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las otras búsquedas de tehuel
Pasaron tres meses de la desaparición de Tehuel De La Torre y casi todas las preguntas siguen abiertas. La historia de este muchacho trans que iba a presentarse a una oferta de trabajo es la expresión de una realidad que hermana a un gran sector de les jóvenes en la actualidad. Esta crónica que reconstruye los pasos previos, reúne voces de su cotidianeidad y narra la vida de muches chiques que intentan hacer pie en el conurbano.
Fotografía: Gala Abramovich
01 de Julio de 2021

 

La calle sigue siendo de tierra y la casa de su infancia en Tristán Suárez, a casi una hora de la Ciudad de Buenos Aires, se parece mucho a esas que dibujan les niñes en los jardines de infantes: un techo a dos aguas, aunque acá sólo hay tejas en los aleros que cubren la ventana y la puerta. En esta casa blanca con un cactus añoso en el jardín delantero, la única señal externa de que Tehuel De La Torre –varón trans, 22 años- estuvo allí alguna vez es un cartel en blanco y negro que se funde en la circunferencia del poste de luz donde su sonrisa asoma congelada junto a esa pregunta que a más de 100 días de su desaparición nadie pudo contestar: ¿dónde está?

 

La casa donde nací

“Eso que ves ahí es la ropa de Tehuel, es lo que mandaron”, dice Andrés De La Torre y señala una bolsa de consorcio negra del otro lado de la mesa del comedor, prolijamente apilada sobre volantes que reflejan el rostro de su hijo. Desde que Tehuel salió el pasado 11 de marzo a trabajar como mozo y no regresó, la rutina de Andrés De La Torre, jubilado, antes remisero, empezó a incluir cosas como imprimir volantes y repartirlos en otras localidades, recibir periodistas en su casa y hablar por celular en las radios. Detrás de él, el péndulo del reloj de pared se balancea de lado a lado. “A las 7 de la tarde no quiero hablar con nadie porque estoy todo el día pensando”, dice y cambia de tema. “De mí sacó el amor por los autos, levantaba el capot y ahí estaba (Tehuel) a la par mía. Le enseñé a manejar a los 16 o 17 años”, cuenta.

Cuando a los 16, en cuarto año, dejó la escuela secundaria -“por vagancia y por andar detrás de las mujeres”, según su padre-, Tehuel empezó a buscar trabajo para sostenerse. “Acá (en el partido de Ezeiza) hay un parque industrial y varias empresas donde tiró currículum. También se inscribió en el Ejército, le pagué el bono de $120 y no llamaron. Hoy en día (a los trabajos) entrás por parientes, amigos o acomodos y no tenía nada de eso”, dice.

Hace casi cinco años que Tehuel no vive en la casa de su padre. No hay vestigios de su habitación de la infancia, sólo algunas fotos con sus hermanos –de chicos- en la pared y la presencia muda de la bolsa de consorcio negra con su ropa. Andrés De La Torre cuenta que mientras fueron niñes, Tehuel y su melliza Ailén lo acompañaron en viajes en auto y que no olvida cuando conocieron el mar. “Quizás el último viaje que hice manejando con Tehuel fue a Olavarría, no lo recuerdo. Llega un momento en que los hijos te dicen 'arreglate papá que no voy más con vos'. Es cuando crecen”. Y Tehuel creció, a los 17 se fue a vivir con una pareja seis meses, volvió, convivió con otra y así hasta que conoció a Luciana Leyes hace dos años y medio, la única novia que Tehuel le presentó a su padre de manera formal. “Vivieron unos meses aquí con el nene de Luciana, después se mudaron a General Rodríguez de donde es ella”, cuenta.

En la escuela secundaria N° 203 de Tristán Suárez, la que Tehuel dejó por la mitad, no hay ningún cartel que refleje su búsqueda ni su paso por allí. Tampoco en la plaza central ni en las calles aledañas. Su rostro emerge, solamente, de los carteles en los postes de luz de la casa donde creció aunque dice Andrés De La Torre que en el barrio, igual, todos saben.

 

En búsqueda de trabajo

“Nadie aceptaba a Tehuel para trabajar. En un comercio le dijeron que no (lo contratarían) porque podía arrepentirse de ser trans y quedar embarazada. Estábamos muy mal económicamente, se amontonaban las boletas de la luz, el gas, el jardín del nene, los alimentos y obvio que si te dicen 'tengo un trabajo para vos', vas a aceptar. No es que (a Tehuel) le gustaba rodearse de esas personas”, dice Luciana Leyes de 18 años, pareja de Tehuel.

Una y otra vez, a lo largo de los últimos tres meses, Luciana repite a los medios que Tehuel nunca salía solo, menos de noche. Que la pandemia agudizó la situación económica familiar y que en ese momento, hacía aproximadamente cinco meses, convivían en la casa de la madre de Tehuel en la ciudad de San Vicente. “Él pasó toda la vida con su padre. Compartió muy poco con su progenitora, porque su papá lo crió solo. Se reencontró con ella a los 17 o 18 años”, cuenta.

De Tehuel dice que le gusta la música romántica de Carlos Rivera, Gustavo Elis o Pablo Alborán. Que le dedicó varias canciones y se las cantó con música de fondo. Que es muy compañero y el tipo de hombre que le acomoda la silla antes de sentarse a la mesa. Que le gustan los autos de carrera, las motos, que es fan de Boca y que ama jugar al fútbol. “Se que estuvo jugando en un club pero se lesionó los meniscos y ya no pudo seguir. También quería ser policía o militar pero no entró por lo de su rodilla”, comenta.

La denuncia no fue fácil. Luciana tenía, aún, 17 años y el viernes 12 de marzo, en la Comisaría 1° de San Vicente le dijeron que no podían tomarle la denuncia por ser ella menor de 18. Una oficial le preguntó, con cara de asco, “¿es un pibe trans?” y la mandó a su casa. Regresó al día siguiente con una amiga y tampoco le tomaron la denuncia sino que la llevaron en una camioneta hasta la comisaría de Alejandro Korn para que la hiciera allí. “En Korn había mucha gente, volvimos a casa como a las 12 o 1 de la noche. Tomaron la denuncia pero recién empezaron a buscarlo a los 4 o 5 días porque, supuestamente, no había orden del juez”, afirma.

Luciana le pide a los medios de comunicación que dejen de hablar de Tehuel como un cuerpo, que la Justicia lo busque con vida. “Somos una familia, tenemos planes, queremos tener nuestra casa propia, una bebé a la que llamemos Soraya Estefania – él eligió el nombre- y vivir en paz”.

 

Del otro lado de la búsqueda

Desde la desaparición de Tehuel, los reclamos de familiares por su búsqueda se fragmentaron: por un lado la familia paterna junto a Luciana Leyes, quienes contrataron a la Colectiva de Abogadas Lesbotransfeministas y participan de la red Provincias Unidas por Tehuel. Por el otro, Norma –madre de Tehuel- junto a su hija Verónica Alarcón (36), familiares, amigues y vecines de San Vicente.

El deseo de Tehuel de tener un trabajo fijo y una casa propia, coinciden, lo llevaron a creer en las promesas de uno de los imputados por encubrimiento en la causa penal, Luis Alberto Ramos (36). Primero, hace dos años, cuando le dijo que lo haría entrar a una cooperativa de trabajo y no cumplió. Luego, unos meses antes de su desaparición, cuando le dijo que le daría un terreno en la toma de tierras de Alejandro Korn.

Ramos fue quien llamó a Tehuel para realizar un trabajo de mozo el 11 de marzo pasado (llamado al que el joven acudió para no regresar). En su casa se encontró un pedazo de tela quemada que se reconoció como la campera de Tehuel y su celular destruido, que emitió señal desde ese lugar hasta aproximadamente la 1 de la mañana del 12 de marzo. Al tiempo, en el celular del otro imputado, Oscar Montes, se encontró una foto de Ramos, Montes y Tehuel, la última imagen que se tiene del joven desaparecido. A partir de allí, silencio.

Según contó Verónica Alarcón, Tehuel siempre se llamó así, es el nombre que eligió su madre cuando nació. No sabe por qué no hizo el cambio registral, sólo que quería llamarse Matías Tehuel. También dice que había retomado la secundaria en el Comercial de San Vicente pero tuvo que dejar en 2020 para conseguir trabajo. Y que le gustaba cocinar, comer arroz con pollo, jugar al chinchón, a la escoba de quince y estaba aprendiendo a jugar al truco. “Y le gustaba jugar a la pelota. Las chicas del equipo del club de fútbol Claudio Alejandro Godoy (CAG) nos acompañaron desde el principio en las marchas, ellas pintaron la bandera”.

Verónica vive en Alejandro Korn y fue la última persona, por fuera de los imputados, que hasta el momento se sabe que vio a Tehuel el 11 de marzo pasado. “Me lo crucé en la calle cerca de mi trabajo a las 19,30 horas. A Ramos y a Montes no los conocía hasta que pasó esto”, cuenta.

 

Como si fuera un mundial

Fue en el segundo partido que jugó en el equipo. Al principio parecía que su timidez no iba a dejarlo soltarse pero entonces sucedió ese gol que festejó como si fuera un mundial, como si fuera Messi y estuviera ganando la copa del mundo. Así piensan en Tehuel sus compañeras de equipo del CAG de Alejandro Korn y su entrenadora y presidenta del club, Alba Herrera. Algunas dicen que fue contra Independiente de Avellaneda y otras contra la selección boliviana. Lo cierto es que Tehuel soñaba, como todas ellas, en jugar como profesional en las inferiores de algún club. Algunas de sus compañeras jugaban, también, en equipos de la AFA: en Huracán, Platense, All Boys o Independiente. Cuando Alba Herrera fundó el club hace más o menos 12 años, decidió pelear por un lugar para el fútbol femenino porque sus hijas lo amaban y sufrían tanto o más que cualquier varón.

“Tehuel tenía una forma de jugar que le permitía estar en cualquier posición pero el medio de la cancha era de él, era mediocampista, es un rol fundamental porque son los que corren toda la cancha, los que ayudan a la defensa, son delanteros”, dice a crisis. “El primer gol lo realizó en una cancha profesional contra un club de AFA jugando con nosotros que somos un club de pueblo y ellos profesionales, nos parecía imposible hacerles partido. Estaba súper feliz, después de ahí se largó y un gol mínimo metía por partido”, recuerda la entrenadora. El día que se lesionó la rodilla fue por un choque con un rival. “Obvio que por su espíritu no frenó, no paró, siguió jugando. Le decíamos que saliera y no salía, solo cuando terminó. Así es él”, dice.

Mientras jugó en CAG, Tehuel participó de entrenamientos pero también de torneos y campeonatos en otras localidades como Quilmes, Lanús e incluso Capital Federal. “Nunca iba solo, siempre lo acompañaba la mamá, a veces tomando dos colectivos”, dice Alba Herrera.

Después de la última lesión, hace aproximadamente dos años, Tehuel no pudo continuar jugando aunque no perdió contacto con el equipo y siempre les decía que iba a volver. La entrenadora dice que en el club no se puso ningún recordatorio o cartel respecto a Tehuel porque se centraron en acompañar a la familia en las marchas, volanteadas y rastrillajes. Que hablaron con su mamá y ella les pidió la camiseta de Tehuel, la número 9 y que se la van a entregar.

La sede del CAG, en Alejandro Korn, está justo en el límite del barrio La Esperanza, a sólo seis cuadras de la casa de Ramos. En la zona todavía no hay asfalto y se pone imposible cuando llueve.

“Sin saberlo todo esto estaba sucediendo casi en la puerta de nuestras propias casas. Estábamos acá y Tehuel se nos perdía”, dice Alba.

 

Horizontes laborales de zona sur

El partido de San Vicente tiene, según el último censo de 2010, 59.708 habitantes entre las localidades de San Vicente y Alejandro Korn. A lo largo y a lo ancho de sus 666 kilómetros cuadrados desde hace más de tres meses se realizan rastrillajes ordenados por la Justicia en basurales y lagunas. También familiares y amigues de Tehuel, de forma voluntaria, han visitado casa por casa pidiendo información porque a veces un vecino le dice más a un par que a un policía. No tuvieron resultados hasta el momento.

La ausencia de Tehuel habla, también, de su realidad como joven -y joven trans- en búsqueda de trabajo. ¿De qué viven les jóvenes en San Vicente y en zona sur? ¿Qué trabajos se consiguen? Las compañeras del equipo de fútbol de Tehuel, Aylén López (25), Pamela Fernández (19) y Soledad Vargas (23) dicen que lo que más abunda son las cooperativas de trabajo. Se busca a les jóvenes porque son les que más se animan a las tareas difíciles como los operativos Detectar pero también barrido, limpieza y cuidado del medio ambiente. Y que conseguir un lugar en una cooperativa es un privilegio porque es trabajo registrado. “En el barrio hay mucha gente que en serio ayuda, te da trabajo o mercadería”, dice Pamela que vive en Alejandro Korn, trabaja en una fábrica de muzzarella y desde hace ocho años juega en el equipo como arquera. “En este momento nosotros, los jóvenes, no podemos conseguir tanto laburo porque en la mayoría de los empleos del barrio piden experiencia y salimos de estudiar sin eso, nos la rebuscamos con lo que podemos”, afirma. Dice que un par de veces fue a visitar a Tehuel a su casa y a tomar unos mates, mientras eran compañeres del equipo. “Él tenía el mismo sueño que todas, llegar a la selección y jugar en un club grande, siempre hablábamos de fútbol porque la vida en la cancha era nuestra vida”, recuerda.

Aylén dice que Tehuel dejó el equipo por la lesión en la rodilla pero también porque no le alcanzaba para pagar el boleto desde San Vicente hasta Korn. “Tehuel conseguía changas: cortaba el pasto, albañilería, mozo, seguridad en fiestas privadas, Lo que salía lo aprovechaba”, dice. “Una vez jugamos un partido contra la primera de Independiente y el entrenador de ellos le dijo que era uno de los mejores, que se probara pero al final no fue”, comenta.

Cerca del club en Alejandro Korn está la toma de tierras donde Tehuel pensaba poner su casilla. Había sido una promesa de Ramos y él, que vivía en ese momento con su pareja en General Rodríguez, decidió mudarse a San Vicente de forma provisoria para responder con rapidez y ocupar el terreno. La toma tiene 4 o 5 años de antigüedad y hay variedad de casillas desde precarias hasta de material y dos pisos. “La toma es muy grande, hay muchísimas casas y le habían prometido un terreno ahí. Sé que si te dicen que tenés un terreno, tenés que plantar una casilla y quedarte. Lo que no podés hacer es meterte, te lo tienen que decir”, cuenta Soledad, capitana del equipo y cooperativista en el programa Detectar. De Tehuel dice que siempre le pedía la camiseta número 10 que usa la capitana y que ella nunca se la dio porque había que ganársela, aunque sabe que con los goles en la cancha, de alguna manera, se la había ganado. “Pero le puse mi nombre solo para pelearle, es buen compañero y siempre me preguntaba cómo hacía para jugar en clubes de AFA con mi hermana”, dice.

 

Obstáculos invisibles

“A partir de la desaparición de Tehuel se hace evidente, aún más, la necesidad de trabajar del colectivo trans y además que no es el primer varón trans que desaparece. Tenemos el caso de Santiago (Cancinos) en Salta, no se lo buscó y tampoco se respetó su identidad autopercibida”, dice Paux González Villán (36), de Sarandí y activista de Conurbanes No binaries. Entre los obstáculos para acceder al trabajo que enfrentan las masculinidades trans, según su mirada, está el binarismo de género. “Que te digan que estás confundido, que no respeten los pronombres, que haya baños por géneros” son grandes dificultades. Paux trabaja en Anses, sin embargo ingresó antes de hacer su transición y le cuesta mucho que quienes lo conocen de antes respeten su identidad. “Hace unos días pintamos un mural por Tehuel en la estación Darío y Maxi de Avellaneda, fue hermoso porque conocí gente de mi territorio, me siento más acompañade”, afirma.

Santiago Valentino Coceres (33) es de Merlo, varón trans, militante de Trinchera Berkins, de la mesa Provincias Unidas por Tehuel y colaborador del equipo jurídico de su desaparición. Dice que la búsqueda de Tehuel lo llevó a las marchas, al Obelisco y que después de que cuatro compañeres dieran positivo en covid-19 se volcaron al activismo en las redes y lograron formar una mesa con representación federal de 17 organizaciones.

“Cuando buscás trabajo te miran y te dicen “la”, o si no querés o no podés hormonizarte hay una falta de respeto hacia tu identidad que es también una forma de hostigamiento. En lo personal, vine de Santa Fe a los 18 años, estuve en la calle vendiendo, ejercí la prostitución. Ahora trabajo en la línea 144 como operador del WhatsApp”, cuenta. Sin embargo, señala que la mayoría de los varones trans no consiguen trabajo formal o, si lo consiguen, es un desafío sostenerlo. “Hace poco contuvimos a un compañero que trabajaba en una agencia de seguridad, los demás se enteraron que era trans y lo seguían al baño para ver si tenía pene. Dejó de trabajar allí, hasta había escuchado de una apuesta para ver quién lo agarraba en el baño”, dice. La mayoría de los varones trans que conoce no tienen trabajo o hacen changas: mensajería, venta ambulante, cartoneo o venta de comidas a domicilio.

“¿Y qué si Tehuel quiere ser parte de las fuerzas policiales? ¿Por qué no? Te puede llegar a gustar y también podés querer ser parte de un cambio, a veces la sociedad te lleva a eso, a que tengas que ser rudo y puede ser un sueño llegar a policía o jugador de fútbol profesional”, comenta Santiago.

 

Camila Asprea (20) es de Lanús, estudia trabajo social y es referente de Conciencia Popular Lanús. Desde que comenzó la pandemia organiza, entre otras cosas, ollas populares en los barrios. Dice que la falta de trabajo es visible entre les jóvenes de su localidad, incluidas las personas trans, que para todos los puestos se piden años de experiencia y es prácticamente imposible acceder al trabajo formal. “En este contexto, la desaparición de Tehuel fue más invisibilizada en los medios, no recuerdo ninguna actividad en concreto en Lanús sobre este caso”, dice. 

Sebastián Sayago (31) acompañó asambleas por la aparición de Tehuel viajando desde Banfield a Capital. Él es varón trans, está casado y tiene un emprendimiento de buzos artesanales. Con respecto al acceso al trabajo formal de les jóvenes trans, dice que la mirada prejuiciosa del que entrevista es un gran obstáculo. “No todos tenemos la voz gruesa, no todos podemos ser sumamente masculinos, algunos ni siquiera lo quieren ser porque son no binaries, entonces siempre está ese prejuicio y después, el rechazo”, dice.

No es fácil encontrar las huellas de Tehuel De La Torre en sus territorios. Su presencia se esfuma entre la vida nómade que le tocó, las raíces esquivas de sus trabajos informales, el silencio de algunas instituciones de las que formó parte. Mientras tanto, el Estado ofrece recompensas y rastrillajes, y las estaciones se llenan de llenan de sonrisas de Tehuel en blanco y negro e informan que tenía puesta una camisa manga corta color blanco, un pantalón gris y una visera del mismo color con detalles negros y zapatillas azules como si se tratara de cosas inconfundibles, inseparables, y una campera que ya no se busca.

Y estas últimas semanas en el Congreso de la Nación mientras se votaba y aprobaba el cupo laboral trans-travesti, se gritó fuerte su nombre.

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