los tareferos y su guerrilla tiktoker

Ante la crisis yerbatera, decenas de miles de tareferos migraron a trabajar a Brasil. Allí encontraron buena paga y excelentes condiciones laborales. Pero algunos no quieren regresar: invirtiendo la tradición guaraní, protagonizan un nuevo movimiento tiktoker para que “la tierra sin mal” quede en Misiones.

“ ¿Y ustedes los argentinos a dónde van cuando les llega la mala?”. El peón mexicano me lanzó la pregunta con la naturalidad de quien habla de los problemas en común. Yo lo había interrogado a preguntas durante casi una hora. Estábamos los dos latinos en el medio de los Estados Unidos, en lo peor del invierno, con metros de nieve y días cortos. Él, haciendo su trabajo. Yo, el mío. Ahora, con el grabador apagado, se emparejaban las cosas hacia ese lugar compartido. “Los argentinos no nos vamos a ningún lado —le contesté entre risas, sorprendido por esta particularidad nacional que no había tenido en cuenta—. Algunas personas de clase media se van a Europa, pero cuando llega la mala básicamente no tenemos a dónde escapar, estamos en el fondo del mapa”. Pensé que si estuviésemos al lado de Estados Unidos ya no quedaría nadie. Pero Argentina no solo no expulsaba en masa, sino que en la región era una histórica receptora de migrantes. Quizás esa fuera una de las claves de nuestra conflictividad social: teníamos que pelearnos entre nosotros, porque estábamos encerrados entre el subdesarrollo de los países vecinos y el mar.

Esto fue hace diez años. Y ya no es así. Una de las novedades de la Argentina libertaria es que, en la provincia de Misiones, miles de tareferos se están yendo a trabajar a Brasil. Lo que era un movimiento corto de no más de 8000 personas —la “zafrinha”— ahora constituye un éxodo de 40.000 compatriotas, entre los cuales no todos piensan volver. La suma de estrategias de supervivencia individual, los cálculos de pesos y reales, la búsqueda del contacto en el país vecino y los arreglos en portuñol reemplazaron los cortes de ruta, los tractorazos y las huelgas de antaño. La fiebre migratoria deja casas abandonadas repentinamente, sin vender ni alquilar, con malezas creciendo en el frente y juguetes tirados en el fondo. También familias divididas hasta nuevo aviso y desescolarización masiva. El pasaje del conflicto colectivo al rebusque individual parece hacer juego con los valores que milita La Libertad Avanza que, aun perdiendo un tercio de los votos, volvió a ganar en 2025. Sin embargo, un segundo nivel de lectura permite ver en las apuestas de los tareferos formas autónomas de ruptura con sus viejos empleadores y políticos y, quizá, con sus modos de organización colectiva. De ese espacio de rápida mutación política, crisis social y éxodo masivo surge la guerrilla digital de los tareferos tiktokers.

mito ancestral y base económica

La migración a un lugar mejor cuando el terruño se agota está contenida en el mito guaraní de “la tierra sin mal”: la búsqueda eternamente renovada de un lugar sin carencia ni daño, que fue llevando a este pueblo a moverse siempre de sitio cuando llegara la señal. Esta pauta de siglos se renovó en la circulación de sus descendientes paraguayos, brasileños o argentinos entre nuestros países, y fue recargada por la historia de los inmigrantes germanos y eslavos que poblaron la zona a principios del siglo pasado. El hecho es que la migración, y mucho más al interior de ese mismo territorio-frontera —una patria previa y propia, con su mezcla de polka, español, portugués y guaraní—, no solo es una necesidad económica coyuntural, sino una posibilidad abierta en el alma de un pueblo habituado a esos movimientos. Ya Quiroga, Barret o Varela dejaron en muchos de sus relatos escenas de tareferos, mensúes y “gaúchos” comunicando sus fugas, sus crímenes o sus huelgas en su extraño portuñol.

La migración tarefera conecta con ese mito ancestral, pero tiene como detonante una “base económica” muy terrenal. Desde que se constituyó el mercado de trabajo yerbatero hace más de un siglo, los obreros y obreras se acostumbraron a cobrar a destajo, recibiendo una cantidad de dinero por una cantidad de hoja cosechada. Así, en vez de negociar un salario por tiempo, se acostumbraron a cobrar por producción y precio, absorbiendo las variaciones del mercado. Durante la crisis de 2001/2002, el valor de la hoja verde se fue a pique. Esto motivó movilizaciones históricas con tractorazos, cortes de ruta y ceses de comercialización de los pequeños y medianos productores —los “colonos”, como se los conoce en la zona—, para que el Estado garantizara un precio mínimo. Tareferos y tareferas apoyaron el movimiento y hasta fueron su principal contingente. Lo hacían por auténtica solidaridad con colonos con los que compartían cotidianidad y trabajo. Pero también por un interés propio basado en la lógica del destajo: cuanto más se pagara por la hoja verde, suponían que ellos también cobrarían más por la tonelada.

Fruto de esas movilizaciones, se creó el Instituto Nacional de la Yerba Mate. El INYM, sigla que aún debe estar como estampilla de tu paquete de yerba, aseguraba un precio mínimo que las procesadoras debían pagar a los productores de la hoja verde. Ese precio debió haber ayudado a que pagaran mejor a las y los tareferos que la cosechaban. Pero la cascada nunca llegó tan abajo: los obreros y obreras de la yerba siguieron con remuneraciones cuerpo tierra, intentando compensar la baja paga con planes sociales y más toneladas cosechadas por día, hasta romperse los cuerpos.

En la oleada de 2023, muchos votaron masivamente a Milei. Invocaron la motosierra para hacer justicia y barrer con los políticos que les habían dado la espalda todo ese tiempo. Al menos esa era la fantasía redentora del voto violeta. Ni bien asumió, el nuevo gobierno eliminó la potestad del INYM para fijar el precio mínimo de la hoja verde. Las procesadoras pasaron a pagar valores bajísimos a los colonos. Y ellos trasladaron la baja a los obreros, a la vez que los convocaban a movilizarse juntos. Pero los tareferos, a diferencia de 2001, los dejaron de garpe. No solo negaron solo a movilizarse, sino tambien a trabajar. “Cuando conseguimos el precio mínimo, nunca dejamos de ser pobres”, repasa Ana Cubilla, secretaria general del Sindicato Único de Obreros Rurales. “Por eso nadie siente que haya sido Milei la diferencia. Ahora la gente dice ‘que se arreglen solos estos gringos de mierda’”, sigue. A la revancha contra la política se sumó el abandono a los colonos. Y así la fuga se resignifica como otra dimensión de la misma respuesta política. Una suerte de “deserción” como la entiende Bifo Berardi. La señal para partir a “la tierra sin mal” había llegado. Y era Brasil.

ropa sucia afuera

“Cuando volví me compré un freezer al contado y un sommier. Jamás lo podría haber hecho si me quedaba del lado nuestro”. Los relatos sobre la experiencia brasileña contrastan fuerte con la realidad argentina y alimentan fantasías a metros de la frontera. “Hasta un colono se vino a trabajar con nosotros. […] Con lo que cobra, se queda con lo suyo y transfiere a Argentina para pagarles a dos peones que dejó cuidándole el campo. Siempre le digo ‘tres veces lo votaste’. Ahora está arrepentido”.

Pero no solo se trata de dinero. Miles están experimentando el flash de trabajar en condiciones dignas. Hasta les cuesta acostumbrarse. “Nos vino a retar el patrón porque habíamos dejado la ropa colgando afuera, para volver a usarla al otro día. Nos dijo que por favor no hagamos eso porque lo iban a multar. Ellos tienen la obligación de lavarnos la ropa todos los días. Los domingos controlan con drones que no trabaje nadie. Un día cayeron los fiscalizadores del Ministerio de Trabajo con un centímetro, para chequear que los colchones donde dormíamos midieran 20 centímetros como mínimo”. En Argentina trabajaban acampando debajo de lonas, sin baños, bajo las heladas invernales durante semanas, para aprovechar el tiempo y que les rindiera el destajo. Los patrones brasileños no son más buenos que los argentinos: los tareferos ven un Estado que, por algún motivo, controla las leyes vigentes. “Nosotros con suerte tomábamos un mate y salíamos. Allá el patrón nos traía un kilo de queso, mortadela y pan para desayunar. No entendíamos nada. Además de que pagaban más, no gastábamos en alquiler ni en comida”.

hola mi gente

Las distancias y la necesidad de comunicarse en el marco del éxodo hacen que los grupos de Whatsapp estallen. Los tareferos se pasan información sensible 24/7: quién pide laburantes, cuánto paga, videítos sobre el trabajo, animales, sorteos, contactos de Brasil, chistes, lamentaciones, guarangadas, evangelistas, novedades, opiniones, accidentes, amenazas de mecanización o rumores de brasileños que piden argentinos para otras cosas. Todo convive en una suerte de asamblea permanente y a la vez fragmentada. Es una instancia de síntesis colectiva de sus experiencias. No está en ningún lugar ni en ningún momento. Y está en todos a la vez.

Si hay referentes de facto, se trata de un rol ganado en la práctica, sin cargos solidificados, en un marco horizontal: la palabra circula desinhibida, sin ninguna ortografía ni dueños previos de ninguna verdad. No son grupos hechos para dar ni recibir ninguna indicación. Son para orientarse mutuamente. Su antepasado analógico no es el sindicato: es la esquina o el bar.

Pero no hay ningún bar ni esquina que nuclee a tantos grupos, de a doscientos tareferos, de puntos tan lejanos y mucho menos las 24 horas. En rigor, este (no) espacio está conectando a tiempo real a gente que jamás se hubiera reunido, y les permite acelerar su conciencia colectiva de las cosas. Es una pertenencia activa. Porque es propia, les sirve y vehiculiza una “comunidad espiritual” que ya existía antes del Whatsapp, solo que mal comunicada, mediada por otros o con alcance local. Hoy ya nadie piensa su vida, ni negocia sus condiciones laborales al margen de esta inteligencia social que trasciende las fronteras nacionales. Y un patrón ya no se enfrenta a un individuo aislado, sino a un tarefero o tarefera con esa segunda existencia, informada de todo.

Esto no cambia de por sí las relaciones de fuerza entre empleadores y empleados. Pero la centralización horizontal de la data ayuda a los más débiles: previene abusos, maniobras y engaños a los que patrones y capataces sometían a los viejos mensúes a base de aislamiento y desinformación, como contaba Bialet Massé en su informe sobre “las clases obreras”, a principios del siglo XX. Ahora, irónicamente, herramientas capaces de controlar e inducir hasta los deseos de la gente —como el celular y las redes— son resignificadas como parte de una posible reorganización colectiva y horizontal de los de abajo, en la época de la digitalización de la vida.

En la misma línea, después de jornadas largas y físicamente extenuantes, donde todo invita a escabiar algo frío, poner la mente en blanco y entregarse al scrolleo sin fin, TikTok aparece como otra habitación más de la inteligencia socioafectiva de los tareferos. Allí el código es otro. Pero sigue la socialización creativa de lo que pasa en todos lados, a todo momento: desde una lluvia fuerte hasta manifestaciones contra algún político; desde una proeza física en el trabajo hasta una torta de cumpleaños mal hecha. “Hola mi gente”. La vida se duplica para quienes realizan los videos y para quienes los consumen. El soporte no es la palabra escrita sino la teatralización de la realidad. Y los que mejor lo logran son quienes más seguidores cosechan. Con ironía. Con consejo. Con comentario. Con gracia. Creando antagonismos. O con cruzadas solidarias.

La última es la del maestro influencer @fabianbautistaok. Su campaña fue para que la selección argentina envíe a todos los tareferos un saludo en pleno Mundial. Fabián logró involucrar a Ingrid Grudke —conocida modelo misionera— para llegar a los jugadores y visibilizar aún más la campaña. Semejante movida surgió a partir de que visitara a un obrero de la yerba cuando arrancaba a trabajar con la helada. El saludo no se pidió “para los misioneros” ni para los “yerbateros”: fue bien específicamente para los tareferos. En la aparente ingenuidad de una campaña solidaria, se filtró un dardo de clase hacia el interior de Misiones, y hasta para algunos jugadores argentinos, que publicitaron la marca de yerba Baldo, hecha en Brasil y de picado tipo uruguayo.

“vamos a copar el algoritmo”

Así, entre la crisis, el éxodo y esta segunda existencia digital, surgieron grupos de tareferos que aprendieron el lenguaje de la época y se organizaron como una suerte de guerrilla virtual. Componen una red subterránea de referentes cuyos contactos entre sí no son públicos, y que coordinan la producción de contenidos de TikTok para que la causa tarefera acumule fuerza no solo en la virtualidad, sino en la tierra. Para lograrlo, nada más lejos de la solemnidad panfletaria: “Un compañero se largó a hacer videos de TikTok y llegó a 100.000 seguidores. Comenzamos con chismerío. Después con desafíos de peleas entre tareferos de distintos lugares. Desafíos de influencers. La gente se entró a enganchar. Unos apoyaban a uno y otros a otro. Y se apostaba. Después sorteábamos un lechón o una heladera. Todos los días, cinco videos por día. Funciona así. Se armó una cosa de miles y miles de seguidores”.

Hasta ahí, según uno de sus principales organizadores, lo conocido. La resignificación llegó después, una vez conquistado un lugar en la inteligencia socioafectiva de la gente: “Y ahí empezamos a contar sobre el trabajo, hablar lo que estaba pasando, recamar a la ministra de Trabajo —que está hace mil años, anda en 4×4 y nunca pisa el campo, la pelo duro esa—, un poco de ‘adoctrinamiento’, je, pero tranquilo, con consejos, a la noche, después de trabajar, tomando un mate, para que no lleven a los niños a trabajar al yerbal, para que estudien”. Es decir: una “bajada” con la naturalidad de lo hecho desde adentro y como parte del modo de vida total que es ser tarefero —junto al sorteo chabacano, la charla del clima o los cortes de luz—, que hace de cada tiktoker alguien distinto y a la vez igual a los demás.

“En realidad lo aprendimos de los libertarios. En 2021 empezaron con vivos donde uno hablaba y cien escuchaban. Pero tenían un loco a las nueve de la noche, otro a las once, otro a la una de la mañana, otro a las cuatro de la mañana y así. Todo el tiempo. Y así sumaban dos o tres mil. ¿Dónde iban a juntar tanta gente, y más en pandemia?”. Hubiera sido mala idea intentar copiar la fórmula sin más. Poner a otra gente a decir otras cosas, pero con el mismo formato. La guerrilla tarefera digital resignificó esa pauta conectando con la experiencia real del universo yerbatero, a la intemperie, y reorganizó a partir de allí los antagonismos simbólicos que habilita su modo de vida. Y, sobre todo, horizontalizó la palabra: “Después empezamos con vivos, entre varios, luego de la jornada, tipo panel de stream, donde hablamos de todos los temas. No solo del trabajo: de todos los temas”.

La “fase superior” de la horizontalización digital fue cuando pasaron de la producción de videos —donde, por más contestatario que sea el contenido, la mayoría de la gente ocupa un rol pasivo— a la creación de un espacio asambleario: “Ahora estamos con las asambleas por TikTok. Tipo ocho o nueve de la noche, somos cien o doscientos tareferos, depende el día, hablando también de todo. Y ahí nos vamos organizando”. Según los organizadores, más allá de las imposibilidades que ponen las distancias y las fronteras, la gente se acerca más a este formato virtual que a una asamblea que los agrupe físicamente. Sobre todo los jóvenes: “La gente se arrima más por los teléfonos que llamando a una reunión. Somos guapos por el celular, ja. Y es por TikTok, que es abierto, sencillo, participativo. Intentamos por Zoom o Meet y no vienen. Es como más cerrado”. Si Bauman viviera, quizá escribiría sobre la militancia líquida.

Es el problema que le ven los referentes sindicales de otra generación. Lo perciben vulnerable, sin pasaje claro a la “realidad real”, y con poca capacidad de resistir adversidades más pesadas que un comentario hater: “La movida sirve para visibilizar. Y eso aporta un montón. Pero no termina en luchas de clases. El gobierno provincial mandó a ver a cuatro de ellos. Los apretó. Ahora se están peleando porque algunos los tratan de traidores. Mientras están cada uno por su lado, los dejan. Pero cuando se quieren juntar de verdad, los dividen”. Esta tensión generacional alrededor de dónde están los fierros —si en las pantallas o en la unidad básica, si en el stream o en el aparato electoral, si en seguidores o votos, si en la calle o en hashtags— es transversal a todo el arco político. Atraviesa también a los tareferos, y los guerrilleros tiktokers hacen su apuesta: si el grupo de WhatsApp equivalía al bar, con TikTok intentan pasar de allí al sindicato.

Muchos de ellos son militantes gremiales en las mismas organizaciones que los mayores. No lo ven de modo contrapuesto e intentan alimentar una cosa con otra. Cuando realizaron un corto con el colectivo @Indisciplinadxs, en el que los tareferos actuaban de ellos mismos, teatralizando el problema del éxodo a Brasil y el desarraigo, además de viralizar la mini película, se lanzaron a presentarla presencialmente en distintas localidades misioneras. Quieren juntar gente real. Y, a pesar de su vertiginosa iniciativa virtual, no dejan de pensar en esa bajada a tierra: “Vamos a coparles el algoritmo. Yo creo que tenemos que ser doscientos o trescientos, independizarnos de la radio, el diario, todo eso. El día que salgamos coordinados a tocar la misma guitarra, vamos a marchar y ahí vas a ver”.

*Esta nota forma parte de una serie de colaboraciones conjuntas entre la Fundación Rosa Luxemburgo y la revista crisis sobre el mundo del trabajo.