10 núcleos para una discusión alrededor de los juicios de lesa

Que hubo justicia por los crímenes de la dictadura se presenta como una verdad perogrullesca de la democracia, casi como un orgullo argentino exportable. Pero ¿qué dejó afuera la conquista del castigo? Apuntes filosos para desarmar la pacificación.

1. el piso y el techo

La lucha contra la impunidad tuvo sus idas y vueltas, sus derrotas brutales y sus victorias. Juicio a las Juntas, teoría de los dos demonios, leyes de impunidad, pacto de Olivos, planes para hacer un monumento a la reconciliación nacional en la ESMA, escraches, Juicios por la Verdad, la derogación de las leyes de impunidad, el homenaje a lxs desaparecidxs, los juicios de lesa humanidad, las condenas. Todas y cada una de las victorias son monedas en la cuenta de la lucha del campo popular. Todas las derrotas, también. Esa lucha consumió los esfuerzos de un pueblo que estaba herido de muerte, y que intentaba sobrevivir, mientras recibía los golpes neoliberales que le habían quedado pendientes a la dictadura, y se defendía, como podía, en una democracia que no resolvía la pobreza, y se llevaba puestos derechos económicos sin parar. En ese sudar y sudar la camiseta, aquello que era el piso ético para cualquier otra discusión se convirtió en el techo. La impunidad, que parecía haber llegado para quedarse con el pacto de Olivos y las leyes que lo rubricaron, se convirtió en el objetivo de los organismos de derechos humanos, y la obsesión de aquellos jóvenes que fuimos en los años noventa. Algunes, con una inocencia que da un poco de ternura, pensábamos que el Estado nunca juzgaría al propio Estado. Que el fin de la impunidad iba a llegar, necesariamente, unido al quiebre del sistema. Pero el sistema, que supo convertir al Che en remera y a la libertad en individualismo, pudo resolver el asunto con poco costo: se hicieron los juicios que tanto queríamos, pero se juzgó a las personas probadamente involucradas, utilizando el Código Penal vigente, que necesita una persona física, un delito tipificado y una prueba material. Algunos muñecos iban a caer, claro, incluso algunos con muchas tiras; pero, se sabe, cuando el sistema ya no necesita a sus lacayos, simplemente los descarta.

2. rendirse nunca, vengarse jamás

El icónico libro Nunca más, que compilaba testimonios que hicieron posible el Juicio a las Juntas, venía con el prólogo que dejó bien plantada y para siempre la teoría de los dos demonios. Empezaba así: “Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países”. El punto principal de contrariedad de Ernesto Sábato, autor del prólogo, era que no se había juzgado el delito de las izquierdas en los tribunales, de manera legal y republicana. Los campos de concentración eran, por supuesto, inadmisibles; las causas de los militares, sin embargo, eran comprensibles. Los organismos de derechos humanos, todos, HIJOS incluido, se vanagloriaron de que, habiendo recibido los peores golpes, habiendo perdido incluso a niños y niñas, nunca habían tomado el camino de la violencia, jamás se habían vengado, nunca habían tomado la justicia en sus manos. La lucha —pacífica— había sido siempre el camino. No por cuestiones estratégicas, sino por cuestiones éticas y morales. Porque somos mejores que ellos. En esa afirmación, que parece ser fácil de hacer, se convalidó la idea de que la violencia política es mala, y la ejercen los zurdos. Que, para no merecer la cárcel, incluso la muerte, hay que manifestarse siempre en el marco de la ley. Aunque la ley sea injusta, incluso ilegítima. Enarbolar esa bandera se llevó puesta la discusión acerca de la violencia como forma de defensa popular. Las acusaciones de ser infiltrado a cualquiera que tire una piedra en una manifestación hoy son hijas de esa afirmación: nosotros, los buenos, somos democráticos, republicanos, y nunca, jamás hacemos ningún acto de violencia ni lo aprobamos. ¿Por qué? Porque aprendimos bien lo que la dictadura nos vino a enseñar: pasarse de rosca en la lucha y en las demandas trae como consecuencia campos de concentración. Así que nada de fuego, nada de piedras, nada de empujar el vallado, pero, sobre todo, nada de imaginar revoluciones. Porque, ya se sabe, ninguna revolución se ha ganado levantando la mano en el Congreso.

3. lenin para principiantes

El trabajo publicado en noviembre de 2015 sobre el funcionamiento de Campo de Mayo como parte de la estructura de la represión nos devela una verdad fundamental: las mismas estructuras que funcionaban antes de la dictadura, y que siguieron funcionando después, se usaron para la muy organizada tarea de masacrar personas y destruir organizaciones. Lo recomiendo mucho, se puede encontrar en la web. Esa investigación enseña, con mucha precisión y rigor científico, cómo el juzgamiento de personas individuales, sin tomar en cuenta la estructura organizativa, no solo es pobre sino, además, errado. La idea del militar torturador, perverso y malvado, funciona muy bien para el marco en el que se llevaron a cabo los juicios, pero no tiene ningún sentido en la realidad de los hechos. El terrorismo de Estado fue llevado a cabo por el Estado. Por todo el Estado. Con soporte administrativo —memorándums, órdenes escritas, resoluciones, etc.— y con toda la maquinaria funcionando con un mismo objetivo: domesticar por la fuerza a una sociedad que se había planteado un mundo por fuera de las reglas del capitalismo. Las fuerzas represivas no tenían “grupos de tareas” y los dejaba actuar. Las fuerzas represivas tenían toda su estructura al servicio de la represión, que no era “ilegal”, sino que funcionaba con otra legalidad. Con la legalidad de una guerra antisubversiva. Sin embargo, las fuerzas represivas no son, ni ahora ni antes, la única estructura del Estado. El en aquel entonces Consejo del Menor también era el Estado. El Poder Judicial. Todos los ministerios. La iglesia, en un Estado confesional como el nuestro, también fue parte.

Por otro lado: las mismas estructuras que existían en el Estado antes de la dictadura se utilizaron para garantizar la dictadura; esas mismas estructuras son las que hoy sostienen el estado democrático. Tal vez sea momento de escuchar a Lenin. Recomiendo mucho leer Sobre el Estado, Conferencia pronunciada en la Universidad Sverdlov, 11 de julio de 1919.

4. números

En 2020 se realizó el juicio del primer tramo de Campo de Mayo, centro de detención en el que estuvieron mi mamá y mi papá. Los acusados fueron veintidós. En la noche del 5 de abril de 1976 fueron a mi casa a secuestrarlos un grupo de un comando conjunto que interrogó al mismo tiempo (careo) a mi mamá, a mi papá y a mi abuela. Eran al menos dos los interrogadores y otros tantos que iban de una habitación a la otra transmitiendo las respuestas. Había también militares custodiando la puerta, en los autos en los que vinieron y cortando la calle de mi casa. Debían sumar, en ese tramo del operativo, más de veintidós personas.

En mi papel de directora nacional para Adolescentes Infractores a la ley penal, me tocó gestionar todos los dispositivos penales juveniles. Entre ellos, instituciones totales, es decir de régimen cerrado. Un lugar para doce internos requiere, solo para la función de custodia, cuarenta personas para poder cubrir las veinticuatro horas, los siete días de la semana. Eso no cuenta ni administrativos, ni empleados de cocina, ni de limpieza, ni personal jerárquico. Por Campo de Mayo se calcula que pasaron más de cinco mil personas, habiendo una constante promedio de ochocientos detenidos. En el primer tramo de la causa que se dirimió en el 2020 se juzgaban los delitos cometidos contra quinientas personas. Veintidós imputados. Esa misma cuenta ridícula, y fuera de todo sentido común, aplica a todas las causas y todos los juicios.

Un juicio que sea justo sería uno que deje de pedirles a los sobrevivientes que rasquen en sus memorias heridas para recordar algún nombre, alguna cara, algún apodo. Si se entiende que el terrorismo de Estado fue un terrorismo perpetrado por el Estado, todos los empleados públicos que se desempeñaron durante la dictadura en cualquier instancia estatal deben ser llamados a testimoniar. Luego veremos si se pasa a indagatoria. Los testimonios sumarían un número millonario. ¿Imposible? Cuando se derogaron las leyes de impunidad acuñé mi más alto logro literario: lo imposible solo tarda un poco más.



5. argentina, un faro en derechos humanos

Vivimos en un mundo signado por los genocidios. La Segunda Guerra Mundial y el genocidio perpetrado por los nazis no fue el primero, y ni siquiera el más cruento. Los remedos de justicia que ha habido a lo largo de la historia han sido pobres, y muy, pero muy escasos. Nadie juzgó a ningún estado colonial por los genocidios cometidos en las tierras robadas. Nadie juzgó ni castigó de ningún modo a los esclavistas, ni tampoco impugnó las fortunas que se hicieron gracias al trabajo esclavo. La consigna, donde hubo alguna clase de preocupación por reparar el daño, ha sido siempre la de reconciliarse. Las sociedades parecían “divididas” y había que unirlas en pos de un futuro sin violencia. Así, por dar un ejemplo, en España no solo se sancionó una ley para amnistiar todos los delitos cometidos por el franquismo, sino que se instó a olvidar activamente, a hacer esfuerzos positivos no solo para perdonarlo todo, sino para negar que los delitos hubieran sido cometidos. Olvidarlo todo, lo pasado pisado, y amigarse con los asesinos. En África, los paladines de los derechos humanos inventaron la reconciliación por la vía de la verdad. Saber la verdad a cambio de no hacer nada con los culpables. En ese contexto, sí, claro, Argentina es un faro en la lucha contra la impunidad. Pero, convengamos, la vara es muy, muy baja. Que los juicios, y los resultados de esos juicios, conviertan a nuestro país en ejemplo mundial habla mal del mundo, no bien de Argentina.

6. conjugación del pasado para dummies

El lenguaje es la arena de la lucha de clases, dijo el formalista ruso Mijail Bajtin a principios del siglo pasado. Ninguna palabra es inocente, todas esconden o exhiben las batallas de esa lucha. El lenguaje es esa capacidad humana de atrapar lo abstracto en pequeños objetos. Fijar el tiempo es uno de esos desafíos de realización casi mágica. Empecemos por los tres grandes bloques que ha creado nuestra cultura: pasado, presente, futuro. En occidente, el pasado está a nuestras espaldas, el presente es la baldosa que estamos pisando, y el futuro queda adelante. El tiempo es una línea.

El tiempo se atrapa conjugando verbos. ¿Con qué declinaciones verbales nombramos lo que nos pasó durante la dictadura? Veamos: el 24 de marzo de 1976 hubo un golpe de Estado. La dictadura cívico-militar masacró a 30.000 personas. Se robaron, según se pudo calcular, a 400 bebés. Para eso se pusieron en funcionamiento, según arrojaron las investigaciones hasta el momento, 700 centros clandestinos de detención y exterminio. Pasado simple. Pasemos por el diccionario para ver qué dice sobre esta conjugación: “El pasado simple, también denominado por la norma culta pretérito perfecto simple, es un tiempo verbal usado en español para hablar de eventos que ya terminaron. Estos eventos comenzaron y terminaron en un momento anterior al presente”.

Esta democracia que supimos conseguir, pero sobre todo desde que el Estado asumió como propias algunas políticas de derechos humanos, consintió en hablar de la dictadura, siempre y cuando fuera en pasado simple. Y eso es un problema. Porque el pasado, ya se sabe, no es simple.

Nos faltan los hechos conjugados en pretérito imperfecto. Es decir, qué pasaba en ese momento. Qué hacía la gente en los años setenta, qué pensaba, qué construía, qué temía, qué sentía, qué esperaba, qué pedía, qué soñaba. Las personas que durante la dictadura sufrieron persecución y fueron asesinadas, encarceladas o empujadas al exilio, y también la otra gente. Porque tal vez esa gente (la otra) no fuera muy diferente de esta, la que observa impasible cómo los dinosaurios trotan por las calles de nuestro país. O de esta otra que les deja platitos con agua por si pasan por sus casas.

Nos falta también el muy fundamental pretérito pluscuamperfecto: qué había pasado antes. Y por supuesto nos falta el imperfecto progresivo para saber qué estaba pasando, qué procesos en nuestro país y en el mundo se estaban desarrollando, qué ideas, qué acciones estaban sucediendo y marcando el ritmo de los acontecimientos.

Un pasado conjugado solo en pasado simple es un pasado sin texturas, sin espesor, sin preguntas. Un pasado conjugado solo en pretérito pasado simple es un pasado explicado a une niñe al que le suponemos un desarrollo cognitivo y emocional muy pobre.

7. memoria completa

Durante estos cuarenta años de democracia hemos estado haciendo fuerza para poner sobre la mesa social que lo que habían querido dejar oculto había realmente pasado. La desaparición de personas no fue un truco de magia: fue un plan sistemático de exterminio. Un plan que tuvo espacio para cuestiones específicas como el robo de bebés, la censura de toda expresión cultural adversa al sistema y, por supuesto, un plan económico que ejecutó con pericia de buen relojero. Ese plan tuvo ejecutores, que con toda nuestra energía intentamos llevar a la cárcel. Tuvo beneficiarios que tratamos de sacar del anonimato. A todo ese trabajo lo llamamos “la memoria”. El día en que ese plan se puso en funcionamiento —el 24 de marzo— se convirtió en efeméride. Feriado nacional y acto protocolar en todas las escuelas del país. Aprendimos muy bien qué hicieron los represores y les hicimos todos los homenajes que pudimos a quienes murieron bajo sus garras. También aprendimos, porque se dijo hasta el cansancio, que los dictadores actuaron fuera de la ley, y que la Constitución es lo más importante que hay que defender. Ah, y que la violencia es muy mala. Cuando yo era niña, en el pequeño círculo de los resistentes, de clandestinos que trataban de sobrevivir en un país que tenía campos de concentración a la vuelta de cada esquina, no se hablaba de defender la ley. Se hablaba de defender la vida. La ley era injusta y se la combatía. Y combatir es un verbo de acción. De acción violenta. Nadie salió a matar a nadie en aquellos años difíciles, pero salir, hablar, juntarse, pensar, manifestarse de cualquier manera implicaba violentar el sistema de opresión. Porque “la lucha no violenta” es un oxímoron. Aprendimos, a través de la muy eficaz pedagogía de la crueldad, que nos pueden destruir hasta niveles indecibles y que lo único que tiene la democracia para ofrecernos cuando no estamos de acuerdo con lo que pasa es votar. Porque ahí “se expresa el pueblo”. A esa memoria renga le falta la parte más importante de la historia. Las víctimas del terrorismo de Estado, antes de caer en sus monstruosas garras, hicieron cosas que necesitamos conocer, recordar, pensar, para poder relanzar al futuro la potencia del cambio que no fue, pero que estuvo, ay, tan cerca.

8. un capitalismo genial

“Es una operación de la CIA”. Esa era la explicación de mi tía Vida, muy comunista ella, para casi todas las buenas ideas del sistema para anular la potencia popular. Y a lo mejor tenía razón. Yo creo que si hubiera visto cómo lograban meter a todos los organismos de derechos humanos en un solo predio, bien lejos del centro de la ciudad y de la actividad política, hubiera dicho “es una operación de la CIA”. Porque no los metieron ahí a la fuerza ni les hicieron sentir que los marginaban. Todo lo contrario. Porque los valoraban muchísimo, el lugar que Menem había planeado para el Monumento a la Reconciliación Nacional ahora no solo se iba a convertir en “espacio de Memoria”, sino que cada organismo iba a administrar un edificio. Basta de pagar alquileres para reunirse, basta de organizarse para limpiar el lugar después de las reuniones. A los más picantes, a los potencialmente complicados, además, se los contratará con sueldos altos, o con estabilidad laboral al menos. Que todo eso que hacen en la calle ahora lo hagan acá adentro. Es casi mejor que vender remeras con la cara del Che.

El problema no es que el Estado les dé trabajo a integrantes de organismos de derechos humanos sobre temas que esas personas manejan y conocen. Ni siquiera que ceda espacios públicos para que sean usados con fines afines. Solo llamo la atención sobre la neutralización de un movimiento que supo mover la estantería del sistema.

9. espectros argentinos

Las almas en pena no pueden descansar en paz cuando sus asesinatos quedan impunes. Eso reza el saber popular, y debe ser cierto. Sin embargo, nuestros fantasmas tienen sus peculiaridades. Nuestros fantasmas no buscan la paz de los cementerios, ni descansar. Buscan seguir siendo espectros que nos interpelen desde el futuro. Porque eso, y no otra cosa, es una utopía. Algo que no existe, pero que cobra existencia cuando lo invocamos. Nuestros eternos jóvenes, esos que siguen vibrando de vida en las fotos todos los 24 de marzo, no quieren ser memoria. No en el sentido de lo que supone una memoria: pasado. No quieren retenernos en el pasado ni ser homenajeados ni recordados como una efeméride. Quieren ser una discusión muy viva, muy presente, que siga tironeando desde el futuro una disputa por cuál debería ser el mundo en el que merecemos vivir. La lucha contra la impunidad no debería olvidar que la lucha de ellas y ellos era por un mundo utópico, no un mundo mejor. Dejar morir las conversaciones acerca de cómo debería ser ese mundo es matar a los muertos. De una muerte peor de la que tuvieron.

10. a pérdida

El capitalismo se ha colado en todas partes. Las relaciones son buenas si “sirven”, si “aportan”. Lo que entregamos siempre es “una inversión”. Lo que recibimos es la “cosecha” de lo que “sembramos”. Todo es evaluado según si “conviene” o “no conviene”. La militancia también ha caído en las redes del capitalismo. Desde que durante muchos años (y todavía) “militar” estuvo asociado al trabajo rentado, la militancia se convirtió en una tarea con jefes y posibilidad de despido. Todos eximidos de pensar y de crear. Lo importante es “ser soldado”. Eso, además de los problemas evidentes, trajo consigo a la religión. No como en otros años, en los que el paraíso de los revolucionarios justificaba el sacerdocio de la militancia, sino como una dilación de todo lo que podría ser hecho ahora, para cuando sea el momento adecuado. Ya no hay una ética del pensamiento crítico, ni una ética de las acciones coherentes con las ideas. Lo que hay es una inversión a una realidad posible. En la política se gana y se pierde, y mejor ganar. Aunque para ganar (no quedarse afuera) haya que votar la ley antiterrorista, la reforma laboral, o dejar eso del feminismo para cuando sea un buen momento. Los juicios fueron una victoria posible. Es cierto que durante casi treinta años fueron parte de lo imposible, y por lo tanto parte de la tozudez rebelde de nuestro pueblo, pero cuando los grandes capitales también entendieron que había que perder alguna cosita para seguir ganando, los juicios fueron una victoria posible. La religión, incluso esa que promete una esperanza que hace que soportemos sacrificios de todo orden en vez de hacernos cargo de que somos cada decisión que tomamos cada uno de los días en los que vivimos, se convirtió en una religión paupérrima. Berreta, chata, sin paraíso, con la única promesa de que la mediocridad es mejor que el infierno. Promesa, además, incumplida. La lucha, siempre, como el amor, es a pérdida. No quiere decir que luchemos para perder. Sino que las categorías de ganar y perder juegan otro partido. Lacan dijo que “amar es dar lo que no se tiene a quien no es”. Podemos decir que luchar es con lo que no hay, con los que ya no están o todavía no se sumaron.

a modo de final

¿Los juicios no sirvieron, entonces? ¿No fue una victoria? ¿Nos salimos con la de ellos?

Los juicios fueron un hito en las victorias populares. Sirvieron, entre otras cosas, para que nuestras voces quedaran escritas en la historia. No como una versión de los hechos, sino como la versión oficial. La narrativa fue nuestra por un momento, y los señores jueces nos dieron la razón. ¿Soy la nena chinchuda que no se conforma con nada? ¿Soy capaz de faltarles el respeto a esos héroes y heroínas que se ponen al hombro, desde hace décadas, los juicios de lesa humanidad? ¿Soy tan de madera que no me conmoví con las sentencias a reclusión perpetua? ¿No fui feliz cuando Videla se murió cagando en un inodoro carcelario?

No quiero faltarle el respeto a nadie, porque agradezco con todo mi corazón la tarea que hacen quienes se fuman al Poder Judicial. Porque, además, fui parte, y a mucha honra, de ese movimiento que logró el marco social que hizo imprescindible la derogación de las leyes de impunidad. Yo, que no creo que le debamos devoción a ningún líder, y que no estoy de acuerdo con que le debamos a Néstor ninguna política pública respetuosa de los derechos humanos, lloré cuando nos pidió perdón en nombre del Estado. No hay ningún cuerpo maltratado por la represión, por el desdén, por la indiferencia y la mierda de una sociedad de mierda, que pueda ser indiferente al reconocimiento, a la validación. Sin embargo, quiero aprovechar este espacio generoso para decir dos cosas.

Uno: Los juicios de lesa humanidad son una victoria en el camino hacia la victoria. No son, nunca fueron, la meta. No es cierto que Argentina haya metido presos a los genocidas. Argentina encarceló a algunos genocidas (recordemos, siempre recordemos, que no hay ni una sola monja imputada, a pesar de que sabemos que fueron responsables de apropiaciones, custodia de niñes en cárceles, etc.). El Estado capitalista no se juzga a sí mismo. Solo descarta a los fusibles que ya no le sirven. Todo lo que pasó y pasa durante los juicios es gracias a las familias y compañeres de las víctimas. No necesitamos agradecer nada. Necesitamos seguir exigiendo justicia. Hasta el infinito. Hasta que caigan todos. Dos: Nunca van a caer todos, a menos que caiga el sistema. La lucha contra la impunidad siempre es contra el sistema. Dejemos de luchar por un mundo mejor. Luchemos por el mundo que nos merecemos.