significaciones ante un hecho inesperado | revista crisis
la década impensada
significaciones ante un hecho inesperado
04 de Enero de 2011
crisis #2
foto Martín Felipe

1.

Vale la pena retener las primeras impresiones que tuvimos tras la muerte de Néstor Kirchner. Incertidumbre sobre el destino del proceso político iniciado hace casi ya una década; duda y perplejidad ante la pérdida de una figura singular.
Era tan sabido que el ex presidente se movía al borde del abismo, como impensable que lo pudieran parar. El desenlace fue un cuerpo colapsado por la desmesura de estímulos y problemáticas que circulaban en torno y a través de él.
Ya no hay dudas de que la fragilidad es la principal característica de cualquier proyecto político contemporáneo. Las más sólidas construcciones y estructuras de poder deben convivir con la inminente posibilidad de una eclosión. Al kirchnerismo se le quemó, de un día para el otro, el “sistema operativo”. La función que cumplía Néstor en el emprendimiento político que comandaba no tiene remplazo posible. No hubo tiempo para prever, en los instantes finales, los necesarios relevos.

2.

Lo sucedido entre el 27 y el 29 de octubre en términos afectivos y políticos posee un enorme significado para el futuro inmediato del país.
La autoconvocatoria popular intervino el sentido de los acontecimientos. Allí donde cierta lógica hubiera hecho esperar un retroceso inevitable, las manifestaciones callejeras alentaron la idea de un relanzamiento. La situación de excepcionalidad derivada de la muerte de Kirchner se elaboró de forma masiva como una apertura a posibilidades no previstas. La multitud movilizada trazó las coordenadas generales de lo que vendrá: todos los actores deberán tener en cuenta lo sucedido esos días en la Plaza.
Las consignas fueron escasas, como corresponde a una convocatoria tan heterogénea y sorpresiva. Pero alcanzaron para ratificar el fuerte apoyo social a la actual gestión. Al mismo tiempo se depositaba en Cristina la fuerza reunida, invitándola a proseguir por el camino de las transformaciones. Pero la contracara del supuesto vacío propositivo, que algunos tratarán de instrumentar para su beneficio, es la demostración descarnada del procedimiento democrático por excelencia, capaz de otorgarle o retirar la legitimidad a quienes ejercen el gobierno de lo social.
El ciclo político iniciado en diciembre de 2001 se cierra así; al mismo tiempo que paradójicamente se reabre. Del “Que se vayan todos” al “fuerza Cristina” el desplazamiento resulta obvio: por aquel entonces, la potencia de una sociedad en ruptura con el neoliberalismo mostró nuevas formas de organización y pensamiento, mientras que el grito colectivo que afloró durante los días de duelo sirvió para sostener a un gobierno que nunca olvidó del todo el mensaje de aquellas jornadas.
Podríamos mencionar la lista de los avances conseguidos y otra tanto o más extensa con los pendientes. Pero quizá convenga, con ánimos de balance, recordar hasta qué punto despedimos una década signada por la conflictividad y la excepción. Porque si bien el escenario actual es muy distinto, el desafío sigue siendo similar al que teníamos cuando asomaba el siglo: o se retrocede de manera conservadora para procurar un orden estable y fundado en la seguridad, apuntalado por los poderes constituidos; o se intenta un salto en el vacío, orientado a la creación de nuevos derechos y de un horizonte político inédito.

3.

La encrucijada argentina adquiere su específica tonalidad, si la pensamos inscripta en el mapa regional.
En aquellos países sudamericanos donde los pilares del sistema de representación fueron seriamente cuestionados (Venezuela, Ecuador y Bolivia, por ejemplo), un mismo tipo de maquinaria política fue implementada por los gobiernos progresistas: redes muy extendidas y difusas donde se tramita la simpatía popular, con centros explícitos y reducidos que concentran la capacidad de decisión e iniciativa.
La eficacia de estos gobiernos tal vez sea el premio a sus intentos por escapar de las viejas estructuras partidarias e institucionales. Al mismo tiempo, la centralización extrema del mando y la incapacidad para construir mecanismos que impulsen la democratización social, los ubica en una posición de perpetua debilidad. Parece evidente que sin Chávez, Correa y Evo Morales, los procesos de cambio en esos países sufrirían daños quizás irreparables.
Entre el ejercicio cotidiano de la gestión gubernamental y los impulsos autónomos de organización popular, es preciso crear instituciones políticas de nuevo tipo. Los intentos que se han multiplicado: asambleas constituyentes, políticas sociales cuasi universales, partido único de la revolución, alianzas transversales y concertaciones electorales, son apenas algunas muestras de una experimentación que se despliega a escala continental. Pero los resultados son escasos y demasiado ambivalentes. No es casualidad que el espacio propiamente público donde se dirimen las hegemonías haya sido ocupado hasta el momento por los medios de comunicación empresariales, quienes disputan palmo a palmo las alternativas del proceso.
La aparición en escena de una gran cantidad de jóvenes, que se han sentido interpelados por el lenguaje de la política, es en este sentido una gran incógnita. Quienes se apuran para encontrar la manera de encuadrarlos o interpretar sus intenciones, harían mejor en darse cuenta que el destino de una generación no puede ser la mera contemplación de lo actuado. Tal vez estemos asistiendo a la emergencia de
aquellas energías e inteligencias que faltaban para forzar una innovación social verdadera.

4.

Necesitamos problematizar el vínculo entre política y muerte, una relación que reaparece con insistencia en nuestra historia reciente.
El fallecimiento de Néstor Kirchner debe ser recordado a la luz del asesinato de Mariano Ferreyra, joven militante de izquierda que fue baleado por sindicalistas de la Unión Ferroviaria mientras apoyaba el reclamo de los trabajadores ferroviarios tercerizados. Apenas una semana de distancia entre un hecho y el otro. El arco de contradicciones que el kirchnerismo soporta se puso en tensión y casi se rompe. Entre un hecho y el otro, habría que preguntarse por las muertes políticas que no llegan a hacerse públicas.
Todos sabemos que la muerte en sí misma no tiene sentido. Cuando hablamos de muertes políticas nos referimos a lo sucedido antes de la pérdida o después del fatal desenlace. En el caso del ex presidente lo político apareció a posteriori, como una vitalidad social que permanecía latente. Con la muerte de Ferreyra ocurre lo contrario: es la trama previa de acontecimientos lo que le confiere su significado.
La justicia que reclama este hecho es por lo tanto política y no meramente judicial. Para hacerle justicia a Mariano Ferreyra no basta con encanar una decena de patoteros. Hay que desarmar la maraña de complicidades y negocios que controlan eslabones claves de la vida social, donde se articulan funcionarios del estado, empresarios y representantes gremiales. Hay que volver a pensar la función del sindicalismo, porque cambió la naturaleza del trabajo. No podemos permitir que la participación de los trabajadores en el comando de las empresas se convierta en un argumento represivo para profundizar la explotación.
Y a pesar de todo, la situación es apasionante. Entre el dilema abierto por la muerte de Mariano Ferreyra y el espíritu de efervescencia que primó durante la despedida a Néstor Kirchner hay una sintonía evidente. Se trata de explicitar esas conexiones que subyacen, aunque suponga multiplicar el vértigo.

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