esta vez la prisión te va a gustar
Hace cuatro décadas, apenas iniciada la famélica democracia, salía a la luz Gulp!, el primer disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, aunque el grupo ya existía desde mediados de los setenta. De la psicodelia durante la dictadura hasta la lucha cuerpo a cuerpo contra la policía y el ajuste de los noventa, la banda que Patricio mandaba obedeciendo llevó hasta lo más alto la intensidad, la fiesta y la poética popular en nuestras pampas.
N oviembre de 1984, la democracia está por cumplir un año, la justicia civil desplaza al tribunal militar para juzgar el terrorismo de Estado. Allí, en pleno ascenso de la primavera alfonsinista, Los Redondos graban Gulp!, su primer disco, y en su primera frase cantan: “Esta vez (¡por fin!) la prisión te va a gustar”. Luego cantarán que “los buenos volvieron y están rodando cine de terror”, que “se rompe loca mi anatomía con el humor de los sobrevivientes”, que “todo preso es político” y “que podría ser peor, eso no me arregla”. Pero la segunda canción de Gulp! es “La bestia pop”: Patricio entra a la democracia y al mundo del rock criticándolos. Participa, rajando. Ya el nombre del disco, palabra inventada, parece venir de quién sabe dónde.
Pocas cosas tienen tan poca comparación como Patricio Rey. Su singularidad es difícil de explicar, aunque cualquiera reconoce que son —han sido— algo distinto, anómalo. La banda se gestó en el 76 y se desarmó en 2001; un pedazo de historia argentina puede contarse desde ella y no puede entenderse sin ella. ¿Cómo se sobrevive a la dictadura de fiesta aún sufriendo picana y calabozo? ¿Cómo se recibe la democracia anunciando que, esta vez, por fin, la prisión te va a gustar? ¿Cómo es que un grupo de rock fue el espacio de resistencia más masivo y antagonizante contra un orden sociopolítico como el de los años noventa? Así fue Patricio, un bicho raro con olor a otro mundo que agujereó cada período histórico.
Con tapas serigrafiadas una a una por Rocambole, y distribuido en disquerías por la Negra Poli, Gulp! traía un librito interno en el que se reproducía un decreto de censura del COMFER sobre su undécimo y último tema —“Criminal mambo”— fechado el 17 de julio de 1976. Era falso, pero revelador de la imagen que la banda tenía de sí misma ante el orden imperante. El contenido, dice el lúdico comunicado de censura, es “grosero y burdo”. No es un ataque directo a las instituciones ni al sistema de gobierno: es censurable por utilizar el mal gusto. Subvierte no por querer gobernar de otra manera, sino por albergar otras acepciones del placer. Por eso el rock redondo durante la dictadura fue reprimido (allanamientos, detenciones, torturas), pero no aniquilado. Eran castigados, al orden le olían mal. Pero su potencialidad política, opaca para los códigos de la política de la época, fue sin embargo el germen de las sensibilidades que, veinte años después, harían estallar el tablero político en Argentina.
El librito también copia —es un collage— un pequeño aviso publicitario del Dr. Patricio Rey, curandero internacional, titulado Fuerzas Invisibles. Y lo invisible es una clave central de la experiencia ricotera de punta a punta. A Patricio no se lo ve, manda órdenes, envía influjo; personaje misterioso, resulta seudónimo de un ánimo-ambiente colectivo. Puesto en dictadura, el personaje inventado puede leerse como gesto clandestino, nombre de guerra, en una banda de gente que usa apodos por nombre (Indio, Skay, Negra, el Mono Rocambole, apodo sobre apodo…).
Gulp!, onomatopeya comiquera que expresa un trago difícil de pasar, es una obra hecha de los restos de la supervivencia en la larga noche de terror dictatorial. Pero Patricio no solo sobrevivió sino que logró armar momentos de vitalidad desbordante (¡y allí nació!). Ocho años hasta sacar un disco indicaban que el sentido pasaba por otro lado. Hay grabaciones de los primeros shows (el primero con su nombre eterno es en 1977) y varios temas rayan lo inescuchable: no buscaban la posteridad, solo animar la fiesta presente. Sus recitales —se sabe— eran carnavales dionisíacos, llenos de extravagancias y varieté; allí dentro la vida reprimida se desataba.
me voy a comer tu dolor
“Queríamos demostrar que había vida antes de la muerte”, contó después El Mufercho, Sergio Martínez, monologuista y presentador de la banda entonces, reemplazado luego por Enrique Symns. Se orientaban por “el principio ordenador del placer”, como dijera varias veces el Indio y también el propio Patricio Rey (PR) la única vez que emitió un discurso público, en un texto escrito por el Indio y Guillermo Beilinson (hermano mayor de Skay), para una entrevista brindada a un reportero en Bruselas. Es una pieza imperdible de fina filosofía concibiendo los términos de la más alta fiesta:
PR: La acción reúne los componentes unitarios que de por sí desconocen la ‘fiesta’: recién la recuerdan en el momento y en el lugar del acontecimiento. (…) Se desarrolla siguiendo las líneas invisibles de la energía circulante, o cruda. No es caótico, como no es caótica la explosión de una nova. [Pero] todo esto es intransferible en este código, le vuelvo a repetir. Lo único útil para comprender es “participar”.
Gulp! es el disco más sexual de Los Redondos, con su “camisa apretada de pezón radioactivo”, “sus manzanas firmes”, “su amorcito que empieza a cabalgar” y “ese reo semental”. Pero el placer es un placer complejo, es una sexualidad —digamos— poshippie, madura, que no ofrece paraíso; una sexualidad ambivalente, trágica en el sentido de que incluye al dolor y la agresividad: “el amor letal», “te aprieto mucho, te asfixio mucho”, “te voy a herir un poquito más”, “esas hembras no son dulces”, “¿puede alguien decirme me voy a comer tu dolor?”.
De la castración psíquica que impuso el terror de los milicos tienen que haberse salvado apropiándose de la agresión y de la violencia afirmadas como parte del deseo y el placer. Pasiones íntimas amorales (“¿cómo puede ser que te alboroten mis placeres?”), escenas de privacidad clandestina, canciones de una vitalidad ácrata que pudo agenciarse durante la dictadura. Los Redondos rompieron de entrada la dicotomía entre rock comprometido y rock bailable; el estigma frígido del rock consciente, el sino frívolo del rock divertido. Si según Discépolo el tango era un sentimiento triste que se baila, el rock es un pensamiento crítico que se baila.
Una crítica (“quemás tu vida en una tibia fila”) pero que no es para alcanzar una finalidad (“no tengo dónde ir”). De allí lo que tiene de hermética su poesía. Patricio ofrece una intensidad sin proyectos de llegada. Su obra —su obrar— no persigue metas tanto como expresa una abundancia. Convida su autopoiesis. La tradición revolucionaria, como deseo de cambiar el mundo (“regresá, octubre”), y la decisión de cambiar la vida ya son dos éticas diversas reunidas por Patricio. Ese juego —tics de la revolución, implacable rocanrol, mente ardiente— permitió ser territorio de los ánimos disidentes en los noventa: una extensión cotidiana difusa, masiva y medio clandestina a la vez y unos encuentros que “tomaban una ciudad”. Zonas temporariamente autónomas donde los presentes accedían a la voluntad de poder. Los Redondos como un territorio cultural donde pudieron reproducirse subjetividades en conflicto con su época. Ese cuerpo colectivo sentía que podía copar la luna, dirigir la batuta y vencer a la policía, como sucedió en Villa María, Córdoba, en 1998, una de las dos veces (con el Cutralcazo) en todos los noventa en que las fuerzas de seguridad tuvieron que darse orden de retirada.
La nostalgia con que actualmente vejetes recuerdan y jóvenes preguntan por Los Redondos ha de venir de cuanto Patricio destotalizaba su actualidad y secretaba el ánimo de otro porvenir. Es parte del rock nacional y a la vez parece haber venido de otro planeta; fue parte de cada época sin ser producto de ella. Aparecidos que traían buenas noticias de los escondidos, de lo escondido en nosotros.
Y justo la banda se disolvió cuando las sensibilidades gestadas y entrenadas en su reinado ocuparon el centro de la escena pública. ¿O no fueron de matriz ricotera los cuerpos que protagonizaron la revuelta de 2001? Los cuerpos que no tenían terror a los milicos del Estado —con sus muecas rotas cromadas—, que no tenían esperanza ni programa, perros sin folleto de esta tierra herida, que conquistaron un nuevo protagonismo.
Hay sectores del público ricotero de los ochenta —con Gulp! como punta de lanza— que vieron la masificación que alcanzó la banda en los noventa y más allá como una degradación cualitativa. “(…) Su crecimiento, en sintonía con el crecimiento de la marginación social, se había vuelto inmanejable (…), la fiesta tenía un costado árido, bárbaro (…). Si antes tenía ese charme de misa pagana rockera de clase media (…) ahora se imponía exhibir casi con orgullo los estados alterados por el alcohol y las drogas, como si fuera una medalla de pertenencia a las bandas (…). Antes ir a ver a Los Redonditos significaba entrar a un paraíso de rock elegante; en los 90, fue una válvula de escape” (Fuimos reyes, de Mariano del Mazo y Pablo Perantuono). Pero la válvula de escape funciona para que la máquina no estalle. Y Patricio, en los noventa (pero porque ya antes) era más bien cocina, horno, fuego del estallido. Espacio de creación, de gestación, de expansión, de fuga fecunda y no mero escape.
Esa crítica típica —de un tipo recortable de ricotero—, con dejos elitistas y medio gorilas, pasa por alto, además, uno de los vectores fundamentales de la palmaria singularidad redondita. Patricio habilitó un elitismo de masas, solo que tomando del elitismo una gran autoexigencia a las intensidades existenciales, sibaritas de la experiencia —claro rasgo de Patricio—, sin la dimensión del mando parasitario de las élites. Un elitismo popular. Una realeza del nosotros, de ricos gratis. Patricio demostró que sus citas a Lawrence de Arabia (de cuya banda sonora, de Maurice Jarre, está tomada nada menos que la melodía de saxo icónica de “La bestia pop”), a Goya y Dalí, a Hoffman y a Shakespeare (entre tanto etcétera), su poesía hermética y su secretismo, pueden ser de todos, de cualquiera.
la realeza de los cualquiera
Por otra parte, la benemérita autogestión, la independencia ricotera —que también era una independencia de valores, de sentido, y que también era un gesto de distinción, de exquisitez, aristocrático, patricio—, por lo demás, naturalmente fue tomada como hermana y cobijo por la cultura del aguante. Autogestión existencial, autogestión del sentido, el sentido fundado por un nosotros presente. Fuerzas que se autoafirmaban sin tener a dónde ir. Y si no había dónde ir, había que hacer el cielo, la fiesta, lo deseable, acá en la tierra, en este quilombo.
Y los destinados a ser últimos en Patricio eran no los primeros sino los unos como cualquiera. Pocas experiencias culturales de la Argentina alteraron tanto la repartija de lo sensible socialmente establecida. Donde los excluidos y todos como iguales cualesquiera podemos cantar que la libertad es mar gruesa y oscuridad, que Dios es todo y no puede progresar. Patricio, ídolo de chiste, rey inexistente, juego de trascendencia que se da un colectivo jolgorioso, habilita la experiencia de la realeza de los cualquiera, de los comunes. Todos súbditos de Patricio por igual, y encima Patricio no es nadie, no existe: el rey —hecho de lo transindividual— es excusa para buscar la mejor versión de nosotros mismos y en un plano de igualdad.
No es que no haya idolatría, claro que la hay, pero también —con el personaje Patricio Rey— hay una intervención sobre ella, un juego risueño que genera un tipo de investimento idolátrico donde está muy a flor de piel que los “súbditos” son creadores, que el ídolo es vehículo del hilván para el nosotros y que no prescribe, libera. Un ídolo con que enormes multitudes terrenales pueden sentir cada quien que entiende, que está entendiendo, que puede cantar la verdad, a la vez que ni hace falta aclarar que esa verdad tiene infinitas versiones (divertida), y es por eso también que es tan verdad, porque entendemos que nos entendemos —nos sentimos— sin necesitar cristalizar un significado “amo” (el código normal de comunicación, código del mando y el comercio), en un nivel propiamente poético; una democratización de la poesía, y de los rostros, todas las caras tienen potestad por igual sobre la verdad.
A los rotos y mal parados, a los caídos de bares muy tristes les canta Patricio desde Gulp! a Momo Sampler (su último disco). Los descarriados, los malucos, los excéntricos, los marginales, las brujas de alma sencilla y los patéticos viajantes, amantes de Patricio. Rotos como el personaje gráfico más popular de Los Redonditos, el esclavo rompiendo las cadenas. Dañado, herido (¡ese cuello deshilachado!), rompió, empero, su cadena, y ahora la alza en revoleo, convierte la cadena —rota— en bandera, y con la muñeca lacerada festeja su arrebato libertario. El dolor se vuelve rabia; la rabia, con su fuerza, pasa del rechazo —a lo opresor— al festejo autoafirmativo.
Cada género musical —y cada vertiente de cada género— tiene una relación diversa con el dolor. La cumbia, el tango, el folclore (“que yo les cuente mis penas me piden de tarde en tarde / si en ellas está mi fuerza, déjenme que me las guarde”, canta Don Ata), las diversas vertientes del rock (Cobain…), el trap con sus yoes súper capos, el bolero, etcétera, etcétera. Pero más en general, cada sociedad organiza de forma distinta el sentido con que se entiende al dolor. Patricio Rey fue un agujero en la realidad, decíamos: un orificio por el que aúlla esta tierra herida y que, a la vez, se come tu dolor. Una música que te salva esta noche. Que canta a los rotos y recuerda a sus muertos (“esta es para los ricoteros que están en las plateas más altas”), y así hace arder la vida.
Los últimos años de la Argentina pueden leerse en el camino que tuvo la significación social del dolor. Una moralización con particularidades. En la pandemia, la sociedad dio un gran “gulp” asumiendo que algo iba a doler. Que hasta podían los seres queridos agonizar y morir en soledad. Después vino el Mundial y los ídolos más unánimes celeste y blancos repitieron varias veces el lema de que “somos argentinos, tenemos que sufrir”. Y después del Mundial… No fue sin haberse muerto el Rey de los rotos —patricio e igualitarista—, el tutor de la potencia festiva de los que han perdido cosas pero quieren gozar de intensidad, no fue sin su deceso que pudo llegar a entronizarse un nuevo ícono de los rotos, que convierte al dolor en dogma sistémico; un roto que ofrece, para el dolor, el alivio de que otros sufran peor (“¡Sheriff! No tienen norte, no tienen salvación / Hacé el trabajo y redimilos, por favor / Que se mejoren, allá en la eternidad / Partiles el buñuelo y quitá mi pena así”).
el fantasma ricotero
Después de disuelta la banda, el fantasma de Patricio siguió agitando las pampas argentinas. Las caravanas, las misas, las mareas humanas. Los shows más masivos de la historia argentina son los del Indio solista. Pero ahí, a tres años del fin de la banda (aún se podía imaginar retorno), el ricoterismo sufrió el trauma de Cromañón. Hermanos menores, primos, Cromañón le pasó al rock argentino. El primer recital del Indio, en el Estadio Único de La Plata (noviembre 2005), mostró a las bandas con un orden y una calma en la desconcentración inéditas. Había ecos, apenas, de la suspensión de la Ley que se instauraba antes en los recitales. La muerte entre nosotros, registramos. Desde entonces, por ejemplo, no hubo más enfrentamientos significativos con la cana. La misa comenzó a ser mucho más pacífica, menos guerrera, incluso un plan familiar. Es que, además, la revuelta popular de 2001 había cambiado las condiciones de la gobernabilidad en Argentina y el kirchnerismo lo asumió activamente. Se legitimó en virtud de una relectura setentista y, luego, identificándose con el ricoterismo. No solo la juventud oficialista. “Juguetes perdidos” cerró el acto de repatriación de la Fragata Libertad (secuestrada por los fondos buitres), como también el acto de Cristina en River tras romper con Moyano. Solo que las “banderas rojas, banderas negras, de lienzo blanco, que guardan nombres en tu corazón” fueron recodificadas con un sentido que las volvía “mensaje” prístino, fueron reificadas y atadas a nombres propios (significantes amos). Buena parte de la fecundad ricotera era el misterio; de misterio carece esta época actual, de especulación y probabilística, de realismo capitalista y un flagrante nihilismo mercantil.
Cromañón tuvo para el ricoterismo algo de lo que la masacre de Avellaneda para los movimientos sociales: un dolor —y un miedo— que hizo recalcular como buen negocio entregar las banderas, delegar sentidos, aceptar liderazgos representacionales, dejarse abrazar por el Estado (coronarlo…). Ahí se destituye la condición soberana de Patricio, que había sido siempre un bicho quisquilloso, de parámetros propios, sin nadie por encima: soberano de sí. (Es conocido su rechazo a Charly cuando ofreció producirlos y a la tele y a los titanes de la empresa en general).
Pero aun sin ser ya máquina de guerra desde el rock, bajo el fantasma de Patricio seguía realizándose una reunión multitudinal inaudita en su forma y dimensión en los recitales del Indio. Hasta que en abril del 2017, en el concierto más masivo de la historia argentina (entre 350 y 550 mil personas), dos personas murieron (¿aplastadas, de sobredosis?) y el entonces presidente Macri salió a fustigar públicamente al ricoterismo (“Esto es lo que pasa cuando no se respetan las normas”, dijo, con goce nauseabundo), líder de una represión mediática fenomenal alzada contra la sombra de Patricio, represión mediática que vino a tomar la posta de la derrotada policía.
Entre el extractivismo amistoso y la represión enemiga, sucumbió el fantasma de Patricio, pero todavía suena todos los días en las ciudades argentinas. Cuarenta años del primer disco, y en los trenes, en los barrios, los ecos redonditos todavía están. Artistas como Dillom y Bizarrap tocaron temas de Patricio en vivo. Pero todavía; un peligro, el “todavismo”. La nostalgia, se sabe, desprecia el presente. “¿Quién es libre si el pasado es vicio pa’ escapar?”, cantaba la Pequeña Orquesta Reincidentes. Con todo, las preguntas que se hace una época, las faltas que percibe una época, no dejan de ser signo del pulso del trip, rumores en los que circulan también intenciones. El pasado puede proyectarse como sombra que percibe como deficitario al presente, o como aliento, ánimos; si algo pueden decirles las intensidades pasadas a las ansias presentes es, como lo hacía el Indio con los pibes, ¡dale, dale, dale, dale! “Que tu animal no nos muestre libremente lo que ya sabe del cuento de la muerte”.





