dónde está el sujeto / patrones ocultos / ladrilleros a la vista
astilla del mismo palo
La Confederación General del Trabajo se retuerce y debate: ir a la huelga o apostar por la gobernabilidad, mantener el status quo o asumir las nuevas realidades de los laburantes, seguir en la prehistoria o hacer Historia. La discusión se da en todos los niveles. En las plazas, en los edificios sindicales y, sobre todo, en los lugares de trabajo. Crónica desde las profundidades del conurbano bonaerense, sobre los ladrilleros que están fabricando un nuevo sindicalismo multiforme.
22 de Agosto de 2017

La Unión Obrera Ladrillera de la República Argentina (UOLRA) es un sindicato en reinvención. Su dinámica expansiva actúa religando la heterogeneidad: trabajadores con patrón y sin patrón, de grandes fábricas y de cachimbos, con salario y sin salario, mensualizados y a destajo, laburantes con patrón oculto, trabajadores ‘con papeles y sin papeles’, obreros organizados en pequeñas cooperativas. Su secretario general, Luis Cáceres, tiene una larga militancia política, integra el Movimiento Evita, y se propuso fusionar sindicato y territorio, para instalarse justo en la Confederación General del Trabajo (CGT).

Cuando el ex ministro de Trabajo, Carlos Tomada, dispuso a fines de diciembre de 2012 la intervención del gremio —que acumulaba un homicidio adjudicado a la interna sindical—, Cáceres resultó un candidato con credenciales para asumir como delegado normalizador. Durante nuestro intercambio menciona una: no soy ladrillero pero soy morocho. ‘Morocho de verdad’, dice un delegado, como si algo los uniera.

Luis nació en el Hospital Eva Perón del partido bonaerense de San Martín, y vivió con su familia en una villa hasta los doce años. Tuvo suerte porque el padre cayó del lado del ejército industrial de reserva, sorteando la masa marginal que entonces conceptualizaba José Nun, y aquel destino fue sólo transitorio. “En las villas de aquellos tiempos no había comedores, las organizaciones libres del pueblo eran otras: sociedades de fomento, cooperadoras y clubes”, cuenta Cáceres. El territorio reconfigurado por el plato de comida llegó despúes. La espesura histórica de las vidas asimiladas actualiza las raíces de un nuevo movimiento obrero organizado.

Juan Carlos Schmid fue el triunviro que ofició como cómplice de la UOLRA. Otros dirigentes de la CGT también aportan al experimento de metamorfosis sindical de los ladrilleros, como el actual Secretario de Interior, el “Barba” Gutiérrez.

Una máxima del pensamiento ladrillero: poner los pies en el plato sindical. Actualmente tienen 28 delegaciones en el país y presencia en 17 provincias. Con poco más de un diez por ciento de trabajadores registrados, el resto —un resto del noventa por ciento— transita entre la economía informal con patrón oculto y lo que en los barrios cada vez más se nombra como “economía popular”. Por eso a principios de 2016, la UOLRA modificó su estatuto para abarcar a trabajadores registrados, trabajadores informales y trabajadores de la economía popular. De la parte al todo.

Los ladrilleros están inventando un sindicalismo en la juntura. Adolfo Gilly, retomando a Gramsci, definió el lugar de la juntura de este modo: “allí donde duele, donde arde, donde está más viva y menos cristalizada la relación, donde la actividad humana se manifiesta y se rebela dentro de una hegemonía que, para seguir siendo tal, se ve obligada a cambiar”.

La astilla está abriendo compuertas de la histórica Confederación. En 18 regionales se han creado, por decisión del Consejo Directivo de la CGT, Secretarías de la Economía Popular a cargo de dirigentes de la plaga UOLRA: Paraná, Gualeguay, Gualeguaychú, Concepción del Uruguay en Entre Ríos. En Córdoba, Tucumán, Obligado (Santa Fe), Santiago del Estero. En Lomas de Zamora, Moreno, Morón, La Matanza, en la regional que abarca Quilmes, Florencio Varela y Berazategui, en Pilar, en la regional de Zárate y Campana. Azopardo aún resiste.

Paso seguido, los dirigentes de la UOLRA impulsan la recuperación de una figura en desuso: el delegado fraternal. Y la disemina por todas las secretarías. La construcción común entre ladrilleros y la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) expande los márgenes del movimiento obrero de la Argentina, haciendo juntura donde había frontera.

asamblea en fabrilandia

Una jornada de las que se graban como en tiempo real. Nos encontramos en una YPF de Florencio Varela con el Japo, Santos, Pelé y Armando (que no es Maradona pero…). Nuestro primer destino: Frabriland. Aurelio, el dueño, es un lumpenburgués de Varela.

Nos recibe un cartel con garita y barrera: “ATENCIÓN: ESTABLECIMIENTO PRIVADO. ÁREA RESTRINGIDA. PROHIBIDA LA ENTRADA. TODA PERSONA SIN PREVIA AUTORIZACIÓN ESCRITA SERÁ CONSIDERADO INVASOR A LA PROPIEDAD”. “Es que manejan mucho efectivo, el año pasado entraron y les llevaron seiscientos mil pesos” —explica el Japo— y agrega sobre Aurelio: “aprendió a respetar al sindicato, construimos un vínculo que nos asegura la representación gremial adentro de la fábrica y la aplicación efectiva del convenio”. Tener con quién negociar es un lujo en medio de patrones ocultos en lugares de trabajo imposibles.

Con la camioneta del sindicato pasamos sin más. Una interminable gradación de grises enlentece la escena: el pisadero, carretillas, palas, los moldes de cortadores, la cuidadosa geometría de ladrillos secándose sobre el piso, las montañas con apilados ya secos. Para los ladrilleros cada tonalidad tiene un significado: el nivel de humedad, el tipo de mezcla, la fusión lograda. La ropa de los laburantes aporta los colores de la escena. Sin vestimentas de trabajo, sus atuendos quiebran la monotonía, salpicados de pies a cabeza. La camiseta de un bostero, algunas gorras del sindicato naranja chillón, pero lo que predomina son los chullos, gorros tejidos con orejeras característicos del altiplano andino. La raíz que no resignan.

Una veintena suspende la producción y se va congregando. Al principio se mantienen laterales, sin vencer la desconfianza. Miran el piso, se esquivan. Tras media hora de discusión se dibuja el círculo. Hay que elegir un nuevo delegado del sector de cortadores. Vicente está enfermo. Enferma agacharse miles de veces al día, cargar el barro en el pisadero, transportar las carretillas, el cortado, el apilado y la tapada que hace que la jornada no termine. Está fresco y hasta hace unos minutos las manos trabajaban con el molde y cortaban, al desnudo, el barro gris.

“El compañero está enfermo por eso no puede seguir, tenemos que reemplazarlo”, dice Japo. Las miradas de muchos jóvenes se elevan hasta Vicente, que parece un hombre mayor: su delgadez, la piel ajada, postura encorvada y manos curtidas. Vicente podría traerles el futuro, como canta el Indio. ¿Tendrá Vicente una casa de ladrillos en la cual curarse? ¿De qué vivirá Vicente si no puede volver a trabajar como ladrillero? ¿Qué será de todos? El sindicato trabaja intensamente en una Ley de Jubilación Anticipada. Si estuvieran acá comprenderían todo, porque Vicente tiene cuarenta años.

El momento histórico no ayuda. Luis Cáceres lo dice en un discurso: “hasta ahora los trabajadores, después de las primaveras, siempre volvimos al invierno”. En este invierno lo que están pergeñando con su ideología de la productividad son proyectos para incrementar el rendimiento, prolongar el tiempo de la vida que se destina a trabajar, limitar los montos de indemnización por despido, la posibilidad de resarcimiento de los obreros y también la de defenderse a través de la protesta. La iniciativa política del nuevo gobierno se inspira en tres atributos que son imputados a los trabajadores: vagos, sospechosos y ‘piqueteros’.

Cuentan que esta es la fábrica de ladrillos más grande del país. Más tarde hacemos un recorrido por media docena de pequeños hornos diseminados en los campos de Varela y zonas adyacentes. Entonces Frabrilandia me resulta un gigante.

El Japo tiene como un radar con los hornos clandestinos. La destreza nueva de un dirigente representativo: encontrar los trabajadores escondidos. El patrón Aurelio, un bicho demasiado grande para no ser visto, había intentado esconderlos un día de junio de 2012 cuando la AFIP realizó allí un operativo. Desde entonces Aurelio Andrada tiene una causa penal por trata de personas. Fueron hallados 138 trabajadores en los alrededores del predio, 6 de ellos niños. Cumplían jornadas de 16 horas y pagaban dinero extra para mantener el servicio de energía eléctrica.

Los cortadores son en los hornos el eslabón estratégico porque —me lo cuentan varios— les ganan en pericia y en velocidad a las máquinas. ¡Es como estar blindado frente a los avances tecnológicos! (que ellos saben bien: ni te acortan la jornada de trabajo, ni la vuelven más cómoda, sólo te mandan al infierno). De todas formas el optimismo no se sostiene. Por eso resulta más atinado denunciar la compulsión empresaria para esquilmar trabajadores a destajo.

quién te ha visto y quién te ve

Para concretar la asamblea suspenden casi dos horas la jornada: tiempo sindical en detrimento de sus bolsillos. “No pasa siempre”, aclara Santos. Los trabajadores rompen el hielo con un reclamo a los dirigentes sindicales de la regional. También están presentes Beto Vicenzi y Ana Lemos de la Comisión Directiva de UOLRA nacional. Con ellos compartimos viaje desde Almagro, con extravío incluido por calles de tierra y carcazas de autos quemados, hasta dar finalmente con el punto de encuentro.

“Llamamos hace más de 15 días para que venga el sindicato y no vinieron”. Armando interviene primero: “La realidad de los ladrilleros en otros hornos es muy brava. No podemos venir todo el tiempo.” El Japo hace sede en otra idea: “el sindicato está acá todos los días, porque tienen dos delegados. Esta fábrica está organizada”. El Japo se llama Hugo Romero y es Delegado de la Región de La Plata, Brandsen, Ministro Rivadavia y Florencio Varela.

Los cortadores quieren hablar de la paritaria, saber bien qué pasó en la última negociación colectiva. Comencé a observar la escena con solemnidad, sintiéndome testigo de un momento extraordinario. En mis primeras investigaciones de campo en establecimientos de grandes cadenas de supermercados, a fines del año dos mil, “negociación colectiva” o “paritaria” eran palabras irreconocibles. En La sociedad del desprecio, Axel Honneth describe diversos procedimientos de exclusión, uno de ellos la “desverbalización”. La historia del robo de la lengua obrera.

Armando López tiene unos treinta años. Llegó desde Bolivia con su familia en el 2006. Trabajó en hornos en Mendoza, Bahía Blanca y Buenos Aires. Desde agosto de 2015 se desempeña como Secretario de Capacitación en Seguridad e Higiene del gremio a nivel nacional. Su bautismo sindical fue como delegado de un horno mediano cercano a Fabrilandia. En ‘su’ horno, la Universidad Arturo Jauretche filmó Ladrilleros. Armando apareció en la pantalla grande cuando el pasado doce de julio el documental fue proyectado en la Sala Felipe Vallese de la CGT. Dice: “tengo miedo de mí mismo, porque uno siempre se pregunta: mirá este dirigente que pintaba tan lindo y en qué se transformó. Mi peor miedo es convertirme en una cosa así y defraudar a los compañeros, que un día me apunten y digan ‘mirá, éste nos cagó’. Luego agrega: “lo que yo sí tengo bien claro es que este sindicato sea para los trabajadores, es lo que siempre voy a defender. Es un juramento que yo tomé.”

Ni bien el primer cortador menciona la palabra “paritaria”, Armando abre el bolso y extrae una hoja que lleva los logos de UOLRA y CGT. Allí figura la nueva grilla salarial. Lo que se obtuvo es una suba del veinte por ciento, en dos partes. La escena da un vuelco. Armando entrega la hoja a uno de los cortadores que está parado sobre un pequeño muro desde donde lidera las quejas. Se acercan varios, inspeccionan la información, comentan entre ellos. Realizan preguntas puntuales y precisas. Saben de qué se trata. Armando explica el detalle.

“No queremos tener delegado”, dirán más de una vez con firmeza. El Japo, Armando, Santos y Ana argumentan de todas las formas posibles: el delegado es el sindicato en la fábrica y la fábrica en el sindicato. La doble garantía: poder y transformación. Santos repasa la historia reciente para ponerle carne viva a sus recomendaciones: muestra la línea de acumulación, tenue pero direccionada, conseguida a fuerza de organización. ¿Ustedes se acuerdan cómo estábamos antes? Y ejemplifica.

Un trabajador responde y hace la diferencia: “acá no se trata sólo de quién se postula como delegado, el tema es si todos nos comprometemos y el día que el delegado va a reunirse al sindicato somos capaces de asegurarle el apilado para que no se termine perjudicando y cobre menos”. En el sistema a destajo no hay excepciones, todo corre por cuenta del trabajador: enfermedades, condiciones climáticas, actividad sindical.

Se postulan cuatro compañeros. Por fin el ambiente se distiende. Se miran, se cargan y ríen. Santos anota los nombres en fila en una hoja en blanco, que gira en círculo de mano en mano. Se apuntan los votos. Aplausos prolongados para los delegados: el saliente y el entrante.

cuerpo a cuerpo

Kilómetros de camino de tierra que no podían desembocar más que en la nada. Sin embargo, más allá de las ramas que angostan el camino, se adivinan los apilados y alguna pequeña construcción precaria. “Ojalá tengan un baño”, dice uno de los dirigentes antes de bajar de la vieja camioneta percudida que lleva una inmensa inscripción en el capó: “Ladrilleros”. También el logo de la CGT en su puerta derecha.

La camioneta en las profundidades de zonas cercanas a Varela delata la brutal dificultad de la forma política de organización de los trabajadores. ¿Cómo se hace sindicato con un patrón oculto? ¿Buscándolo? Si lo encuentran: ¿qué ocurre? Ninguna adrenalina, más bien una certeza: el propietario de la tierra “los raja a todos”, al arrendatario y a los trabajadores. Los laburantes de estos pequeños hornos vienen mayormente de Bolivia para trabajar durante “la temporada”. El trabajo se vuelve estacional porque es ‘sin techo’. Durante las épocas de lluvias se suspende para evitar que se arruine la producción. También es sin baño. “No hay nada”, resume Armando: “el que lo hace no piensa invertir en el campo. El campo no es suyo. En un campo así lo único que hay son las pilas y el horno. No hay techo para cambiarse, no hay agua, no hay nada”.

El patrón se borra cada vez que la actividad disminuye su rentabilidad o implica algún riesgo. “El truco consiste en no dejar que nada se te pegue”, dice Richard Sennett para caracterizar la lógica de estafa del capitalismo actual. El patrón alquila la tierra a cambio de un porcentaje de la producción. El porcentaje varía pero en algunos casos llega al cincuenta o sesenta por ciento de lo producido. Extranjeros y sin papeles, la ecuación más beneficiosa para el poseedor de tierras. El patrón que manda a esconder a los trabajadores en el monte y el patrón que se oculta cada vez que la torta se achica. Una disyuntiva abrumadora.

Desde hace unos meses la actividad que les da de comer se fue desplomando. E indefectiblamente surge la añoranza por el anterior ciclo político. “Con Néstor y Cristina se sacaban los ladrillos calientes, las hornallas se abrían calientes”, dice José Ortega, hijo y nieto de ladrilleros. También cuenta que Tomada visitó el sindicato. Y del acto en la Casa Rosada para la firma de un programa de apoyo al trabajo ladrillero. Como medallas, las fotos de aquel acto se exponen en la sede nacional del sindicato.

“Vos tenés que hablar con Ortega”, veredicto unánime de cada trabajador con quien conversé. Nació en Argentina, vivió dentro de un horno hasta los siete años y desde siempre trabaja como ladrillero. Pero es maquinista. Durante mucho tiempo ganó casi el doble que su padre. Nos cuenta sobre la huelga de 1947 y también la de fines de 1989. Esa la vivió en carne propia y pasó las fiestas más tristes que recuerde. Con 35 años de antigüedad en el oficio, votó en su horno el 21 de mayo de 2015 cuando fueron convocadas elecciones para definir autoridades sindicales y dar por concluida la intervención. Ortega había depuesto en alguna generación futura el protagonismo de la historia —“ellos tal vez lo vean, yo no” —, pero ahora vuelve sobre sí mismo: “pude ver un horno votando”. Desde entonces es el tesorero de la UOLRA.

Ortega habla pausado, se sabe oído, tiene un registro meticuloso de las situaciones y de las personas. Cada tanto destaca con módica sorna un rasgo atípico: recorta el objeto extraño a la escena. Se remonta a 2012 cuando habían nombrado un nuevo interventor sindical. Como en ese momento era delegado de un horno en Cañuelas, decidió acercarse hasta el Sindicato en Ciudadela: “toco timbre, me atienden unas compañeras que me dicen: ‘Ahora baja el secretario, porque el interventor (se refieren a Luis Cáceres) está de viaje’. ‘Somos los nuevos’, me dice el que baja. Vengo porque quería saber cómo va a quedar la situación, los compañeros del horno están preguntando si quedamos a la deriva otra vez. ‘Esto va seguir como tiene que ser’, me dijo y se agendó llamarme para una reunión con Cáceres. Yo me volví mal, llegué al horno y conté: ‘que se yo lo que pasa allá en el sindicato. Encontré dos mujeres, bajó un hombre barbudo de musculosa, con short y sandalias y dice que nos van a llamar”. Me río a carcajadas y Ortega me aclara: “es que los del sindicato siempre andaban de traje”. El mestizaje entre movimientos obreros se había iniciado.

Ahora Japo, Armando, Pelé y Santos, caminan hasta los apilados. Hay algunos cortadores, pocos, porque la actividad está parada. El trabajo del ladrillero se complementa con la actividad en quintas hortícolas o en talleres de costura. “Lo malo es que la actividad textil también disminuyó mucho”, dice Pelé. “Ha disminuido la llegada de los trabajadores ‘golondrina’. Por el parate que vive la actividad y porque la atmósfera se cargó de racismo”.

La escena es muy similar en cada pequeño horno: algo tensa. Los dirigentes sindicales se acercan, conversan con los trabajadores. El arrendatario corta o apila como el resto. Llenar los carretones, puntear la tierra seca, cargar el pisadero. Pisadero es el lugar donde se hace la mezcla del barro para el ladrillo. Se hacía con los pies, de ahí su nombre. También con caballos, yeguarizo llamaban al trabajador que manejaba los caballos para hacer la mezcla en el pisadero. Ortega cuenta que los yeguarizos andaban calzados y no fue fácil reemplazarlos por máquinas. La mezcla en el pisadero está mayormente mecanizada con tractores. Pero en los pequeños hornos, a veces llamados cachimbos, el cuerpo vuelve a ser a la vez creador e instrumento de trabajo. El tipo de tierra que se elige, los materiales que se usan para ligar, los saberes que intervienen en la preparación del ladrillo. En muchos de los hornos que recorrimos se utiliza material de descarte de cuero de curtiembre, una suerte de viruta blancuzca, que tiene cromo y por eso debe almacenarse en lugares cerrados. Produce también un olor desagradable. Pero como en estos hornos no hay nada, el descarte de las curtiembres contamina libremente la tierra y los trabajadores.

El cinismo neoliberal celebra: “La opción de los informales —la de los pobres— no es el refuerzo y magnificación del Estado sino su radical recorte y disminución. No es el colectivismo planificado y regimentado sino devolver al individuo la responsabilidad de dirigir la batalla contra el atraso y la pobreza. ¿Quién lo hubiera dicho? Esos humildes desamparados (…) para quien escucha el mensaje de sus actos concretos, no hablan de aquello que predican en su nombre tantos ideólogos tercermundistas —la revolución, la estatización, el socialismo— sino de democracia genuina y auténtica libertad”, dice Vargas Llosa en el prólogo al libro El otro Sendero.

Los ladrilleros pechean, en tiempos de más actividad buscan que los trabajadores de los patrones ocultos ganen por encima de lo que establece el convenio. Que la ilegalidad cree una ínfima diferencia a favor en el reino de la adversidad. Se han propuesto una tozudez: estar, estar ahí. La práctica gremial, además de engrosar el sindicalismo como herramienta de lucha, recompone una acción sindical de conjunto: exigiendo la adjudicación de tierras fiscales donde funciona una parte de los pequeños hornos, proponiendo parques ladrilleros, visibilizando trabajadores a través del monotributo social agropecuario y el salario social complementario, garantizando el compre estatal de las producciones de ladrillos de la economía popular, multiplicando las cooperativas, capitalizando las unidades productivas con camiones que unifiquen la producción y permitan una negociación menos desventajosa con los corralones, dotando a las cooperativas con maquinaria; imaginando el  acceso a la vivienda para millones de compañeras y compañeros que pertenecen a este otro movimiento obrero.

Si la juntura predomina como acción política de cada sindicato, la muchedumbre más heteróclita que la imaginación puede concebir volverá a hacer Historia en la prehistórica Confederación General del Trabajo.

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