doctrina de seguridad nacional y popular
vamos ganando
09 de Julio de 2014
crisis #19
foto Santiago Hafford

E l último mandato de un Gobierno que hizo de las corporaciones el punching ball de los antagonismos políticos coincide con el paradójico retorno de la Iglesia y del Ejército. Bergoglio y Milani, il Papa y el General, un peronista bueno y un peronista malo.

En paralelo, luego de una década y media de relativa recuperación de la capacidad de regulación estatal sobre la economía y la sociedad, los dos sostenes estructurales de la soberanía moderna aparecen otra vez en disputa: la moneda y los fierros. Los hombres armados y el valor del peso argentino, las dos caras del vil metal.

No son meros fantasmas que regresan para arruinar la fiesta del consumo popular, los derechos humanos y la democracia futbolera, sino verdaderos desafíos contemporáneos para los sujetos políticos que vendrán. La política volvió, pero hasta ahí nomás. Y con el “clima cultural” no alcanza. 

La idea de que todos debemos preocuparnos por la inseguridad, seamos de izquierda o derecha, liberales o nacanpop, penetró en el corazón del sentido común nacional. Hace apenas cinco años debatíamos por las camaritas o la tímida introducción de gendarmes y prefectos en algunos barrios del conurbano bonaerense; hoy jugamos con avioncitos botones manejados a control remoto, mientras festejamos la ocupación de la segunda ciudad del país por parte de las fuerzas de seguridad federales (eso sí, con conducción progresista). La conclusión lógica de esta creciente histeria colectiva es la paulatina militarización de la vida.

Al teniente coronel Sergio Berni no le sienta nada mal el caballo de comisario. Este arquetipo del soldado pingüino no llegó al comando del ministerio de Seguridad para hacer filosofía, sino porque ya va siendo hora de asumir sin pruritos el poder de fuego que la democracia detenta. En su lucha contra el demonio narco, sin embargo, nuestro héroe no puede solo. Para eso cuenta con poderosos aliados, externos e internos. Ahí están los enviados de la Drug Enforcement Administration, más conocida como DEA, brindando capacitación a las policías provinciales. Y el despliegue de tropas militares más importante desde la Guerra de las Malvinas, gracias al Operativo Fortín II, reciente incursión del Ejército en el territorio norte de la Argentina.

 

Después de haber neutralizado financiera y simbólicamente a las temibles Fuerzas Armadas, asistimos hoy a la espectacularización de su renacimiento. El actual jefe del Ejército consiguió trocar lealtad absoluta por autonomía operativa, una fórmula difícil para los cánones del armazón kirchnerista. El meteórico ascenso del general Milani no ha sido menoscabado por las denuncias sobre su involucramiento en los actos represivos de la dictadura. Pero tampoco descansa en las actividades solidarias que realizan algunos soldados en las villas, derivado simbólico de una relegitimación que posee argumentos más sólidos. Como diría un filósofo platense, Milani “cree que es el mejor culo para su sillón y sabe bien que hoy su chance es gorda”. Lo que está en juego es la distinción estratégica entre seguridad interior y defensa.

 

El posmoderno empoderamiento militar no significa un retorno al pasado. Sí supone “nuevas amenazas”. La mayoría de las grandes empresas poseen áreas internas dedicadas full time a la seguridad. Sus integrantes suelen ser ex miembros de cuerpos policiales, pero últimamente han ido ganando terreno los oficiales retirados provenientes de las Fuerzas Armadas. El objetivo es obtener información privilegiada, buena parte de claro corte ilegal, para proteger los activos o detectar oportunidades de negocios. El actual security advisor de Chevron es un ex comandante de la Armada. Un oficial de Inteligencia retirado del Ejército figura a cargo de la Seguridad Patrimonial de Axion Energy. El superintendente security de la Barrick Gold fue capitán de la misma Fuerza. Otro ex capitán del Ejército aparece como security manager en Syngenta Agro S.A. Y el gerente de Seguridad de la División Sur de Arcos Dorados, más conocido como McDonald’s, también proviene de la oficialidad castrense.

Sus vínculos se extienden a las oficinas de fiscales y jueces que intervienen en causas de interés, funcionarios influyentes cuyas gestiones pueden favorecer el florecimiento de alguna utilidad, hasta el menos glamoroso submundo de la inteligencia vernácula, donde se consigue ese dato de la calle al que pocos acceden. Entre los factores de riesgo que importan al radar empresario figuran las actividades de los sindicatos y otros tipos de peligros que pudieran interferir en la logística de sus firmas. El posible tendido de redes de camaradería entre colegas ubicados en puestos estratégicos, presagia una influencia potencial nada despreciable en el futuro cercano.

 

La articulación compleja de prominentes negocios financieros, legales e ilegales, que se ensamblan mediante la especulación y el lavado de dinero; la emergencia de un nuevo tipo de conflicto social en las periferias urbanas y rurales, con niveles de violencia que descolocan; el horizonte de una crisis económica en ciernes y la disputa por ver quién la paga… son los ejes de una transición en marcha hacia no se sabe dónde.

A medida que el desborde de las fuerzas policiales se torna más evidente, estallan los pactos espurios y perimidos que garantizaban la gobernabilidad de los territorios. Aun así, los vigilantes siguen haciendo uso de un gran poder extorsivo y desestabilizador. Y nadie tiene ganas de hacer de la crisis una oportunidad. En el país de la memoria, hay muertos que pronto se olvidan. En la era de los commodities, la biometría, los drones y la comunicación electrónica, algunos secretos permanecen bien guardados.

 

Como en el 2010, cierto halo de unidad nacional se expande cual pócima ecuménica entre los argentinos. Ya no es la presidenta la piedra de toque, aunque tal vez sí sea su principal beneficiaria, para exaspero de una oposición sin grandes promesas ni posibilidad de innovación histórica. 

Con fe, optimismo y moderación se abre el paréntesis de la celeste y blanca… 

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