el nuevo “patio delantero”

En la nueva etapa del capitalismo global, América Latina juega un rol clave, en pugna y codiciado. Quienes firman esta nota se preguntan por su papel crucial en el actual avance de la derecha internacionalista y ensayan sobre las razones por las que se ha convertido en el laboratorio del imperialismo y el fascismo.

América Latina protagoniza una ola de extrema derecha y el mapa político da cuenta de esa mutación de colores vívidos. A comienzos de siglo la región se hizo conocida por movimientos sociales e insurrecciones desde abajo, seguidos por la «marea rosa», que instaló gobiernos progresistas y de izquierda, a lo que continuó un empuje transfeminista, que tuvo en la «marea verde» de las luchas por el derecho al aborto un punto de ebullición clave. Pero la marea ha cambiado de dirección: doce de las últimas quince elecciones presidenciales fueron ganadas por candidatos de derecha. El mapa regional hoy tiene otra colorimetría.

¿Cómo se modula un hemisferio cada vez más dominado por la extrema derecha? Modelado sobre el presidente argentino Javier Milei y el presidente salvadoreño Nayib Bukele, y desplegándose a la sombra de Donald Trump y Marco Rubio, sobresalen sus dinámicas violentas, crueles y, sin embargo, coordinadas. Como lo ilustran las recientes iniciativas de Rubio en torno a la conferencia llamada “Resurgencia del Terrorismo Político” y al lanzamiento del “Escudo de las Américas”, la extrema derecha opera cada vez más como una suerte de proyecto «internacionalista».

Con vínculos financieros, ideológicos, teológicos y políticos que se lubrican y profundizan constantemente, la extrema derecha internacional está más conectada, es más agresiva y actúa a más velocidad que nunca. El uso de nuevas tecnologías y su fusión con el gran capital tecnológico multiplica sus plataformas de intervención y de propagación de ideas, al mismo tiempo que llena sus bolsillos. Tales son las fuerzas que están disputando el mapa regional, donde lo electoral es un elemento clave pero, por cierto, no el único.

Esta extrema derecha o «la internacional de la derecha», como la llama el propio Milei, emerge en las fisuras de un terremoto geopolítico. Ya no habitamos un mundo bipolar, como en la Guerra Fría, ni unipolar, con Estados Unidos proclamándose hegemón global. Asistimos a una multipolaridad real, en la que China, Rusia, la Unión Europea, Irán y otros actores frenan el poder estadounidense.

Para muchos análisis, la intensificación de las potencias regionales evoca la Doctrina Monroe, la política que desde el siglo XIX designaba a América Latina como el «patio trasero» de Estados Unidos. Buscando ejercer y explicitar su mayor influencia sobre el hemisferio occidental, la administración Trump se ha apoyado en esa historia, rebautizándola con poca gracia como la «Doctrina Donroe» y reivindicando la idea del «patio trasero». Sin embargo, esa vieja metáfora no logra capturar cuán central se está volviendo América Latina para el nuevo orden geopolítico y para la propia extrema derecha. Para entender mejor hoy América Latina proponemos la imagen del «patio delantero»: un laboratorio emergente de experimentación imperial y fascista.

Esto significa un desplazamiento. Los gobiernos de extrema derecha se unen en torno a causas comunes y construyen nuevos enemigos. El marco es una nueva etapa del capitalismo global: el extractivismo intensificado, la financiarización de las economías y la militarización son sus causas transnacionales. Y a quienes esta lógica de reorganización capitalista llamará «enemigos internos» también adquieren un carácter cada vez más transnacional: migrantes, pueblos indígenas, movimientos transfeministas, luchas ambientalistas que, ahora, convergen con la etiqueta de «narcoterroristas».

Este nuevo y último término, que sintetiza la «guerra contra las drogas» con la palabra clave usada pos11 de septiembre de 2001, opera simultáneamente como apelación a la seguridad y como convocatoria a la eliminación de la “amenaza”. A medida que el «terrorismo» se expande semánticamente para abarcar a todo adversario imaginable, queda claro que el internacionalismo, la solidaridad entre luchas a través de distintos territorios, es el blanco último de la actual internacional de ultraderechas. En síntesis: la ultraderecha global está articulada como nunca antes y parte de esa articulación incluye señalar cualquier solidaridad transfronteriza de las luchas como objeto de criminalización delictiva. Porque son ellas las que interrumpen ese nuevo triángulo de acumulación del capital, ordenado y conectado por lo financiero, lo extractivo y lo militar.

El 16 de julio pasado se celebró en Washington la conferencia largamente planificada por Marco Rubio y Stephen Miller sobre «La Resurgencia del Terrorismo Político». Delegados de más de 60 países asistieron para escuchar a funcionarios del gobierno estadounidense predicar sobre la amenaza más grave a la «civilización» y para coordinar respuestas policiales y militares. Luego de que ese gobierno recortara los programas federales que monitorean la violencia de extrema derecha, la conferencia se asentó sobre la afirmación que invierte su carga de responsabilidad, diciendo que la vasta mayoría de la violencia histórica y contemporánea emana de «la extrema izquierda».

el «antiterrorismo» de las Américas

«Esta es una conferencia internacional porque enfrentamos una amenaza internacional, transnacional,» declaró Rubio en su discurso plenario. «No son células distintas y aisladas. Son redes interconectadas. No reconocen nuestras fronteras. No creen, de hecho, en el Estado-nación».

Como buena parte del discurso de Rubio, las palabras del subsecretario de Estado Christopher Landau se centraron en la década de 1970, con énfasis por ejemplo en las organizaciones sudamericanas Tupamaros y Montoneros, a las que designó como grupos terroristas. En lo que respecta a la referencia a Argentina, esto constituye una inversión flagrante del relato histórico: desconoce el terrorismo de Estado perpetrado por la dictadura militar y adopta, en cambio, el propio lenguaje de los genocidas para caracterizar a esas organizaciones políticas. Cuando Landau celebra la «derrota» de la resistencia de izquierda («puede ser derrotada porque ha sido derrotada, y podemos volver a derrotarla»), habla de una derrota que incluyó la tortura y desaparición de miles de personas, actos que han sido juzgados y condenados en Argentina como crímenes de lesa humanidad.

Tras el plenario de apertura, el canciller argentino Pablo Quirno brindó la conferencia central del almuerzo. Aseguró a la audiencia que el gobierno de Milei continuará coordinando con Estados Unidos para eliminar todo aquello que considere «terrorismo de izquierda.» «Lo que enfrentamos,» advirtió Quirno, «es un enemigo que no conoce fronteras y sigue moviéndose, buscando fisuras.»

La iniciativa liderada por Estados Unidos contra el «terrorismo político» ha sido comparada con la Operación Cóndor por expertos como el juez federal argentino Adrián Grünberg, presidente de un tribunal que juzgó esos hechos como crímenes de lesa humanidad. La primera reunión de la Operación, respaldada por la CIA y celebrada en 1975 en el Chile de Pinochet, reunió a las dictaduras de Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Brasil. Según el tribunal, fue allí donde formalizaron un acuerdo «con el propósito de organizar un sistema de represión, persecución y aniquilamiento de opositores políticos de izquierda en toda la región.»

el «Escudo» de las Américas

Tras el asesinato indiscriminado de cientos de personas en el mar acusadas de ser  «narcoterroristas» y luego de la invasión de Venezuela, la administración Trump lanzó sus iniciativas hemisféricas centrales: el Escudo de las Américas y la Coalición Contra los Cárteles de las Américas (A3C). Con el propósito declarado de combatir el crimen, el narcotráfico, la migración y la influencia china en el hemisferio, estos proyectos representan el esfuerzo más ambicioso hasta la fecha para coordinar a más de una docena de gobiernos de derecha en América Latina y el Caribe.

En una mesa redonda en el mes de marzo con Milei, Bukele, el presidente ecuatoriano Daniel Noboa y el presidente chileno José Antonio Kast, entre otros, Rubio presentó a Kristi Noem como “enviada especial para el Escudo de las Américas”. La exsecretaria de Seguridad Interior, que acababa de supervisar la campaña de «deportaciones masivas» del ICE en ciudades estadounidenses, declaró que se trataba de una misión compartida «para ir tras esos narcoterroristas que están destruyendo a nuestros pueblos».

Al detallar la A3C, Pete Hegseth y Stephen Miller se hicieron eco de esa definición. El programa designa «varios cárteles y pandillas transnacionales como organizaciones terroristas extranjeras» y se compromete a «operacionalizar el poder duro para derrotar estas amenazas a nuestra seguridad y civilización». Esto corre en paralelo con el trabajo interno de Miller para clasificar a «Antifa» como organización terrorista, lo cual ya tuvo sus primeros resultados: condenas extraordinarias por terrorismo, al menos 50 años de prisión para cada uno de los quince manifestantes antideportación tras una «manifestación ruidosa» frente a un centro de detención en Texas, en solidaridad con las personas detenidas. En el caso de la A3C, Miller explicó que «no existe una solución de justicia penal para el problema de los cárteles». Los cárteles, añadió, «son el ISIS y Al Qaeda del hemisferio occidental, y deben ser tratados con la misma brutalidad».

Sobre esas mismas bases se han justificado los ataques multilaterales de Estados Unidos contra Venezuela y Cuba. Poco después de su conferencia «antiterrorista», el Departamento de Estado publicó un informe de cien páginas titulado «Cuba: La Capital del Comunismo del Siglo XXI». Esta lectura neo-macartista de la “influencia” cubana busca conectar historias internacionales de la izquierda, desde el Black Power y los movimientos guerrilleros de los años setenta, hasta los movimientos como Black Lives Matter, Antifa y los Socialistas Democráticos de América en la actualidad, para justificar su ofensiva. Concluye que Estados Unidos enfrenta hoy tres categorías distintas de amenazas terroristas: «narcoterroristas y pandillas internacionales», «terroristas islamistas históricos» y «extremistas violentos de izquierda, incluidos anarquistas y antifascistas».

El encuadre de “guerra existencial” del Escudo de las Américas combina el foco de Miller en la represión interna con la apuesta de Rubio por la militarización hemisférica. Su marco imprime nuevo impulso a la coordinación contra los enemigos históricos de la extrema derecha. Y ahora, todo enemigo que la extrema derecha desea eliminar es estigmatizado con la categoría criminal espectral del «terrorismo».

el «patio delantero» de las Américas


Pueden encontrarse resonancias entre los años setenta y el presente. Pero es importante subrayar las novedades que caracterizan la situación geopolítica actual. Si Estados Unidos hablaba antes del «patio trasero» para presentarse como una democracia superior a sus vecinos latinoamericanos, el «patio delantero» describe mejor un orden emergente en el que Estados Unidos y sus aliados de extrema derecha persiguen proyectos comunes, formulan declaraciones colectivas y abandonan el discurso de compromiso con la democracia. A diferencia del orden de la Guerra Fría, en el cual los países latinoamericanos debían ser «higienizados» para incorporarse a las democracias liberales del Norte (mediante un golpe de Estado, si era necesario), hoy América Latina es el lugar donde se ensayan las estrategias autoritarias de salida de la democracia liberal.

Mirando los procesos concretos que rehacen el paisaje regional, el patio delantero refiere a un expansionismo tecnofinanciero (especialmente dedicado al cripto y la inteligencia artificial), extractivista (minerales críticos y combustibles fósiles para alimentarlos) y militarista. Si el Chile de Pinochet fue el taller del neoliberalismo en los años setenta, hoy es la Argentina de Milei la que se ofrece como laboratorio para la próxima fase del capitalismo.

Todas estas fuerzas confluyen en la visita de Peter Thiel en Argentina, donde la tecnología de IA predictiva de Palantir se propagandiza como herramienta de fusión con una arquitectura estatal anarcolibertaria. Su imagen del país como «búnker» o «Plan B» ante una catástrofe nuclear u otras apocalipsis revela hasta qué punto se trata de un «fascismo del fin de los tiempos«, como lo denominan Naomi Klein y Astra Taylor.

En Thiel se sintetiza uno de los innumerables ejemplos de nuevas inversiones en seguridad, muchas de ellas destinadas a proteger proyectos mineros, madereros y de combustibles fósiles frente a la protesta social. Al mismo tiempo, el empobrecimiento de la población es reconducido a través de dispositivos financieros, que buscan “amortiguar” la pobreza creciente. El cripto y las «fintech» representan la nueva infraestructura para explotar la pobreza generada por las políticas de ajuste, pero también para moldear las percepciones de las finanzas como espacio de libertad y prueba del mérito individual.

Con los ataques contra Venezuela y Cuba, las denuncias de interferencia electoral en Colombia y Perú, y los primeros indicios de manipulación en las elecciones presidenciales de octubre en Brasil, 2026 marca un punto de inflexión. Milei ofrece un modelo para la experimentación fascista. Más allá de profundizar los lazos con Trump y avalar el genocidio israelí en Gaza, avanza ahora en reformas laborales, ambientales y de tierras que inauguran una nueva fase de extractivismo natural y digital, extrayendo valor directamente de lo público hacia el capital privado. «Argentina invita a la IA a liberarse», declaró Milei en el Financial Times, argumentando que las empresas de inteligencia artificial deberían tener personería jurídica y operar sin regulación. En su visión, Buenos Aires sería para la era de la IA lo que Ámsterdam fue para la era de la navegación a vela.

En señal de admiración por el laboratorio de ultraderecha que representa hoy Argentina, Flávio Bolsonaro invitó a Milei al escenario a bailar en el lanzamiento de su campaña el 24 de julio en Brasil. Esa misma semana, la nueva presidenta de Perú, Keiko Fujimori, lo abrazó en Lima durante la transmisión del mando, tal como hizo el presidente boliviano Rodrigo Paz en su asunción el año pasado. Tras celebrar la oportunidad de Fujimori de resucitar la dictadura de su padre, Milei visitará a otros dos mandatarios dedicados a ser paladines de la ultraderecha regional: Daniel Noboa en Ecuador y Abelardo de la Espriella en Colombia. Noboa avanza rápidamente en medidas autoritarias en múltiples frentes, y De la Espriella, que asumió el poder el pasado 7 de agosto, hizo campaña con el mensaje de que sería el líder al estilo Milei que el país necesita para «destripar» a la izquierda.

Dentro del Escudo de las Américas, la internacional de la extrema derecha ataca todas las formas de solidaridad global que considera «terrorismo». La paradoja es que sus campañas de persecución y criminalización parten del reconocimiento de que las alianzas internacionalistas y antifascistas siguen siendo fuerzas que construyen mundo, capaces de frenar la pulsión fascista hacia el poder ilimitado. Es un recordatorio importante de la potencia latente del verdadero internacionalismo.

*Este artículo se publicó originalmente en el Substack Patterns, de Naomi Klein.