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para salir jugando desde abajo
Se llama Villas Unidas, ya juega en el Torneo Femenino de la AFA y tiene 30 centros de entrenamiento distribuidos en distintos barrios periféricos donde se prepara un equipo de inferiores para el 2020. El objetivo es pararse de manos frente a los clubes grandes que extraen la renta de los que triunfan y se olvidan de los que no llegan. La economía popular contra el extractivismo villero.
Fotografía: Jose Nicolini
26 de Diciembre de 2019
crisis #40

 

Durante el verano de este año se inauguró el club de fútbol Villas Unidas como una iniciativa audaz que combina la atención integral de les pibes y la protección frente a tanta ambición desbocada de los representantes y los clubes más poderosos. Detrás de la propuesta hay profesionales consagrados y movimientos sociales que trabajan en barrios populares. Algunas categorías ya juegan en AFA y pronto se sumarán otras. Chicas y chicos dieron el puntapié inicial de un proyecto villero que se propone a largo plazo. Los potreros enormes de Villa Fiorito, de tierra dura, nada de césped sintético, donde arrancó Maradona antes de ser Maradona. Los potreros del barrio San Jorge, en Don Torcuato, donde empezó a pelotear Juan Román Riquelme. Los potreros del Barrio Ejército Los Andes, donde comenzó Tévez antes de volverse de todo: jugador estrella, novedad en China, protagonista de publicidades y de su biopic en Netflix.

Quizá bastaría con esto: no hubo que maquillar mucho Fuerte Apache para recrear esos años en los que el delantero de Boca era pibe y jugaba al fútbol por ahí. Para muestra, un viento: en 2018 una tormenta terminó de derrumbar el techo del Club Santa Clara, en donde Carlitos se inició. Chicho, el presidente, salió en televisión a pedir su ayuda. En la Torre 1 del barrio de monoblocks, donde un mural del jugador de Boca mira desde la altura, los años corren pero no tanto.

Los jugadores pasan, pasaron, pasarán, pero los barrios quedan y miran desde lejos el crecimiento de esas pepas de oro que surgieron de sus entrañas y empiezan a brillar en el exterior. Para cortar con ese extractivismo desaforado, una tarde de verano de 2019 en el Club Excursionistas se escuchó el anuncio de un modelo nuevo, una propuesta que cantó truco a todo eso. “¿Cuánto le tocó a Villa Fiorito de todos los millones que generó Diego? Cero pesos. ¿Y a Fuerte Apache por Carlitos Tévez? Cero. ¿Y a Excursionistas por René Houseman? Este es un club único en el mundo, no se equivoquen, porque los mejores van a seguir saliendo de los barrios más humildes, porque esta es una sociedad perversa. Y ahí quiero ver a los clubes más poderosos viniendo acá a pagar lo que valen, no algún mísero derecho de formación”, dijo esa tarde Fernando Signorini, expreparador físico de Maradona y del seleccionado argentino, alma máter de este proyecto que busca combatir la explotación y armar un espacio de formación desde el deporte, no solo para los que logran trascender sino también para aquellos que se quedan en el camino.

Villas Unidas es ese club que nació de la mano de Signorini, de César Luis Menotti y su Escuela de Entrenadores, apoyados en las organizaciones sociales: “Es la primera vez en la historia total del fútbol que un equipo compuesto por jugadores provenientes de los barrios más postergados de la sociedad es autorizado a competir –a partir de tres categorías de infantiles y una de damas– en el torneo oficial de la Asociación del Fútbol Argentino”. Un proyecto que, más allá de lo deportivo, plantea un debate político y social.

Los jugadores pasan, pasaron, pasarán, pero los barrios quedan y miran desde lejos el crecimiento de esas pepas de oro que surgieron de sus entrañas y empiezan a brillar en el exterior. Para cortar con ese extractivismo desaforado, una tarde de verano de 2019 se escuchó el anuncio de un modelo nuevo.

 

brotes verdes

Es como plantar un roble, según la metáfora que usó Signorini aquel día de la presentación en sociedad. Un roble que tendrá sus ramas más altas dentro de veinte, treinta, cuarenta años. La apuesta es convertirse en un club tan importante como Boca o River. Saben que de los barrios más pobres salen los pibes más talentosos y están dispuestos a cuidarlos, a no dejarlos pasar de largo.

Los primeros brotes de ese roble entrenan todos los martes y los jueves en Floresta. Son las chicas que debutaron en septiembre en la división C de la AFA. Llegan en colectivos, en bicicletas, con hijos y con tareas desde distintos barrios del conurbano y de Capital hasta el Club Pomar para dejar durante dos horas todo al servicio del equipo. Entrenan en una cancha poco iluminada pero que sirve y mucho. Treinta y cinco pibas fichadas para jugar.

Hacía muchos años, unos veinticinco, que Signorini venía pensando en el asunto: “Me empecé a preguntar de qué manera el poder se adueñaba de todo lo que producían los barrios populares. A Fiorito no le tocaba nada de lo que había producido Diego, pero antes también había pasado con Houseman. Empecé a concebir la idea de formar un club que pudiera competir oficialmente en los torneos de AFA y formar parte de los clubes oficiales para que los derechos federativos y económicos les correspondieran y así los clubes de las villas no tuvieran que padecer esa explotación brutal con que se llevaban a sus principales riquezas a cambio de algún porcentaje de formación, que es ese 6% que nunca se sabe de quién es en realidad”.

Cada vez que un jugador exitoso se vende a un club, el lugar que lo formó recibe un porcentaje. Eso pasa, sin embargo, si la institución está afiliada a AFA. Si no pierden los más débiles, y los clubes más grandes, con más estructura, son quienes reciben esa suma.

 

el gran roble

Hace uno año, en un viaje de vuelta de Chaco, Signorini habló con gente de la Escuela de Entrenadores de Menotti. Contó su idea y el apoyo fue inmediato. Enseguida charlaron con referentes de los barrios. Se armó un núcleo de gente vinculada al fútbol pero con re exiones sociales sobre lo que sucede en el ámbito profesional. “Construyen una crítica interna al fútbol y al mercado”, explica Franco García Dellavalle, vicepresidente del club y referente del movimiento La Dignidad. La idea en principio era armar un club por villa pero las organizaciones bajaron a tierra la cuestión: “Se te va a armar la barra antes que el club. Además, sostener setenta asociaciones civiles es inviable en términos técnico administrativos”, les dijo García Dellavalle en ese encuentro. Sabía de lo que hablaba porque es abogado cooperativista. Y contraofertó la idea del seleccionado de todas las villas. Así, el fútbol social armado por las organizaciones empezó a reconvertirse en nodos de Villas Unidas. Y ya están en ese proceso.

El presidente del Club es Fabio Romanella: “Hay clubes actuales que tienen una identidad villera por lugar, estética, pero funcionan como un club normal en el marco del fútbol argentino, no piensan en la inclusión. Lo nuestro tiene que ver con entender al deporte como algo más, con una construcción comunitaria”. ¿Qué se proponen, entonces? En el camino de esos potreros o canchitas a las grandes ligas quedan muchos desparramados en el camino; chicos que durante años pusieron trabajo, tiempo, esfuerzo, hasta que les dijeron “no va más”. Un largo etcétera que deja a muchos por fuera de esa gran maquinaria de hacer dinero que empieza con pases de un club a otro y el anhelado fichaje en el exterior para una inframinoría. Villas Unidas intenta darle lugar a todos: los que llegarán a destacarse y los que quedarán en el camino. Para los primeros será importante porque tendrían una formación y una contención con clave social. Para los segundos, porque más allá del fútbol, en las escuelas aprenderán distintos oficios. Sobre ese futuro en formación, García Dellavalle dice: “Nosotros proponemos que parte de la guita no vuelva al club sino a la obra pública del barrio donde nació el pibe como decisión interna del club. Esa es la discusión. Hacer el gesto de que lo que el barrio dio, vuelva”.

Mientras tanto la apuesta hoy es por el fútbol de mujeres y las clases 07, 08, 09 y 10 de varones que armarán un seleccionado para el 2020. Las semillas de ese gran roble están sembradas.

El anuncio trajo un aluvión de llamados. Algunos empresarios se acercaron a decirles: “Van a recuperar una parte del fútbol que se perdió. En los ochenta era sencillo ir a cualquier villa y hacer veedurías. Desde el 2001 eso se complicó. Ustedes van a recuperar un semillero que habíamos perdido”.

 

nodos unidos

Bárbara Corte tiene 36 años y es la capitana del equipo de fútbol femenino de Villas Unidas. Trabajadora social, mamá de dos niños, un día leyó en el diario sobre el proyecto y supo enseguida que quería estar ahí. Combinaban deporte y perspectiva social. Todo cerraba. Ella había vivido en Estados Unidos en los noventa y allá el fútbol era deporte para todos en la escuela. Cuando volvió a Argentina, el boom de fútbol femenino todavía no había llegado, así que recién hace poco empezó a jugar al futsal en una liga no profesional. Acá recuperó algo. Y se convirtió en la capitana de este equipo integrado por chicas de zona sur, La Matanza, con chaqueñas, misioneras y colombianas.

“La Dignidad y El Frente de Acción Peronista, que ya tienen equipos de fútbol femenino en los barrios, trajeron a las mejores pibas y en una segunda instancia más masiva, quedaron alrededor de doscientas y se conformó una base que está fichada en la AFA. Podés tener tres extranjeras y eso para nosotros es un problema concreto”, detalla Romanella. Fue cuestión de tiempo. El anuncio trajo un aluvión de llamados. Algunos empresarios se acercaron a decirles: “Van a recuperar una parte del fútbol que se perdió. En los ochenta era sencillo ir a cualquier villa y hacer veedurías. Desde el 2001 eso se complicó. Ustedes van a recuperar un semillero que habíamos perdido”. Un club dentro de las villas, en territorio.

Hasta ahora cuentan con el debut en la Primera C del fútbol femenino y las pruebas masculinas para las categorías de 2007-2010 con prácticas en Parque Sarmiento, Lanús y La Matanza. El equipo que de ahí resulte debutará en el campeonato infantil que iniciarán el año que viene en la AFA. Un objetivo es construir una gestión de finanzas abierta para que los aportantes puedan ver el control del dinero y también conseguir un espacio físico.

¿Hay antecedentes de algo similar? García Dellavalle menciona a los Torneos Evita pero fueron estatales: “Los movimientos sociales van tomando lugares que el Estado abandona. Y me parece que Villas es un caso de construcción de política pública comunitaria por iniciativa de los movimientos sociales. Hay algo que tiene que ver con cómo se ha transformado el rol del Estado y cómo las organizaciones van bacheando eso que queda. El fútbol sigue siendo el articulador en los barrios. No ha aparecido otra cosa. Algo que está siendo convocante son las peleas de gallo del freestyle y un poco menos el laburo con skate. Acá las organizaciones convierten su trabajo de inclusión social por deporte en nodos”.

El Club se inició con treinta centros de entrenamiento y abordaje social en los barrios populares que deben cumplir con ciertos requisitos (cancha para practicar, financiamiento propio, nombrar responsables) para participar de la red y recibir asistencia (de cómo hacer las cosas, por ejemplo). Villas Unidas se compromete a “transferir en obras los derechos de formación a los nodos de donde son originarios los jugadores, respetando las decisiones de aplicación” cuando en un futuro los pibes y las pibas empiecen a romperla en la cancha. Cada nodo tiene que trabajar distintos temas: nutrición, prevención de adicciones, género, discriminación. En síntesis: Villas Unidas es la nave nodriza, el club madre que tiene más posibilidades de conseguir financiamiento.

 

jugar con fuego

Nuestro planteo es que sea una escuela de formación modelo. Vamos a tener un abordaje distinto porque es territorio. Eso está montado sobre el trabajo previo de las organizaciones sociales y los saberes. Son las organizaciones las que están poniendo los transportes, los médicos, las ambulancias, para todo”, retoma Dellavalle.

“A los gobiernos no les interesa demasiado el rol del deporte en la sociedad como un argumento para formar a los chicos de la mejor manera posible –dice Signorini. No hay políticas en serio y el Estado parece distraído en otras cuestiones. Utilizan al deporte solo cuando alguno de los talentos vuelve con una medalla; ahí se dan cuenta de que existe. Si el deporte no sirve para educar, no sirve para nada; solo para el gran negocio, que es sanguinario, tremendamente injusto y que ha pervertido los valores genuinos para los que el deporte fue imaginado”. Esto es para el futuro. Con esa idea juega Signorini y agrega: “Está proyectado de acá a 50 años. Si no sufre interferencias, Villas Unidas puede ser uno de los clubes más importantes porque los mejores jugadores van a seguir saliendo de las villas. Pero más allá de que puede favorecer a los chicos que salen, la idea es ocuparse de aquellos que no tienen talentos de trascender en el deporte, por eso se crearán escuelas de oficio, de arte, y los mejores irán a la universidad para desmentir esa burda mentira de la gobernadora Vidal”.

Cuatro de los dieciocho equipos de la Primera C participan como invitados: Canning Country, Metalúrgico, Trocha y Villas Unidas. El partido debut de las chicas en septiembre fue 2-2 ante San Martín en Burzaco. Punto adentro. De local jugaron en la cancha del club D10, en Pilar, en la segunda fecha. El primer triunfo llegó ante Cañuelas, un 1 a 0 de visitante el 8 de octubre. Las Villeras contra las Tamberas anunciaban las páginas futboleras de Cañuelas y describían la buena jugada de las chicas de Villas Unidas: desborde de Bárbara Corte O´Dezaille, centro rasante, gol de Sofía Alsogaray. “Atrincherarse no es de valientes y este es un equipo de valientes”, les decía a los periodistas de Cañuelas el DT Gustavo Levine, que sonreía y sonreía porque el equipo había ido por más.

En los entrenamientos de Floresta incorporaron la lectura de un cuento. Un rato nomás, pero algo que sume. Un día leyeron el texto “El mundo” de Eduardo Galeano. Una de las chicas dijo que no sabía qué querían decir. Las otras le explicaron: “Somos fuegos intensos para aprender”. “Ahora sí”, dijo la chica.

Están en mitad de tabla. Hay un proceso de adaptación al campeonato, explica Romanella. Como sea, no es lo más importante. Así lo confirma Bárbara, la capitana: “Se pueden ver otras cuestiones más allá del ascenso. Acá también se juega el derecho al placer. Está lo profesional, el derecho a un trabajo, pero en primer lugar el derecho al placer”.

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