. Gesto grave, voz potente, lectura clara. Un cuadro de Carpani frente a la Facultad de Ingeniería. La hoja de ruta quedó definida: comunión gremial, activismo parlamentario y, de confirmarse la tendencia antiobrera del gobierno de los ceos, la lucha recrudecerá. Pablo Micheli y Hugo Yasky no salieron del libreto acordado, aunque dejaron caer la posibilidad de un próximo paro nacional. Caló fue por lejos lo más pobre de la jornada y un índice de la pauperización que afecta a la dirigencia sindical. La síntesis a cargo de Moyano permitió calibrar el tono conceptual de la manifestación: un multitudinario rezongo que sintoniza ampliamente con el incipiente malhumor popular pero no tiene asegurada una proyección política promisoria.

Quienes insinúan que ha comenzado el repliegue “del Hugo” enfatizan el dilema irresuelto del sindicalismo argentino, al menos desde que la “renovación peronista” relegó de las mesas de conducción al movimiento obrero, con el fin de instalar en el centro de la escena a los dirigentes territoriales y mediáticos. Anclados a una imagen del trabajo que pende del siglo veinte y se niega registrar la enorme masa de informalidad laboral, fuertemente expresados el 29A por la columna de la CTEP, el gremialismo no logra ir mas allá de un corporativismo pujante, que le sobra para mantenerse como actor de reparto. Algunas frases del discurso del caudillo camionero pueden leerse como un amargo reconocimiento. “No queremos decidir, no queremos mandar, apenas queremos que nos escuchen”. O bien, “no queremos unirnos para hacer política; yo para eso no estoy”. Enunciados que suponen, además, un rebaje de varios cambios respecto del formidable desafío que el propio Moyano le lanzó a Cristina Kirchner en 2010, cuando clamó por un presidente obrero.

Terminado el acto los parlantes amplificaron la marchita para emprender la retirada. “La cantaron sólo los delegados”, me dijo una antigua militante del PI que entrecerraba los ojos de placer. Pero la mayoría no se sabía la letra. Al final sonaron los Redondos... los ojos ciegos bien abiertos. Una que sabemos todos.

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