Desapariciones: el mito de la Trafic blanca | Revista Crisis
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Desapariciones: el mito de la Trafic blanca
A contrapelo de las historias muchas veces espectacularizadas por el periodismo, “Desaparecidos y desaparecidas en la Argentina contemporánea” se pregunta qué explica la desaparición de personas en la actualidad, a través de los pantanosos pasillos de la abulia estatal y la tozuda y conmovedora pesquisa por parte de las familias. En el camino, desarma mitos y propone preguntas incómodas. Adelanto del libro que acaba de publicar Siglo XXI Editores: un crudo y potente relato por el abismo.
Ilustraciones: Ezequiel García
06 de Octubre de 2021

 

En las tierras que antes de las fronteras actuales eran guaraníes, la leyenda del Yasy Yateré es poderosa. El duende, un muchachito flaco y no muy alto, de cabellera dorada, merodea a la hora de la siesta. Su silbido atrae a los niños que corretean en lugar de dormir. El Yasy los rapta para jugar. Los devuelve atontados, o mudos, o sordos, tal vez epilépticos, trastocados para siempre. Las madres usan el miedo de los niños para domesticarlos.

En el otro hemisferio, en 2009, un usuario del foro Something Awful creó un personaje para un concurso de fotos trucadas: un hombre alto, flaquísimo, de brazos largos hasta las rodillas, vestido con un traje negro, sobrio y entallado, con cabeza pero sin nariz ni boca ni ojos. Slenderman, un secuestrador de niños y adolescentes. La euforia de los foristas imaginó cientos de relatos que desdibujaron el límite entre ficción y realidad; proliferaron los videos, las fotos, las anécdotas. En 2014, en Wisconsin, dos chicas de 12 años –Anissa Weier y Morgan Geyser– apuñalaron diecinueve veces a una compañera de escuela. Dijeron que era una ofrenda para Slenderman: querían que las aceptara como ayudantes. El personaje tiene el privilegio de ser considerado el primer mito de internet, un meme magnífico.

El miedo a que alguien cercano desaparezca estructura ficciones en el mundo entero. Algunas –como Yasy Yateré, el Hombre de la Bolsa, la Llorona y Slenderman– son mitos, ancestrales o contemporáneos. Otras, en cambio, permanecen en una zona de incertidumbre y, aunque las investigaciones y los datos muestran que no son reales, algo las reactiva, vuelve a ponerlas en circulación y les regala otra ronda de verosimilitud.

Desde hace más de diez años, una Trafic blanca asola los barrios para capturar cuerpos. Sus primeras cacerías buscaban órganos y dejaban un reguero de cadáveres de niños vaciados o de cuerpos cosidos arrojados en baldíos. El boca a boca convirtió a la camioneta blanca en un camión frigorífico de La Serenísima, al que luego de un choque se lo encontraba lleno de vísceras humanas. Preocupado por las derivas de este folclore, el Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante (Incucai) publicó en  2011 el informe Pilares de sustentabilidad. Relatos y supuestos acerca de la trata de personas. Según el Instituto, los primeros relatos que relacionaban los trasplantes con historias turbias surgieron en los años noventa:

Entre las versiones más conocidas circula el relato de “la persona que despierta en una bañera con hielo con una nota en la que se le informa que se le ha extraído un riñón” y el de la “Trafic blanca sin patente que secuestra niños para extraerles los órganos”. Estas leyendas no son propias de la Argentina, en [todo] el mundo se registran los mismos relatos difundidos por idénticos medios y todos tienen un denominador común; refieren a casos anónimos, son totalmente falsos, poco creíbles y rozan el absurdo. (Incucai, Pilares de sustentabilidad. Relatos y supuestos: acerca de la trata de personas, agosto de 2011).

 

Lidia Grichener es integrante de Missing Children. Lleva más de veinte años de contacto diario con familias que denuncian la desaparición de chicos menores de 18 años. A lo largo de las décadas, las estrategias para lograr que las personas comunes se solidaricen con las búsquedas fueron cambiando. Antes de Facebook, imprimían la cara de los niños perdidos en las facturas de la electricidad o del teléfono y proyectaban sus rostros en partidos de fútbol o recitales para masificar los casos.

La oficina de Lidia está en el primer piso de una sede de la Fundación Sí, en Vicente López. Según las estadísticas de Missing Children, el 93% de los chicos que se denuncian como perdidos aparecen. Cuando las ausencias se explican por un delito, casi siempre hay un componente de violencia familiar. “Historias relacionadas con delitos tenemos, pero en el volumen no son lo mayoritario”, dice Grichener. Recuerda algunos casos, como el de Silvio Bina, un adolescente de 15 años que estuvo desaparecido dieciséis meses. Fue encontrado porque una mujer lo reconoció en una factura de Edesur: un adulto con quien se había cruzado en una estación de tren se lo había llevado a un pueblo de Córdoba, donde lo tenía trabajando.

¿Qué explica las ausencias de nenes chiquitos?

–En casi su totalidad, los nenes muy chiquitos son sustracciones entre padres. Toda esa historia de que se llevan a un chico al baño de un supermercado, le cambian el color de pelo, le sacan la ropa, nunca se verificó. Llegan, te cuentan algo así y preguntás: “¿Te pasó a vos?”. [Y la respuesta:] “No, le pasó a una amiga”. “¿Me das el teléfono de tu amiga?”. Y así vas, vas, vas hasta que se pierde. Nunca se verificó. Y la camioneta blanca con los cadáveres de chicos, tampoco, nunca. Muchas veces tratamos de reconstruirlo y nunca lo logramos.

 

En algún momento hacia fines de los primeros 2000, la Trafic comenzó a secuestrar mujeres jóvenes para introducirlas en las redes de trata. Un paseo rápido por la sección de noticias de Google trae decenas de historias de la camioneta blanca; la vieron en barrios de la capital, en las provincias, en las cercanías de facultades, colegios y plazas. Historias que se estiran hasta que se cortan: niños o niñas que dijeron haber interactuado con el vehículo revelan que la historia fue otra, pero contaron esa para protegerse o porque la habían escuchado; adultos que primero dicen que un conocido les contó, luego revelan que un conocido les contó que otro conocido les contó; chicas que ven una Trafic blanca cualquiera y temen, corren, llaman a la policía. El testigo presencial siempre se esfuma; a diferencia de lo que ocurre con los memes de internet, el rastreo es imposible. El reenvío de mensajes y audios de WhatsApp escala la reproducción del miedo entre madres y chicas.

La existencia de camionetas blancas que secuestran mujeres para introducirlas en el mercado del sexo es negada por todos los que alguna vez investigaron el tema.

Juan Carr, creador de la Red Solidaria y de la ONG Personas Perdidas Argentina, como activista de la búsqueda colaborativa de personas, afirma:

Hace catorce años que busco la camioneta, que ha hecho que incluso en lugares muy humildes falte más de la mitad de los chicos a clase. Tiene la fuerza de un mito. La estoy buscando, he estado muy cerca, he estado a la vuelta y no está. Incluso cuando hay uno que te dice “mi prima la vio y se agarró del espejito”. Bueno, no está la camioneta, y menos la camioneta que además se lleva chicos y trafica órganos.

Carr dice que la leyenda de la camioneta le recuerda la historia de Ashley Flores. En un correo electrónico iniciado como una cadena en 2006, una madre decía buscar a su hija de 13 años perdida en Filadelfia, Estados Unidos. El mensaje fue reenviado innumerables veces y cada tanto vuelve a aparecer, ahora en las redes sociales, pese a que está demostrado que fue una broma de una amiga de la chica. Afirma Carr:

Son modelos de mitos que circulan. El más internacional es el de “tengo una prima que fue al supermercado, se le perdió el chiquito, desapareció, pidieron que cierren las puertas, hicieron un quilombo y apareció en el baño y le habían cortado el pelo”. Lo de la camioneta es un clásico, un mito que no sé qué función cumple, no lo tengo claro. Capaz que somos así como cultura. Lo que sí sé es que ha generado miedos tremendos.

 

A mediados de 2011, la ola de pánico desatada por las Trafic que acechaban en los barrios de La Boca y Balvanera fue tal que la entonces ministra de Seguridad de la Nación, Nilda Garré, publicó un comunicado: “A pesar de que no se han recibido denuncias concretas, asistimos inexplicablemente esta semana a la proliferación de rumores y versiones acerca de la potencial comisión de delitos graves, secuestros y trata de personas, que recibieron amplia cobertura por algunos medios de comunicación”. El ministerio dijo que, si bien no había denuncias, los funcionarios habían ido a hablar con vecinos de esos barrios.

La conclusión fue: “La opinión pública está siendo sometida a versiones inquietantes que no se ajustan a la realidad. En una semana se alertó a los ciudadanos acerca de hechos muy graves que han sido instrumentados con objetivos inentendibles”. Al ser consultada por el asunto de la camioneta, Zaida Gatti, coordinadora de la Oficina de Acompañamiento y Asistencia a Personas Damnificadas por el Delito de Trata y promotora de una vasta política de combate a la prostitución, afirmó: “Podrá haber algún caso aislado de secuestro para explotación sexual. Pero no hay un patrón que se repite. Es un rumor que está dando vueltas desde hace seis años”.

 

En 2017 los mensajes volvieron con fuerza, en forma de audios de WhatsApp imparables. Esa vez, la Procuración General de la Nación formó una “comisión de fiscales para analizar los posibles secuestros o intentos de secuestros en la vía pública con camionetas tipo Trafic o similares”. Luego de analizar las doscientas dieciocho denuncias acumuladas durante un año en la ciudad de Buenos Aires y el primer cordón del conurbano, en junio de 2018 los nueve fiscales involucrados concluyeron que “no se logra identificar datos que permitan afirmar la existencia de un fenómeno vinculado al secuestro de personas mediante Trafic blancas o vehículos similares” y que “en ninguno de los casos analizados la víctima permaneció desaparecida”. El 82% de las denuncias tuvo como víctima a una mujer, en el 54% se denunció el uso de una camioneta, que en el 70% era de color blanco. En casi todos los casos, las medidas solicitadas por los fiscales –entre otras, la visualización de registros de cámaras de vigilancia y la búsqueda de testigos– no dieron resultado. Cuando se denunciaba un secuestro consumado, más de la mitad de las denuncias eran de “terceros que [decían] haber visto cómo secuestran a mujeres en la vía pública, sin aportar más información al respecto”.

Los fiscales repiten lo que sostienen todos los informes de los últimos diez años:

No se han sistematizado casos de trata que hayan arribado a una sentencia condenatoria, en los que las víctimas hubieren manifestado haber sido captadas a través de la modalidad estudiada en este informe. En efecto, los medios comisivos más recurrentes en causas de trata son el engaño (sobre la actividad o las condiciones en la que ella se llevará a cabo), y el abuso de situación de vulnerabilidad. Asimismo, el titular de la Unidad Fiscal Especializada en Secuestros Extorsivos informó a esta Comisión que no ha registrado casos en los que los secuestros se hubieren realizado a través de la utilización de vehículos tipo Trafic blanca o similares.

La posibilidad de un secuestro a la vuelta de la esquina, de un vehículo que acecha a cualquier hora, del monstruo blanco que puede tragarse a mujeres jóvenes que ingresarán en un mundo clandestino, perderán contacto con sus familiares y serán violadas una y otra vez no puede ser más aterradora. Pero todavía no se ha documentado ninguna trayectoria personal en la que esto haya ocurrido. Aun así, corrientes por ahora inexplicables de producción de sentidos sociales hacen crecer el miedo a caminar por el espacio público. Miedo que se agrega a muchos otros, algunos sí fundados, con los que las mujeres, lesbianas y trans modelamos nuestro cuerpo desde que somos niñas.

 

Desaparecidos y desaparecidas en la Argentina contemporánea

Siglo XXI Editores

256 páginas

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