marx en mandarín: entrevista a Xulio Ríos
En esta entrevista, el ensayista gallego se explaya sobre el pragmático Partido Comunista Chino, el eclecticismo confuciano y la apuesta por un desarrollo alternativo al occidental.
Los intercambios para el podcast el sueño de los chinos quedaron cortos y le propusimos al ensayista gallego, Xulio Ríos, profundizar. Conversa desde Galicia, a donde recibe, junto a unos ejemplares de Crisis, un volúmen de China: un camino de desarrollo y transformación, libro colectivo, que se suma a la extensa obra que comenzó a mediados de los noventa, cuando en su primer ensayo del tema se preguntaba: ¿superpotencia del siglo XXI?. Casi tres décadas después, no pierde impulso, comparte y difunde trabajos sobre la tierra que lo cautivó cuando, estudiando la transición de economías planificadas a economías de mercado, comenzó a estudiarla. Desde entonces, en una larga obra, que incluye la creación del Observatorio de Política China y la Red Iberoamericana de Sinología, y por supuesto muchos viajes, es uno de los principales referentes de habla hispana para entender lo que pasa en el gigante asiático.
Caracteriza a la traducción de las formas chinas el uso de muchos adjetivos: “desarrollo de alta calidad” proyecta el partido, “democracia popular de proceso completo” el xiismo, o la más reciente «estabilidad estratégica constructiva» para el caso de la relación con Estados Unidos. ¿Esta particularidad surge propiamente de la gramática china o dirías más bien que es fruto de la invención y el esfuerzo por dar a luz nuevas respuestas a problemas sociales contemporáneos?
Existe un componente derivado de la propia estructura del idioma chino. El chino político contemporáneo trabaja mucho mediante combinaciones condensadas de conceptos, donde cada carácter añade matices acumulativos más que definiciones cerradas. El resultado es un lenguaje extremadamente sintético en origen, pero que en traducción suele requerir perífrasis más largas y abundancia de adjetivos o complementos explicativos. Por ejemplo, expresiones como “全过程人民民主” , traducida como “democracia popular de proceso completo”, contienen en chino una lógica de encadenamiento conceptual muy compacta que incluye “todo el proceso”, “pueblo”, “democracia”. Al traducirse, el español necesita desplegar relaciones gramaticales más explícitas y el resultado adquiere esa apariencia densa.
Pero la cuestión principal no es puramente lingüística. El Partido Comunista Chino gobierna una sociedad en transformación vertiginosa y necesita producir continuamente nuevas categorías capaces de absorber fenómenos inéditos sin romper la continuidad doctrinal del sistema. Ahí los adjetivos cumplen una función decisiva. Cuando Beijing habla de “democracia”, sabe perfectamente que el término está hegemonizado globalmente por la tradición liberal occidental. Por eso necesita añadirle atributos que la redefinan como “popular”, “consultiva”, “de proceso completo”. Lo mismo ocurre con “modernización”, “mercado” o incluso “globalización”.
El Partido no rechaza necesariamente conceptos universales modernos pero intenta resignificarlos desde la experiencia china. La fórmula “economía de mercado socialista” es quizá el ejemplo más claro. El sustantivo “mercado” sería insuficiente sin el calificativo “socialista”, que reintroduce la primacía política del Partido sobre la lógica económica. “Desarrollo de alta calidad”, por ejemplo, refleja el reconocimiento de que el viejo crecimiento cuantitativo basado en producción masiva, exportaciones y mano de obra barata ya no basta. El calificativo “alta calidad” intenta desplazar el eje hacia innovación tecnológica, sostenibilidad, consumo interno y sofisticación industrial.
Esto conecta además con una larga tradición intelectual china. Desde Confucio y la idea de la “rectificación de los nombres”, existe la convicción de que el orden político depende también del orden correcto del lenguaje. Nombrar adecuadamente las cosas no es un detalle retórico, es parte esencial del gobierno. Cada adjetivo sutura y mantiene unidos elementos potencialmente contradictorios: mercado y socialismo, apertura y control, modernización y tradición, competencia y estabilidad. Es el juego del ying y el yang.
En La sinización del marxismo explicás algo no tan conocido que es la existencia de 8 partidos tradicionales, además del PCCH, aunque está claro su liderazgo: ¿qué órgano del sistema es clave seguir para entender las discusiones y el trámite de los disensos chinos?
Las tensiones estructurales del desarrollo chino se procesan sobre todo en tres niveles. El primero es el propio PCCh (núcleo decisional), especialmente el Buró Político y su Comité Permanente, donde se toman las grandes decisiones estratégicas. El papel de la burocracia estatal y provincial no es despreciable pues es en ese ámbito donde muchas políticas se experimentan, se ajustan y a veces se reinterpretan. Por último, el sistema de “democracia consultiva” que encarna orgánicamente la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino es donde se recogen críticas controladas y propuestas técnicas.
El pluralismo político chino es singular. Por una parte, se ha resistido la tentación de suprimir esa diversidad en aras de instituir un monopolio incuestionable pero, a la vez, se han establecido fronteras claras. Una de ellas es el propio numerus clausus de los partidos, es decir, esos ocho. Ni uno más. Otra, que el sistema no es de alternancia sino de co-gobernanza aceptando todos la hegemonía del PCCh. Cómo este enfoque se plasma varía a lo largo de la historia reciente. Por ejemplo, sin duda en los años del denguismo se avanzó en la dirección de cierta pluralidad operativa, con las experiencias de democratización en el campo, un creciente papel de los “independientes” o la teorización de la democracia deliberativa o incremental, cierta apertura en la gestión de las sensibilidades en el PCCh. El xiísmo ha dado carpetazo a estos enfoques y apostado por la recentralización del poder y el blindaje frente a los temores de inestabilidad.
En este contexto, la CCPPCh funciona como un órgano consultivo y de agregación de intereses, no como un espacio deliberativo autónomo en sentido parlamentario. No es un espacio de competencia política, sino de filtrado y armonización de contradicciones dentro del marco definido por el PCCh. Su papel esencial es canalizar propuestas técnicas, sociales y sectoriales, integrar a las “ocho formaciones democráticas”, intelectuales, empresarios, minorías y organizaciones sociales, y construir consenso político previo a la toma de decisiones del Partido. Es importante, pero no sustituye el núcleo político del Partido, que sigue siendo el verdadero espacio de decisión y, por tanto, de gestión de contradicciones. El modelo no está diseñado para expresar el conflicto, sino para transformarlo en gobernabilidad, apelando a la “eficracia”.
La eficracia es la idea con la que subrayas que la legitimidad del gobierno procede de su eficacia. Bajo esa lógica, de lejos se ve una enorme distancia entre quienes eligen la carrera del partido y el resto de los ciudadanos, ¿cómo ves este desafío que obviamente no es solo de gobernanza? ¿esa distancia se sutura con el rescate de Confucio, o bien, el llamado neoconfucianismo?
Ese es probablemente uno de los problemas más profundos de la China contemporánea, porque afecta no solo a la legitimidad política sino también a la cohesión moral y simbólica del sistema. Durante décadas, especialmente en tiempos de Mao Zedong, el confucianismo fue denunciado como símbolo del orden jerárquico tradicional y del atraso imperial. Sin embargo, desde los años noventa y en el denguismo tardío, con Hu Jintao, con mucha mayor intensidad bajo Xi Jinping, se ha producido una rehabilitación parcial. Pero no se rescata cualquier Confucio. Se seleccionan aquellos elementos compatibles con la estabilidad política y la cohesión social, es decir, la armonía, deber, responsabilidad moral, jerarquía ética, centralidad del Estado, autocultivo o prioridad del colectivo sobre el individuo.
Desde las reformas de Deng Xiaoping, la modernización infraestructural o la mejora de las condiciones materiales proporcionaron una base tangible de consentimiento social. El problema aparece cuando esa legitimidad genera una creciente distancia entre la élite dirigente y el resto de la sociedad. La carrera dentro del Partido exige niveles muy elevados de disciplina, formación, control burocrático y selección política. El sistema se percibe a sí mismo como meritocrático, es decir, ascender implica pasar por múltiples niveles administrativos, evaluaciones de desempeño y experiencia territorial. Desde dentro, la élite política china suele verse no como una aristocracia hereditaria sino como una élite funcional altamente entrenada. Y allí emerge la tensión: cuanto más sofisticado y tecnocrático se vuelve el aparato dirigente, mayor sensación de separación respecto de la sociedad ordinaria. El lenguaje político se vuelve abstracto, la gobernanza se hiperprofesionaliza y la toma de decisiones aparece cada vez más concentrada en círculos reducidos de cuadros especializados. ¿Qué vínculo emocional, ético o simbólico conecta a esa élite con la población? Es ahí donde el rescate de Confucio intenta responder parcialmente a ese vacío moral generado por la modernización acelerada y por la propia lógica tecnocrática del sistema, proporcionando una narrativa de continuidad histórica, un lenguaje moral complementario al marxismo y ofreciendo una crítica implícita del individualismo liberal occidental (y de ciertas dinámicas disolventes asociadas al capitalismo contemporáneo).
El confucianismo puede reforzar la legitimidad cultural del sistema, pero también corre el riesgo de consolidar una visión paternalista de la política, esa idea de que una élite ilustrada gobierna en beneficio del conjunto social conformando una especie de neomandarinato. Además, la China contemporánea ya no es una sociedad tradicional agraria sino una sociedad urbana, digitalizada, hipercompetitiva y profundamente transformada por las dinámicas del mercado. Las nuevas generaciones viven inmersas en dinámicas de consumo, movilidad social, redes digitales y expectativas individuales que no siempre encajan fácilmente con los ideales clásicos de disciplina comunitaria y deferencia jerárquica. Por eso el rescate confuciano convive con fuertes contradicciones culturales.
En realidad, el desafío de fondo parece ser otro y apuntaría a cómo construir una legitimidad que no dependa exclusivamente ni de la eficacia económica ni de la autoridad cultural tradicional. Por eso se combinan tantos elementos distintos: marxismo, nacionalismo, civilización histórica, modernización tecnológica, meritocracia burocrática y discurso moral confuciano. El objetivo es producir una síntesis capaz de sostener la cohesión política en una etapa mucho más compleja que la del simple despegue económico. Esa síntesis todavía está en construcción y nadie sabe con certeza hasta qué punto resultará estable a largo plazo.
El economista Michael Roberts, escribió en un interesante artículo que China no es ni capitalista, ni socialista: “Es una economía en una «transición atrapada» porque carece de formas significativas de democracia obrera y está rodeada por las fuerzas del imperialismo que buscan estrangularla”. Vos preferís hablar de economía de mercado socialista y ponderás los esfuerzos de consolidar el modelo híbrido. ¿En qué aspectos el “sueño chino” avanza hacia la buscada prosperidad común y dónde ves los mayores desafíos?
La observación de Roberts refleja una incomodidad teórica bastante extendida porque China desborda las categorías clásicas. Para unos el peso del mercado, la propiedad privada y las desigualdades demuestran que el país ha derivado hacia una forma peculiar de capitalismo. Para otros, la persistencia del control político del PCCh, el predominio estratégico del sector público y la planificación estatal impiden hablar de capitalismo liberal. Esa ambigüedad explica fórmulas como “economía híbrida”, “capitalismo de Estado”, “socialismo de mercado” o incluso la idea de Roberts de una “transición atrapada”.
Sin embargo, la perspectiva oficial china, es que se está desarrollando una economía donde el mercado cumple funciones decisivas en la asignación de recursos pero subordinado a objetivos políticos y estratégicos definidos por el Estado-Partido en esa “etapa primaria” del socialismo. Durante mucho tiempo, el crecimiento chino descansó en exportaciones, mano de obra barata, construcción masiva e inversión pública. Actualmente existe un esfuerzo por fortalecer el consumo interno, ampliar las clases medias y desarrollar sectores tecnológicos avanzados capaces de sostener un crecimiento menos dependiente de aquella mano de obra de bajo coste. Por otra parte, las campañas regulatorias sobre gigantes tecnológicos, plataformas digitales, educación privada y especulación inmobiliaria reflejan esa voluntad de evitar que el capital privado acumule un poder autónomo excesivo. Desde la perspectiva occidental, esas políticas suelen interpretarse como autoritarismo económico; desde la lógica china, se presentan como mecanismos para impedir que la expansión descontrolada del capital comprometa los objetivos colectivos.
Sin embargo, los desafíos son enormes. El primero es precisamente la desigualdad porque China sigue siendo una sociedad profundamente desigual en ingresos, patrimonio, acceso educativo y oportunidades territoriales. Además, el sistema del hukou o registro de residencia mantiene parcialmente segmentada la ciudadanía social entre población urbana y migrantes internos.
La tensión entre eficiencia económica y control político probablemente será uno de los grandes dilemas del modelo chino en las próximas décadas. También existe un problema demográfico de enorme magnitud. El envejecimiento acelerado de la población, la caída de la natalidad y la reducción de la fuerza laboral amenazan la sostenibilidad futura del crecimiento y del propio sistema de bienestar. A ello se suma otro desafío: la nueva clase media urbana china posee aspiraciones mucho más complejas que las generaciones anteriores. Ya no basta únicamente con mejorar ingresos. Aparecen demandas relacionadas con calidad de vida, contaminación, vivienda asequible, movilidad social, seguridad laboral o presión educativa. El éxito económico genera nuevas exigencias. Por eso la “prosperidad común” es sobre todo, un intento de responder a la pregunta decisiva para la China contemporánea de cómo sostener una modernización vertiginosa sin que las desigualdades, las fracturas sociales y la autonomización del capital terminen vaciando de contenido el propio proyecto socialista que el Partido afirma encarnar.
China hoy es una sociedad con profundas diferencias entre las clases pero esta categoría no aparece mucho ni en el idioma de la gobernanza del PCCH ni en los análisis puramente geopolíticos: ¿qué iniciativas del partido nos permiten palpar la sensibilidad que requiere un país en constante transformación para no desengancharse de las mayorías sociales ni sucumbir ante las demandas de un empresariado cada vez más poderoso?
Señalas algo importante: aunque la sociedad china contemporánea presenta diferencias sociales muy profundas, el lenguaje político del PCCh evita hablar de “clases” en términos demasiado explícitos. El discurso oficial prefiere categorías como “armonía social”, “prosperidad común”, “desarrollo equilibrado” o “modernización”. No es casual. Hablar abiertamente de lucha de clases resultaría problemático para un sistema que, por un lado, sigue reivindicándose socialista y, por otro, ha integrado plenamente las grandes fortunas y dinámicas de mercado. Eso no significa que el Partido ignore las tensiones sociales. Probablemente una de sus mayores obsesiones sea evitar que las fracturas desemboquen en una oligarquización del sistema. Muchas iniciativas recientes pueden interpretarse como intentos de gestionar esa contradicción.
Las campañas regulatorias contra grandes conglomerados tecnológicos como Alibaba Group o Tencent mostraron que Beijing estaba dispuesto a recordar quién conserva la autoridad última. Otro ámbito muy significativo es el mundo laboral y digital. El Partido ha comenzado a mostrar preocupación por fenómenos como la precarización extrema en plataformas digitales, el agotamiento laboral o la cultura del “996” -trabajar de nueve de la mañana a nueve de la noche, seis días por semana-. El auge del discurso juvenil del “tang ping” (“tumbarse”) o del rechazo silencioso a la hipercompetencia fue interpretado como una señal de alarma social y cultural. Indicaba que el modelo de crecimiento basado únicamente en productividad y sacrificio comenzaba a mostrar fatiga subjetiva.
Por eso muchas campañas recientes intentan reconstruir una cierta narrativa moral colectiva frente al individualismo consumista extremo surgido durante las décadas de crecimiento acelerado. En ese terreno encaja también el rescate parcial del confucianismo y la insistencia en valores como disciplina, responsabilidad familiar, cohesión social o patriotismo.
Pero quizá la iniciativa más significativa sea la reinserción orgánica del Partido dentro de la sociedad y de la propia economía privada. Lo que yo llamo repartidización. Durante la etapa de Deng Xiaoping y los años posteriores, el crecimiento económico generó espacios relativamente autónomos. Bajo Xi, en cambio, se ha intensificado la presencia de células partidarias en empresas privadas, universidades, plataformas tecnológicas y organizaciones sociales. El Partido incrustado dentro de esas estructuras.
Se resalta la prédica marxista de Xi, pero no está muy claro qué la distingue del desarrollismo, ¿qué políticas y prácticas concretas dirías que hoy expresan la vitalidad del marxismo chino?
Si el marxismo chino sigue siendo una matriz político-ideológica viva o si ha quedado reducido a legitimación de la modernización nacional es uno de los grandes debates sobre la China contemporánea. La concepción del desarrollo como proyecto colectivo y no individualista del marxismo chino contemporáneo insiste mucho menos en la clásica lucha de clases y mucho más en ideas de cohesión nacional, modernización colectiva y estabilidad social. Ahí aparece una reinterpretación nacional-desarrollista del socialismo, pero todavía con una fuerte impronta anti-liberal.
La primacía política del Partido sobre el capital quizá sea el rasgo más importante. El xiísmo rechaza explícitamente la autonomía plena del gran capital privado. Las campañas sobre plataformas digitales, el control sobre grandes conglomerados tecnológicos o la insistencia en que “el Partido lo dirige todo” expresan la idea marxista -reinterpretada en clave china- de subordinación del capital al poder político. Otro ejemplo puede ser la reivindicación de la planificación estratégica. Es una economía con mercado y planificación. La centralidad de la propiedad pública en sectores estratégicos y la resistencia a la financiarización extrema son otros aspectos a tener en cuenta: la defensa recurrente de la “economía real” y de la producción material.
Estamos hablando del país donde se fabrican el 50% de las manufacturas del mundo, en el que la federación sindical está controlada por el partido: ¿dónde y cómo se elaboran las demandas de esa mano de obra anónima, a menudo invisibilizada en las narrativas del poder?
La nueva clase trabajadora china ya no es la del maoísmo ni la de los años noventa, con la población flotante inmigrante. Hay un cambio generacional: no hay una conciencia obrera “clásica”, sino una fatiga social frente al modelo de competitividad extrema. Muchos jóvenes trabajadores son urbanos, hiperconectados, más individualizados, menos disciplinados industrialmente y menos dispuestos a aceptar condiciones extremas.
Efectivamente, existe una tensión importante entre la narrativa oficial del “Estado de los trabajadores” y la realidad de una fuerza laboral enorme, fragmentada y a menudo invisibilizada. La situación es compleja porque en China sí existen mecanismos de mediación laboral, protesta e incluso presión obrera, pero raramente adoptan la forma clásica del sindicalismo autónomo occidental. Ha sido muy comentado el fallo judicial que apunta a que la automatización no puede utilizarse como excusa para despedir trabajadores, un precedente relevante en el debate global sobre el futuro del trabajo.
La Federación Nacional de Sindicatos de China (ACFTU, siglas en inglés) es el único sindicato legal del país. Formalmente representa a cientos de millones de trabajadores, pero está integrada en la estructura del Partido de modo que sus dirigentes suelen ser cuadros y su función histórica ha sido más de mediación y estabilización que de confrontación sindical clásica. Por eso muchos trabajadores la perciben no tanto como herramienta propia de presión, sino como mecanismo de arbitraje, un canal institucional que simboliza una extensión administrativa del Estado.
Ahora bien, reducirla simplemente a “correa de transmisión” también sería insuficiente para comprender su dimensión real. En algunos sectores y regiones negocia salarios, interviene en conflictos, presiona a empresas incumplidoras y ofrece servicios legales o sociales. Es decir, funciona más como un sindicalismo corporativo-estatal que como un sindicalismo autónomo de lucha.
La memoria de Tiananmen 89 o de ciertos movimientos obreros postsoviéticos, sigue pesando mucho en la cultura política del PCCh. Por eso los intentos de sindicalismo independiente suelen ser disueltos, acaban siendo absorbidos o son reprimidos rápidamente. El sistema tolera ciertos niveles de protesta localizada mientras no cristalice en coordinación política autónoma. Y evitarlo es una de las tareas esenciales de las autoridades locales. Pese a ello, las protestas laborales puntuales son muchísimo más frecuentes de lo que suele imaginarse: huelgas espontáneas, protestas salariales, bloqueos, movilizaciones por impagos, conflictos por despidos o cierres, desplegando una agenda reivindicativa específica. Son conflictos locales, muy concretos. Muchos trabajadores se coordinan por WeChat, crean grupos temporales, comparten asesoría, difunden conflictos, o movilizan una solidaridad puntual. Esto ha sido especialmente visible en sectores como la logística, plataformas digitales, la distribución o el reparto, incluso en la manufactura electrónica y la construcción. Pero estas formas suelen ser fluidas, es decir, muy efímeras y difíciles o prácticamente imposible de institucionalizar.
En tu último libro te preguntas con cierto optimismo hasta dónde irá la revalorización del marxismo: ¿opera como un elemento de política interna o se dará un diálogo del PCCH con “otras formaciones marxistas”? ¿qué quedó del internacionalismo?
El marxismo funciona hoy en China menos como una promesa revolucionaria universal en el sentido clásico del siglo XX y más como un instrumento de cohesión ideológica, legitimación histórica y afirmación estratégica del propio modelo chino. Pero eso no significa que Beijing renuncie completamente a proyectarlo hacia afuera. Lo hace, aunque de una manera mucho más pragmática, flexible y civilizacional que la vieja exportación soviética de la revolución.
Durante décadas, especialmente tras las reformas de Deng Xiaoping, muchos observadores pensaron que el marxismo acabaría convirtiéndose en una mera liturgia simbólica dentro del sistema chino. Sin embargo, bajo Xi Jinping ha ocurrido casi lo contrario con el Partido impulsando una recuperación doctrinal bastante intensa. Hay más formación ideológica, más estudio teórico, más presencia del marxismo en universidades y más insistencia en la “confianza teórica” del socialismo chino.
El marxismo chino actual debe pensarse no únicamente como una teoría económica o de lucha de clases sino como una teoría integral de modernización alternativa. El Partido quiere demostrar que es posible alcanzar modernidad tecnológica, industrialización avanzada y poder global sin reproducir necesariamente el modelo político liberal occidental.
Beijing interpreta la competencia con Occidente no solo como un conflicto geopolítico o tecnológico, sino también ideológico. El liderazgo chino considera que la URSS colapsó en parte porque perdió convicción doctrinal y terminó interiorizando la superioridad cultural occidental. Por eso Xi insiste tanto en la “seguridad ideológica” y en evitar el nihilismo histórico respecto de la experiencia revolucionaria china.
China mantiene vínculos regulares con partidos comunistas y de izquierda de numerosos países, especialmente en Asia, África y América Latina. Existen foros teóricos, encuentros de partidos y espacios de intercambio organizados por el PCCh. Sin embargo, ese diálogo no se parece demasiado al internacionalismo revolucionario clásico. La diferencia fundamental es que Beijing no parece interesado en liderar una nueva Internacional comunista. El PCCh desconfía profundamente de las dinámicas ideológicas transnacionales que puedan limitar su autonomía estratégica. Además, su prioridad absoluta sigue siendo la estabilidad y el desarrollo nacional chino, no la promoción activa de revoluciones externas.
Por eso tiene un tono mucho más estatal y civilizacional que universalista. Cuando el Partido dialoga con otras fuerzas marxistas, suele hacerlo desde la posición de quien ofrece una experiencia de modernización exitosa más que desde la de un centro revolucionario mundial. El mensaje implícito es que China ha encontrado un camino propio capaz de combinar soberanía política, crecimiento económico y estabilidad social.
El PCCH no busca tanto convencer a los marxistas ortodoxos como ampliar su influencia intelectual y política mostrando que el capitalismo liberal no constituye el único horizonte posible de modernización.
China exporta menos una revolución proletaria que una idea de desarrollo soberano dirigido por un Estado fuerte. Dentro del propio marxismo chino persiste una tensión importante entre nacionalismo y universalismo. El discurso oficial insiste cada vez más en la especificidad civilizacional china, en la tradición histórica nacional y en la singularidad del “socialismo con características chinas”. Eso fortalece la legitimidad interna, pero al mismo tiempo limita la capacidad de presentar el modelo como universalmente replicable.
Por ello, probablemente el futuro de la revalorización del marxismo en China pase menos por reconstruir una comunidad ideológica internacional clásica y más por consolidar una gran narrativa alternativa de modernización. El marxismo seguiría siendo el núcleo doctrinal del Partido, pero fusionado con nacionalismo, confucianismo, desarrollismo tecnológico y afirmación civilizacional. El eclecticismo.

