lo que queda de una orca

En diciembre de 2025 murió Kshamenk, última orca en cautiverio en Sudamérica. Ícono de los noventa, símbolo del motor económico de la ciudad costera San Clemente del Tuyú, bandera de batalla de movimientos animalistas y recuerdo emocional de un público que pagaba para ir a ver sus piruetas. Qué queda de la animalidad en estos días y qué dicen de nuestra época estos cuerpos en cautiverio.

El mail del departamento de comunicaciones de Mundo Marino responde a la pregunta sobre el destino del cuerpo del Kshamenk, encontrado muerto el 14 de diciembre de 2025, en el acuario del parque: “Te comento que en función de la ley provincial 11347 los restos de un animal deben ser considerados patogénicos y como tal se establece un protocolo para su tratamiento. En este caso, debido al tamaño de una orca y las complicaciones para su traslado a un centro de tratamiento especializado, se recibe una autorización y fiscalización especial para enterrar el cuerpo en un predio destinado a tal fin. Como práctica de seguridad sanitaria, teniendo en cuenta que se lo considera patogénico, no se difunde el lugar específico para evitar que personas se acerquen”. 3000 kilos, 6 metros de largo, 30 años en cautiverio; unos pocos más de vida. En el epitafio que no existe, hay quienes anotarían que los humanos lo cuidaron y que no tenía otro destino que esas aguas quietas; otros, en cambio, tallarían sin dudar dos palabras, explotación y esclavitud. En el medio, ruido, una aleta caída, un pastiche de ciencia y merchandising que se dirimió también en el campo legal. Es la espuma de un mundo que cambia.

La historia oficial, certificada por escribano público en 2002, dice que el 17 de noviembre de 1992 tres pescadores encontraron a Kshamenk (todavía sin nombre) en la bahía de Samborombón junto a otros tres de su especie que no lograron sobrevivir a esa zona de marismas y pantanos. Una vez recuperado en el acuario, donde ya vivía otra orca, Belén, un conjunto de integrantes de universidades extranjeras coincidieron en que no era atinado liberarlo, que no sobreviviría en aguas abiertas. Había pasado demasiado tiempo ya. Entre el show familiar y la investigación, la vida de la orca transcurrió, luego de la muerte de Belén, con la compañía del delfín Floppy. El resto de sus vínculos fue con humanos. En el verano de 2011, un grupo de veterinarios de SeaWorld llegó al lugar para enseñar las técnicas de extracción de semen. En ese viaje, los enviados se llevaron muestras con las que luego inseminarían a dos hembras. De la primera inseminación nació Kamea, que murió a los 11 años y fue la orca número 45 en morir en los establecimientos del parque acuático estadounidense.

La novela judicial detrás de la historia de Kshamenk tiene varios carriles. Se suman a lo largo del tiempo un amparo en la Justicia Federal de 2024 donde se solicita que se lo reconozca como sujeto de derecho y se lo libere; una causa penal por maltrato animal impulsada por la Asociación Derechos Animales Marinos (DAM) junto con los Activistas Animalistas de la Costa y otros independientes. También hubo un proyecto de Ley con su nombre para prohibir espectáculos con animales marinos en cautiverio en Argentina. La campaña #FreeKshamenk se sostuvo a lo largo de los años y se convirtió en la más firmada para una petición animal. Un dronazo hecho por activistas de Canadá alimentó la discusión: tres piletones, el cuerpo de la orca abandonado al flote en uno de los tres tanques de concreto.

A partir de diciembre de 2025, todo quedó en suspenso. El proyecto de ley perdió estado parlamentario pero igual ya no sería posible otra Kshamenk porque más leyes prohíben la exhibición de animales. La especialista en derecho ambiental Graciela Regina Adre, que formó parte de la batalla legal, reflexiona en un escrito a partir del nuevo escenario: “La organización productiva que soporta la jerarquización humano-animal persiste intacta, sin desmantelarse y ni siquiera tambalear”.

Sobre la exportación de semen, desde Mundo Marino responden que eso fue “en el marco de una cooperación científica internacional” y explican que, como contrapartida, “Mundo Marino recibió transferencia de conocimiento, asesoramiento tecnológico y capacitación específica que permitió sentar las bases para el desarrollo del primer Banco de Germoplasma de Fauna Marina en Argentina”.

¿Se conservó algo de los restos de Kshamenk?

Se conservaron muestras de tejidos para eventuales estudios científicos, en caso de que resulten necesarios. Tal como ocurre con los animales asistidos por la Fundación o con aquellos que aparecen sin vida en la costa, existen protocolos de toma y preservación de muestras biológicas que permiten generar conocimiento tanto a nivel interno como en colaboración con investigadores externos. En especies como las orcas, donde aún existen áreas de conocimiento en desarrollo, este tipo de aportes puede resultar de alto valor para ampliar la información disponible sobre su biología y estado de conservación.Asimismo, se espera que la estructura ósea pueda ser incorporada a un proyecto de educación ambiental orientado a la divulgación científica y a la comprensión anatómica de la especie.

«Invitamos a todas las personas que se están manifestando a que tomen ubicación en la tribuna”, dice la voz en off con temple de acero mientras los agentes de seguridad quitan del anfiteatro a una persona que exhibe una bandera que dice “Mundo Marino Miente” (año 2017). Se escucha un grito de fondo: “Liberación animal”.

En YouTube, ese archivo caótico, videos hay miles. Programas de televisión, publicidades, grabaciones caseras, viajes de egresados y campañas. La voz institucional construye una mirada, muestra las bonanzas a través de microscopios, caras felices, guardapolvos, animales que mueven sus aletas como si fueran aplausos jubilosos, suena música alegre de ascensor. “La Fundación Mundo Marino es una asociación sin fines de lucro preocupada por el medio ambiente y su fauna”, locuta alguien en off.

“¿Vos sabés lo que cuesta la alegría de una nena como la tuya?”, le pregunta el notero de CQC a una madre con una niñita de unos 3 años en brazos. Están en la entrada de Mundo Marino. Ella responde: “Es impagable”. La estrategia del programa entonces conducido por Pettinato es poner contra las cuerdas a los espectadores que llegaron hasta ahí planeando una salida familiar, no sin un importante gasto económico. El terreno se vuelve farragoso. El movilero le muestra un video. Ella llora. Vuelve a preguntarles a todos: “Ahora, ¿ustedes traerían a sus hijos a ver a los delfines?”. Su lección fue exitosa.

En 1964, en la costa de la Columbia Británica, Canadá, la caza de ballenas era moneda corriente. Por entonces, un escultor arponero, Sam Burich, llegó al lugar en busca de una orca que sirviera para una réplica realista que le habían encargado para el acuario de Vancouver. La foto histórica lo muestra en botas, el pantalón claro, el arpón presto, la aleta de una orca cerca del borde. El animal fue cazado, pero no lograron matarlo y pasó días dando giros alrededor de un corral de concreto durante casi un mes mientras sanaban las heridas de los arponazos. Se sabía poco de las orcas por entonces, creían que comía sangre caliente, le ofrecieron hasta corazones de caballo, y recién luego de 55 días a alguien se le ocurrió tirarle un bacalao. Desde entonces comenzó a comer toneladas de pescado, pero ya era tarde. Murió un mes después. Sin embargo, esos 87 días alcanzaron para que adquiriera un nombre Moby Doll, y fama mundial. Quienes estudian los confinamientos animales marcan ahí un mojón en el camino: la industria del cautiverio abría su sucursal en el mundo de las especies marinas. El lado más optimista de la historia dice que fue ahí cuando cambió la fama de estos animales, comenzaron a verse como algo más que “ballenas asesinas”. Imaginario que, como explica Mark Leiren-Young en su libro La orca que cambió el mundo, era propiciado en las costas canadienses por la industria del pescado, que veía con malos ojos la competencia de salmones en las aguas. Desde entonces se supo mucho más: que cazan en grupos, que viven en manadas, que se comunican, que Moby Doll en realidad era macho y no hembra como pensaban. También desde entonces hubo muchas orcas en cautiverio en varias partes del mundo y los parques marinos las exhibieron con el mismo bombo con el que en el zoológico mostraban a los leones. Y también desde entonces hubo muchas historias que fueron moldeando con su onda expansiva la apreciación sobre ese hecho concreto: un animal de entre 5 y 8 metros, de más de 5400 kilos, perteneciente a la familia de los delfines y predador ápice del océano que vive en manada y atraviesa casi 9500 kilómetros en su ruta de migración.

Con la captura de Moby Doll hubo un cambio de sensibilidad social. Fue entre los cincuenta y los sesenta cuando la percepción de los zoológicos comenzó a mutar. De la exhibición de poderío de las mañas del coleccionismo se pasó a un recorrido “con conciencia”, donde el aprendizaje se teñía de la moral de época: el cautiverio animal tenía sus límites. No fue una transición rápida, ni global.

Para comienzos de este siglo, los pilares occidentales de estos lugares eran conservación, investigación, educación y -sí- entretenimiento. Una oleada que comenzó con la prohibición de la participación de animales en circos y continuó con los zoológicos. Los ecoparques fueron el atajo. Argentina de a poco se desprendió de sus grandes animales en cautiverio: elefantas que viajaron a santuarios en Brasil, la orangutana Sandra tuvo su pasaporte a Estados Unidos. Un oso polar de Palermo no lo logró y murió en cautiverio. Durante ese tiempo, Kshamenk seguía en suspenso. Las discusiones se perpetuaban. Una disputa que buscaba cambiar el qué por el quién.

“Hoy en día, cuando tienes un zoológico con recintos buenos y en constante mejora, animales enriquecidos y que cambia constantemente el enriquecimiento para que tengan algo que hacer, la diferencia es increíble”, decía Jane Goodall meses antes de su muerte.

Tal vez Blackfish, el documental que cuenta la preservante y lúcida insistencia de una orca por intentar (a veces con éxito) matar a sus entrenadores haya sido otro quiebre en el relato; uno que comenzó a poner en el tapete la discusión sobre el cautiverio. En el medio, de todo, desde Liberen a Willy (1993) hasta incluso una producción nacional, la novela Nano, que en 1994 copó las pantallas de la televisión local que vivía su época dorada de los culebrones nacionales. Con la historia del biólogo marino interpretado por Gustavo Bermúdez emergió un interés o fantasía por las ciencias biológicas que tuvo su derrame en las carreras universitarias de ese estilo. Algo parecido, dicen, a lo que podrá ocurrir a partir de la estrellita culona del Conicet. No solo de campeones de fútbol del mundo se forman los sueños, al parecer.

En 2019, la comunicación de Mundo Marino organizó unas recorridas para la prensa para promover la línea de investigación y conservación. Un paseo por las instalaciones vacías de un otoño en San Clemente permitía ver los espacios de exhibición sin concentración de público, recorrer los depósitos donde a diario llega el pescado que alimenta a los animales del lugar, el laboratorio donde se investiga y se trabaja en la genética. Un mini museo exhibía huesos de delfines, caracoles, una historia objetual del lugar. Muchos de los trabajadores son amantes de los animales. Varios, formados con la educación sentimental de las ficciones. Hacia el final del recorrido, la hija del creador se acercó al comedor y contó la historia familiar.

En la década del sesenta, Juan David Mendez viajó a Estados Unidos y volvió maravillado por los acuarios que proliferaban. A finales de esa década, compró una estancia en San Clemente del Tuyú. Su idea era cuidar a los animales que aparecían enfermos en la costa. En 1979, el parque abrió al público con delfines, lobos marinos, y comenzó un emporio que se volvió motor económico para todo el pueblo. Hoy trabajan allí directamente unas 300 personas.

La historia de Keiko, la protagonista de Liberen a Willy, tiene en su último acto una inversión de 20 millones de dólares y las mejores intenciones. Su proceso de reinserción duró siete años. Después de la rehabilitación en Oregón e Islandia, fue liberada en el verano de 2002. El traslado había incluido cargas con grúas en cajas llenas de agua, viaje en camión, avión, decenas de personas involucradas. Liberada a la ruta que eligiera, en vez de acercarse, como preveían, a otras orcas, nadó más de 1600 kilómetros hasta llegar a Noruega. Apareció en el fiordo deSkålvik, y ahí buscó el viejo y conocido contacto humano que había marcado la mayor parte de su vida. Pasaba tiempo en el muelle, hacía un show gratuito e independiente. Aunque habían rastreado a su familia en Islandia, no se convirtió en parte de los suyos. Enfermó, murió, su cuerpo fue enterrado en Noruega.

María Leoní Gaffet es parte de Península Valdés Orca Research. Su rutina se basa en encontrarse con ellas en mar abierto en las aguas patagónicas. Observa de cerca eso que ocurre solo en esta parte del mundo: el varamiento, cuando salen del agua para atacar y comer a su presa, sean lobos o elefantes marinos. “La orca y el ser humano somos muy parecidos -dice-. Entonces una orca que es capturada de pequeña no ha vivido y no se ha desarrollado en su cultura familiar. A las crías se les enseña desde muy pequeñas cómo alimentarse, de qué, dónde. Si además vive decenas de años en cautiverio, en un ambiente no natural, siendo alimentado por seres humanos y recibiendo medicamentos de todo tipo para evitar infecciones en las piletas, es muy difícil que vuelva a su entorno natural. Cuando uno ve justamente todos estos lazos tan fuertes que ellas tienen, familiares y culturales, no podemos concebir que haya acuarios”.

Si el cautiverio no es la opción, y la liberación a veces no es aconsejable, los santuarios son la respuesta que atempera los ánimos. Lori Marino es presidenta del Whale Sanctuary Project y autora de un interesante ensayo sobre estas encerronas. Ella le dice a crisis: “Hay muchas maneras de mejorar el bienestar de los cetáceos que viven en acuarios. Estas incluyen darles más opciones y estimulación, no obligarlos a actuar si no lo desean, proporcionarles un entorno estimulante más complejo, no reproducirlos mediante inseminación artificial y no permitir que las personas los toquen o monten. Mientras están en los acuarios, se requieren muchos meses de preparación para su traslado a un santuario, y todo esto puede ocurrir mientras se construyen los santuarios”, dice. 

El anuncio en Facebook de la muerte de Kshamenk tiene los comentarios cerrados. Pero la publicación se comparte y las voces llegan así de variadas:


“Tuvimos la suerte de conocerla este año con mi familia y fue algo único… Una pena q ya no esté entre nosotros”.

“Tristeza por que ya no se disfrutará de su imponente y bella presencia física. Alegría xq x fin volvió a ser libre”.

“Pobre animal lo hubieran dejado libre en vez de hacer circo para ustedes todos esos años”.

“Cuidar de él 33 años de morisqueta para la gente y guita para ustedes,por fin sos libre bebe”.

Hoy China cuenta con la mayor cantidad de orcas en cautiverio del planeta: unas 22. Pero Estados Unidos no se queda atrás y tiene 18 orcas distribuidas en tres parques. Ricardo Ferrari conversa en la Facultad de Veterinaria de la Ciudad de Buenos Aires. En los alrededores hay llamas, vacas, caballos. “Lo natural” es una categoría discutible para él. Etólogo, con un doctorado en ciencias biológicas, una maestría en antropología, años al frente de cátedras. Como en otras oportunidades judiciales, el etólogo fue convocado para analizar el estado de Kshamenk. Sus respuestas no conformaron a nadie: “Lo que parece atroz ahora hasta hace 20 años era lo aceptable. El problema es que estamos en la época de la grieta y entonces nadie acepta que se puede perder. Entonces pasa eso, la discusión en torno al viviente sometido, ya eso solo te dice que es atroz. En el mismo momento vos tenés que decir cuál es la línea de corte. Por eso yo me enojo tanto cuando dicen los expertos. Yo no soy experto, yo me pasé la puta vida estudiando, rindiendo exámenes, concursos, dirigiendo tesis, dando clases, publicando, y me ponen al lado un tipo que ama las orcas y ve muchos documentales y, como él dice que hay que soltarla, yo me meto todos los estudios en el culo. No todas las voces pueden ser iguales. Y cuando vos leés las voces que hablan en torno a el orca, percibís que hay voces que no están dispuestas a aceptar su error”.

“El juez te ordena tomar ciertas medidas. Vas y las tomás -continúa Ferrari-. No dan lo que uno de los dos grupos espera. Ya está, te dicen que te engañaron, las tomaste mal, había que tomar otras. A mí el juez me pidió esta evidencia. La orca tiene 30 años de vivir en las mismas tres habitaciones. Una de ellas tiene las medidas que a nivel mundial se consideran aptas. En mi opinión todas son chicas, pero el manual de acuarios del mundo dice que la grande está bien. Yo le digo al juez que para mí esto es muy complicado, que ese animal no es una orca, es lo que queda de una orca. Volviendo al punto: es atroz. Imaginá una especie extraterrestre haciéndonos eso a nosotros, o imaginate a los onas siendo tratados así por los antropólogos argentinos. Hacer que América no sea descubierta y que no haya captura de los animales oceánicos ya no se puede”.

Tazas, peluches, inflables, remeras, todo lleva su figura. La tienda de regalos hace años que recibe a miles de personas semanalmente. Hay stands de comida, recuerdos, fotos, una orca de cemento a escala real, y otros animales vivos que se pueden visitar: delfines, tiburones, pingüinos, lobos marinos. El 2×1 en entradas vale 46 mil pesos. Un peluche, unos 44 mil. Dos combos de hamburguesas, papas y coca, 47 mil pesos. ¿A qué se va en definitiva?

Sigue Ferrari: “¿Tenía sufrimiento este animal? Sí, estoy casi seguro. No lo vi. Porque yo vi un animal altamente entrenado, muy acoplado con los humanos, iniciando actividades y retirándose de ellas. Es más de lo que hace cualquier oficinista en la capital. ¿Qué tan feliz querés que sea? Los ecosistemas chorrean sangre.  Todo lo que vos ves es el sol entrando en las plantas, luego el estómago de los herbívoros que pasa al estómago de los carnívoros y todos mueren gritando y sufriendo. Pero la metáfora es tan fuerte que vos después solo ves una caja de zapatos. El problema que tenemos con la relación con la fauna es que acabamos de despertar, que es un poco lo que pasa con el feminismo, y nos damos cuenta de que estuvimos haciendo mal las cosas todo el tiempo. Ahora, ¿cómo salimos de acá?”.

Desde enero de 2025, Wikie y Keijo, dos orcas en Marineland Antibes, Francia, permanecen en un paréntesis. La legislación desde el año 2021 prohíbe mantener a los cetáceos en cautiverio. Por ahora, la solución en la que todos coinciden es en la idea de santuario, un espacio abierto sin exhibición. Pero eso requiere logística y traslado. Mientras se resuelve (todavía no) el parque, cerrado, no genera ingresos. El mantenimiento de ellas se calcula en 500 mil euros. Los diarios del mundo cuentan la historia. La solución allá tampoco llegó. Las orcas nadan en los pliegues de lo que fue y lo que todavía no llegó, entre esos dos mundos estamos, flotamos con ellas.