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el rocker contra la gilada
En octubre de 1988 apareció el #65 de la revista Crisis. El rock nacional vivía su más intenso auge y una banda se destacaba en el circuito under: los Redonditos de Ricota. Su líder, el Indio Solari, explica cómo pensaban mantenerse a salvo de las grandes estructuras del sistema, como los medios de comunicación y las trasnacionales del entretenimiento. ¿Volver al futuro?
22 de Julio de 2020

Cientos de adolescentes y unas cuantas decenas de policías se disputan los límites del escenario en cada recital de Los Redonditos de Ricota. Un poco más atrás, los treintañeros comparten el apretujamiento, los saltos, los estribillos y todo el entusiasmo rockero. Inconformismo, consignas políticas, gritos reivindicando al vino y a las drogas se mezclan y destilan al conjunto del ritmo, la escenografía y las canciones alucinantes de Los Redonditos. Desde hace unos años, este grupo rockero liderado por el Indio Solari consigue que sus temas identifiquen a un amplio sector de la juventud que oscila entre el sentir punk y la concientización política. Pero también, las presentaciones de Los Redonditos en las cárceles y los actos por los derechos humanos, ligan al grupo con una trayectoria artística que va más allá de posturas rebeldes.

Al Indio Solari le resultan imprescindibles las incógnitas, tanto como a Los Redonditos de Ricota. Casi una especie de esfinge verborrágica o de medusa rapada, el Indio podría oscilar entre el conformismo, el posmodernismo, otros ismos y otros pos, a no ser por su empecinamiento al delirio, a las profecías desacralizadas en esta era de la cultura de imágenes. No recuerda o prefiere no recordar, el tiempo que con otros amigos -Skay Bellinson, Tito D'Aviro, Willy Crook, Piojo Abalos y Semilla Bucciarelli - se sumergieron en el underground para descantar cantando un "Baión para el ojo idiota", "Escándalo en el Puti Club" o "Vencedores vencidos". Los Redonditos de Ricota, dice, existen hace diez o doce años y lo que importa es lo que sucede allí, en el escenario, con el público. Todo lo demás es invento o traición. Porque cuando uno es un rocker desde siempre, como él, no se tienen dudas y puede o no gustar a la gente, pero eso son diez mangos aparte. Uno, un rocker, es un tipo que ha probado, azarosamente, muchos grados de humillación, asegura.

"Sólo que sospecha que la cosa no es así -recalca que la condición humana debe ser asumida entre todos pese a que los medios de comunicación de masas se empeñen en reemplazar la solidaridad, los límites del individuo". Y aunque más no sea por esta única o última fidelidad, las canciones del Indio, alias Patricio Rey, mantienen la frescura suficiente como para abarcar el seguimiento de dos generaciones. Pese a la clandestinidad con la que tuvieron que moverse durante la dictadura y al inocente absurdo que hoy abarque la cuadratura de Los Redonditos.

 

Los temas de ustedes apelan generalmente al absurdo. Resulta interesante eso en vos, Indio, que pasaste hace un tiempo los 25 años y viviste experiencias muy duras, como el resto de nuestra generación.

-Creo que nuestras canciones son crónicas de una época en forma de visiones, pero que se proyectan un poco para adelante. Por ahí tienen, a veces, algo de ciencia ficción. Hablan de cosas que quizá se resuelvan ahora, o han sido resueltas en el último cuarto de siglo y se mezclan con palabras estereotipadas para describir el día de mañana. Mis relatos son eso: visiones de un tipo que describe una visión, con mucho del cómic, con un lenguaje fracturado que se da por acumulación. O sea por la pintura de un mundo de visiones en la que la primera frase no tiene conexión con la segunda y recién en el remate aparece una unidad, en el caso que se descubra. Seguramente un tipo que tenga mi edad y haya vivido dentro de la cultura rock, pueda leerla con mayor facilidad, por el código común de aquella época. Ese tipo recuerda términos dentro de una connotación determinada, y a lo mejor llega a leer linealmente la letra, no como un chico que escucha "está muy shangai" y que no sabe muy bien qué significa. Un adjetivo de la cultura rock que se usaba mucho en Brasil hace unos años, y que significaba "turbio, sucio, trabado". Cuando había mucho lío, mucha vagunza, se decía "está moito shangai" y la expresión pasó a la poética. Pero lo que yo encuentro de maravilloso es que los chicos que no pueden unir con comodidad una visión, igual participan, se sienten vinculados y la cantan de tal manera que entonces debe haber en su resonancia estrictamente musical, una carga muy especial que trasciende el significado.

¿Eso pasa con todas las canciones?

-Bueno, con algunas. Uno viene haciendo una canción que le gusta primero, después la canta a los amigos y también les gusta. Un buen día se sube a un escenario y la larga. Y entonces lo que sucede escapa a cualquier explicación. El porqué algunas gustan y otras no, algunas son aceptadas y otras se quedan, es una incógnita. Uno busca pistas para desentrañarla, pero no encuentra nada concreto.

Tampoco a vos te interesa dar pistas...

-No, es que no se las puede dar. Las canciones nuestras tienen mucha fuerza, de eso estoy seguro. Pero de nada más y guarda, porque no le tengo miedo a la intelectualización que hoy en día está muy desprestigiada. Yo prefiero un intelectual a un especialista. Prefiero a alguien que se aboque a una visión global y no se aparte del resto de la vida, y no esa cosa parcializada de los entendidos. Me parece que las canciones en sí tienen un poder que se descapitaliza, se arruina cuando se las explica. Tienen un poder que es el enigma, el misterio, que se relaciona con todos aquellos que se sienten vehiculizados a través de ella. Creo que eso también le ocurre a un personaje público. Llega un momento en que ya no importa si uno realmente es lo fuerte que parece, lo honesto que parece. Está ahí arriba y hay un montón de gente que proyecta en él sus necesidades. Lo menos que tiene que hacer él, entonces, es apropiarse de esa personalidad pública. Que la gente haga lo que quiera con esa imagen. Decir que se es peronista, o radical, que se es trolo, no agrega nada sino que se atomice esa visión que fue creciendo sin que se sepa bien por qué. Y con las canciones pasa lo mismo.

En la Argentina el rock nacional ya se instaló, un fenómeno que no sucede en otros países latinoamericanos, al menos con tanta fuerza y constancia. Vos, que hace tiempo que estás en el rock, ¿cómo lo explicás?

-Lo que nos separa del resto de América Latina es que el nuestro es un país de gringos. El porcentaje de criollos que pueda quedar es mínimo. Somos un montón de tipos que desconocemos, inclusive, las raíces terapéuticas de la canción nativa. En el resto de América Latina ha sucedido lo contrario y por eso se desarrollo la canción folklórica con matices y variantes.

Pero me parece que el fenómeno del rock no pasa por el componente racial, exclusivamente.

-Sí, porque fijate que el rock es una música urbana, de un lugar donde hay negros, blancos pobretes, una problemática de la ciudad cosmopolita necesariamente, sin ninguna raíz. Lo que ha pasado acá, la falta de raíces, el exilio vuelca a los chicos al rock más que en ningún otro país latinoamericano. Claro que el mercado necesitó exportar productos y entraron grupos con una estética mercantilista que poco tiene que ver con los rockers. Lo que pega en el mercado latinoamericano es una estética bastante posmoderna, pituca, todo lo contrario a lo que pasa en las usinas rockeras. En Europa y los Estados Unidos volvió el rock de guitarra, el rock auténtico. Allí el mercado no mete la uña. Es más, en la Argentina, mucho antes que en España, se impuso un rock definido y con características propias.

 

no nos tragamos la manzana

Pero el rock en la Argentina conforma desde 1978 un fenómeno inusual, primero moviéndose clandestinamente y después con la intromisión de las trasnacionales. En el '78 volvió como se inició, underground, y eso merece un análisis.

-El rock fue boom aquí después del '82: antes nadie invertía un carajo en esto. A ninguno de los popes del rock se le pasaba por la cabeza que podía jubilarse haciéndolo. Y el gobierno, después de Malvinas, le da la oportunidad y muchos mordieron la manzanita. Y ahí los tenemos a muchos dentro de las grandes estructuras: en la televisión, las FM y todo lo demás.

¿Cómo hicieron ustedes para quedar a salvo de eso?

-Bueno, lo que pasa es que cuando uno es rocker no tiene dudas.

¿Y qué es ser rocker en 1988?

-Es muchas cosas, pero por sobre todo un militante artístico, producto de estas tres últimas generaciones, contando de los finales del cuarenta hasta ahora. Por ahí, un rocker es un tipo que tiene una actitud social contestataria en todo momento y es carente de la inocencia de otros grupos que eligieron otro tipo de vida. También, con un cúmulo de información para saber que si había una revolución, algún cambio, no iba a ser de multitudes bajando a la Casa Blanca o al Kremlin, sino quizás una serie de desafíos revolucionarios que abarcaban a muchos segmentos de la sociedad y a partir de ese concepto se metía en la cultura, en todos lados para decir lo suyo, y no pelear contra un monstruo terrible y poderoso, con armamentos y leyes a su favor. Tengo amigos queridos muertos, de los que me separé tempranamente por esa diferencia en nuestro grado de inocencia. El rockero es un tipo que ha recibido la cultura rocker, lo que le dijeron los "avivagiles": los William Burroughs, los Norman Mailer y otros tipos con acceso a las intimidades del poder que luego desenmascararon. Creo que lo que ha hecho un rocker toda su vida es desenmascarar, con mayor o menor medida, con más artificio o más realidad. Aun las canciones que se vehiculizan a través del mercado, tienden a desenmascarar, pese a que estén apretadas por la superestructura.

¿Desenmascarar aunque te inclinés por los enigmas?

-Claro, y no es contradictorio. Uno de los objetivos de la cultura rocker es, precisamente, propalar la riqueza de difusión del poder. A partir de cuando vos desenmascarás estás contribuyendo, en alguna dosis, a la difusión del poder. De alguna manera el poder se afirma en cuanto puede, en cuanto hay "top secret", en cuanto privado y público son palabras que parecen antitéticas sin serlo. Y el "top secret" que puede privilegiarse es el que puede tener un funcionario del sistema. Cuando vos lo desnudás, lo desenmascarás, estás contribuyendo a que él no tenga más poder por el secreto que atesora, sea secreto de Estado o lo que fuera. Un rocker es un tipo que como buenamente pueda, a los ponchazos y con toda su ignorancia, pone en la boca del trombón todas aquellas cosas fraudulentas de las que se entera, y las cuenta.

Aunque el término rocker se haya desprestigiado bastante.

-Y bueno, la cultura rocker se aplicó en distintas cosas, desde la ecología a lo que carajo fuere, en cada uno de los momentos. Pero el rocker es un tipo menos inocente, al que le toca resolver una etapa de esa secuencia de desafío revolucionario surgido en un lugar urbano, diferente de lo que se da en Nicaragua donde lo que se tuvo que agarrar fue la matraca. Quizás acá sea más útil tratar de decirle a tres generaciones de pibes ¡buena suerte, qué suerte, dale, dale, dale carajo! Quizás es más útil eso a la larga, sobre todo porque creo que es logro de la cultura rock. Durante mucho tiempo pensamos que nuestras largas batallas las habíamos perdido, pero nos dimos cuenta que estuvimos contaminando al sistema. Aun a aquellos que están privilegiados por sus funciones dentro del sistema. La gente creía que podía cargar nafta eternamente, creía en todo esto. Lo fácil hubiera sido que los desposeídos dejaran de creer.

 

¿quién confía en un rocker?

De cualquier manera, a lo largo de la cultura rock sucedieron revoluciones.

-De las revoluciones que hablamos son las que no podemos capitalizar ni vos ni yo ni nadie. Hablamos de todo lo que sucede en un superorganismo. Yo soy antimilitarista y no me gusta la televisión. Pero la cosa no depende de mí. Formo parte de un superorganismo donde de pronto mandan a un hombre a la Luna, forman un ejército, lo que sea. Cuando hablamos de cultura, hablamos de un fenómeno tan grande que las voluntades personales están inscriptas en él; pero dentro de ese fenómeno se abarca una postura como la mía y la de un tipo que está combatiendo. Lo que va a provocar la novedad dentro de ese fenómeno son precisamente los antagonismos. Creo que en mayor o menor medida, hasta los canallas propician una nueva cultura, y quizá más que nadie porque hacen las cosas más absurdas como, por ejemplo, una cárcel robotizada en los Estados Unidos. Si uno lee la noticia por encima, parece como que no sucede nada. Pero, ¿se puede medir el dolor a que está sujeta una persona en la cárcel? En cuanto el preso está detenido o torturado por alguien, en esa última etapa de soledad hay otro ser: un socio vincular que no lo deja solo aunque sea el ser más parecido o próximo a la muerte. Imaginate una cárcel donde te dé la comida un trapezoide de 60 centímetros que viene por un riel, al que no te podés quejar, insultar, escupir. Estás pasando la vida en absoluta soledad. Ya no hay nadie que participe de ese castigo social, te han llevado a un limbo mecánico. Ahora, la NASA hace piruetas para poner en órbita una mercadería que quince años atrás era rutina. Entonces ¿qué pasa? Por un lado está la testarudez de los rockers, pero por el otro el producto de todos. El que ya nadie quiera esto, no es producto de John Lennon solamente. El sistema no ha podido meter un premio que sobrepase la carga de los "avivagiles". Ya no está capacitado para crear un grado de expectación que sobrenade este sistema de vida. Y eso ahora no depende de uno, sino de todos los tipos que están en el poder, un poder que no cierra cuentas por ningún lado. Mirá sino la inflación, que no es otra cosa que el producto de las variables que quedaron fuera del sistema.

Pero el rockero muchas veces se encerró en un individualismo tenaz.

-Un rockero es un tipo también de poco fiar, es un pobre tipo que ha estado sujeto a una vida y que se ha ido meciendo en ella en la forma que pudo. Y no porque la tenga muy clara ni porque sepa muy bien cuando lo van a hacer boleta.

Esperemos que eso no suceda nunca más.

-Mira, para preocuparme de eso tendría que ser más joven, bastante más joven. Yo ya cobré al contado todo el tiempo. A mí no me debe nada la vida, momentáneamente. Si no me pasó nada hasta los 40 años, de aquí en más ya me es todo gratis. Creo que un rocker es un tipo que se cree genéticamente preparado para vivir 45 años. Ahora, esta llamada cultura nos ha dado una sobrevida que se equipara con la decrepitud, y que a mí me revienta las pelotas.

¿Todo esto querés dar en las canciones?

-Si existiera un mensaje, sí. A lo mejor sería: no se trata de que no te voy a cagar, se trata de que te voy a cagar también, sólo que a mí me va a doler desde lo más profundo del corazón. En los años sesenta, cuando hubo gente que se atomizó porque creía que podía tomar el poder, eso parecía poquísimo. Hemos aceptado que eso transcurre en otro juego diferente al rock. Aquí mismo las revistas dan cuenta de que el género está en el hit del mercado discográfico. Las revistas dan bamboya con todo esto, pero es una minoría. Los fenómenos culturales que se dan en todo un organismo no dependen de la testarudez de un grupo de gente en un determinado momento, sino de una cosa que está pasando por encima de todos ellos.

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