traoré, el soberano
En Burkina Faso, el joven capitán Ibrahim Traoré irrumpió reabriendo un proyecto anticolonial en las tierras de Thomas Sankara, conocido como el Che africano. Promete, a un país castigado por el yihadismo, la recuperación del territorio y del orgullo nacional. ¿Será capaz de no estancarse en el militarismo?
La geopolítica es una forma de mirar al planeta como si fuera una masa de maniobras en la que distintos poderes se disputan el dominio. Pero existe también el punto de vista del antiimperialismo, que desarma los grandes planes diseñados desde las metrópolis. Es la mirada del sur, siempre periférica, hasta que ciertos personajes logran expresar universalmente las aspiraciones de los condenados de la tierra. Uno de ellos fue Thomas Sankara, quien llevó la voz del Che Guevara a Burkina Faso en los años ochenta. Hoy el capitán Ibrahim Traoré intenta relanzar aquel espíritu de rebeldía con causa. Su obsesión es la soberanía nacional, un programa que puede parecer anacrónico en el marco de la consagración de las narrativas que rechazan la figura del Estado. ¿Qué significa para nosotros este militar negro, altanero y que lidera un proyecto de liberación a contramano de la historia? ¿Nos dice algo a quienes en Argentina estamos tratando de resistir el embate de la ultraderecha o es apenas un personaje exótico y lejano? Lo que sigue es un primer intento por tirar del hilo de estas preguntas.
ese joven capitán
Cuando los movimientos de liberación en África desafiaron a los poderes coloniales, tras la Segunda Guerra Mundial, la Quinta República Francesa que presidió Charles De Gaulle respondió con una astuta política de descolonización sin sujeto, desplegando un sistema de influencia conocido como “Françafrique” que le permitió aggiornar su control sobre varios países subsaharianos. Por ese entonces Burkina Faso se llamaba Alto Volta y se independizó en 1960. Pero el verdadero cambio llegó en agosto de 1983, para sacudirse el poder neocolonial. Por poco tiempo.
El líder de aquella revolución fue un joven capitán de 33 años. Como muestra de su ímpetu refundador, Thomas Sankara reemplazó el nombre colonial de la nación por el de Burkina Faso, que significa ‘tierra de los hombres íntegros’ en el idioma mossi. Su gobierno duró tres años, entre 1984 y 1987, tiempo en el que desarrolló una reforma agraria, estatizó las riquezas minerales, hizo campañas masivas de vacunación y alfabetización. Hasta que su mano derecha, Blaise Compaoré, orquestó un golpe con apoyo francés, asesinó al líder revolucionario y gobernó hasta 2014.
En los organismos internacionales, Sankara arremetía contra el colonialismo y promovió la creación de un frente unido contra la deuda externa, a la que consideraba una forma moderna de esclavitud. Admirador del Che Guevara, hizo suyo el lema de la revolución cubana: “La patrie ou la mort, nous vaincrons” (“Patria o muerte, venceremos”). Esa es la impronta que hoy agita Ibrahím Traoré, otro joven capitán que a los 33 años tomó el poder a través de un golpe de Estado a finales de 2022. ¿La réplica conlleva un efectivo relanzamiento del proyecto emancipador o acude a la memoria de su pueblo como mera fuente de legitimidad para un experimento de otra naturaleza?
Traoré comenzó su carrera en 2009 en la Academia Militar de Pô, fundada en 1984 por Sankara. Luego continuó su formación en Marruecos y más tarde en Malí, donde peleó junto a las fuerzas de la Misión de Paz de Naciones Unidas en ese país. Pero el actual presidente se convirtió en soldado profesional al calor de la lucha contra los grupos yihadistas que desde 2015 controlan territorios cercanos a la triple frontera entre Níger, Malí y Burkina Faso. Fue ese conflicto el que lo llevó a participar del movimiento dirigido por el teniente coronel Paul Henri Sandaogo Damiba, que en enero de 2022 encabezó el golpe contra el viejo Kaboré.
Pero la crisis de seguridad se agudizó y el 26 de septiembre de ese mismo año una emboscada del Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM), los yihadistas aliados de Al Qaeda, terminó con la vida de 27 soldados y al menos 10 civiles. Ese fue el disparador de un golpe dentro del golpe, liderado ahora sí por Ibrahim Traoré. Ni bien asumió el joven militar dio vueltas como una media la institucionalidad: disolvió la Asamblea Legislativa, puso en suspenso la vieja Constitución, cerró las fronteras y desconoció a los partidos políticos y a las organizaciones de la sociedad civil. Traoré se autoproclamó “jefe del Estado y jefe supremo de las Fuerzas Armadas”, y prometió que en 2024 llamaría a elecciones. Sus principales aliados en el plano regional del convulso Sahel son los vecinos Malí y Níger, también sacudidos por recientes golpes militares. Y en la arena geopolítica Rusia, garante del rechazo a la Francia opresora.
Sin embargo, las elecciones de 2024 no se celebraron y los próximos comicios serían recién en 2029. El 2 de abril último Traoré dijo en una larga entrevista con la televisión estatal: “La gente tiene que olvidarse del tema de la democracia. Tenemos que decir la verdad: la democracia tal como la conocemos no nos interesa”. Y continuó: “¡Miren a Libia, es un ejemplo perfecto justo al lado nuestro! En todos los lugares del mundo donde intentan instaurar la democracia, lo hacen a base de derramamiento de sangre. La democracia mata. La democracia es esclavitud”. Esta reflexión hace diez años hubiera motivado un rechazo aleccionador, seguido de toda clase de sanciones. Hoy sintoniza con el malestar generalizado. Hay que ver si esa crítica posee un contenido distinto al del clásico autoritarismo castrense.
la partera de la soberanía
Traoré llegó al poder con un objetivo inmediato y explícito: expulsar a los grupos yihadistas que desde 2015 operan en el noreste burkinés. Ese conflicto justificaba la presencia militar de Francia en la región.
Pregunta difícil: ¿qué es el yihadismo? El académico nigerino Idrissa Abdoulaye Abdourahamane, especialista en el despliegue del Islam en África e investigador del Centro de Estudios Africanos de Leiden (Países Bajos), explica a crisis que los yihadistas del Sahel consideran que la religión está siendo destruida por el Estado secular como fruto de la educación occidental y la política democrática: “Su objetivo final es establecer una gobernanza basada en la Sharia [la ley islámica] y asegurar posiciones de poder dentro del Estado para los clérigos musulmanes”. Este propósito se alimenta de conflictos en las zonas rurales, a partir de las disputas por la tierra entre los sedentarios de la etnia mossi (mayoritaria en Burkina Faso) y los pastores nómadas fulani. Para Abdourahamane, esta situación “solo lleva a más fulani a los brazos de los yihadistas, lo que luego lleva al régimen a considerarlos aún más enemigos. Es un círculo vicioso que surge de las decisiones tomadas por el régimen de Traoré”.
Según un informe del Africa Center, orgánicamente vinculado al Departamento de Defensa de los Estados Unidos, solo entre 2018 y 2024 los yihadistas asesinaron a más de 25 mil personas, sus ataques se desplegaron en diez de las trece regiones de Burkina Faso, empleando tácticas de sitio rodearon 130 ciudades, cortaron las principales rutas del país. Como resultado, más de dos millones de personas fueron desplazadas de sus hogares en solo seis años.

En abril de 2023 el capitán Traoré les declaró la guerra y anunció una movilización generalpara reconquistar el territorio. Desde entonces el Gobierno dice haber recuperado el control sobre el 70% de la superficie en disputa, permitiendo que más de 700 mil personas regresaran a sus aldeas y 1500 escuelas reabrieran. Las cifras elaboradas por organismos estatales norteamericanos como el Africa Center que mencionamos antes, o el Africa Defense Forum, dependiente del Comando África del ejército yanqui (USAFRICOM), señalan la proporción inversa y aseguran que la situación del terrorismo está empeorando con el nuevo gobierno. Ajeno a las críticas, Traoré anuncia con altivez la recuperación de ciudades y aldeas como Baraboule y Nadiago: “Hace unos años había casi dos millones de desplazados internos, ahora tenemos mucho menos de un millón y para mayo o junio quedarán muy pocos desplazados internos”. Este punto sí está corroborado por un informe de la Agencia de la Organización de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), según el cual a finales de 2024 se registró el retorno de más de un millón de personas a sus hogares, en línea con la declaración del presidente burkinés.
Para financiar la movilización bélica el Gobierno comenzó a recaudar fondos a partir de la incorporación de pequeñas cargas extra en bienes y servicios consumidos por la población cotidianamente, como la cerveza y las llamadas telefónicas. El mensaje consiste en involucrar a la ciudadanía en la lucha armada: cada vez que tomes una birra estarás aportando a la recuperación de la soberanía. Al mismo tiempo se reactivó el grupo “Voluntarios por la Defensa de la Patria en Burkina Faso”, una milicia de civiles que salen a pelear junto a los militares incentivados y organizados por el Gobierno.
Aboubacar Soumaré, estudiante de ingeniería industrial en la Escuela Politécnica de Uagadugú, define el conflicto como una guerra asimétrica: “Nos enfrentamos a grupos que no siguen las reglas convencionales, mientras que los Estados intentan operar dentro de marcos legales y éticos. Eso hace que la lucha sea mucho más dura y lenta”. Para Aboubacar la prioridad del Gobierno es proteger a la población y asumir como horizonte una noción de justicia y dignidad. Pero en un continente dividido artificialmente desde Europa, la guerra está atravesada por otros factores: un 52% de los habitantes se reconocen de la etnia mossi y el resto se divide entre peul, gourma, bobo, gurunsi, senufo, bissa, lobi, dagara, tuareg, dioula y fulani. Y no todos estos grupos están protegidos de la misma manera por el Estado nacional.
no alineados pero sí plantados
Traoré anuncia que está en marcha la revolución que Sankara soñó. Pero hay quienes cuestionan sus políticas represivas y sospechan de la autenticidad del sankarismo que propaga. A la prohibición de los partidos políticos y las organizaciones de la sociedad civil se suma el retroceso en los derechos de las personas del colectivo LGBTIQ+ y la falta de libertad de prensa. La Federación Internacional por los Derechos Humanos publicó en abril un informe escrito por organizaciones de diferentes orígenes como Human Rights Watch, el Observatorio para la Protección de los Defensores de los Derechos Humanos, la Organización Mundial contra la Tortura (OMCT) y el Observatorio KISAL, donde se denuncia la existencia de un “patrón represivo” planificado por el gobierno militar.
Traoré considera que estas críticas son parte de una estrategia de actores extranjeros por convencer a la población de no apoyar a su gobierno: “Luchamos contra el terrorismo para asegurar a nuestro pueblo el derecho de la vida. Ese es el primer derecho”. La versión triunfalista del Gobierno parece hacer eco en la población civil. Franca Levin Olivera, viajera uruguaya que recorre África occidental desde hace 16 meses, subió un video a sus redes preguntando a los transeúntes que se cruzaba en Uagadugú, capital de Burkina, opiniones sobre el presidente: la mayoría de las respuestas fueron positivas. En conversación con crisis, Franca sostiene que quizás el relato de los burkineses que responden preguntas de una mujer blanca extranjera en plena calle no sean del todo francas.
Sin embargo, el joven Aboubacar Soumaré explica que los resultados tangibles le fueron inyectando legitimidad al Gobierno: “Cuando Traoré llegó al poder muchos en la comunidad intelectual no estábamos particularmente emocionados, pero gran parte de la población mostró entusiasmo. Poco a poco, a través de acciones concretas y esfuerzos visibles comenzaron a verificarse mejoras, incluido el progreso hacia la autosuficiencia alimentaria y un enfoque más proactivo ante los desafíos nacionales”.
Inoussa Ganbaaga Ouedraogoparticipó del movimiento liderado por Sankara en los años ochenta. Desde Uagadugú nos dice que entre el proyecto de Traoré y el de Sankara percibe similitudes “tanto de forma como de fondo”. Además de haber llegado al poder a los 33 años siendo capitanes, ambos militaron previamente en ámbitos marxistas-leninistas, donde forjaron una identidad panafricana y antiimperialista. “Evidentemente los dos tienen la impronta de los no alineados, pero no ese no alineamiento equilibrador que pretende situarse equidistante entre las grandes potencias. Traoré, al igual que Sankara, utiliza un lenguaje directo, poco diplomático, pero sí honesto y respetuoso con sus interlocutores. La RDP (Revolución Democrática y Popular) de Thomas Sankara y la RPP (Revolución Popular Progresista) de Ibrahim Traoré gozan de cierto apoyo popular entre las amplias masas trabajadoras”.
La guerra no es su única política: en julio de 2024 el Gobierno adoptó una nueva ley minera que aumenta la participación estatal del 10% al 15% para empresas en la industria. Además, en agosto del mismo año nacionalizaron dos minas de oro (de las veinte que operan en el país) y las transfirieron a la Sociedad de Participación Minera de Burkina, creada para gestionar las acciones del Estado en el área. El anterior código minero contemplaba la monopolización del negocio por parte de empresas francesas, que fueron desplazadas con la revocación de sus permisos de explotación bajo el argumento de que operaban en zonas afectadas por la inseguridad de los grupos yihadistas. En paralelo, cortó relaciones diplomáticas y militares con Francia. Lo acompañaron en esta decisión Malí y Níger, que conforman junto con Burkina Faso la Alianza de Estados del Sahel (AES) desde 2024. Dentro de esta alianza se proponen crear una moneda propia en reemplazo del Franco CFA, ideada por París para mantener el control luego de la descolonización. El Franco CFA se utiliza en ocho países del continente (la Comunidad Financiera Africana), incluidos los tres miembros de la AES, está anclado al euro y es emitido por el tesoro francés, lo que implica que los europeos tienen la última palabra sobre la política monetaria de los países adheridos, y encima obliga a los países africanos a depositar parte de sus reservas en divisas en el banco de Francia como garantía de estabilidad financiera.
Los gobiernos de la AES se apoyan en la colaboración militar con Rusia, una alianza que no es nueva pues la vieja URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) tuvo un rol clave en los procesos de descolonización africanos. En el siglo XXI el grupo Wagner, ejército mercenario financiado por el Kremlin, fue una pieza de apoyo fundamental para los golpes militares del Sahel. Moscú funciona como una suerte de “protector” de los países de la región tras la pérdida de influencia de Francia. El historiador y académico keniano Peter Kiru (University of Eldoret) argumenta que a Burkina Faso le conviene este vínculo, porque si bien Rusia no aporta inversiones para el desarrollo, como ofrecen China, Estados Unidos y Europa, tampoco posee intereses estratégicos sobre sus territorios y no busca incrustar ideales de democracia o modelos políticos a cambio de colaboración. Da menos, pero también pide menos.
importa ya el después
Para surfear las limitaciones del sistema económico basado en la extracción de oro y recursos naturales, Traoré hizo una reforma agraria con la intención de alcanzar la soberanía alimentaria. Aunque dicha meta aún está lejos, ya lograron superávits en la producción de cereales y un aumento de la producción de comida en general. En 2024 inauguró la primera planta procesadora de tomates del país, con un 20% de participación estatal y el 80% restante de capital comunitario. La inscripción “Hecho en Burkina Faso” se volvió motivo de orgullo para un país que importaba la mayoría de los alimentos que consumían sus habitantes.
La plataforma Faso Mebo se promociona como una “iniciativa presidencial para la transformación de Burkina Faso” y consiste en la colaboración voluntaria para la construcción de proyectos de infraestructura. Según cuentaFranca Levin estos proyectos incorporan a muchos convictos con la promesa de que las horas trabajadas les permitirán reducir la pena. Y quienes cometen infracciones de tránsito, en lugar de pagar las multas, pueden participar en la iniciativa.
Es evidente que la llegada de Traoré al poder fue un punto de inflexión en Burkina Faso, luego de décadas de inercia política. Y también es un mensaje a todo un continente en el que las instituciones panafricanistas perdieron impulso hace rato. Reconquistar la soberanía contra los resabios del colonialismo francés y la violencia yihadista son las dos batallas prioritarias que el neosankarismo eligió dar. La viralización de su imagen en redes sociales generó un interés descomunal, pero a cuatro años de su llegada al poder la RPP tiene el desafío de eludir el estancamiento de las transformaciones y evitar que se consolide una nueva élite de militares.
Kounhare Dabire integra la Coordinación Nacional de Asociaciones para la Vigilancia Ciudadana (CNAVC), una red de organizaciones sociales que apoya al gobierno de Traoré. Le preguntamos por el día después de la guerra: “La suspensión de partidos políticos es una decisión que se tomó en reuniones nacionales en las que participaron los propios representantes políticos. […] Cuando una nación está amenazada de extinción, la unidad debe primar sobre las divisiones. Hoy los expolíticos están fuertemente comprometidos con la reconquista del territorio. La suspensión de los partidos se considera una medida temporal, que se levantará cuando estemos en paz, permitiendo a todos recuperar su libertad de expresión política. Por ahora, la prioridad sigue siendo la supervivencia de Burkina Faso”. El siglo XX entrega múltiples ejemplos de que la búsqueda de soberanía nacional sin dinámica de democratización social resulta limitada. Pero lo cierto es que hoy el experimento burkinés reabre el horizonte anticolonial en un contexto de acotada imaginación estratégica y desorden geopolítico. Traoré toca una fibra sensible que le permite poner en marcha un proyecto capaz de devolver el orgullo a su país. ¿Es suficiente para llevar a buen puerto la revolución que promete? ¿Cuál es el imaginario utópico de los pueblos del Sahel?



