la ley y el encantamiento | revista crisis
ensayo silvestre / secretos y mentiras / sagat
la ley y el encantamiento
Ilustraciones: Brenda Greco
03 de Julio de 2019
crisis #38

 

Tuve una pesadilla anoche. Pasaban unas cuantas cosas, pero va la pertinente para este artículo: quedaba con un tipo, alguien que trabajaba en cultura de un municipio del —seguro que pronto, cómo se expande la ciudad— cuarto cordón bonaerense, en ir a leer algo a un evento. Un cuento. Pero de golpe me enteraba que en ese mismo acto iba a hablar el intendente. Y entendía que no ir podía ser fatal. El tipo no era de cultura, era de seguridad, me daba cuenta. Iba a venir a buscarme armado. Y todo empezaba a enredarse: me quedaba dormida, me despertaba tarde, pasaba más de una hora tomando mate, se me rompía el teléfono, no podía avisar que no iba, no quería ir pero tenía miedo pero no iba ni en pedo. Me sentía completamente vulnerable. Me había metido en un quilombo que había empezado como ir a leer un cuentito a un evento cultural y había terminado siendo ir a hacerle el aguante a un intendente mafioso, asqueroso y temible.

¿Valdrá como encantamiento esa transformación medio mágica de magia psicopática que me había operado el service nivel intendencia de mi sueño? ¿La misma cara porta el espía free lance, espía en relación de dependencia con factura? No sé, no sabemos, no se sabe y quién podría decir que va a saberse. Falso abogado dicen los medios. D’Alessio, sí. De encantamiento habló Ribas, el abogado del fiscal Stornelli. El encantado habría sido, según le dijo a María O’Donnell en su programa de radio, su cliente el fiscal. Lo escuché un poco azorada y la cabeza se me fue a un cuentito y a una serie que acababa de ver por entonces: Cenicienta y Dirty John.

Lo que queda claro es que con nuestro Dirty John, nuestra hada malo, el falso abogado, sale a la luz una maraña de relaciones peligrosas, “promiscuas”, entre los cuatro poderes y los servicios de inteligencia de acá y de unos cuantos países más.

Cenicienta que deja de serlo merced, justamente, a un encantamiento, el del hada buena que logra hacer de calabaza, carroza; de ratoncitos, cocheros elegantes; y de la harapienta hijastra y hermanastra, una diosa vestida nivel fiesta hollywoodense que ha de pasar, junto al príncipe —los dos felices y comiendo perdices—, de incluida excluida, de marginal sin salida en la casa familiar de madrastra y hermanastras, a engranaje fundamental para la reproducción del reino, mujer del futuro rey, madre del que le siguiera. La situación parece, en principio, más cómoda que la que padecía en manos de sus parientes políticas.

Dirty John cuenta la historia de una señora con varios matrimonios atrás pero de todos modos víctima de un encantamiento: el que ejerce sobre ella un personaje siniestro. Queda, ella, una rubia pudiente de Miami o algún lugar así, playero y cálido de los Estados Unidos, a merced del psicópata, completamente vulnerada: enamorada. Me es difícil imaginar al fiscal encantado como una rubia enamoradiza pero no hay que ser tan prejuiciosa, me digo, y me pregunto de qué clase de encantamiento hablaría el abogado Ribas: ¿se habrá transformado la calabaza del fiscal en Mercedes Benz hasta las 12 de algún día del que desconocemos todo? ¿Su vestimenta de señor heterosexual comodísimo en su rol habrá sido convertida en vestido digno de reina drag en concurso de RuPaul? ¿Se habrá enamorado —deslumbrado, quedado ciego: encantado— bajo los conjuros del espía locuaz y fanfarrón? ¿Será el falso abogado un hechicero experto en las artes de la seducción enviado por el sector menos previsible y heteronormado del kirchnerismo para “hacerle una cama” al fiscal como dice parte del oficialismo? Quién sabe, quién podría saber.

Lo que queda claro es que con nuestro Dirty John, nuestra hada malo, el falso abogado, sale a la luz una maraña de relaciones peligrosas, “promiscuas” dice el juez Ramos Padilla, entre los cuatro poderes y los servicios de inteligencia de acá y de unos cuantos países más. Sé, también, que, curiosamente en un medio tan homofóbico como suele ser el judicial, al abogado Ribas le pareció razonable hablar de encantamiento, con las implicancias amorosas que tiene esta palabra. O las otras implicancias, las de la ficción más primaria, la de la infancia, la de los cuentos de hadas y brujas.

El encantamiento es magia: la magia, nos lo cuentan alrededor de los seis años, no existe. Como Papá Noel. Y el amor romántico después de un par de meses. No sé si leerlo como un progreso, “mirá qué bien, está menos homofóbica o más dada a la literatura maravillosa, la Justicia”, o como un “mejor decir esto que esto otro”, siendo “esto otro” un fuera de la ley, un sistema que aprieta y ahorca sin garantías para (casi) nadie. El estado de excepción como constante. Pura ley del más fuerte y más mañoso. O encantador. 

Los cuatro poderes, hechiceros ellos, parecen trabajar para encantarnos. Darnos cuenta es pasar de ser la más linda y la más poderosa de la noche a la maltratada en harapos como Cenicienta a las doce y cinco o a correr por nuestra vida como la rubia de Dirty John. O nos encontramos con el corazón roto y cantando boleros como fiscal desencantado. Pero no es grave, ya pasa y aparece una nueva varita mágica; volviendo a los cuentos maravillosos, el rey pasea en pelotas pero lo vemos vestido.

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