las big tech y el cuento de la innovación permanente: entrevista a cecilia rikap
Las empresas tecnológicas construyen su poder tanto a través de la infraestructura y los datos como de los relatos sobre la innovación. La economista Cecilia Rikap desarma esa promesa, analiza cómo las big tech extienden su dominio mucho más allá del sector tecnológico a la vez que propone pensar, desde las periferias, alternativas que no reproduzcan las relaciones de dependencia que buscan superar.
Las empresas tecnológicas más ruidosas anuncian simultáneamente el fin del mundo y la llegada del paraíso. Las más establecidas lideran silenciosamente un imperio que ya no solo subsume Estados, sino también a las multinacionales más poderosas. De los dos lados, ondean la bandera de que la “innovación” nos va a salvar. Para Cecilia Rikap, hay mucho de cuento en todo esto.
Este año, Cecilia Rikap, economista argentina especializada en política internacional y economía de la innovación, publicó Teoría de la dependencia digital. Soberanía y desarrollo en el capitalismo del siglo XXI (Caja Negra). Y también lanzó The Rulers: Corporate Power in the Age of AI and the Cloud, editado por Verso en inglés y que el año que viene verá la luz en nuestro idioma, también de la mano de Caja Negra.
Para The Rulers, entrevistó a más de 110 investigadores e ingenieros en IA y gerentes de las áreas de I+D de 55 multinacionales, incluidas todas las big tech norteamericanas y empresas chinas. El libro busca, dice Rikap a crisis, reconceptualizar la “innovación”. “Hay que desarmar la idea de que innovación es necesariamente un cambio tecnológico, un producto técnico o tecnológicamente nuevo y repensarla como un híbrido entre los datos, el conocimiento y las narrativas”, propone. “Desde esa clave pongo en relación las narrativas sobre la inteligencia artificial (IA) con algo que en el libro llamamos bullshit innovation”: un concepto al que, en español rioplatense, mientras esperamos la traducción de Caja Negra, quizás podríamos llamar “innovación mentirosa” o “innovación falopa”.
¿De qué se trata la bullshit innovation?
—Las big tech se muestran como las más innovadoras, y eso incluye gastar plata en un montón de cosas que no buscan ser un negocio de mercado sino una señal de marketing y una señal política de que son las más poderosas, las que más entienden estos problemas y, por lo tanto, las que tienen que regular estas tecnologías. Y si lo que desarrollan es tan innovador y potente, cualquier cosa que salga de esas empresas lo será también. Esa promesa les sirve para vender lo que sí venden. En esto hay una búsqueda mucho más explícita de desmantelar narrativas específicas que ellas mismas construyen: que la regulación va en contra de la innovación, que nos vamos a extinguir con la IA y el mantra de move fast and break things (moverse rápido y romper cosas), por ejemplo.
A partir de las entrevistas que hiciste, ¿qué tanto está permeando el discurso mesiánico sobre la IA —el de Elon Musk o Sam Altman— en todo el ecosistema?
—Parte de la bullshit innovation es convencer a sus propios trabajadores, no solo a nosotres. Necesitan que los científicos y científicas en IA estén convencidos de que lo que hacen es revolucionario para la humanidad, que su empresa es el mejor lugar para hacerlo y que, al mismo tiempo, invisibilicen todos los impactos: que sientan todas las consecuencias ecológicas, económicas y políticas casi como un efecto colateral, que podría ser peor si no fuera porque ellos son los que la están desarrollando. Incluso antes de ChatGPT, esto aparecía mucho, sobre todo con gente de DeepMind (laboratorio de IA de Google): la Inteligencia Artificial General (AGI, una IA hipotética que superará las capacidades de los humanos) era la estrella polar, un objetivo de largo plazo de salvación de la humanidad hacia el que vamos colectivamente como equipo. Uno de los entrevistados me decía: “Yo nunca me lo creí, pero había algo del propósito de trabajar en equipo en función de un objetivo mayor que impulsa y te ciega”. Entonces, esta construcción de narrativas va para los dos lados: hacia adentro, para que tus propios trabajadores sigan trabajando ahí pese a todo lo que leen y ven, y hacia afuera, como estrategia de marketing, de control de la regulación y de control de los sentidos comunes sobre qué es la IA. Esto permea, obviamente, en el FOMO (Fear of missing out, es decir, miedo de quedarse afuera) de cualquier empresa y cualquier gobierno.

el imperio silencioso
Mientras su obra anterior se enfocaba en la sumisión de los gobiernos a las grandes tecnológicas, The Rulers desmenuza cómo se relacionan entre sí Amazon, Microsoft y Google, y de qué modo grandes compañías fuera del rubro tech, como Toyota, Nestlé, Coca-Cola, PepsiCo, se vuelven dependientes de ellas. Rikap, que es jefa de investigación del Institute for Innovation and Public Purpose (IIPP) y profesora asociada de economía en el University College London (UCL), lanza: “Si hasta estas empresas se vuelven dependientes, imaginate lo que le va a pasar a un gobierno como el de Argentina, cada vez más debilitado. Tenemos la urgencia de pensar una alternativa; no podemos simplemente aceptar esa dependencia”.
Entonces, más allá de las narrativas, ¿existen usos “reales” de la IA en las empresas?
—Sí, claro, pero en general no son los que nos venden. Del sector farmacéutico, se dice que están descubriendo un montón de medicamentos nuevos con IA, pero, en realidad, la usan para hacer más eficientes los análisis clínicos, para identificar de manera específica qué personal de la salud prescribe más sus medicamentos y en qué hospitales los estudios clínicos les resultan mejor, de modo que el proceso sea más rápido, eficiente y barato; también para la venta del medicamento y para ganar licitaciones. Hacen algo parecido a los precios diferenciados: cuando se presentan a una licitación con un gobierno, usan IA para predecir el precio de la competencia y ofrecer uno más bajo. Esto surgió en una entrevista con Novartis. Hay usos de lo más diversos. Toyota, por ejemplo, debido a que en Japón existe una regulación, no puede echar a trabajadores por la introducción de tecnología; entonces, digitaliza y automatiza buena parte de la cadena de producción y a los trabajadores; los mueve a otros lados, se jubila y no contrata nuevos.
¿Por qué las grandes empresas se vuelven dependientes de las big tech, entonces?
—Hay cuatro razones. La primera es que planifican sus esferas de control. Con una cadena de valor, una plataforma o un modelo de franquicias, necesitan acaparar la información de todo su sistema, analizarla y generar un flujo de información hacia todos los actores diciéndoles qué tienen que hacer. Adoptan tecnología digital, por ejemplo, para anticipar la demanda con IA. Nike planifica con hasta 18 meses de anticipación los productos que va a lanzar, y con la IA itera mucho más los diseños y controla exactamente el rango de precio. Por otro lado, la usan para un control customizado de los trabajadores, los suyos y los de sus subcontratistas y franquiciados, y a través de la tecnología imponen ritmos y condiciones de trabajo. Concretamente: IKEA usa tablets que le dicen a cada trabajador cuáles son sus tareas según su función a partir de un perfilamiento de desempeños pasados. Esto redunda en un mayor control del proceso de trabajo y en el reemplazo de capacidades cognitivas. La tercera razón es reforzar y perpetuar sus propios monopolios intelectuales. Hoy el marketing se hace con datos e IA. Y la cuarta razón: mudarse a la nube y depender de estas tecnologías es un seguro contra todo riesgo en el momento más crítico del capitalismo global. En un contexto donde se sabe que algo va a salir mal, pero no qué —otra explosión geopolítica, un desastre ecológico, otra pandemia, un poco de todo, algo nuevo—, las empresas no están seguras de cuándo ni de cómo habrá un impacto en un negocio. Son compañías gigantes: a Visa no le gusta depender de las big tech. Están acostumbradas a llegar y poner sus condiciones, y se sientan con Google, Microsoft o Apple, que les dicen “Acá las reglas las pongo yo”.
Cuando hablás de las big tech con poder real, mencionás siempre a Google, Microsoft y Amazon. ¿Por qué no a Meta y OpenAI?
—Meta no tiene nube; sí tiene infraestructura propia para correr sus modelos y está muy enfocada en sus aplicaciones. Su estrategia de construcción de periferia no es tan exitosa como la de Amazon, Microsoft y Google, en parte por estar todo el tiempo cambiando las cosas. Esas tres tienen una capacidad de planificación mucho mayor. Amazon planifica la macroeconomía de los países donde opera a un nivel que le encantaría a cualquiera de sus gobiernos. Analiza y define los precios con IA. Combina una serie de herramientas por detrás para planificar y controlar que, a la vez, son muy estables. Y esa estabilidad es interesante, porque Amazon, Microsoft y Google manipulan el discurso para hacerle creer a todo el mundo que son disruptivas, que la innovación pasa por estar cambiando todo el tiempo, pero en realidad son recontra estables, tienen un montón de estructura. Que Meta haya decidido no dedicarse a la nube, por la naturaleza de sus propios negocios, la dejó más lejos que las otras; por eso no está en el tope, aunque es un monopolio intelectual. Anthropic y OpenAI están en un solo eslabón de la cadena, y a medida que aparece más competencia, más se tienen que enfocar en mantener la delantera y menos en orquestar y controlar todo el ecosistema. Las dos están quemando plata —se consumen toda la inversión que consiguen, en parte de estas mismas empresas— tratando de identificar si van a conseguir un modelo de negocios, mientras que las otras están recontra establecidas y tienen un montón de ganancias. Google, por ejemplo, de la que históricamente se dice que es solamente una empresa de publicidad, hoy tiene ingresos de su negocio de nube que equivalen al 40% del negocio total de publicidad con Google Search.
¿Y Palantir?
—Palantir ofrece servicios dentro de la nube. El día de mañana, sus socios estratégicos —en particular, Microsoft y Amazon— le bajan el interruptor y se acabó Palantir, que existe de la misma manera que existe Netflix: a través de la nube. Mientras, Microsoft no depende de Palantir, pero le viene fantástico porque les hace el trabajo sucio. Cuando el gobierno de Israel le pide tecnología, dice: “Sí, sí, claro, no hay ningún problema, acá estamos para contribuir al genocidio palestino”. En la fachada es Palantir la que desarrolla la tecnología de guerra, pero Amazon, Microsoft y Google proveen toda la infraestructura y todos los eslabones intermedios. El 50% de los ingresos de Palantir vienen de los acuerdos con el gobierno de Estados Unidos, y llega al 60% si sumamos a los gobiernos amigos de Estados Unidos. Eso significa que Palantir depende del beneplácito de Washington para existir. Para Microsoft, en cambio, los ingresos de la Casa Blanca son un vuelto.
nuevos monopolios
Para Rikap, las big tech representan monopolios intelectuales que hay que desarmar utilizando herramientas nuevas. Porque en teoría siempre hubo un límite para estas empresas, pero en esta nueva era no parece haber margen de negociación y ni siquiera los Estados parecen poder establecer frenos . “Antes había un ordenamiento a partir de los Estados en función de sus distintos niveles de poder geopolítico. Hoy tenés un orden mundial corporativo, y ese orden se entremezcla con el otro: no desaparecieron los Estados, lo que lo vuelve todavía más complejo. Y ni hablar si en el medio le metés la encíclica del Papa”.
¿Qué se puede hacer para desarmar los monopolios?
—Hay que actualizar el prisma. Si seguimos pensando que la cuestión pasa por mirar cada mercado específico, si hay una concentración muy alta y si la empresa monopólica ejerce poder o no, y por fuera de eso solo mirar las adquisiciones o fusiones por encima de cierto monto, claramente no vamos a describir la naturaleza del poder corporativo hoy. Un monopolio intelectual, la concentración de intangibles, se tiene que traducir en una concentración de poder económico que ya no se ejerce en un mercado específico, sino que es poder económico de red. Y ese poder se puede reducir a dos tipos de ejercicio: el cuello de botella —te pongo un torniquete en medio de una cadena de valor, me necesitás y aceptás mis condiciones— y la visión panóptica, que tienen en particular Amazon, Microsoft y Google y que, según el sector, tienen también otras grandes empresas. Algunas tienen las dos cosas. Esto le exige a la agencia antimonopolio mirar distinto, mirar la cadena completa.

¿Y cuál sería la solución?
—La alternativa viable, incluso sin tanto análisis de economía crítica, es reconocer que hasta en la economía mainstream hay una categoría, el monopolio natural: cuando la mejor solución en materia de eficiencia es que haya una sola empresa. Frente a eso se abren una serie de remedios que no son la competencia: si es un servicio muy específico, puede ser regular a la empresa; pero si es un servicio tan sensible como la nube, la IAA o un motor de búsqueda, lo que necesitás es pensar en provisión pública. Entonces, ¿hay que nacionalizarlas? En el pasado uno podría haber dicho que sí, pero si las nacionalizamos, las controla solo Estados Unidos. El ejercicio es más complejo: habría que pasar a manejarlas como un común, como internet prometió ser, o como Wikipedia. Existen comunes digitales globales, con sus bemoles y sus problemas, y me parece que hay una oportunidad para que las agencias de defensa de la competencia promuevan ese tipo de soluciones. En algunos casos específicos, como el de Meta, que es dueña de Facebook, WhatsApp e Instagram, hay que romperlos. Pero cuando lo rompés, te tenés que encargar de que no pueda haber entrecruzamiento de datos: bien, las separamos en tres empresas, ¿y qué garantiza que no van a seguir pasándose los datos y haciendo los análisis? No alcanza con la legalidad formal de tres empresas, tres boards, tres CEO.
¿Qué está pasando en China? ¿Presenta un modelo alternativo?
—La respuesta corta es no. La larga, que es la más interesante, es, primero, que esto no es solo una batalla tecnológica sino una disputa geopolítica y geoeconómica que trasciende la IA. Si la miramos desde el prisma de Estados Unidos, parecería que es solo en relación con tecnologías, pero la apuesta de China es controlar la tecnología de todas las industrias críticas hoy, incluyendo la IA y las tecnologías digitales, pero también, fundamentalmente, todas las vinculadas a la transición energética. Mientras Estados Unidos deja completamente vacía esa disputa, China ya controla los paneles solares y los vehículos eléctricos. Mires por donde mires, es China, China, China. “Controlar” no significa que, desde la extracción hasta la venta, todo se haga dentro de China o por una empresa específica, aunque algunas, en parte por motivos geopolíticos, hayan apuntado a la integración vertical, como BYD. Estas empresas hoy cogobiernan con el Gobierno chino en una distribución de poder que no es tan asimétrica como en Estados Unidos, aunque Trump está intentando rebalancearla. El juego de China es mucho más diversificado, y es distinto en relación con cómo piensa la innovación. A la gran mayoría de las empresas chinas no les interesa ser las primeras, lo que tiene el sabor amargo de Huawei: avanzó en 5G, pero después no pudo liderar el mercado global. Su capacidad de dominar el mercado global tiene que ser muy subrepticia y en cuestiones puntuales, porque apenas se acerque a una tecnología crítica, Estados Unidos la va a bloquear. Entonces no hay necesidad de dar el salto tecnológico. China no está jugando a eso, y lo ves en la inversión en capital fijo: no está obsesionada con la escala ni con los semiconductores —más allá de la limitación a la compra—, ni con la idea de la AGI. China quiere vender todo lo que puede y que dependamos de ella para todas las tecnologías estratégicas de todas las industrias. Es una amenaza real, pero tiene un carácter distinto a la de Estados Unidos: avanza en todos los frentes, y lo hace siendo mucho más eficiente y pensando en un modelo de negocio que apunta a vender barato con una calidad suficiente más que a la bullshit innovation.
¿Y qué pasa con las empresas tecnológicas argentinas?
—Hay un cúmulo de empresas, algunas unicornio, otras más o menos, muchas vinculadas al fintech, porque también hay una pata de florecimiento fintech en las periferias, por la poca bancarización y el bajo proceso de expansión del crédito formal vía los bancos. Aparece una oportunidad de negocio que Milei ha facilitado: hoy tenemos en Argentina un porcentaje de la población cada vez más endeudado, con tasas descontroladas por la falta de regulación de este gobierno, que no va a poder pagar esas tasas, y que se endeuda no porque sea codiciosa sino para pagar la luz, para llegar a fin de mes. Y que bicicletea, como le pasó a la Argentina en los ochenta, hasta la crisis y la debacle económica. Porque este Gobierno ha controlado parcialmente la inflación a fuerza de cercenar cualquier poder adquisitivo y cualquier recomposición salarial frente a la inflación. ¿Cómo subsanar eso cuando no llegás a fin de mes? Endeudándote. Y te endeudás más fácil con la aplicación. Hay un sinnúmero de billeteras y aplicaciones. Pero, por otro lado, hay capacidades de los trabajadores, y efectivamente se puede hacer una política industrial de redireccionamiento de la industria del software: menos fintech y billeteras que ofrecen crédito, y más desarrollo de tecnología puesta al servicio de problemas concretos del territorio y de la gente.
¿Es posible construir alternativas a esta dependencia desde las periferias?
—Sí, de hecho, las periferias están mejor preparadas para generar alternativas que la propia Europa. Si pensamos en los países de la región, hay un cúmulo de empresas públicas con capacidades dentro del sector de tecnología, a partir de las cuales es posible pensar en construir un ecosistema alternativo cuya vocación no sea competir en una carrera que no es la propia, por tecnologías que no responden a las necesidades de las mayorías, que generan problemas de salud mental, controlan el lugar de trabajo, matan. Esas no son las tecnologías que queremos. Es posible pensar un escenario con lo que quede de ARSAT; con Antel de Uruguay, que acaba de anunciar que va a construir un data center para los datos del sector público con el objetivo de desarrollar sus propias tecnologías y no solo almacenarlos; con empresas públicas de software en Brasil, por ejemplo; y con las capacidades científicas y tecnológicas de las universidades públicas y los organismos públicos de investigación de los distintos países. En general nos tiramos abajo, menospreciamos lo que tenemos y pensamos que, como no podemos competir al nivel de Amazon… pero ¿quién dijo que esa tenía que ser la estrategia? Tener Amazon Web Services como funciona hoy es un problema. Una empresa privada no debería tener esa capacidad de control sobre tantas otras empresas, organismos públicos, gobiernos en última instancia. Y desarrolla tecnología que favorece formas de control y de planificación autoritarias de otras empresas y también de gobiernos. Esas no son las tecnologías que queremos desarrollar. Se puede empezar por un proyecto chico, un prototipo, por ejemplo, para educación, donde es urgente ofrecer alternativas coproducidas con los docentes, con sus sindicatos y con las familias, y no aceptar el falso ofrecimiento de Google, que viene y te da su modelo de IA y tecnologías específicas para la escuela que redundan en disminuir la capacidad de niños y niñas de aprender a pensar. Tenemos que darnos cuenta de que sí hay capacidades; es solo que hay que ponerlas a dialogar en conjunto, en un proyecto que tiene que ir más allá de la tecnología y ser parte de un plan de desarrollo democrático para la Argentina y para la región.
¿Por qué lo ves tan necesario?
—El Gobierno no puede ni pensar en empezar a funcionar si sus tecnologías están dictadas, diseñadas y decididas por lo que estas empresas le dicen cuando le golpean la puerta. Y una vez que empezás a depender, dependés a todo nivel. Te volvés loco organizando tu agenda en función de los modelos que estas empresas te ofrecen, para después tener chatbots por todos lados, y preguntarte “¿Esto lo necesitaba? ¿Para qué lo quería?”. La soberanía digital es poder decidir qué tecnología tenemos y cuál no, qué datos se recopilan y cuáles no, quién los analiza, para qué se analizan. Y la siguiente pregunta es quién va a decidir. Entonces el desafío es crear las instituciones que permitan que esas decisiones se tomen de la forma más democrática posible a nivel del sector público, pero también crear los espacios, por ejemplo, en los ámbitos laborales y en los sindicatos, para que los trabajadores puedan decidir qué tecnología se utiliza en su propio proceso de trabajo y cómo les impacta.





