luche como un infiltrado

Hace poco uno de nuestros editores se encontró en la calle con un conspicuo cuadro del peronismo. Había comenzado su militancia en los años setenta, en la izquierda nacional. Llegó a ser funcionario con el menemato, período en el que se llenó de plata y aprendió el lenguaje del poder. Durante la etapa kirchnerista se mantuvo en un segundo plano aunque consolidó su lugar en la casta bajo el ala de distintos gobernadores. El clímax de su carrera fue gracias al gobierno de Fernández, en el que ocupó puestos de primera línea. Uno de esos tiburones que fuman bajo el agua. El periodista le dijo que sentía una sensación muy parecida a la de comienzos de los noventa, cuando la derecha desplegó una fuerte hegemonía cultural y política, y estabilizó la crisis instalando un programa neoliberal que duraría varios años, con apoyo de los Estados Unidos. La respuesta del experimentado político fue dramática: “Ojalá estuviéramos en esa película, lo que estamos viviendo a mí me recuerda mucho a 1976. La principal tarea ahora es sobrevivir”.

La frase nos pareció exagerada. Si la tomamos como una descripción del poder opresor de turno resulta imprecisa, pues la posdemocracia no se parece a la dictadura (al menos por ahora). Pero hay otra significación en juego que la torna inquietante. Tiene que ver con el estado de ánimo de nuestro campo. Y se llama derrota. Una relación de fuerzas demasiado adversa que te aplasta. La prepotencia de una extrema derecha que no tiene pruritos y está decidida a arrasar sin miramientos con quien se le oponga. Una avanzada que, lejos de amainar, en 2026 acelera. El Gobierno aprovechó las sesiones extraordinarias para aprobar leyes de fuerte contenido antipopular, mientras en el continente la invasión a Venezuela y el criminal asedio contra Cuba impusieron la ley imperial como nunca antes.

Hay quienes se entusiasman con un traspié de Donald Trump en los comicios de medio término, en noviembre, que podría ser un punto de inflexión capaz de modificar la tendencia. Ojalá se cumpla un pronóstico tan optimista. Pero tenemos la íntima sospecha de que el atolladero no se soluciona en el ámbito electoral. No se perdió apenas una batalla y en la próxima contienda se puede emparejar, sino que un ciclo histórico está agotado y los efectos de esa clausura trascienden la coyuntura. Estamos ante una derrota política de gran calado, que se manifiesta en la desintegración de nuestra fuerza colectiva. Las organizaciones populares y sus métodos de lucha han perdido buena parte de su eficacia. Las narrativas, las consignas y los liderazgos son parte del problema y producen más ansiedad que esperanza. El proceso de descomposición va a proseguir, inclemente, hasta que surjan nuevos sujetos que sean capaces de alimentar la resistencia y de liberar la imaginación política, hoy abatida por el miedo.

En rigor, esa emergencia ya está aconteciendo aunque no nos resulte del todo visible. Va a necesitar tiempo de cocción, aprendizaje y despliegue. Habrá que rescatar de las luchas pasadas la experiencia que resulte útil en las circunstancias del presente. Y al mismo tiempo será preciso derribar algunos mitos de ese legado que resultó insuficiente. Entre ellos se destaca una pregunta olvidada: qué hacer con la violencia. La imposibilidad de reaccionar cuando las clases dominantes deciden imponer sus planes mediante la fuerza bruta es una secuela de la derrota de los años setenta. La insistente teoría del infiltrado cada vez que alguien del pueblo insinúa un acto de contraviolencia es el ejemplo más evidente de que estamos ante una tara ideológica que encorseta. Un tabú impuesto por el terror a que nos apliquen el mote de terroristas. No hay respuestas fáciles a este dilema de fondo, el riesgo de recaer en el estereotipo es patente y no alcanza con hacerse los valientes, porque hasta los más rudos estados antiimperialistas están siendo doblegados con facilidad. Se requiere ante todo inteligencia. Y un nuevo tipo de audacia, capaz de aunar en un mismo gesto el cuidado y la rebelión. A 50 años del último golpe militar, algo habría que hacer.