Colombia en el umbral de un cambio histórico | Revista Crisis
elecciones 2022 / el ocaso del uribismo / un chaleco para petro
Colombia en el umbral de un cambio histórico
El domingo tendrá lugar una elección clave para Latinoamérica y la tensión escala al máximo ante la inminencia de un presidente de izquierda, algo inédito en el país de García Márquez. Las élites dudan, se desesperan y traman una crisis institucional para evitarlo. Mientras tanto, los grupos parapoliciales imponen su ley de miedo, con la complicidad de un gobierno agónico y violento. Desde Bogotá, una crónica precisa de la infartante previa.
27 de Mayo de 2022

 

Un humorista detiene su espectáculo sobre la peatonal del centro de Bogotá y llama a votar por Petro. En seguida retoma, y el círculo de personas que lo observa ríe. La carrera séptima de la capital colombiana desborda de puestos: carritos de sombrilla con mangos, arepas, trapos en el piso con juguetes, libros, estuches de jabón, collares indígenas, objetos nuevos, gastados, el rebusque, rappis, lo que se consiga. A un lado están los cerros orientales de un verde oscuro y ese cielo siempre otoño bogotano.

Son los últimos días antes de las elecciones presidenciales. En las radios abundan programas de análisis políticos, con sus últimas noticias, declaraciones que anticipan posibles crisis en una contienda ante la que muy pocos son indiferentes. El clima es tenso, como si la hipótesis de una elección sin incidentes fuera la más lejana, casi imposible para esta Colombia que llega a las urnas con demasiados muertos y choques.

El suspenso tiene una razón principal: una coalición de izquierda podría llegar al poder Ejecutivo por primera vez en la historia del país. A su cabeza está Gustavo Petro, ex integrante del M-19, organización guerrillera desmovilizada a finales de los años ochenta luego de un acuerdo de paz. Fue alcalde de Bogotá, pero lo destituyeron en 2013, cuando aún no se hablaba de lawfare. Llegó al balotaje presidencial en 2018, contra Iván Duque. Y ahora se presenta en fórmula con Francia Márquez, quien en las últimas semanas fue portada del Washington Post, del New York Times y El País –los tres reportajes resaltan su potencia social, política, su historia de mujer afrocolombiana, feminista, ambientalista.

La inminencia de un cambio inédito despertó las reacciones predecibles de unas élites acostumbradas a ser poder y gobierno. Si para un sector de las clases dominantes existe la posibilidad de trabajar junto a un gobierno presidido por un exguerrillero y una mujer negra, para otro en cambio resulta inconcebible. Este último está conducido por Álvaro Uribe, líder contemporáneo de una derecha con fuerza económica en el negocio de la tierra y la droga.

Foto: campaña Petro

 

cuando estalló

Un año atrás Colombia fue sacudida por un estallido. Fueron tres meses de protestas con epicentro en la ciudad de Cali, Bogotá y en 860 municipios del país. Una multitud tomó las calles, en particular la juventud urbana empobrecida, sin experiencia política previa, que irrumpió como un dique que se parte. Hubo señales de que podía pasar: las grandes protestas del 2019, el denominado segundo bogotazo en el 2020, el aumento de la desigualdad y la pobreza por la pandemia.

El uribismo respondió con un discurso de apertura al diálogo y amagó con ceder en algunas demandas. Pero, al mismo tiempo, calificó de enemigo interno a quienes protestaban. La consecuencia fue la militarización, el despliegue de policías y paramilitares, como pudo verse en Cali. Y el saldo represivo: 83 homicidios, de los cuales 44 tuvieron autoría de la fuerza pública; 96 víctimas de violencia ocular; 35 víctimas de abusos sexuales atribuidos a la Policía; 2053 detenciones arbitrarias.

En cuanto al saldo político, el uribismo se derrumbo aún más: el gobierno de Duque agudizó su crisis, y el propio Uribe salió más cuestionado. El ex presidente fue uno de los principales blancos de las protestas. “Uribe, paraco, el pueblo está berraco”, gritaron miles durante meses, en relación a los señalamientos de sus vínculos con el paramilitarismo y el narcotráfico.

Golpeado por la derrota cultural, el uribismo no logró recomponerse en los meses que siguieron de cara a las elecciones. El candidato presidencial de su partido Centro Democrático, Óscar Zuluaga, renunció a su aspiración y llamó a votar por Federico “Fico” Gutiérrez. La estrategia, en vista de no poder disputar la presidencia de manera directa con su partido, fue hacerlo escondido detrás del ex alcalde de Medellín, ciudad bastión del narco a partir de los ochenta. Y de Uribe.

Gutiérrez se mantuvo segundo en las encuestas desde marzo, cuando tuvieron lugar las elecciones legislativas y las primarias presidenciales en las diferentes coaliciones. Fico ganó dentro de Equipo por Colombia y pasó a ser el principal candidato de la derecha para derrotar a Petro, candidato del Pacto Histórico. Pero, en vista de la crisis del uribismo, optó por mostrarse independiente de un gobierno que tiene un 70 por ciento de rechazo. También intenta tapar escándalos, como su relación con el grupo criminal llamado Oficina de Envigado cuando estuvo al frente de Medellín.

 

números y outsider   

Francia es aplaudida por una Plaza Bolívar llena. La candidata a la vicepresidencia tiene una gran legitimidad debido a su historia al frente de luchas ambientales, feministas, negras, su discurso que invoca a “los nadies” de los cuales ella misma proviene. En marzo, durante la primaria, consiguió casi 800.000 votos, siendo la tercera precandidata más votada, detrás de Gutiérrez, con 1.6 millones, y Petro con casi 4.5 millones.

Es el acto de cierre en el centro de Bogotá, donde se concentra el poder político: el Congreso, el Palacio de Justicia, la Corte Constitucional, el Palacio Municipal y la Catedral. Son edificios grandes, algunos antiguos, con las dimensiones de una ciudad que fue cabecera de virreinato, ambiciosa, andina, con rutas hacia el Caribe y el Pacífico. El acto congrega a muchos jóvenes, partidos, movimientos, miles de personas con esperanzas en el Pacto Histórico.

Petro se mantuvo al frente de las encuestas desde mediados del 2021 y nadie duda que llegará primero el 29 de mayo. La pregunta es si logrará una victoria en primera vuelta, o si deberá ir a balotaje el 19 de junio. Ganar el domingo significaría obtener más del 50% de los votos, algo que ningún candidato logró después de Uribe. No hay encuesta que muestre que ese resultado sea posible: el candidato de izquierda alcanza 48% en primera vuelta según el mejor pronóstico, 35.8% según el peor.

En caso de ir a segunda vuelta la pregunta es a quién se enfrentaría. Si bien Gutiérrez se mantiene detrás de Petro, un tercer candidato creció en las últimas semanas: Rodolfo Hernández, ex alcalde de Bucaramanga, con perfil de outsider y discurso anticorrupción. La encuesta contratada por la revista Semana, ligada al uribismo, muestra que Gutiérrez y Hernández estarían casi en un empate técnico. Las posibilidades de disputarle a Petro en un balotaje son mayores para Hernández.

El ex alcalde de Bucaramanga, apoyado en el 2015 por Uribe, ya parece atraer los votos de un centro político sin fuerza, representado por Sergio Fajardo, cuarto en las encuestas. Esa mayor posibilidad en un balotaje provoca fricciones en el establishment colombiano acerca de a quien respaldar, si a Gutiérrez, con muy pocas posibilidades de una victoria en balotaje, o a Hernández apodado el “Trump criollo”. La pelea es por el segundo lugar, en vista del 19 de junio.

 

antibalas y amenazas electorales

Petro realizó su campaña rodeado de escudos antibalas en cada acto. Debió suspender dos días de actividades en una región por amenazas de muerte del grupo paramilitar La Cordillera, uno de los varios que operan en el país, controlan territorios, vidas, economías, política. Uno de ellos, el Clan del Golfo, realizó un “paro armado” a principio de mayo, inmovilizando con armas en mano a 119 municipios –10% del total– en una demostración de fuerza y alerta para las elecciones donde, según la Defensoría del Pueblo, existe riesgo en 290 municipios.

Esas “bandas multi-crimen”, así llamadas por Petro, son responsables de los asesinatos de líderes sociales y de firmantes del Acuerdo de Paz del 2016 entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC: 79 y 21 respectivamente en lo que va del año, 1305 y 320 en seis años. También de masacres: 42 en estos cinco meses, 92 el año pasado. El Estado oscila entre falta de respuestas, complicidades o autoría directa, como ocurrió con la masacre reciente en Putumayo cometida por el Ejército contra civiles presentados como miembros de un grupo armado.

Bajo ese telón de fondo habrá elecciones el domingo. El uribismo y sus aliados instalaron desde febrero una duda sobre las elecciones, cuestionando al registrador Alexander Vega y las empresas contratadas para la elección. La acusación fue formulada por el expresidente Andrés Pastrana y refrendada por Gutiérrez, quien llegó a afirmar que en marzo existió un fraude a favor de Petro debido a que, luego de reclamos, el Pacto Histórico logró recuperar más de 500.000 votos que no le habían sido contabilizados en el preconteo.

 

La matriz de irregularidades en la contienda, organizada por el gobierno, aparece como el punto de apoyo para desatar una crisis en primera o segunda vuelta. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar el uribismo y con qué fuerzas? Así como existen élites económicas dispuestas a convivir con un gobierno de Petro y otras no, también podría suceder en las Fuerzas Armadas, donde hay un sector con mayor apego a la institucionalidad, y otro abiertamente contra Petro, como lo expresó el comandante del Ejército, Eduardo Zapateiro, quien declaró contra el candidato en plena campaña. Los militares están permeados por el uribismo.

Washington mira de cerca, con detalle, lo que sucede. El presidente Joe Biden firmó el lunes el memorándum que declara a Colombia como aliado mayor extra OTAN, país que ya es socio global de la organización atlántica, lo que condiciona posibles cambios a futuro. Colombia tiene un lugar estratégico en el diseño estadounidense para América Latina: primer productor de cocaína, bases militares, cantera de mercenarios para guerras terciarizadas, punto para desarrollar operaciones contra países cercanos.

En Estados Unidos también parecen existir distintas miradas sobre la contienda y las implicancias de un gobierno del Pacto Histórico. Francia Márquez, por ejemplo, fue recibida en mayo por el presidente del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara Baja, Gregory Meeks, mientras en simultáneo el embajador en Bogotá, Philip Goldberg –expulsado de Bolivia en 2008–, declaraba acerca de la injerencia rusa y venezolana en las elecciones.

Colombia está a las puertas de un cambio luego de treinta años neoliberales y un orden signado por la violencia armada desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948. El progresismo, la izquierda, está en el punto de mayor posibilidad en décadas para aspirar a llegar a la Casa de Nariño, con un liderazgo fuerte, una unidad de partidos y movimientos, y una sociedad movilizada año tras año desde el 2019.

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