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la batalla de san petersburgo
Un periodista brasileño no puede creer cómo la selección Argentina pudo lograr la clasificación sin técnico. Entonces bucea en referencias históricas y alusiones ideológicas para explicar el prodigio. Y da en el blanco.
Fotografía: Gustavo Ortiz
28 de Junio de 2018

Cuando la estructura amenaza con derrumbarse hay que tirar todo abajo, comenzando por las cabezas peladas donde todo se refleja y nada prospera. Esta es la lección de los visionarios jugadores albicelestes que, tras el anuncio de derrumbe en los dos primeros partidos del Mundial, decidieron quitar de facto, si bien no de iure, la superflua autoridad de Jorge Sampaoli e implantar por cuenta propia una autogestión anarquista en la selección argentina.

En el partido decisivo contra Nigeria, poco después del pitazo inicial, las cámaras enfocaban a un siempre frenético Sampaoli haciendo mil gestos al borde de la cancha. Pero casi con seguridad se trataba de un acto vacío: ahí adentro, los once insurgentes ya habían tomado los medios de producción del equipo y funcionaban como un organismo autónomo que, en base a un esquema táctico libertario y libertino —y darle la pelota a Messi— intentaba conseguir una improbable clasificación.

En el primer tiempo el equipo funcionó como hasta entonces no pasaba en este Mundial. Con dificultades para acoplarse, por supuesto, porque la revolución no llega de un día para otro. Pero teníamos en Banega, por ejemplo, a un inspirado ladero de Messi que dominaba el mediocampo y soltaba pases precisos, como el que terminó en el primer gol. El mismo Messi, antes postrado como quien solo ve el gris de las fábricas, abrió la ventana para hacer que comience la fiesta. Todos le rendían cuentas a Javier Mascherano, este Bakunin en bombacha de gaucho, de atrofiado desempeño práctico el martes, pero con una brillante influencia teórica.

Naturalmente, las fuerzas opresoras de la tecnología que todo lo transforman en objeto iban a intentar frenar las estruendosa consagración de este bólido caótico, copero y colaborativo que había cortado una cabeza desorientada para que sus miembros y órganos tuviesen una vida más. No vaya a ser cosa de que la ola se propagara a otros continentes y otras selecciones haciendo notar que la mayoría de los técnicos podrían ser substituidos por una canasta con frutas al costado del campo de juego. Entonces, un fortuito y autoritario silbatazo vio un abrazo de oso donde todo era platonismo, y aquel penal amenazó con sofocar el levantamiento castellano.

La insurrección, sabemos, es impaciente. Cuando se la conduce con nerviosismo se transforma solo en griterío y corridas, como quedó a la vista en el descontrol de la selección argentina después del gol del empate. Parecían lunáticos luego de perder esa frescura rebelde de los momentos iniciales. Todo parecía indicar que sucumbirían al individualismo errático. Y ni siquiera la presencia divina de un Maradona debilitado, castigado por trescientas noches blancas, parecía capaz de socorrerlos... Nadie es ateo a los cuarenta del segundo tiempo.

Sin embargo, mientras haya un brazo levantado hay esperanza. Que de ese brazo salga una piedra o un gesto de conmemoración, son las circunstancias las que deciden. Que en medio del caos transiberiano apareciera una pierna —en este caso, de Rojo—, justo ese color porque así se escribe la historia, y que esa pierna haya lanzado un cóctel Molotov en una botellita de 300 ml inflamada con nafta y fernet, fue una explosión y al mismo tiempo apenas la punta de la mecha. En la tierra de los sóviets, la autogestión anarquista con un técnico decorativo, está más viva que nunca y el sábado que viene va a tratar de reescribir la Toma de la Bastilla. Que Griezmann y Robespierre se preparen para la guillotina.

La versión original de este artículo fue publicado en Globoesporte.com

Traducción de Santiago Farrell

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