Un misil en mi feed

La capacidad iraní de desafiar la prepotencia bélica del imperio norteamericano surge de su milenaria aptitud para la resistencia en el territorio, pero se proyecta gracias a un arma nueva y sorprendente que nadie tenía en los cálculos: una estrategia narrativa y memética que convierte a la guerra cognitiva en un boomerang para occidente. En este artículo un especialista en la materia te cuenta cómo se organiza el ecosistema digital que tiene su meca en Teherán, pero opera de manera distribuida y eficaz.

La escena dura apenas unos segundos pero contiene más de lo que parece. Tom Llamas, periodista de NBC News, le hace una pregunta al canciller iraní Abbas Araghchi en el marco de una entrevista celebrada el pasado 5 de marzo.

— El presidente Trump no ha descartado el despliegue de tropas en Irán. ¿Usted teme una invasión estadounidense a su país?
— No, los estamos esperando.

Llamas, incrédulo, hace una pausa como si necesitara verificar que entendió bien. Luego repregunta. 

— ¡¿Está esperando que el ejército de Estados Unidos despliegue tropas terrestres?!
— Sí, porque confiamos en que podemos enfrentarlos. Y eso sería un gran desastre para ellos.

La pregunta surge con esa naturalidad de estudio televisivo que envuelve las hipótesis imperiales en una forma neutra, casi técnica, como si el desembarco de tropas norteamericanas sobre otro país fuera una variable obvia y no una promesa de devastación. Araghchi sonríe apenas, sostiene la mirada y responde. Lo que queda vibrando no es sólo la dureza de la frase, sino la temperatura con que fue dicha. Una seguridad desprovista de grandilocuencia, una firmeza que busca invertir el sentido de la intimidación.

En ese breve cruce se deja ver una de las claves de la guerra actual. Mientras los misiles atraviesan el cielo de Medio Oriente y la destrucción ocupa el centro de la escena, otra batalla se libra en un plano menos visible pero también decisivo: el de la percepción. El de las imágenes que se fijan en la retina global. El de las emociones que ordenan la lectura del conflicto. El juego de legitimidades que emana de las pantallas. Irán parece haber comprendido desde el comienzo de la escalada del 28 de febrero de 2026, que en este tipo de guerras la dimensión cognitiva no llega después del combate como relato justificatorio, ni aparece al costado como decorado ideológico. Forma parte del teatro de operaciones mismo. Condiciona cómo se interpreta cada movimiento, cuáles actores aparecen como agresores y cuáles como víctimas, quién administra la racionalidad y quién es el causante de la violencia desbordada.

Conviene detenerse un momento en el concepto de Guerra Cognitiva, porque suele usarse con ligereza. No se trata solamente del esfuerzo propagandístico o el repertorio de operaciones psicológicas de la vieja escuela, aggiornadas a la era digital; sino de la capacidad para intervenir en cómo los individuos, las sociedades y las audiencias interpretan la realidad, distribuyen la atención, elaboran sus miedos y asignan legitimidad. La materia prima de esta actividad estratégica son los afectos, los marcos narrativos, los hábitos de consumo informativo, los sesgos y la saturación sensorial.  La guerra ya no apunta sólo al territorio o a la infraestructura del adversario, sino que ataca su capacidad de procesar lo que ocurre, darle sentido y sostener una moral colectiva bajo presión. Cuando un actor logra que una ofensiva sea percibida como autodefensa, o que un enemigo aparezca simultáneamente como brutal y decadente, es porque ha logrado ser eficaz en la guerra cognitiva.

Por eso, Teherán no se limitó a replicar la agenda de los grandes medios occidentales. Fue produciendo una gramática, una superficie de lectura desde la cual el conflicto pudiera ser ordenado bajo coordenadas favorables. La premisa es sencilla: Irán no inició la guerra, sino que fue atacada. Pero esa constatación objetiva no siempre logra verificarse porque del otro lado hay un aparato mediático como el de Estados Unidos e Israel, con su irradiación global aceitada (aunque sometida a desgaste por las guerras interminables de uno y el genocidio del otro). Esta vez el dispositivo comunicacional iraní logró una elaboración mucho más compleja en torno al derecho a la legítima defensa, presentando la imagen de un Estado soberano herido pero entero, ejerciendo la denuncia contra la degradación moral y jurídica del orden internacional. En ese montaje intenta correrse del lugar que durante décadas le asignó el imaginario occidental: opacidad, fundamentalismo religioso, amenaza irracional. Quiere aparecer, en cambio, como un país golpeado pero lúcido, dispuesto a escalar sin perder el control del sentido.

Zolfaghari evita la sobreactuación nacionalista que el periodismo suele esperar —y hasta desear— para confirmar sus caricaturas. Esa compostura vuelve legible a Irán en el idioma del adversario. Desarma, aunque sea parcialmente, la imagen del dirigente iraní encerrado en una retórica intraducible o fanática. Araghchi no ofrece moderación, ofrece inteligibilidad. Y ese matiz importa. Esa escena explica bastante de la estrategia iraní: una voluntad de proyectar control, paciencia, dominio del ritmo, incluso cuando se habla desde una posición de agresión recibida.

voceros para una ecología de guerra

Existe un campo de combate donde lo decisivo no son las explosiones sino los regímenes de visibilidad. Quién muestra qué. Quién oculta a quién. Qué muerte merece duelo y qué muerte queda absorbida por el ruido ambiente. Ese trabajo sobre la percepción no se apoya en una voz única ni en una cadena de mando discursivo rígida. Se despliega mediante figuras, tonos y plataformas distribuidas que cumplen funciones diferenciadas. El líder supremo y el aparato político-religioso fijan los pilares de supervivencia y dignidad nacional hacia dentro de Irán. La Cancillería traduce esa doctrina al idioma del derecho internacional y de la interlocución diplomática. Abbas Araghchi tiene un dominio notable del código mediático occidental: habla en inglés con soltura, administra los silencios, es firme pero sin exabruptos, proyecta una calma que torna más pesada cada frase. En paralelo, Ebrahim Zolfaghari, vocero del mando operativo conjunto de las Fuerzas Armadas de la República Islámica de Irán, encarna el registro de la amenaza serializada. Y alrededor de ese núcleo se mueve una periferia móvil, ambigua y creativa: cuentas afines, canales virales, medios semioficiales, piezas generadas con inteligencia artificial, videos Lego, animé, microficciones de guerra para consumo en plataformas. La comunicación iraní no se presenta como un bloque compacto, sino como un ecosistema.

El clip circuló por todo el planeta:  – Oye, Trump, ¡estás despedido! Conoces bien esta frase. Gracias por tu atención a este asunto. Cuartel General Central de Jatam al-Anbia”.

Zolfaghari es, probablemente, la figura más extraña y elocuente de ese entramado. O quizá convenga decir que es quien mejor expresa el punto de mutación. Lo lógico es que el portavoz militar de un Estado como Irán responda a una iconografía solemne, tono monocorde, verticalidad en escena. Zolfaghari llega con otra textura: frases cortas, pensadas para circular como recortes, y una ironía desafiante. Su poder de represalia no se manifiesta como hecho aislado, o desesperado, sino como una promesa administrada de castigo y un deseo de venganza que conecta con todos los agredidos. La amenaza adquiere rostro, cadencia, respiración. Deja de ser una abstracción del aparato estatal y entra en la intimidad del feed. Esa mutación es importante porque vuelve perceptible un desplazamiento más amplio: la disuasión, en la era de las plataformas, necesita personajes.

Pero la singularidad de Zolfaghari no reside sólo en el molde del clip. Lo que vuelve interesante su modo de enunciación es el cruce entre intimidación y ligereza, entre dureza e ironía performática. Hay una novedad estética en el tipo de imagen que proyecta, el modo en que circulan, la disposición a habitar códigos que desentonan con la liturgia tradicional del Estado. El video donde aparece andando en skate mientras detrás suyo se lanza un misil, tomando jugo de granada y haciendo selfie stick, condensa ese desplazamiento de forma casi obscena. La escena mezcla guerra y publicidad, amenaza y meme, destrucción y cultura visual pop. Produce un cortocircuito. La vocería castrense ya no ocupa exclusivamente la posición del funcionario adusto y se acerca al territorio del influencer bélico, capaz de convertir la represalia en una postal viralizable. El efecto es inquietante porque banaliza la violencia al inscribirla en una escena lúdica, pero también porque propone una nueva pedagogía del poder: la capacidad de combatir envuelta en una estética de relajo.

En ese repertorio ocupa un lugar central la humillación del adversario. Trump aparece con frecuencia como un personaje impulsivo, errático, físicamente deteriorado y políticamente degradado. La propaganda iraní explota sus vacilaciones, los síntomas de fatiga interna en Estados Unidos, la incomodidad creciente de una parte de la opinión pública norteamericana frente a la guerra. Distintas encuestas muestran un respaldo decreciente a los ataques por parte de la ciudadanía yanqui, un rechazo considerable al envío de tropas terrestres y una preferencia mayoritaria por una salida rápida del conflicto. Teherán intensifica esa veta que no necesitó inventar. Su operación consiste en mostrar que la potencia agresora libra la guerra desde una base social quebrada, que el liderazgo de Trump arrastra consigo una erosión de legitimidad, que la voluntad de castigo imperial convive con signos cada vez más visibles de agotamiento interno.

La apelación al caso Epstein entra en ese mismo circuito. Funciona como significante condensador, como atajo narrativo y moral. En videos virales, especialmente dentro del ecosistema de IA y estética Lego, Trump aparece revisando materiales ligados a Epstein mientras ordena bombardeos, como si la guerra fuera también una gran maniobra de distracción ante la podredumbre de la élite estadounidense. La escena no busca probar algo en un sentido judicial. Trabaja en el registro de la asociación fulminante. Corrupción sexual, impunidad oligárquica, decadencia moral del establishment, manipulación mediática, guerra como pantalla. En la economía de la atención, donde el tiempo de lectura es mínimo y la condensación vale más que el expediente, “Epstein” ofrece un nudo de sentido formidable. Organiza en una sola palabra todo lo que es moralmente inaceptable para cualquier persona en cualquier lugar del mundo.

Lego Wars

La canción se llama “L.O.S.E.R” y es un rap incendiario animado con legos. Uno de sus versos dice “Taste the ash of defeat” (saborea el polvo de la derrota). Otra escena muestra una tumba plástica con la inscripción “R.I.P. Donald Trump”. Una Casa Blanca de juguete aparece golpeada por misiles y envuelta en llamas. Hay también una pieza en la que vuelan misiles que llevan mensajes dedicados a víctimas históricas de la violencia estadounidense —nativos americanos, aldeanos vietnamitas, negros esclavizados— bajo una consigna que condensa toda la apuesta simbólica del canal: “una venganza para todos”. Esa frase es importante. Hace mucho más que inflamar. Reordena la guerra actual dentro de una cadena de agravios. Convierte el presente en saldo de cuentas acumulado. Y le da a la represalia una densidad histórica, casi genealógica

Con estos videos generados por inteligencia artificial la guerra se vuelve otra cosa. O más bien, se hace visible de otra manera. El formato realista explota la inmersión y la sensación de potencia. El anime se apropia de la serialidad épica y de los códigos globales de la cultura visual juvenil. El Lego, en cambio, condensa la operación más extraña y eficaz: miniaturiza la guerra, infantiliza el desastre, musicaliza con rap sobre un cementerio de caricaturas. El resultado es una mezcla inestable de risa, horror, fascinación y rechazo. Ese registro no debilita el contenido político, modifica su modo de entrada. Reduce barreras afectivas, vuelve comunicable lo insoportable, transforma el conflicto en objeto memético.

El caso de Akhbar Enfejari (después rebautizado Explosive Media) muestra el tránsito desde una propaganda de escasa circulación hacia una maquinaria capaz de instalar artefactos virales a escala transnacional. Antes de la guerra, el canal producía comentarios morales y políticos, animaciones discretas, contenido con baja tracción. Con el conflicto encontró una forma. Y sobre todo un ritmo. Los videos Lego se volvieron reconocibles, llegaron a millones de visualizaciones, circularon por X, Telegram y otras plataformas, fueron retomados por cuentas iraníes y apropiados por usuarios anti-Trump en Occidente. Esa deriva importa porque muestra un rasgo central de la propaganda contemporánea: su eficacia ya no depende solamente de la verticalidad estatal, sino de la capacidad de convertirse en material remixable, reenviable.

El canal también supo leer el lenguaje de la conspiración y el trolleo online. Hacen referencias a los rumores sobre la muerte de Netanyahu y su supuesto reemplazo por un deepfake; juegan con las especulaciones sobre la salud física de Trump y le dibuja un moretón que florece en la mano. En uno de los videos, quizá el más revelador, muestra a un Trump de Lego examinando imágenes en los archivos de Jeffrey Epstein antes de generar una distracción mediante el misil que golpeó una escuela de niñas iraní. La secuencia produce un efecto latigazo: guerra internacional y chatarra memética comprimidas en una misma superficie visual. Esa condensación define bien el género. El vocabulario es juguetón, el contenido mortífero. Y es precisamente esa fricción la que vuelve a estas producciones tan eficaces para captar atención.

Hay además un dato decisivo: la velocidad de fabricación. Según declaraciones de los creadores de Akhbar Enfejari recogidas por este artículo para The New Yorker, un video de dos minutos se produce en más o menos 24 horas. Esa temporalidad modifica las condiciones clásicas de la propaganda. La pieza ya no depende del ritmo pesado de la industria ni de ciclos largos de elaboración. Nace en sincronía con la coyuntura. Respira con el conflicto. Reacciona al minuto. Aprende del engagement. Cambia de idioma si hace falta, como hizo el canal cuando empezó a publicar en inglés para ampliar audiencia. La inteligencia artificial ofrece aquí menos una novedad metafísica que una ventaja logística y semiótica. Abarata, acelera, multiplica registros, permite saturar.

Lo interesante es que esta maquinaria habla en un lenguaje que el propio ecosistema mediático occidental ya ayudó a normalizar. Trump, MAGA y las nuevas derechas llevan años librando batallas simbólicas mediante memes, videos de montaje frenético, bromas degradantes, videojuegos. La propaganda iraní entra en esa lengua como un aprendizaje brutal. La toma, la retuerce y la devuelve contra sus dueños. Habla el idioma del centro, pero desde la periferia. Usa los códigos del espectáculo político digital para erosionar la autoridad del emisor estadounidense. Esa inversión explica buena parte de su eficacia. No se ofrece como exterioridad moralmente pura frente a la degradación contemporánea; se sumerge en ella y trata de convertirla en un boomerang.

Claro que no hay que exagerar el alcance de esa operación. La comunicación iraní no recompuso por completo la imagen internacional de Teherán, no elimina sospechas, no disuelve décadas de sedimentación negativa. Lo que produjo fue algo más complejo y más modesto, aunque políticamente muy significativo: fracturar la lectura unívoca. En sectores del Sur Global, especialmente allí donde la memoria del intervencionismo sigue ordenando la percepción del presente, Irán logró aparecer con mayor nitidez como actor agredido pero resistente. Aun así la recepción sigue fragmentada. Pero esa fragmentación es ya un resultado. El monopolio occidental de la interpretación pierde exclusividad cuando la otra parte consigue imponer gramáticas propias. Es cierto que estamos en un mundo post Gaza, Irak y Afganistán, tres guerras que arruinaron la credibilidad de los argumentos del imperio. Y vale reconocer que Trump y  Netanyahu son personajes que se demonizan solos. Pero nadie los había afectado y degradado de forma tan efectiva.

Por otro lado, la dimensión cognitiva tiene cada vez más peso pero tampoco define el desenlace de una guerra. La historia no se define exclusivamente en el feed. La percepción necesita anclaje material. La imagen necesita infraestructura. La propaganda precisa correlación de fuerzas, producción militar, inteligencia estratégica, soberanía digital, capacidad real de sostener un conflicto en el tiempo. Una escena brillante sin potencia detrás se desvanece rápido. Un meme demoledor sin conducción política queda como residuo de época. Este texto se detuvo en uno de los planos de la guerra porque ese plano suele ser subestimado o leído con categorías viejas. Pero nadie debería confundirlo con el todo. La novedad de nuestro tiempo no radica en que el misil haya sido reemplazado por el meme. Radica en que ambos viajan ahora por la misma corriente, se rozan, se amplifican y se traducen mutuamente.