vietnam y la estrategia del bambú

La importancia histórica de Vietnam es inversamente proporcional al conocimiento que tenemos sobre su actualidad. El interés simbólico que despierta no se condice con la distancia geográfica que nos separa. A partir de un hecho político significativo acontecido hace un mes en Hanoi, el autor de este artículo enlaza aquel glorioso pasado con su dinámico presente, describe su singular arquitectura política y nos entrega una valiosa reflexión sobre el poder en la escena contemporánea.

El 7 de abril de 2026 la Asamblea Nacional de Vietnam eligió por unanimidad a Tô Lâm como Presidente del Estado para el período 2026-2031. El hecho podría parecer apenas una formalidad dentro de un sistema de partido único. Pero no lo es. Tô ya era, desde 2024, Secretario General del Partido Comunista de Vietnam, el cargo más importante del sistema político vietnamita. La novedad es que ahora su figura reúne la jefatura del Partido y la jefatura formal del Estado.

Tô Lâm no viene de la tradición económica ni de la diplomacia partidaria clásica. Es un general formado en el aparato de seguridad, exministro de Seguridad Pública, figura central de la ofensiva anticorrupción y de la reorganización administrativa del Estado. Su ascenso no expresa solamente una carrera personal. La pregunta que nos haremos en este artículo es si estamos ante la mutación del sistema de dirección colegiada vietnamita. Un régimen singular, históricamente apoyado en el equilibrio entre Partido, Estado, Asamblea, Frente Popular, Ejército, provincias y organizaciones sociales.

el mito y el método

Desde la reunificación que tuvo lugar hace 50 años, este país ubicado en el sudeste asiático organizó la conducción política alrededor de varios pilares: el Secretario General del Partido, el Presidente del Estado, el Primer Ministro y el Presidente de la Asamblea Nacional. El Partido siempre fue el centro estratégico, pero la distribución de cargos evitaba que todo el poder recayera de manera permanente en una sola persona. Por eso la pregunta no es solo quién manda hoy en Vietnam. Lo más interesante es entender cómo se organiza el mando en un país que derrotó a Francia en 1954, a Estados Unidos y al régimen de Saigón en 1975, resistió la invasión china de 1979, atravesó el hambre de posguerra, reformó su economía sin abandonar el partido único y terminó convertido en uno de los grandes conglomerados industriales de Asia.

Vietnam desconcierta al neófito porque no entra cómodo en ninguna categoría. No es una democracia liberal. No es ya el socialismo de guerra que imaginaban sus admiradores de los años setenta. Tampoco es simplemente una copia de China. Es un país que hizo de la organización política del pueblo una forma de supervivencia nacional. Y tal vez ahí esté la clave: Vietnam no fue solamente una revolución heroica que ganó una guerra imposible. Fue una revolución que aprendió a gobernar mientras peleaba.

Para quienes nos forjamos políticamente en los años setenta, Vietnam era una presencia cotidiana. Llegaba por los diarios, los noticieros, las fotos granuladas de campesinos armados o cargando en bicicletas pertrechos militares, las bombas Napalm destruyendo aldeas, las fotos de la matanza de My Lai, las imágenes de helicópteros estadounidenses huyendo, las canciones, los afiches y las discusiones. El 30 de abril de 1975, la caída de Saigón condensó una imagen que marcó a una generación: un pueblo pobre podía derrotar al imperio más poderoso del planeta. Yo por ese entonces militaba en la periferia del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y la experiencia vietnamita era leída como una escuela política. Nos impactaba la capacidad del pueblo para organizar una guerra larga, sostenerla socialmente, darle conducción política, construir legitimidad nacional y convertir la resistencia en Estado. Vietnam era mito, pero también método.

Mirado desde Argentina, aquella nación parecía demostrar que la revolución no podía reducirse al gesto heroico de un grupo armado. Precisaba organización duradera. Necesitaba dirección política. Arraigo territorial. Instituciones propias antes de conquistar por completo el Estado. Y necesitaba, sobre todo, articular tres dimensiones: Ejército, Frente y Partido. Esa era la singularidad vietnamita.

ejército, frente y partido

El Ejército Popular de Vietnam no fue concebido como una institución militar profesional separada de la sociedad. Su legitimidad provenía de presentarse como el pueblo en armas. El soldado no era un cuerpo extraño, sino la extensión del campesino, del trabajador, de la aldea y de la comunidad. La potencia militar no descansaba sólo en la técnica, sino en una relación territorial con la población. Las aldeas proveian información, refugio, logística, alimentos, cuadros y legitimidad. La guerra no era únicamente una operación militar: era una relación social organizada. Donde otros veían selva, arrozales o túneles, había una estructura política capilar.

La figura de Võ Nguyên Giáp resume esa singularidad. Giáp no provenía de academias militares tradicionales. Era un cuadro revolucionario que terminó construyendo uno de los ejércitos más eficaces del siglo XX. Dirigió la ofensiva de Dien Bien Phu, entre marzo y mayo de 1954, que selló la derrota colonial francesa en Indochina. Pero no actuaba como comandante autónomo. Su mando estaba integrado al Partido y a la estrategia nacional de Ho Chi Minh. El General Giáp también condujo la guerra contra los yanquis y la resistencia a la invasión china. En 2013 su funeral reunió a cientos de miles de personas que participaron del cortejo, muchos de ellos nacidos cuando las hazañas de Giáp ya eran historia.

El segundo componente durante la guerra fue el Frente Nacional de Liberación. Ni fachada ni cobertura propagandística, sino instrumento de unidad nacional. Permitía reunir a los comunistas, junto a campesinos, trabajadores, estudiantes, intelectuales, sectores religiosos, minorías nacionales y patriotas enfrentados al régimen de Saigón y a la intervención estadounidense. El Frente cumplía una función decisiva: impedía que la revolución quedara encerrada en una identidad partidaria estrecha. Convertía la lucha en una causa nacional amplia. En las zonas liberadas también administraba: organizaba justicia local, seguridad, producción, educación, movilización comunitaria y formas básicas de gobierno. Donde el Estado de Saigón retrocedía, aparecía una autoridad alternativa.

El tercer componente en el proceso de liberación era el Partido Comunista. No siempre fue el más visible, pero constituía el núcleo decisivo. El Partido definía la estrategia, seleccionaba cuadros, articulaba la relación entre lucha militar y política, garantizaba la disciplina y sostenía continuidad. Ninguna de esas dimensiones funcionaba plenamente sin las otras.

La influencia sobre el PRT de esta fórmula fue profunda. Se leyó en Vietnam una arquitectura posible. Por eso creó al FAS, Frente Antiimperialista por el Socialismo, y diseñó una tríada con el ERP, el Ejército Revolucionario del Pueblo. Una revolución necesitaba partido, sí; necesitaba fuerza militar, también; pero necesitaba sobre todo construir pueblo organizado, legitimidad pública y representación social. La diferencia, sin embargo, era enorme. Vietnam fue para nosotros una escuela y, al mismo tiempo, un espejo imposible. Enseñaba que no había revolución sin organización; pero también mostraba que cada organización nace de una historia concreta.

del frente de guerra al taller industrial

Luego de la victoria en 1975, Vietnam se reunificó formalmente en 1976 y no vivió ningún milagro económico inmediato. Por el contrario, atravesó más de una década de pobreza extrema, escasez de alimentos, aislamiento internacional, inflación, destrucción de infraestructura y enormes dificultades para integrar dos economías devastadas. El país era materialmente pobre. Muy pobre. A fines de los años setenta los organismos internacionales estimaban un ingreso por habitante bajísimo. Pero, al mismo tiempo, mostraban indicadores sociales que no se correspondían con ese nivel de ingreso: alfabetización elevada, escolarización primaria extendida, mejoras en esperanza de vida y caída de la mortalidad infantil.

Esa contradicción aparente dice mucho. Vietnam no era rico, pero tenía organización. Había desplegado una estructura política capaz de llegar hasta el último nivel local. Por eso la reconstrucción no empezó desde cero. Se apalancó en un entramado social denso que la guerra misma había contribuido a formar.

El gran giro económico llegó en 1986, con el Doi Moi, la política de renovación. Vietnam abrió espacio al mercado, permitió mayor iniciativa privada, atrajo inversión extranjera, reorganizó empresas estatales, impulsó exportaciones industriales y se integró progresivamente a las cadenas globales de valor. Desde entonces el país cambió de manera impresionante. Su economía devastada mutó en una plataforma industrial exportadora. Desarrolló sectores variados como el textil, calzado, electrónica, ensamblaje, agroindustria y manufacturas de alto dinamismo. Grandes multinacionales encontraron en Vietnam una base de producción estratégica, especialmente en el contexto de diversificación de cadenas fuera de China.

Pero la reforma no significó una retirada del Partido. El mercado se expandió, dentro de una arquitectura política dirigida. La inversión extranjera creció, siempre bajo condiciones definidas por el Estado. La empresa privada ganó espacio, sin desplazar al Partido como centro del sistema. Por eso Vietnam no resiste las etiquetas: ¿capitalismo de estado?, ¿socialismo de mercado?, ¿comunismo con zonas capitalistas?, ¿nacionalismo desarrollista bajo partido único? Todas dicen algo, ninguna alcanza.

La comparación con China aparece de inmediato. El gigante asiático inició sus reformas antes, en 1978, bajo Deng Xiaoping, con una escala territorial, demográfica y geopolítica incomparable. Allí se permitió que el mercado produjera ganadores económicos gigantescos, que mas tarde el Partido procuró disciplinar o subordinar. Vietnam se parece a China en la combinación de partido único, apertura económica, planificación estatal, inversión extranjera y control político. Pero también se diferencia, pues el proceso fue más gradual, más colegiado y más condicionado por una memoria de guerra nacional. En Vietnam fue el Partido quien decidió quiénes de sus cuadros se convertirian en actores centrales de la economía, pero siempre bajo la atenta mirada de la política. Esa es una diferencia decisiva. Se trataba de procesar internamente los conflictos antes de convertirlos en política pública. La apertura económica no fue presentada como ruptura ideológica, sino como una forma de preservar la soberanía y sostener la legitimidad social del propio sistema.

el discreto encanto del desengaño

Disculpen la autorreferencia. Años después de haber conocido Vietnam como mito militante, me tocó viajar como funcionario internacional por un pedido de asistencia técnica a la Organización Internacional del Trabajo (OIT), donde yo trabajaba como especialista en cuestiones salariales para el Asia y el Pacífico. El tucumano que a los 19 años celebró en los pasillos de la facultad el triunfo vietnamita, ni en sus sueños más delirantes —que no fueron pocos— hubiese imaginado caminar por los pasillos del Ministerio de Trabajo y ver flamear la bandera roja con la estrella amarilla en el centro. Era el año 2016 y había sido convocado para ayudar a pensar una estrategia de gestión.

La primera sensación fue un poco extraña. Llegué con mis imágenes de túneles, bicicletas, arrozales, Ho Chi Minh, Giáp, bombardeos y consignas, y me topé con autopistas, fábricas, parques industriales, infinitas motos, ciudades en transformación, carteles del Frente de la Patria, hoteles nuevos, comercio intenso, gente sonriente y divertida, orgullo nacional y una presencia permanente del Estado-Partido en la vida pública. Aun así la memoria de la guerra está en todas partes. Vietnam sorprende porque conviven distintas temporalidades. Pero el país no vive detenido en el pasado glorioso. Hasta la gente común te dice que con los yankis se han reconciliado, pero siempre recuerdan que los derrotaron.

Nota al pie: es muy interesante ver el documental de Robert Mc Namara, The Fog of the War, donde el exministro de Defensa norteamericano durante gran parte de la guerra, se muestra sorprendido y confuso a su regreso a Vietnam en 1995. Mc Namara acude veinte años después a Hanói con una hipótesis: ambos bandos podrían haber logrado sus objetivos sin la catastrófica pérdida de vidas. Nguyễn Cơ Thạch, su contraparte durante la contienda bélica, rechaza esa premisa de inmediato: «Estabas totalmente equivocado. Nosotros luchamos por nuestra independencia. Ustedes luchaban para esclavizarnos».

La iconografía revolucionaria convive con la inversión extranjera. Las consignas socialistas con las cadenas globales de suministro. La disciplina colectiva con el creciente consumo urbano. La vieja austeridad revolucionaria con una economía acelerada y dinámica. La gravedad del combate pasado con una alegría y un sentido del humor, que no es típico del sudeste asiático.

En los diferentes viajes que realicé a partir de aquel momento, una escena me resultó especialmente reveladora. El Comité Central del Partido Comunista aprobó una reforma sobre política salarial. Entre otros objetivos planteaba que el salario mínimo regional debía ser «decente», para garantizar progresivamente un aumento del nivel de vida para los trabajadores y sus familias. Lo notable fue que quienes primero solicitaron asistencia técnica a la OIT para discutir metodologías de estimación de ese «salario decente» no fueron los sindicatos sino la Cámara de Comercio e Industria de Vietnam, la VCCI. “El Partido lo ordenó”, me dijo la Directora de Relaciones Internacionales, hoy Secretaria General de la Cámara.

Cuando el Partido fija una orientación, las organizaciones económicas y sociales comienzan a prepararse para cumplirla incluso antes de que la discusión se formalice plenamente en el Consejo Nacional de Salarios o en la Asamblea Nacional. Los empresarios no actuaban por conversión espontánea al igualitarismo. Lo hacían dentro de una estructura institucional donde la orientación del Partido organiza expectativas, comportamientos y márgenes de negociación, como parte de una estrategia nacional de desarrollo. Hay contradicciones, desigualdades, tensiones laborales, explotación fabril, conflictos salariales y presión competitiva, pero ocurren dentro de una matriz política específica. Vietnam no abandonó la organización. La desplazó hacia otro terreno.

flexible en la superficie, firme en la raíz

La novedad de Tô Lâm debe leerse en ese contexto. Vietnam entra en una etapa difícil. El modelo de crecimiento basado en mano de obra relativamente barata, inversión extranjera y exportaciones manufactureras enfrenta límites tanto propios (demanda interna de progreso continuo) como externos. El país necesita desarrollar tecnología, aumentar productividad, mejorar salarios, sostener la cohesión social, controlar la corrupción, reducir burocracia y surfear una geopolítica cada vez más peligrosa. Está demasiado cerca de China para ignorarla. Demasiado integrado al comercio mundial para desentenderse de Estados Unidos. Demasiado dependiente de las cadenas globales para cerrar su economía. Demasiado orgulloso de su soberanía para convertirse en simple plataforma subordinada. Es la famosa diplomacia del bambú: flexible en la superficie, firme en la raíz.

Pero la flexibilidad diplomática exige una enorme capacidad interna de coordinación, lo cual configura una posible explicación de la concentración de poder. Tô Lâm parece expresar una búsqueda de eficacia decisoria. Su discurso insiste en la reforma administrativa, transformación digital, innovación, nuevo modelo de crecimiento, lucha contra la corrupción y metas muy ambiciosas de expansión económica. La concentración de la jefatura del Partido y del Estado puede ser leída como un intento de acelerar decisiones en un momento de competencia internacional feroz. La pregunta es el costo de esta ruptura del equilibrio.

Vietnam construyó buena parte de su estabilidad sobre la dirección colegiada. No porque fuera democrático en sentido liberal, sino porque el poder se procesaba dentro de una red de contrapesos: Partido, Gobierno, Asamblea, provincias, Ejército, seguridad pública, empresas estatales, organizaciones sociales y Frente de la Patria. El proceso que acaba de abrirse puede facilitar reformas, disciplinar burocracias, acelerar inversiones, ordenar facciones, mejorar las señales de estabilidad a los capitales extranjeros. Pero también puede reducir la deliberación interna, aumentar el peso de los aparatos de seguridad y volver más dependiente al sistema de una figura individual.

Vietnam se hizo fuerte evitando que la revolución se redujera a un caudillo. Ho Chi Minh se erigió como el fundador moral, pero no dejó una dinastía personal. Giáp fue el gran estratega militar, pero no gobernó como jefe supremo. Le Duan dirigió la reunificación, pero siempre como pieza maestra de una estructura partidaria. Nguyen Phu Trong acumuló enorme autoridad, pero lo hizo en nombre de la disciplina y la campaña anticorrupción. Tô Lâm abre una nueva etapa y la pregunta está sobre la mesa: ¿puede un sistema construido sobre organización colectiva concentrar poder sin alterar su propia lógica histórica?

Vietnam sigue siendo una revolución difícil de clasificar, pero su dilema hoy ya no es solo cómo resistir. El desafío consiste en cómo gobernar el éxito. Crecer sin romper la cohesión social. Incorporar mercado sin entregar soberanía. Aumentar la productividad sin someter a los trabajadores en mano de obra barata. Modernizar el estado sin militarizar la política. Sostener la disciplina sin sofocar la deliberación interna. Mantener la independencia maniobrando entre China y Estados Unidos. Pasar de ser un taller global a una economía tecnológica, sin abandonar la promesa social que legitimó la revolución.

Tal vez Vietnam esté buscando una conducción más unificada para una etapa de reformas aceleradas. Tal vez el Partido crea que la fragmentación de poderes internos ya no alcanza para enfrentar la competencia tecnológica, la presión geopolítica y las demandas de una sociedad más compleja. Tal vez vea la concentración una forma de preservar el sistema, no de liquidarlo. Pero la historia vietnamita deja una gran lección. Su fuerza nunca estuvo solo en un líder, sino en una arquitectura de poder. No ganó porque tuvo héroes, sino porque organizó a una sociedad capaz de producirlos, reemplazarlos y sobrevivirlos.