una fumata blanca | revista crisis
una fumata blanca
La unidad parece ser la única hipótesis política posible en las elecciones que se vienen. ¿Por qué?
Ilustraciones: Panchopepe
22 de Febrero de 2019

Sabemos que las paradojas son el corazón de la política, y que el guionista de este país lo sabe mejor que nosotros. Hay una, particularmente interesante, que dice así: el “que se vayan todos”, aquella consigna antipolítica que resuena en nuestros oídos desde la crisis de 2001, dio a luz dos hijos políticos. Acentuadamente políticos. Hiperpolíticos. El kirchnerismo y el macrismo. A esta altura, podemos nombrarlos más que como a dos fuerzas políticas o gestiones de gobierno, dos estilos de ejercer el poder. Político.

¿Cómo es posible que la crisis más “antipolitica” de todas las crisis de la historia argentina reciente haya dado a luz dos criaturas ultrapolíticas, que como tales se transformarían inmediatamente en protagonistas de las siguientes dos décadas? Como Saturno pero al revés: son los hijos devorando a su madre. Claro que se trata de una metáfora: ni el kirchnerismo ni el macrismo han devorado nada, sino que más bien han sido, aun en sentidos divergentes, los que han mantenido viva la hoguera de la política durante las últimas dos décadas, dándole una salida posible al abismo de aquel diciembre. Nada menos.

¿Son ultrapolíticos ambos? Cuando hablamos del kirchnerismo esto está bastante claro. Bien porque se lo acusa de volver intolerable la vida en sociedad, de haber ideado la grieta para robarse un PBI, y de tantos otros males de los que no se tienen pruebas pero sí certezas. O bien porque, se afirma, se trató de un proyecto de inclusión socioeconómica progresiva, de ampliación de derechos, de reducción de las distancias entre ricos y pobres, de lucha (y de sobreactuación de la lucha) contra los poderes fácticos. Una carismática reivindicación de lo popular, y por lo tanto intolerable para el establishment y muchos otros grupos sociales que se sintieron amenazados por semejante politización del orden.

Kirchnerismo y macrismo, estos dos hijos de la paradoja alumbrada en 2001, antagonizan entre sí como condición de existencia.

La cuestión es si el macrismo también puede ser considerado ultrapolítico. O si, al contrario, es la encarnación de la antipolítica. Esto parece factible porque, sabemos, la antipolitica es el mensaje explícito del macrismo. Es lo que repiten los spots de gobierno, los funcionarios en sus cuidadas entrevistas en los medios, el presidente cuando nos habla desde algún lujoso spa vacacional. La “no política” es el mensaje básico de su aceitada maquinaria comunicacional, montada sobre un conjunto de palabras, gestos e imágenes que procuran transmitir, por sobre todas las cosas, orden: “normalidad” “paz” “unión” “tranquilidad” “previsibilidad” “verdad”. Hasta el hartazgo: hasta comunican al unísono, coordinadamente, como un Ejército. Y, nota al pie, ya sabemos que de antipolíticos los Ejércitos tienen muy poco, a pesar de lo que quieran hacernos creer.

Pero este orden no político que Cambiemos nos ofrece contra el politizado “desorden” kirchnerista es artificial. Porque para poder construir cualquier orden sin política, sin disidencia, sin conflicto, es un requisito dejar a muchos afuera. Afuera del consumo, afuera de los derechos, afuera del mundo “normal” y feliz que, tristemente dicen, no puede contentarlos a todos. Para ellos, intemperie, planes sociales, balas, cárcel, censura, desempleo. Y no hay nada más político que eso.

Así que parece que el macrismo es tan ultrapolítico como el kirchnerismo. Y además, convengamos, ningún aprendiz de brujo, ningún alumno mediocre del Newman, ningún hijo de papá logra, de un plumazo, llevárselo todo en las elecciones, como en 2015. Ni logra gobernarnos a todos durante más de tres años sin tener nada que mostrar, habiendo cumplido tan pocas promesas de campaña y piloteando indicadores macroeconómicos dramáticos, mientras conserva sus chances electorales. Ni neutraliza a sus opositores internos con relativa facilidad convirtiéndose en “el” candidato. ¿La performance del macrismo es mejor en política que en economía? Las evidencias están a la vista.

Kirchnerismo y macrismo, estos dos hijos de la paradoja alumbrada en 2001, antagonizan entre sí como condición de existencia. No sólo porque las preferencias sociales los llevan, a su vez, a preferirse mutuamente como contendientes electorales, por conveniencia. Sino porque uno no puede existir sin el otro.

Con semejantes protagonistas, es evidente que la polarización es hoy, a pocos meses de las elecciones presidenciales, el dato fundamental a tener en cuenta. Es el dato con el que se pierde o se gana. Con el que se vuelve o no se vuelve. Con el que se consagra o no se consagra el primer gobierno constitucional no peronista que termina su mandato y reelige y etcéteras.

Sin embargo, curiosamente, hoy las criaturas que le dieron salida al “que se vayan todos” parecen haber puesto en suspenso su hiperpoliticidad. La oposición se sume en discretos cónclaves y filtra cuidadosamente las señales que emite, en un honroso intento por recuperar la definición de la agenda que había perdido hacía tanto tiempo. Y Cambiemos, con su candidato ya seleccionado, se entretiene reprimiendo morrones, elogiando el look de Awada en la India y, claro, espiando los cónclaves de la oposición.

Hasta que el suspenso acabe, los espectadores repartimos nuestras energías entre llegar a fin de mes, inventar estrategias para pagar los nuevos aumentos en las facturas de luz y gas, y de paso algunos discutimos en el Ágora si la mejor estrategia es hablar como economistas o enamorar, confrontar o consensuar, acusar o persuadir.

Pero nada de eso se resolverá hasta que veamos de qué color es la fumata que, finalmente, saldrá por la chimenea del cónclave opositor. Si la fumata es blanca, esto indicará que estas criaturas alumbradas por el 2001 han recuperado la politicidad. Y entonces será el momento de las fumatas negras contra Cambiemos. Pero si no lo es, si la oposición no decide la unidad, es que ha decidido, deliberadamente, apagar la hoguera de la política.

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