pegarla como streamer

Los combates de boxeo entre influencers y otros personajes de la fauna digital comenzaron antes de la pandemia y son furor en todo el mundo, al punto que compiten en audiencia con transmisiones profesionales de este deporte. De las pantallas a las piñas, el fondo de estos shows es una narrativa entre egos. En la Argentina ya llenaron estadios de fútbol y recolectan millones de vistas. ¿Qué viene a decirnos el crecimiento de la violencia como espectáculo circense?

E n rituales funerarios tuvo su antecedente el antiguo espectáculo de los gladiadores, varios siglos antes de Cristo: familias aristocráticas homenajeaban al espíritu del difunto con combates a muerte entre esclavos. No es tanto la muerte de alguien lo que se ponía en juego, sino la condición mortal misma. Y sigue siendo —la mortalidad— tramitada en los espectáculos de combate, cuyas mecánicas, llevadas a fondo, matan. Muratori te salutant —Los que van a morir te saludan— quedó en la historia como la última frase que le decían los gladiadores al César antes de pelear. Como en rigor todos vamos a morir, eso expresa que el dispositivo instaura una suspensión de la mortalidad del público. Podemos vivir algo de la cosa —su espectáculo— sin que nos toque. Pero en la espectacularización de la mortalidad se erige, también, la épica de la resistencia. Cagado a trompadas no caés, y si caés te parás y seguís. El drama de la resiliencia y la superación, la aventura de la vida contra su destino fatal sella la hermandad última de los oponentes.

“Este tipo de eventos, sin bif [sin ofender], tienen que ser: pelea-pelea-pelea-pelea-pelea-pelea-pelea y una banda; nada de sesenta bandas, sesenta peleas. Acá es: pelea-sangre, pelea-sangre, pelea-sangre, sangre-bif, pelea-sangre, bif-bif-sangre”. El “bif (por beef en inglés) es la pica y quien habla es Coscu, un influencer de-gran-número de seguidores, en la previa del último Párense de Manos (PDM), realizado en la cancha de Huracán en diciembre pasado. PDM es la exitosa versión argentina de un furor internacional, los espectáculos en donde influencers, streamers y demás personajes mediáticos se suben al ring a boxear. Con audencias y negocios récord, que compiten con el boxeo profesional, proliferan eventos en Colombia, México, España, Inglaterra. Hasta Mike Tyson, a sus 58 años, y Floyd Mayweather accedieron a pelear contra entrenados influencers millonarios-en-seguidores. Acá se calzaron los guantes, por ejemplo, L-Gante, el Turco García, el cantante de Las Pastillas del Abuelo, o influencers como Tomás Mazza o Gero Arias que, aunque puedan ser supinamente ignorados por los agentes de la cultura letrada, son algo para millones de personas.

“No saben lo que es para la historia del streaming argentino que nos unamos entre todos para apoyar a un compañero —sigue Coscu—. Luquitas Rodríguez es un tipazo, y vos —añade mirando a cámara con lentes de sol— seguro que también sos un tipazo, así que prendé el celu, abrilo, dejalo abierto, agarrá el celu de tu compañero, dejalo abierto, prendé la tele, poné la aplicación”. Luquitas Rodríguez es conductor del exitoso Paren la Mano, emitido por Vorterix; él y su equipo armaron el evento PDM. Los anteriores fueron en el Luna Park y en el estadio de Vélez, siempre lleno y con muy-grandes-números de espectadores por Internet en vivo y aún más grandes después, en una multiplicación exponencial de cápsulas audiovisuales que, en realidad, comienza mucho antes del evento porque para eso se arma el “lore” [historia de trasfondo de algo] con mucho bif: meta videítos de uno entrenando, otro declarando sobre la madre del rival, otro opinando sobre…

El evento no es tanto la desembocadura sino el nodo de una trama audiovisual envolvente y continua; y el llamado al cuerpo resulta parte de la consolidación de las plataformas virtuales como espacio donde se experiencia como efectiva la existencia. Por cierto, uno de los patrocinios principales de PDM es Kick, la plataforma que lo transmitió en directo. El otro es Yoy, un banco digital. Pero cabe mencionar que en el de Vélez otro fue Stake, una casa de apuestas online, no regulada y sin restricción a menores, lo que motivó una denuncia de la Cámara de Salas de Casinos, Bingos y Anexos.

prueba de vida

En las sociedades tradicionales los ritos estructuraban el calendario. Pero la actualidad permanente, la temporalidad del continuo conectivo, dejó obsoleta la métrica diferencial del viejo calendario, con sus tiempos vacíos, o libres de producción (e incluso el ritmo mensual dado por el salario, hoy tristemente un lujo…). Ahora, eventos como el boxeo entre influencers son hitos que mojonan la cinta sinfín de la mediósfera, a la vez que alimentan esa maquinaria de la empantallada eternidad de lo mismo. Por eso se dice “abrí” el celular, más que “prendelo”; nunca se apaga. El evento —y las piñas— no interrumpe el flujo, lo intensifica como clímax físico. Son picos en el fluido magma de la economía atencional.

Luquitas Rodríguez es un joven entrañable y picaresco, talentoso y recursivo orador, carismático, ocurrente, con algo de la ternura que irradiaba Minguito pero adaptado a la acidez ambiente de las redes virtuales y con una voz apenitas granulosa como si fuera el hijo de Roberto Leto, el viejo comentador de fútbol de tono arrabalero. Un pibe bien argento, aunque la noche después del PDM en Vélez publicó un posteo que terminaba en otro idioma: “I’m a fucking entertainer. It might be cabaret, but it’s world class cabaret, and I’m the fucking best at it. Fuck yourselves” [“Soy un puto animador. Puede que sea de cabaret, pero es cabaret de clase mundial y soy el puto mejor en eso. Muéranse”]. ¿Con quién pelea en esos términos?

El nombre del evento PDM es tan parecido como antónimo del programa Paren la Mano, lo cual tienta a interpretar qué vínculo hay entre esas dos caras: la del entretenimiento de horas y horas de palabras e imágenes sentadas, donde la mano (y el pie) es accesoria —y bajo la figura de lo viral reina una temporalidad de lo efímero y pasajero—, y la del entretenimiento de las piñas, que bien podría llamarse “Paren de hablar, pasen a las manos”.

Este año, Rodríguez fue al recital de AC/DC en River y después hizo un vlog (“video-blog”, anglicismo al cuadrado) muy emocionado: “Decís quiero explotar, quiero explotar acá mismo. Hay una altura de intensidad a la que llega solo el súper evento. Hay un placer especial en el shot de… ahora se usa mucho la palabra ‘dopamina’. No sé si es dopamina. Pero hay una altura a la que llega solo el súper evento. Si bien nosotros estamos bombardeados por estímulos, hay una altura de éxtasis a la que no se llega artificialmente, hay una altura de adrenalina a la que se llega solo ahí. No la podés construir. Salís de ahí y decís: ‘uh, loco, hay algo verdadero’. Me pasó por encima. Después de tanto escroleo, volvés a sentirte vivo”.

El cuerpo empantallado, saturado a tal punto de estímulos y demandas que todo se embota en una indistinción sensible, necesita algo fuertísimo para sentir una diferencia, sentirse vivo y descomprimir. Esa quizás sea la lógica que lleva a los personajes que viven en el cuadrilátero digital a las piñas. En un ambiente hecho de puro simulacro, desbordado del verborreo incesante de las pantallas, la piña en la cara vale como índice de realidad. La herida y el dolor como refugio de lo verdadero en un ecosistema en donde todo puede ser editado, recortado, actuado, o expulsado fuera de la vista con un dedito nomás. Lastimarse como prueba de vida, como rabioso desquite de la subjetividad conectiva contra el cuerpo, fatalidad última de la que no termina de emanciparse.

salvarse, pegarla

De todos modos, en el boxeo de influencers, en general, no se ve la sangre, casi nunca sale para afuera. Se pelea a tres (o cuatro) rounds, se usan guantes mucho más acolchonados que en el box profesional. Incluso algunos usan máscaras protectoras —porque a la carita hay que cuidarla, aunque su destino cantado sea retocarla para que siga fit pantalla—. Lo que se pone en juego es la posibilidad de la sangre. Sí hay nocauts, como el de Gabino Silva, simpático influencer y cantor, que hizo caer blandito en la lona del Luna a William Banks, un yanki comediante y “personaje de Internet” que estuvo “sopre” por armar una falsa memecoin y donar la bolsa de guita del fraude a organizaciones benéficas de apoyo a Palestina.

La estrafalaria colección de personajes-peleadores exhibe linaje circense. La Gran Pelea fue otro evento, realizado dos veces en el Gran Rex, con la Tigresa Acuña como comentadora y Locomotora Castro como juez. Pelearon, por ejemplo, Rufus Maidana (hijo del Chino, excampeón mundial de peso welter), Escobeditto (youtuber, tiktoker, streamer) y Matías “El rey de la balanza” (streamer). También participó Julio Pitbull, influencer que ingresó a la fama por hacer de guardaespaldas de famosos. Pitbull es libertario (“Cuando él [Milei] habla me representa, siento que al fin hay una persona que sale del pueblo realmente y habla con la verdad”) y noqueó al Patón Basile, boxeador profesional, “peronista de Perón” y guardaespaldas de la familia Moyano.

También, en parte, teatralizó “bandos”: en el último PDM la pelea entre el periodista Manu Jove contra el influencer libertario Mariano Pérez. Y plenamente lo hará en julio en la pelea que ocurrirá en España, en la sexta edición del evento La Gran Velada, cuando se enfrenten el periodista deportivo, cercano a la Selección, Gastón Edul —messista y maradoniano— contra su colega español Edu Aguirre, amigo de Cristiano Ronaldo.

El que amagó sumarse a la movida fue Alejandro Fantino (quien, por cierto, supo filmarse disfrazado de gladiador y publicarlo). Proyectó una pelea contra el Ninja Enrique (expeleador de MMA, Artes Marciales Mixtas). Pero además se entusiasmó y promovió la práctica: “Voy a empezar a desafiar a algunos muchachos del medio, y cada uno puede decir ‘estoy para pelear con tal colega, o con tal colega’. Juntamos fondos, y que todo lo recaudado vaya para el Garrahan, o para el Gutiérrez, o para algún hogar de ancianos, nos divertimos, hacemos deporte, y bueno. Yo después les voy a decir, hice una listita hermosa, que me encantaría que empiecen a entrenarse, porque va a estar muy divertido, juntamos plata, ayudamos a la gente, y damos una linda imagen de gente deportista”.

La retórica del deporte modula a la salud como un mandato amenazante cuya cúspide realizatoria está en el juego de romperse. Esta moral guerrero-sanitaria fue enunciada clarita por Tomás Holder, instagramer-tiktokero que protagonizó el combate principal de la primera Gran Pelea contra Yao Cabrera (ambos ex Gran Hermano). Holder publicó en sus redes un video bajando línea: “¿Querés que te diga cómo pasarte la vida en un año? Esto no te va a tomar ni cinco, ni diez: un año. Es fácil: te levantás a las cinco de la mañana todos los días. Levantás tu fucking culo de esa fucking cama, te vas al gimnasio, entrenás. Ni bien llegás del gimnasio, te ponés a leer: leés un libro. Ni bien leés el libro, te ponés a trabajar, te ponés a cambiar el mundo, te ponés a cambiar tu fucking vida. Después de eso, dejás a todos tus fucking amigos panzones y pobres que te invitan a salir de fiesta, te invitan a perder el tiempo, y no vas a llegar a una fucking mierda haciendo esas cosas. Y después de eso dejás de perseguir a las mujeres, dejás las drogas, dejás el alcohol. Y ya está”.

Los mandatos morales del orden dominante no son tanto represivos como deseables. Tenés que obligarte a vos mismo si no querés quedar atrás. Estamos solos en la lucha y hay que hacerse valer con el propio esfuerzo. A la vida tomada como capital a optimizar, el desafío de las piñas introduce, en la subjetividad, al cuerpo como capital de riesgo. El yo-marca es también el yo-guardaespalda, y el yo-capataz y el yo-mula. El individuo mismo como escenario del mando y la obediencia. Hay que hacerla, salvarse, pegarla. Mandar o que te manden.

El recién mencionado Yao Cabrera fue el organizador de La Gran Pelea. Pero terminó preso. Lejos de robinhoodearla para apoyar a Palestina, como William Banks, fue condenado a cuatro años de prisión por reducir a la servidumbre a una trabajadora en su “Mansión Wi-Fi”, ubicada en un country en Escobar. La había contratado como editora de videos para redes y la encerró para exprimir de su cuerpo la mayor cantidad de contenidos posibles a cambio de lo menos posible. ¿Qué es la plata, el capital, sino tecnología de mando sobre otros?

pagar para ver pegar

“Párense de Manos puede ser un hito del streaming argentino para que nos empiecen a respetar más de afuera”, retoma Coscu en la previa en Huracán, expresando un afecto generacional de youtubers (“crecimos juntos, son muchos años”), una conciencia corporativa de los influencers no exenta de su cuota nacionalista. El fenómeno de los “creadores de contenido” subiéndose al ring a pegarse comenzó en 2018 con el combate entre dos youtubers ingleses, Joe Weller y KSI, con triunfo de este último —inicialmente viral por sus videos de payasadas—, y una audiencia de millones en vivo y muchos millones de ganancia. El fenómeno se expandió rapidito. La antes mencionada pelea de Tyson contra el influencer Jake Paul fue pasada por Netflix. Pero después, en 2023, la del mismo Paul que perdió contra Tommy Fury (inglés boxeador pero famoso por participar en un reality show) fue a demanda por la plataforma DAZN PPV: pagada por 800 mil personas a tickets de 50, 60 dólares para verla en vivo.

En el mundo anglosajón se consolidó el formato de PPV (Pagar para ver), mientras que en la Argentina se sigue el formato del evento español La Gran Velada, organizado por el influencer Ibai Llanos, cuya primera transmisión fue récord histórico en Twitch. Lo gratuito permite enfatizar la apelación comunitaria e identitaria: la comunidad de un canal de streaming, la comunidad de un programa, la de los seguidores de tal conductor, o la comunidad de los seguidores de tal influencer —ahora combatiente—, quienes se declaran “team fulano”. Si la comunidad es de consumidores, ¿la esfera donde somos productores queda tachada como espacio de gestación comunitaria?

“Acá se da también un ejemplo porque los chicos ven que gente que está todo el día con una computadora puede ponerse a entrenar”, dice Gonzalo, de 29 años, fan de Paren la Mano que estuvo en los tres PDM en persona. Hay ahí cierta analogía con el histórico poder de contención social de los clubes de box, pero en vez de “salir de la calle” es salir de la pantalla. Aunque en rigor es solo por tener presencia digital que se accede a participar aquí del evento. Y a quienes provienen de alguna trayectoria o campo de saber específico se los convierte en personajes del “mundo de las redes”. “Tuve que prepararme mucho en el box y en lo mediático y llegué al mundo de las redes para quedarme”, declaró Franco Bonavena, nieto de Ringo, que derrotó en Huracán al nieto de Monzón.

a mover el culo

La presencia estelar de PDM, sin embargo, es Maravilla Martínez, como certificación boxística, ya que en el mundo del boxeo manan resquemores y críticas a que el deporte de golpe sea acaparado por advenedizos. El campeón Maravilla dice que el fenómeno no deja de ser una difusión del deporte, que lo hará crecer y que “el box necesita más de los influencers que los influencers del boxeo”. El capital técnico a la zaga del capital atencional.

Pero el grueso de los participantes, lejos de vidas enteras dedicadas al deporte de combate, entrenan algunos meses, quizá varios, pero nada que no esté al alcance más o menos de cualquiera. Como la fama viral, que ya no consta de estrellas de otro mundo, sino de cualquiera que la pega y multiplica sus numeritos, el subtexto de las peleas de aficionados es también que cualquiera puede pelear. Solo hay que levantar el fucking culo… Cualquiera puede pelear y otra moneda corriente en este mundo de pantallas y piñas es preguntar y decir “a quién desafiarías a subirse”.

Entre la población pedestre, por lo demás, no paran de crecer los dispositivos de musculación. Los cuerpos armados son lo normal. Y no solo eso: el crecimiento del entrenamiento de boxeo es ostensible. Estos eventos proyectan una tendencia que es ancha en el llano también. En España, en solo cuatro años, se cuadriplicaron los clubes de box. En nuestras pampas, de menor elaboración estadística, basta con ir a cualquier plaza o campito para ver que donde la pelota era monarquía absoluta, hoy se guantea. Es ya sentido común que se trata del “mejor entrenamiento, el mejor ejercicio” y que tiene “múltiples beneficios para la salud”. Optimiza el cuerpo, preparándolo para romperlo. Hay incluso una nueva disciplina mercantilizada: el “boxeo sucio”. Las Artes Marciales Mixtas (MMA) no son tanto otro auge, masificado rápidamente en las últimas décadas, sino una faceta del mismo fenómeno.

quemado pero en guardia

En una era que ya suspendió hasta el tabú del genocidio, la asunción de la violencia como entretenimiento circense y diversión tiene su lugar en el régimen más general de la violencia. El cuerpo subordinado a los dispositivos de disponibilidad y rendimiento continuos está quemado pero en guardia. Ya el régimen conectivo de existencia fuerza al cuerpo psíquico a vivir en estado de alerta; y la pandemia fue también una gran incorporación del estado de alerta constante. Alerta, en guardia, en fin, porque, como dice Jonathan Crary en su libroTierra quemada, el capitalismo 24/7 somete a todo a una amenaza de destitución permanente; todos sentimos el riesgo de quedar en la lona. Es un microterrorismo, terrorismo homeopático, con la guerra en el fondo de la razón regente. Con la caída y el quedar afuera como horizonte de amenaza ubicua, tiene sentido que funcione la figura de las plataformas como tecnología de enganche a la existencia. Y es entendible que crezca entre adolescentes el boxeo: entrenar para la imagen en redes, para fortalecer la seguridad en sí mismos, y claro, por seguridad. El cuerpo debe entrenarse para la guerra celular de potencialmente cualquiera contra cualquiera; el Leviatán no es lo que era; cada cual cuida su culito. No se delega tanto la violencia en una institución que la monopolice con —o aspirando a la— legitimidad. La guerra de unos es la narrativa tecnomítica dominante, pero en la mistificación yoica del capitalismo financiero, por supuesto, algunos son peso liviano, otros bien pesados, y otros dueños de circo.