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viaje hacia el verde paranaense
Sobre el Paraná se trama un pedazo de la vida litoraleña que Roberto Arlt y Rodolfo Walsh contaron en célebres crónicas y aguafuertes que todavía retratan al lugar. Esos frescos hoy suman nuevas formas en el contrabando, el sueño perdido de los pescadores y la vitalidad de las tareferas. Apuntes sobre los mundos atravesados por lo que ese río hace y lo que hacemos con él.
Fotografía: Gastón Bejas, Fotografía: Sebastián Sciutti
03 de Octubre de 2025
crisis #69

 

¿Dónde empieza el litoral? ¿Cuándo termina? De seguro se hace presente en el brillo del río Paraná y sus pliegues, cuando atardece y el serpenteo del agua es un paño dorado; cuando Rosario queda atrás, también el puente Nuestra Señora del Rosario y en el cruce a Victoria, Entre Ríos, las casas asoman bajas, los locales salpican el camino y ofrecen surubí, pacú; empanadas hechas por doñas en locales con lanchas estacionadas al lado de las chatas. Tal vez se entra al litoral cuando el tiempo se vuelve acuoso y el verde ya no es color sino cuerpo de mil formas.

En 1933 Roberto Arlt se subía a un barco y navegaba el río Paraná en busca de esta esencia, un paisaje por él desconocido que volvería aguafuertes. Treinta años más tarde, Rodolfo Walsh seguía la senda mesopotámica para construir una serie de relatos que escudriñaban la zona y sus estructuras inalterables. El libro El país del río reúne ambas travesías en una edición de la Universidad Nacional del Litoral y la de Entre Ríos. Con él en mano, subimos a un auto e intentamos ver los rastros de aquello que vieron y las nuevas marcas que cambian la región.

 

esa luz río arriba
 

Arlt describe la permanencia de una luz lila al atardecer. Tenía razón: ahí asoma. Es telón de fondo en las escuelas rurales con la bandera de Artigas, la larga fila de camiones en la ruta con cítricos, maderas, arenas. En aquel momento, 1933, el autor de Juguete rabioso se preguntaba qué se podía desarrollar en esa tierra poco aprovechada, escandalizado de tanto espacio ocioso según su mirada porteña. En cada parada (Santa Fe, Esquina, La Paz), desciende del barco y observa. Hoy, 2025, la industria forestal de bosques cultivados produce el 92% de la madera que se vende en el país, la extracción de arena para el fracking en Entre Ríos viaja hasta Vaca Muerta, y Yacyretá —hermana mayor de Salto Grande, la otra represa binacional— inyecta cotidianamente millones de voltios al sistema eléctrico. Muchos de esos frentes en las tres provincias mesopotámicas (Entre Ríos, Corrientes, Misiones) tampoco se habían desarrollado aún cuando Walsh hizo su recorrido entre 1966 y 1967, en los contornos del desarrollo agroindustrial, y las novedades de este siglo, permanecen los rasgos de la vida litoraleña.

 

 

Elegimos como primera parada una visitada por Arlt: Bella Vista. Es de noche y esta pequeña villa turística bajó temprano sus persianas. Las casas de familia con patio al fondo improvisan un austero sistema de hotelería que se levanta con lo traído del otro lado de la frontera: una uniformidad de cobijas, vajilla y muebles que se ve también en los locales de venta.

“¿Van de compras a Encarnación?”, presupone la anfitriona, y a continuación describe el sistema de compra y ofertas que se comparte por WhatsApp con los vecinos. Son cinco horas que separan a la ciudad paraguaya, pero cuenta que los viajeros suelen hacer noche en su casa para descansar y seguir por la mañana. Lencería, electrodomésticos, ropa de cama desfilan por la pantalla. Quizá esa sea otra señal de que se está en el litoral: los circuitos de compras desdibujan las fronteras.

 

yacarés al sol
 

Desde adentro de los pastizales aparece un holandés que filma videos para YouTube muñido de cámaras y micrófonos de primera. Una bulla vital enciende el Parque Nacional Iberá. Es un paisaje muy distinto al que se veía en marzo de 2022, durante los incendios, cuando el agua aparecía solo en las plegarias y lo que reinaba era pasto negro y hollín. En aquellos días los yacarés peleaban por un lugar en los pocos charcos que aguantaban. Hoy el despliegue del humedal es total y a ellos se los encuentra al sol con sus crías en el lomo. Arlt no llega hasta acá, pero sí escribe sobre los yacarés, fascinado por esas especies que no creía encontrar de este lado del globo. “Cuán desagradable resultaría hallarse bañándose y encontrarse de pronto cara a cara con una de estas fieras oscuras”, apunta.

 

 

Cuando Walsh sobrevuela esta zona en avioneta, anota cifras y concluye: “es uno de nuestros más vastos desiertos”, fundando su idea en la densidad de población. Lo que llama desierto es una zona que entonces no era ni siquiera reserva, un lugar donde la caza era libre. Las políticas de preservación recién tomaron fuerza en la década del ochenta. Por aquellos años, tampoco había avanzado el monocultivo de pinos. Desde el Parque, ahora, se ven las filas de coníferas para las forestales, con sus bolsas para atajar la resina que se desprende de los tajos que les hacen en el tronco. Es apenas una muestra del medio millón de hectáreas destinadas a la industria forestal en los últimos años. Los incendios no parecen haber puesto en discusión el modelo de monocultivo.

 

la gran represa
 

En las afueras de Ituzaingó aguarda el bus turístico que hace el recorrido por la represa binacional. “Es una de las mayores obras civiles en llanura: para poder cerrar el cauce del río Paraná, se construyeron 67 km de muros de contención, un gran embalse artificial que tiene alrededor de 1600 km cuadrados”, cuenta Tania, la guía, de manera didáctica.

En 1973 se estableció el acuerdo entre Argentina y Paraguay para utilizar las aguas del Paraná y generar energía eléctrica. Las obras civiles comenzaron diez años más tarde y una década después, en 1994, se puso en marcha la primera turbina —la última se puso en funcionamiento en julio de 1998—.

Lo que más tiempo llevó fueron las obras complementarias en las ciudades aguas arriba, donde se formó el embalse: costanera, puentes, caminos, relocalización de familias. Este es el punto más crítico, la transformación del paisaje. Cualquier conversación en esta zona llevará a alguna historia relacionada con la represa.

 

 

La etapa de obras se terminó en el 2011, cuando se pudo elevar el embalse a su nivel máximo y alcanzó su máxima potencia. “Se ve desde el satélite”, dice Juan Francisco Soto, de la Asociación de Personal Argentino de Yacyretá, para que dimensionemos. En efecto, todo ahí es monumental, las infraestructuras de hormigón, las turbinas y compuertas, las torres y tendidos de alta tensión, los transformadores. También, los montos de dinero siempre asociados a la cantidad de energía constantemente convertida, que explica por qué esta entidad binacional de más de 50 años lidera el ranking de generadores de electricidad. Si bien el acuerdo establece el uso de la energía en partes iguales, el argentino es por lejos superior al de Paraguay, que cede lo que no utiliza, y desde que la minería cripto copó las afueras de Asunción consume más. Soto señala que el objetivo de la actual gestión es bajar de 600 a 400 al personal del lado argentino, pero aconseja mirar para adelante: el proyecto Corpus. "La energia más cara es la que no se genera", dice.

 

un puñado de islas
 

Isla Apipé Grande es parte de un manojo de islas ubicadas a 2 km de Yacyretá. Cruzamos en lancha desde el puerto de Ituzaingó. “Está impresionante de lo bajo el río”, dice alguien en el pequeño muelle y contrasta con los viejos tiempos, cuando pescaban surubíes con guayabas. Carau nos lleva por los 14 kilómetros que nos separan de la costa. Las islas argentinas se levantan en aguas paraguayas en las que los primeros tienen prohibido pescar. “Nosotros teníamos para hacer dulce, pescado, ahora no hay un carajo”, se lamenta.

Llegamos a la costa y avanzamos por un camino que se pierde en el monte. Un par de mariposas se chocan en el aire y el sonido es eléctrico. Unos minutos después aparece el caserío y una prolijísima cancha de fútbol rodeada por gente que mira el partido desde sus reposeras. Fuera de los gritos del juego, solo se escuchan motitos y caballos, los transportes por excelencia en el lugar.

Graciela Ojeda es nacida y criada en Apipé y es la cocinera del principal comedor de la isla. La esperamos una hora hasta que aparece en una motito. “No podía dejarlos sin comer”, dice y se pone a cocinar. Cuando trae las milanesas cuenta que paga 90 mil pesos de luz, que las inundaciones son frecuentes. La proximidad con la represa no acorta la distancia en el acceso a los servicios. En noviembre de 2023 la crecida fue tan fuerte que muchas familias debieron ser evacuadas. El Paraná había subido seis metros de altura.

 

 

Otro lanchero conduce la vuelta: Ramón Areco. Atardece. El río se vuelve cada vez más cobrizo.

“Hoy ya no comemos un pescado a punto —cuenta—. Ahora tiene todo gusto a alga. Y allá (señala el embalse) todo es agua muerta. Directamente agua muerta. El agua cruza cuando ellos abren. O si te apuran las lluvias en Brasil. Crece, crece, crece allá y esto se inunda todo”.

Areco es isleño pero de la isla Apipé Chica. Cuando dice “arriba” se refiere a la isla de Yacyretá que quedó cubierta casi en sus dos terceras partes por las obras de la represa. Él fecha el comienzo de la escasez de peces hace 15 años, justo cuando se cumplió el objetivo de llegar a cota 83 -altura máxima en metros del embalse, respecto del mar-, para producir la máxima eficiencia energética.

Pasamos frente a su casa en la costa. “Yo era pescador pero me hice lanchero”, dice y apunta que también trabajó en la construcción de la represa, cuando caían al agua pedazos de tierra por las excavaciones y había que evitar que fueran directo a las turbinas. En lanchas ataban lodazales y los arreaban como vacas a otras corrientes. Un laburo peligroso al servicio de las turbinas que transforman parcialmente la matriz energética nacional.

 

promesas energéticas
 

Higinio Acuña nos lleva hacia Corpus Christi, un municipio de unas cuatro mil personas, a una hora de Posadas, Misiones. Este pueblo, viejísimo y jesuítico, es epicentro de otro de los proyectos de hidroelectricidad en este tramo del río. Higinio recuerda que cuando se inauguró Itaipú, la gigante represa paraguayo-brasileña, el Paraná bajó un metro de golpe: “Vimos desde la orilla cómo los pescados quedaban ahí. Empujábamos a los dorados hacia el agua”. Hurgando un poco más aquella memoria, recuerda a ese Paraná que entregaba peces de tres kilos a quien apenas tirara “un anzuelito desde la orilla”. Pero Higinio pondera el avance: “Cada vez somos más y necesitamos más energía”. “Uno no puede estar solo pendiente del río. Más con la IA, las bitcoin, que están metidísimos los paraguayos con eso”, dice.

 

 

Los proyectos a lo largo del Paraná se multiplican aguas arriba, y duermen en carpetas aguas abajo. “Argentina tiene la posibilidad de aprovechar 170 mil GWh por año”, se lee en informes entusiastas de la hidroelectricidad sobre esta cuenca de enormísimos caudales. La cifra potencial supera el consumo actual de energía en Argentina pero esconde lo que opinan quienes frecuentan sus orillas.

Son tres los aprovechamientos posibles a esta altura del Paraná: Yacyretá, Corpus e Itatí.

Corpus encarna la promesa de inyectar otros 20 mil GWh al sistema eléctrico, pero fue rechazado en 1996 por casi el 90% de los misioneros que votaron el plebiscito basados en la experiencia de Yacyretá.

Llegamos a la costa, cerca de Puerto Maní, donde hay un cruce con ferry. En frente se ve la pequeña isla Pindoí y el río. Higinio señala por dónde se piensa el proyecto. Se ven algunos juncos, maderas de lo que alguna vez fue un muelle y una canoa lista al costado de la barranca.

 

injertos y desgajados
 

La vieja Posadas que Ramón Ayala eternizó en sus canciones se intuye en antiguas bajadas que ya no caen pedregosas hacia el río, sino aplanadas por un pavimento que cuando el sol calienta ni los árboles, ni las frondosas enredaderas aplacan. La moderna costanera bulle de autos y rotondas. En las veredas van y vienen runners a toda hora. La ciudad creció con los anabólicos de una obra pública que hoy está frenada pero que además, desde su transformación, es un horno. Usar los aires acondicionados con ocho meses de calor al año, ¿es un lujo o una necesidad? Lo pregunta Gerardo Grippo, líder del Movimiento Industrial Misionero. El empresario participó de la construcción de Yacyretá brindando servicios, votó el no en el plebiscito del 96 a la represa Corpus pero hoy dice que estaría a favor. Nos contacta para transmitir la demanda: Misiones no tiene gas y las conexiones eléctricas son deficitarias. La industria actualmente existente está ante un cuello de botella por lo caro y deficiente del sistema energético misionero. Desde los edificios porteños donde se administra el sistema eléctrico —Yacyretá, CAMMESA, el ENRE—, nos dirán poco después que el problema es la distribuidora local, sus redes deficientes y el costo administrativo.

 

 

Más lejos de la costa, tierra adentro en las afueras de Posadas, aún se ve el río. Un puñado de barrios alojaron a los desplazados. En una gomería, Javier Benítez recuerda que antes vivía en la zona que luego inundaron. Con la relocalización, sus vecinos fueron a distintos barrios y perdió a sus amigos. Busca en su celular un video célebre. No lo encuentra pero lo describe: era la historia de un pescador de la zona que murió de tristeza al ser desgajado del río.

 

eldorado y el río
 

“Siempre estamos a tiempo de discutir las cuotitas, si Yacyretá va a durar 150 años. Misiones va quedando con una ciudad cosmopolita como Posadas pero los pasivos comunitarios, ambientales, también están”, dice José Luis Cachorro Fuentes, que es abogado y referente del Frente Patria Grande en Eldorado, Misiones. Su militancia política arrancó con la Mesa Provincial No a las Represas. Respecto de Yacyretá, reclama la deuda que todavía todos tienen con el río, que ya no es ni volverá a ser igual. Cree que si incluso aparecieran los 4500 millones de dólares para que avance la obra de Corpus, el pueblo misionero se opondría.

“Te vas a Paso de la Patria y es la fiesta de la pesca pero acá no hay peces, la represa los dejó de aquel lado —tira—. Y la gente, los cuatro barrios populares de acá, están sin laburo y siempre la pesca fue una alternativa de subsistencia, pero ya no.

En las afueras de Eldorado, se llega al barrio Virgen de Paticuá. Paticuá significa en guaraní “la cueva del patí”, lugar donde hay muchos peces de esa especie. “Supongo que antes de la represa en ese lugar se pescaban muchos”, ensaya Cachorro, que acompaña el recorrido. Él llegó a este lugar cuando unas médicas sanitaristas pedían ayuda para contener una situación que se les escapaba de las manos: pacientes pequeños que se enfermaban, llegaban con problemas gastrointestinales, y ni bien se recuperaban se volvían a poner mal. Era el agua. Hoy los vecinos muestran con orgullo la torre de agua potable. Hay otras lógicas que ordenan la cotidianidad en el barrio, una rutina enlazada al río y lo que cruza a través de él.

 

 

Barranca abajo, está la costa, y más allá, San Isidro, del margen paraguayo. A diario van y vienen lanchas que traen de todo: un colchón, cubiertas, una valija con acolchados, chapas, una señora mayor que cruza para atenderse y necesita ser llevada en andas, televisores, ropa, un ataúd. Los vecinos de Paticuá se reparten las tareas: recibir, subir el producto metros arriba, entregarlo a quienes esperan. Todo se hace en dos tramos: uno que recorre unos 600 metros, y otro de 200 más empinado. Según la necesidad de plata, los cargueros prefieren uno u otro. En un muy buen día, se pueden hacer 150 mil pesos. Trabajan de 6 a 6, porque ese es el acuerdo con la prefectura. Después, cuando entra la noche, la cosa cambia.

Mientras Juana y su compañero Leni describen la dinámica, un pibito de once años sube cuesta arriba con unas valijas. Por la mañana estuvo vendiendo los panes caseros que cocina su abuela. Se turnan para repartir el trabajo. En la única calle central y de tierra van y vienen motitos con dos personas, una maneja, la otra abraza un televisor. Cambiar las ruedas, completar el techo, el cumple de quince de la nena, las zapatillas de los pibes para comienzos de clase son algunos de los motivos que se escuchan del lado de los compradores. El río es la cinta transportadora de las materialidades con las que se teje la vida cotidiana.

 

manos tareferas
 

Rodolfo Walsh escribe La Argentina ya no toma mate en ese viaje de 1966 para la Revista Panorama. Cuenta las marchas y contramarchas de la economía yerbatera: de la relativa escasez en los años cincuenta se pasa a la sobreoferta a principios de los sesenta. “Nos rodean mansamente y no tenemos que preguntarles para que caiga sobre nosotros el aluvión de su protesta”, apunta desde la tarefa en la que trabajan padre, madre, hijos que “se quitan la palabra de la boca en su apuro por transmitir esa angustia”.

Ahora son las tareferas las que nos rodean: mujeres de distintas edades que aprendieron desde chicas ese trabajo. Explican que la temporada dura seis meses, de marzo a septiembre. Flota entre ellas una chispa alegre. Nada de pobres chicas. Estamos en Andresito, noreste misionero, uno de los municipios con más hectáreas cultivadas de yerba mate (un 10% de las 200 mil hectáreas en la provincia). A esa ciudad nos convoca Ana Cubilla, del Sindicato Único de Obreros Rurales, para escuchar la asamblea de las tareferas, que proyectan un polo textil para ocuparse los meses en los que no hay tarefa.

 

 

Es la casa donde anteriormente dejaban a sus hijos antes de ir a trabajar, y actualmente pelean por reactivar luego del recorte de los fondos nacionales que lo hacían posible y el golpe al Instituto Nacional de la Yerba Mate.

“50 el mil están pagando —cuentan—. Un hombre que entra a las 6 de la mañana y da ficha hasta las 5 por ahí alcanza los mil kilos, pero en general se hace en dos días”, dicen un poco a coro hasta que Marta, que prácticamente nació en la tarefa, confiesa que ella sí hace mil kilos: “Llegué a hacer 1050 —presume, y aclara—: La gente llega al yerbal y se revienta, quieren demostrar que son guapos, y para colmo el patrón los ceba, y al ratito están reventados. Yo no, me voy lento como una babosa pero no paro”, dice esta trabajadora que va a cumplir 60 años y amadrina varios yerbateros jóvenes a los que les aconseja no apurarse y trabajar.

El arbolito de la selva paranaense, del que se extrae el oro verde, hoy representa un manchón de plantaciones en el mapa: comienzan en el noreste correntino, pueblan toda la provincia de Misiones y se prolongan por el sur de Brasil y el este paraguayo. En Argentina el 90% de los productores están en Misiones pero en Corrientes está la gran industria, la que compra a los productores. Las dos grandes son Las Marías (Taragüí, Mañanita, Unión, La Merced) y Playadito. Entre ambas casi llegan a la mitad de la oferta y venden lo mismo que las 30 empresas misioneras más importantes.

La automatización de la cosecha es un asunto en esta ronda de mujeres que van pasándose la palabra: “Hay un ejército de ingenieros arriba de cada tarea, no sé en qué año terminarán de diseñar las manitos de los tareferos”, dice Ana Cubilla, que señala al yerbal que está enfrente, que se hace con máquinas: se lo ve más bajito, como el té, que está mecanizado hace años. “Traé la máquina pero con los trabajadores adentro —dice Cubilla, que agrega—: Venimos haciendo cuadrillas solo de mujeres porque los varones estaban todos en Brasil”.

 

humo entre la selva
 

Desde 1983 la política correntina es dominada por dos apellidos radicales: Colombo y Valdez. En Misiones, el siglo XXI fue renovador. “El ingeniero”, así llaman a Carlos Rovira, padre de la criatura, irradia aún sobre una base política heterogénea. Algo de esta dinámica se percibe en la economía política de la yerba: intereses industriales correntinos presionan por la desregulación, la base productiva misionera resiste a la autorregulación del mercado.

El verde litoraleño no es parejo ni homogéneo. Si antes era pastizal y selva, en los últimos años la transformación ha sido vertiginosa. Hectáreas y hectáreas de árboles nativos tumbados para dar lugar a distintos sembrados. Hay quienes indican que esa baja no se explica solo por la actividad forestal sino por el tabaco: lo único que puede dejarle algo de plata a un campesino pobre. Tumban la selva, plantan un cultivo de poca rotación, y la empresa —alguna de las tres tabacaleras grandes— les pone un técnico, y los insumos a cuenta, que devuelven cuando entregan el producto.

 

 

Los obrajes madereros son viejos. Ya estaban en las canciones de Mercedes Sosa. Con el tiempo, fueron reemplazados por el actual modelo forestal, que se establece en la última dictadura con la pastera de Puerto Piray, hoy Arauco. Las hectáreas que posee este monopolio chileno equivalen a lo implantado con yerba mate: 233 mil hectáreas propias de las que 112 mil son de pinos. “El pino, que hoy no vale nada como materia prima, solo le rinde a Arauco. Pasó con el té y Las Marías también —dice Cachorro—. La yerba no está fuertemente concentrada. Son miles de pequeñas familias productoras. Por eso la desregulación las deja muy mal paradas, porque los grandes industriales son pocos y los productores chicos, muchos”.

 

que venga la suerte
 

En la costa de Ituzaingó un pescador y su hijo se preparan para pasar la noche intentando la pesca. Atardece y todavía no pica nada. Horacio, el padre, confía que más tarde tendrán suerte. Es albañil pero en Posadas, de donde vienen, la construcción está parada, dice, y como todos en estas orillas, recurren al río, a sus aguas cansadas, turbinadas más arriba, hacia donde los peces ya no van, confundidos por la gran muralla de la presa. Su hijo no dice palabra y empina el vino toro para preparar el cuerpo al frío que va en aumento.

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