por mi barrio morir
Mientras el bukelismo iguala al crimen organizado con el terrorismo para poder exhibir una victoria, en Guatemala las intenciones progresistas no logran bajar la cantidad de asesinatos y tambalean en un territorio cuya soberanía se disputa centímetro a centímetro. Las pandillas centroamericanas no son un agente externo, sino un modo de vida, y de muerte, que resiste a las recetas de todos los planes de seguridad.
En Ciudad de Guatemala la calle es solo para los valientes. Son las ocho de la noche y las avenidas de la capital centroamericana ya están vacías.
En la zona 7, al oeste de la ciudad, Iliana llega a su barrio, baja el vidrio de su auto polarizado, saca su licencia y se la entrega a un policía de seguridad privado que esconde la mitad del cuerpo dentro de una caseta de vidrio negro. Se conocen, pero todas las noches practican la misma escena. Él recibe con una mano la identificación y con la otra sostiene una escopeta. El portón de rejas que se abre le confirma a la residente que puede entrar a su casa. Iliana no vive en un countryy sus ingresos como asistente de auxiliar fiscal la separan por varias cifras de los ricos de este país. Pero hace un poco más de una década, los vecinos de Tikal II, como lo hicieron centenares de barrios de clase media en toda la ciudad, se organizaron para cercar sus cuadras con muros y pagar mensualmente cuotas de seguridad después de ver las paredes de la escuela secundaria con pintadas del B18 y la MS13. Barrio 18 y la Mara Salvatrucha, las dos maras que se disputan el control de los principales centros urbanos.
Al otro lado de la ciudad, en una de las zonas comerciales más adineradas, casi nadie camina por las calles. La poca luz que ilumina las avenidas principales viene de algunos autos que transitan con los vidrios arriba y de Oakland, el shopping más grande del país, el único lugar que está abierto a esta hora. Un grupo de jóvenes que cruzan la entrada son recibidos por la sonrisa de sus trabajadores: hombres con traje, corbata y pistolas colgadas del cinturón.
Mientras, Agustín, de 42 años, vuelve a su casa en la colonia El Mezquital, en el municipio de Villa Nueva, una especie de conurbano guatemalteco en el que la muerte no es ninguna novedad: acá se asesinan, en promedio, a ocho personas al mes.
Agustín compró su moto cuando empezaron a escasear los colectivos. Desde que en la última década fueron asesinados más de 500 pilotos de autobús y se convirtió en uno de los oficios más peligrosos del mundo, se desarticuló el transporte público de la ciudad. Ya nadie quiere ser chofer. Antes de abrir el portón ve a un pibe, que no pasa los ocho años, parado frente a un poste de luz. Sabe que es un oreja, un informante del Barrio 18, lo ha visto cobrar la extorsión al dueño de un kiosco varias veces. Pero a Agustín no se le para un pelo. A unexhomie el Barrio lo respeta.
Estas son solo algunas de las coreografías de una ciudad en la que los cuerpos han aprendido a convivir con el miedo. Una ciudad que aparenta seguridad bajo vidrios polarizados, barrios cercados, un paisaje de casas con alambres de púa electrificados y armas, muchas armas. Acá la violencia está enmarañada en la manera en la que se construye la vida. Quizás por eso muchos guatemaltecos dicen no haber sentido la diferencia entre su día a día y lo que vivieron a principios de este año, cuando el presidente Bernardo Arévalo decretó estado de sitio por un mes.
la rueda imparable
El 18 de enero de 2026, pandilleros del Barrio 18 asesinaron a once policías en una serie de ataques simultáneos en el casco metropolitano y organizaron tres motines en diferentes centros penitenciarios. Lo hicieron como represalia al traslado de su líder Aldo Dupie Ochoa, El Lobo, a una cárcel de máxima seguridad y la eliminación de algunos privilegios que teníalarueda, la cúpula de la pandilla, en las cárceles. Pero un video filtrado desde las prisiones levantó la sospecha de que, quizás, el motivo era otro.

Un exmilitar, rodeado de homies, habla frente a cámara con un chaleco antibalas. Dice habérselo quitado a un custodio, ahora rehén. En el video el hombre hace un pedido inédito del B18: “darle golpe de Estado al presidente”. Fuentes cercanas a la pandilla confirmaron que los ataques habían contado con el respaldo de la líder política opositora Sandra Torres, excandidata presidencial y tía de la esposa del Lobo, quien también guarda prisión. El presidente Arévalo denunció un “intento de desestabilización” en las mismas semanas en que se iniciaban los procesos de elección de las altas cortes de Justicia.
Ese 18E puso a Guatemala en el foco de la prensa internacional. Ante los rumores de un posible pacto para frenar los homicidios, el ministro de Gobernación aseguró en conferencia que no iba a negociar con terroristas, y el presidente ordenó un despliegue del ejército y la policía en las calles que dejó, en treinta días, a 2751 capturados: la mayoría no pasaban los 25 años. Pero esa jornada, registrada en los titulares como histórica, estuvo lejos de ser la más sangrienta. Tres meses después, el 9 de abril, se registraron 17 homicidios por armas de fuego que pasaron casi desapercibidos. De las víctimas no se sabe mucho. La policía aseguró que fueron “incidentes provocados por pandillas, control de territorios para el tráfico de drogas y venganzas personales”, y el ministro recalcó que, pese a eso, el índice de criminalidad (extorsiones y robos a personas particulares y a negocios) había bajado. Fue su forma de decir que se estaban asesinando entre ellos.
¿Cómo se gobierna un país en el que alrededor de 32 mil jóvenes son formados por las pandillas para matar?
homies fuera de la cueva
“Cuando era bien chiquito me preguntaban de dónde era y yo había nacido en otro lugar, pero siempre me identifiqué con el barrio El Mezquital, donde estaban los pandilleros. Y fue así como cumplí mi deseo”, dice Agustín, antes El Little—que en realidad se pronuncia liro—,ex ranflero(jefe) de la clica Solo Para Locos (SPL), una de las 37 células que conforman el Barrio 18. La SPL tiene el control de alrededor de 154 barrios y colonias en todo el país. Aunque hace más de una década que Agustín se salió de la mara, sigue teniendo comunicación con algunos de sus antiguos hermanos de pandilla del barrio que nunca dejó. Ese mismo desde donde, según las últimas investigaciones, salieron gran parte de los sicarios de los ataques del enero pasado.
Agustín tenía ocho años cuando se unió a las primeras camadas del Barrio 18 a mediados de los noventa, época en la que las pandillas centroamericanas empezaron a ganar notoriedad en Guatemala, El Salvador y Honduras. Entonces eran bandas que operaban principalmente en los barrios miseria de las periferias urbanas, bailaban break dance, fumaban marihuana, crack y cocaína; y cometían delitos menores: robos y extorsiones para sobrevivir. Los principales líderes aún eran parte de aquella primera generación de migrantes deportados de Estados Unidos en los años ochenta, pibes que crecieron en barriadas empobrecidas y violentas de Los Ángeles y que habían formado las 18th Street Gang(la madre del B18) y su rival, la Mara Salvatrucha, MS13. Después de que se endurecieron las políticas migratorias en el norte, esos protopandillerosfueron forzados a regresar a una Centroamérica azotada por guerras civiles y sangrientas dictaduras.
Ya en la posguerra, a principios de este siglo, la devastación que dejó el conflicto armado interno convirtió a los países en terreno fértil para las cada vez más organizadas y violentas maras que ampliaron sus bases y comenzaron a reclutar en masa. Eso, con los años, no ha cambiado. “Nos parábamos en las entradas de las escuelas y analizamos a los patojos. ¿Qué es lo que hace? Si es golpeado o no en la casa. La ropa: si era muy pobre, si le mandaban comida. Era fácil saber quién estaba más solo, y esa era una presa fácil —dice Agustín—. Empezamos con darles algún panito, después decirles ‘mirá, hoy vamos a pegarle a aquel otro chico’, le medíamos la fuerza y su nivel de violencia. Y después los mandábamos a cobrar las extorsiones para que se quedaran con la mitad”. Hoy ya no solo es cuestión de vulnerabilidad, en los barrios ser pandillero es también una cuestión de estatus.
Aunque las dos maras tenían presencia en el triángulo norte centroamericano, Barrio 18 creció más en Guatemala y la MS13, en El Salvador. Para esos tempranos 2000 se consolidó con potencia la rueda, una estructura jerárquica en la que integrantes de alto rango (en su mayoría representantes de las clicas) toman las decisiones estratégicas de las bandas: la organización y el reparto de los territorios y la administración del dinero obtenido de las extorsiones, entonces su principal fuente de financiamiento.
En las cárceles guatemaltecas donde operabala rueda, el llamado pacto del Sur, una tregua de no agresión nacida en las prisiones de Los Ángeles, mantenía la convivencia entre las dos maras en relativa calma. Algunas revueltas excepcionales con decapitaciones y torturas a principios de siglo comenzaban a mostrar, por un lado, el nivel de violencia que podían alcanzar las pandillas; y por el otro, la incapacidad del Gobierno nacional de frenar la que parecía una bomba de tiempo.
El 15 de agosto de 2005 el pacto se rompió oficialmente. Nueve revueltas en las prisiones dejaron 36 muertos y más de 80 heridos. La mayor parte de las víctimas eran pandilleros del B18. Entonces, los motines en prisiones comenzaron a ser más frecuentes y las maras se convirtieron en el morbo del mundo. Las fotografías de aquellos hombres de cuerpos tatuados jugando fútbol con las cabezas degolladas de sus rivales se exhibían en las portadas de los diarios más importantes. “Fue quizás el momento en el que, por primera vez, las autoridades se empiezan a dar cuenta de que las maras no solo son jóvenes que se unieron un día para robarse algo, sino estructuras de crimen organizado capaces de poner en jaque a cualquier gobierno”, dice Juan Francisco Solórzano Foppa, abogado especialista en pandillas.
Con el rompimiento del Sur la violencia, que de alguna manera había estado encapsulada en los barrios más vulnerables, empezó a permear en toda la ciudad. Lo sintieron los barrios como la Kennedy, La Bethania, El Limón, El Mezquital, Ciudad Quetzal y El Gallito, colonias populares en las que se refugiaban los sicarios más peligrosos. Lo sintió la clase media, cuando las pandillas hicieron explotar varios buses con granadas y asesinaron cientos de pilotos por no pagar la cuota mensual de extorsión. Y lo sintió también la clase más alta, cuando empezaron a secuestrar a sus hijos. “Se perdieron los códigos, los valores originales del Barrio, y se fue más sanguinario tanto con los de la MS como con el resto de la población. Era extorsionar a cualquiera y matar gente a lo loco”, recuerda Agustín.
La tasa de homicidios llegó a niveles igual de crudos a los vividos durante el genocidio y el conflicto armado interno. En 2009, la Policía Nacional Civil reportó 6428 muertes violentas: 46 homicidios por cada 100 mil habitantes en un país que por entonces no llegaba a los 16 millones. En los llamados barrios de alta peligrosidad, los bomberos recibían hasta tres llamadas por día. “A veces fingíamos que los baleados estaban vivos porque sentíamos a la pandilla merodeando y si estaba muerto había que esperar mucho hasta que llegaran los fiscales. Así que metíamos los cuerpos a las camillas y salíamos rápido”, recuerda una de las paramédicas. Por todo el país se empezaron a encontrar cuerpos casi irreconocibles, desmembramientos, fosas comunes con notas que los mareros le dejaban a la pandilla rival. Ese año Guatemala se convirtió en el país con más asesinatos de toda América Latina.
Pero los muertos no solo los producían las pandillas. “Las ejecuciones extrajudiciales fueron, de alguna forma, la respuesta que el Estado tuvo ante ese incremento de la violencia”, cuenta Solórzano Foppa. Asegura que eso contribuyó a que el país empezara a registrar una baja de homicidios a partir del 2011.
Mientras en este país el Gobierno intentaba frenar el avance territorial de las maras y creaba unidades especializadas en pandillas, en El Salvador la violencia explotó. Allí se registaron, entre el 25 y el 27 de marzo de 2022, 87 asesinatos: las jornadas más violentas de todo el siglo. Bukele capitalizó la tragedia que él mismo había provocado al romper su pacto con las bandas, que había incluido, entre otras cosas, la liberación de presos de la MS13 a Guatemala y le mostró al mundo lo que ningún otro había sido capaz de hacer: desarticular a las maras, costara lo que costara.
Mientras la prensa internacional y la opinión pública volteaban a ver los arrestos en masa, las imágenes de cientos de pandilleros sentados desnudos en filas en las cárceles de máxima seguridad de El Salvador, en Guatemala seguían creciendo silenciosamente.
si no te mata, te hace más fuerte
“La pandilla se ha transformado, hay cosas que ya nada tienen que ver con los homies californianos que la fundaron. Ahora hay nuevos líderes, nuevas reglas, nuevas clicas nacidas acá”, dice Agustín. Si él fue de las primeras camadas de varones del B18, Doris fue, quizás, de las últimas mujeres pandilleras.
La primera vez que hablé con ella fue en 2017, cuando tenía 30 años. Hacía unos años que había logrado salir de la clica, cuando aún se podía convencer a los jefes de que una era capaz de construir otra vida, especialmente a través de la Iglesia. “Yo me acerqué a la pandilla cuando tenía 17 porque mi novio era un homie. Me sentía protegida porque en mi casa mi hermano me pegaba todo el tiempo, entonces el Barrio 18 me ofreció protección y una familia”.
Para entrar, Doris tuvo que “brincar”, como se denomina al rito de iniciación de la pandilla. En los varones, el brinco consiste en soportar 18 segundos (que en tiempo del Barrio pueden convertirse en minutos) de brutales piñas propinadas por seis de los más sanguinarios pandilleros de la clica. Solo hay una regla: la cara y los genitales deben permanecer intactos. Para las mujeres, en cambio, hay dos opciones. “Podés aceptar el mismo bautizo que los varones, o la famosa ‘ley del cholo’, que es que seis de ellos se acuestan contigo. Pero como tenía novio de alto rango en la clica me dijeron que no tenía que hacer eso, sino solo lo de las patadas, entonces decidí entrar así. Era bien feo, pero a la vez se siente bien porque, una vez que pasás eso, ya tenés respeto”.
Doris vio a algunas chicas escoger la violación colectiva a riesgo de que los golpes las terminaran matando. Pero esa decisión era, de alguna forma, una trampa. Aunque las dos opciones les aseguraban protección de por vida, las que decidían ir por la ley del cholo eran menospreciadas por el barrio. “Si alguien de la pandilla quiere acostarse con alguna, va a elegir siempre a la que brincó así. Con las otras [las que recibieron golpes] está prohibido”, asegura Agustín.
Una vez dentro, se topó con los rangos que, aún hoy, se dividen así: el ranfleroo primera palabra es el “jefe” de la clica y quien tiene, a través de un enlace, comunicación con la rueda. Le sigue el segunda palabra, quien asume el liderazgo en caso de que el primero sea asesinado. Abajo, el soldado, es decir, el pandillero o pandillera ya brincado. El círculo continúa con las personas que aún no están vinculadas a la pandilla pero que, de alguna forma, brindan apoyo. De ellos, los chequeados son los más peligrosos: sicarios que están dispuestos a probar su valentía para entrar al grupo criminal. Por último, los bandera y orejas,quienes se encargan de tareas de vigilancia en los barrios.

Hasta hace un poco más de ocho años, las pandilleras como Doris podían llegar a ser soldados, aunque sus funciones eran distintas a las de los varones. “Nos usaban para hacer mandados, para ir a dejar droga o cosas así. La mayoría de las veces nosotras ni sabíamos qué iba en la mochila”. Pero en los últimos años, desde que murió El Abuelo, antiguo líder del Barrio 18, y asumió El Lobo, las reglas cambiaron. “El Lobo tiene otra manera de gobernar el Barrio y responde más a intereses políticos y económicos. Entonces, decidió que las mujeres ya no pueden brincar porque, según él, eran las que más sapeaban [delataban a sus compañeros con la policía] y eso perjudicaba el negocio”, comenta Agustín. Ahora solo pueden optar por ser banderas, con eso consiguen la protección del Barrio.
El negocio al que se refiere no son solo las extorsiones. La asunción de El Lobo, hace un poco más de una década, coincidió también con el crecimiento de las redes de narcotráfico y narcomenudeo, que ganaron terreno como método de supervivencia y financiamiento de las pandillas. Solórzano Foppa, quien ha seguido de cerca la evolución del crimen organizado, pone en la mira a otra organización que se gestó hace 23 años pero que ahora se empiezan a conocer sus tentáculos: losCaradura. “Esta estructura de narcomenudeo jugó un rol muy interesante en el ascenso de las maras porque ellos suministraban la droga a ambas pandillas. Y de alguna manera respetaban los territorios. Entonces, había una especie de oligopolio del crimen”.
El año pasado, más allá de la crisis de justicia y los evidentes intentos de usar a las maras como herramienta de desestabilización política, las investigaciones policiales revelaron que una buena parte de la violencia estaba ligada al intento de la MS13 de romper la alianza de los Caraduracon el Barrio 18 y así ganar territorios estratégicos como el barrio El Gallito, muy cerca del centro histórico capitalino. Dentro de esta guerra despiadada, las mujeres hoy ya no tienen cabida en las organizaciones.
Hace unos años, Doris recordaba ese tiempo excepcional en la pandilla como una época en la que aprendió a vivir. “Ahora no tengo esa aventura y esa protección porque me toca sola, sin mi exmarido. Pero a mí estar adentro me hizo re fuerte y yo estoy sacando a mis hijos adelante”. En ese entonces, me contó que estaba preocupada por ellos, aunque eran chicos empezaron a “querer juntarse con otros pandilleros”. Este abril intenté comunicarme con ella de nuevo, pero nunca me contestó. Agustín me contó que, hace poco, a Doris le mataron el hijo mayor.
el fantasma de bukele
La victoria de Bernardo Arévalo, en 2024, fue una sorpresa, la excepción a todas las reglas en Guatemala. En un país en el que la violencia es el pan de todos los días, fue la primera vez, desde el retorno de la democracia, en la que un presidente progresista gana las elecciones presidenciales sin que la parte medular de su campaña se enfocase en la mano dura. En los debates, el candidato evitó mencionar al Barrio 18 y a la MS13. Su objetivo, lo dijo, era más bien recuperar y depurar el sistema de justicia que ha estado cooptado por años y que había devenido en formas autoritarias que ponían en peligro la frágil democracia que sostenía al país. Una misión que parecía más urgente.
Pero esquivar las preguntas sobre seguridad no lo salvaron de tocar las entrañas de los altos mandos de las pandillas. Luego de que se confirmara su triunfo en agosto de 2023, la CIDH otorgó medidas cautelares de protección a él y a la vicepresidenta Karin Herrera, tras confirmar que existían planes para asesinarlos. Una fuente con vínculos con la B18 confirma que la ruedahabía entrado en negociaciones con algunos dirigentes de la “vieja política”: diputados, excandidatos presidenciales y algunos personajes vinculados a organizaciones de ultraderecha que pretendían evitar a toda costa que Arévalo tomara posesión. Aunque el atentado no se concretó, era un mensaje contundente de lo que la mara era capaz de hacer.
La seguridad ha sido siempre el talón de Aquiles para los gobiernos centroamericanos, y el de Arévalo no es la excepción. En sus primeros dos años de presidencia, la violencia aumentó. Según el Observatorio de la Violencia de la organización Diálogos, en 2025 se registraron 3139 homicidios, casi un 10% más que el año anterior. Además, en octubre de ese año, trascendió la noticia de que veinte cabecillas del Barrio 18 se habían fugado de una de las cárceles más grandes del país.
Solórzano Foppa fue uno de los primeros en denunciarlo. Su teoría es que se trató de un pacto. “Hubo una negociación previa entre el entonces ministro de Gobernación y las maras para disminuir las muertes. Y la información que yo tengo, y que me siguen confirmando, es que también salieron de la Mara Salvatrucha. Aunque parece que estos últimos regresaron después del escándalo”, asegura. El Gobierno negó el trato, pero sí confirmó las fugas. A pesar de que recapturaron a casi a la mitad, el incidente le costó a Arévalo la renuncia del ministro de Gobernación y confirmó una crisis de seguridad que hasta ahora parece no poder contener. Eso y la incapacidad de destituir a la fiscal general, una de las figuras más controvertidas de la política guatemalteca, ha sido la pata floja de un Gobierno que en dos años perdió casi la mitad de su popularidad.
Mientras, el fantasma del modelo bukelista recorre las conversaciones en las mesas familiares, en las calles y en las redes sociales que claman un “Bukele chapín” cada vez que los medios reportan otro asesinato a mano de las pandillas. Al que pareciera es un genuino pedido popular se le suma la propaganda de influencers salvadoreños y diputados del partido de Bukele que aprovechan los hechos de violencia en Guatemala para hacer tendencia pedidos de expansión del modelo salvadoreño. No es ninguna casualidad que, hace tres años, el periódico El Faro advirtió que el presidente salvadoreño estaba intentando crear un partido en Guatemala. Aunque en las últimas elecciones ninguno salió a la luz, en agosto del año pasado, medios comunitarios en el norte del país volvieron a reportar que enviados especiales de El Salvador viajaron para terminar de concretar un proyecto político llamado “El Cambio de Guatemala”.
En varias entrevistas Arévalo ha desmentido que su Gobierno tenga la intención de replicar el modelo de mano dura de Bukele, que incluye estados de sitios perennes, capturas en masa y la evidente violación a los derechos humanos. Pero lo que es cierto es que sí ha intentado imitar algunas técnicas, dicen expertos, “para calmar las aguas”. En el último año ha anunciado la creación de dos prisiones de máxima seguridad, y el partido oficialista logró la aprobación de una ley que cataloga a las pandillas como grupos terroristas. “No nos vamos a doblegar”, aseguró en cadena nacional. Por ahora, las intenciones no han logrado frenar la violencia en las calles ni quitarle el miedo a la gente. En las audiencias, cuando el juez les pregunta a los jóvenes con miradas desafiantes y que retuercen los dedos para hacer el número 18 cuál es su profesión y oficio, ellos siguen diciendo: “pandilleros”.



