hay que pasar el verano | Revista Crisis
manifiesto / otra vez diciembre
hay que pasar el verano
Ilustraciones: Panchopepe
09 de Diciembre de 2020
crisis #45

 

Hay algo que el gobierno de Cambiemos —especialmente sus filósofos y motivadores espirituales— nos enseñó con toda claridad: la imaginación política carece de densidad si parte de la deshistorización; si considera al drama de las sociedades como un lastre. Quizás esa haya sido una de las causas de su estrechez de miras y de su escuálido pasaje por el gobierno. Porque de ese magma de sucesos que es la historia, donde se configuran líneas de continuidad y rupturas epocales, es que brotan las innovaciones verdaderas.

Diciembre es un mes pleno de significados para la política argentina y 2020 ha sido el año más crítico de nuestra historia reciente; un año cargado de angustias, entre el encierro global, la pauperización económica y la pérdida de nuestro último héroe popular, entre otras penurias.

Pero suele suceder que estos momentos de zozobra —en los que la normalidad estalla por el aire— son una oportunidad para que irrumpan alternativas que habitualmente permanecen acalladas por hegemonías a todas luces insensatas y estructuras abiertamente injustas. Todo parece indicar que esta vez no será el caso, aunque nunca se sabe.

 

cumpleaños infeliz

La administración Fernández acaba de cumplir el primer aniversario de su mandato y quizás no haya logrado atisbar aún, abrumado por la gestión de lo inmediato, la magnitud de los desafíos que enfrenta.

Ese mismo 10 de diciembre se cumplieron 37 años del día en que los militares entregaron el poder por última vez, luego de una dictadura tan sangrienta como eficaz, que logró modificar la estructura social y económica de la Argentina. Ya pasaron casi cuatro décadas y muchos tenemos la sensación de que vivimos en una sociedad en la que se come, se educa y se cura cada vez peor. Y donde, lejos de cualquier presunción de progreso, el horizonte de expectativas se torna más y más oscuro.

La segunda serie temporal que subyace en este mes de balance y aniversario, nos remite al inicio del siglo. Aquel 19 de diciembre de 2001 la multitud le dijo basta al neoliberalismo y salió a la calle a recuperar su poder soberano. Casi dos décadas más tarde, el empobrecimiento de las mayorías vuelve a estar en niveles inauditos, intolerables. Por eso tenemos la certeza de que vivimos en un mundo cada vez más desigual, en el que la justicia social deja de ser un objetivo concreto para disolverse en el plano de las utopías.

Hace poco se cumplió una década de la muerte del personaje político clave de la Argentina contemporánea. Nestor Kirchner logró algo que en su tiempo parecía imposible: relegitimar a “la política” como un instrumento de cambio, o al menos como una herramienta para la conquista de derechos. Y si bien el kirchnerismo sobrevivió a su desaparición física, el proceso de democratización iniciado en 2003 fue interrumpido, mientras una dinámica tóxica degrada al debate público con una velocidad y profundidad que parece irreversible. En ese sentido, las habituales apelaciones a la unidad nacional o a construir políticas de estado constituyen frases de circunstancias cada vez más hipócritas.

Puede decirse que elegimos una periodización demasiado pesimista para describir los dilemas del presente. Y quizás sea cierto. Porque nuestro argumento no reniega del estado de ánimo, aunque busca ir más allá para situarse en el plano de la sensibilidad: la propuesta es el inconformismo.

 

romper el molde

El escritor Rubén Mira fue al velorio de Diego Armando Maradona y aunque es un gran humorista, o precisamente por eso, salió muy enojado. Para encontrarle explicación a lo sucedido, partió de una idea simple: no hubo errores en la actitud del gobierno. Se trata de la consecuencia necesaria de una lógica política pusilánime, que se inclina hacia un legalismo pacato, para fundamentar un pragmatismo débil que termina siendo reaccionario.

La definición es fruto del despecho y tal vez resulte demasiado dura o lineal, pero arroja luz sobre una serie de con ictos que signaron al 2020: desde Vicentin hasta Guernica, pasando por el levantamiento de la policía bonaerense y las negociaciones con los acreedores externos, el gobierno siempre retrocedió amparado en un tipo de gobernabilidad que se niega a transgredir los dogmas impuestos por el status quo.

Mientras la derecha más reaccionaria ha ocupado el lugar de la disrupción, incluso apropiándose del significante antisistema, las fuerzas populares se ubican a la defensiva. Incapaz de desplegar transformaciones estructurales, cualquier medida democrática está signada por la timidez y lo provisorio. El Ingreso Familiar de Emergencia y el Aporte Extraordinario a las Grandes Fortunas son buenos ejemplos de una redistribución de la riqueza que debería ser norma, pero que a duras penas alcanzó el estatuto de lo efímero. En este contexto, nos vienen a convocar a que confiemos en el Fondo Monetario Internacional.

Hay algo que a esta altura de la historia podemos reconocer como una certeza: nada de lo que anhelamos se logra con menos democracia. Pero lo que no resulta tan evidente es si aquello que deseamos se conquista con más democracia como la que tenemos. O si es tiempo de introducir vectores de democratización más ambiciosos, que rompan con la trampa de unos poderes establecidos que nunca van a ceder sus privilegios.

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