la vati-señal
una nueva transversalidad
04 de Febrero de 2014
crisis #17
foto Santiago Hafford

La crisis ha vuelto, finalmente. Está en boca de todos. Sin el halo de catastrofismo al que nos tiene acostumbrados, pero como una persistente fuente de corrosión y conflictividad. Nube pasajera derivada de las turbulencias económicas globales o mero efecto de las impericias gubernamentales, según quien lo mire, lo cierto es que el porvenir inmediato está en juego. Y las cartas están siendo echadas.

Más allá de las urnas, incluso más allá de las intrigas que se tejen hacia el 2015, ciertas preguntas operan como telón de fondo de la escena del presente: ¿se mantendrán las bases del orden progresista que emergió luego de la gran conmoción de comienzos del siglo, o se está gestando un verdadero cambio de época y de valores, un giro conservador de largo aliento? Sepa Dios.

Seguimos cautivados por la artillería simbólica desplegada por Francisco, desde que fuera investido como jefe universal de la Iglesia. Uno de los atributos más importantes de este renovado poder eclesial es su habilidad para desplazarse entre lo global y lo local, con la mira puesta en los embates de la crisis a corto plazo. Para los cánones de la política internacional, podría decirse que el Vaticano se ha ubicado a la izquierda en muchos temas, como la oposición a la guerra, la crítica al neoliberalismo, o la puesta en foco de problemáticas como la pobreza, la migración, la trata de personas y las nuevas formas de violencia como el narcotráfico. En el escenario argentino, sin embargo, la influencia de Bergoglio se dirime de una manera más ambigua, arrastrando aún los estigmas de sus relaciones políticas recientes. Su incursión en la reforma del Código Civil no tiene el mismo signo que el nombramiento de un sacerdote al frente del organismo que lleva adelante la política hacia el consumo y tráfico de drogas. Mientras la sombra de un retroceso se proyecta sobre algunos de los principales activos civiles de la década ganada, el desembarco de la Iglesia en la Sedronar podría significar algún tipo de balanceo de la “guerra contra las drogas” impulsada por otras áreas del gobierno nacional.

Como todo fenómeno político de trascendencia, el “bergoglismo” ha desordenado las coordenadas ideológicas existentes. Hay izquierdistas que lo reivindican e izquierdistas que lo fustigan. Una confusión semejante se advierte entre las filas de la derecha vernácula, al borde del espanto. Sin embargo, todas las fuerzas políticas relevantes de la Argentina tienen su corazón con Francisco. Todos quieren estar cerca del pastor universal. Y viceversa: el santo padre no le hace asco a nadie. Su convocatoria tiene un sujeto: la juventud. El papa busca sangre nueva. “Hagan lío”, dijo en el encuentro de juventudes en Río. Francisco se distingue del parque jurásico de la estructura que lo rodea convocando a un trasvasamiento generacional de escala planetaria. 

Amén de los oportunismos posibles, hay razones para entender este repentino consenso. Bergoglio prefigura el ingreso a un nuevo ciclo político, sin perforar el piso de conquistas de la “década ganada”. Postula una transición comandada desde arriba y bendecida desde el Vaticano, nueva comunión de las elites con la misión inmediata de impedir un final de fiesta torrentoso. El objetivo es desactivar la bomba de tiempo de un sistema político que no encuentra relatos superadores, polarizado en torno a un kirchnerismo que oscila entre minar el decorado de la sucesión o arrojarse a la entelequia de profundizar el modelo.

La pobreza es el trampolín de relanzamiento para una Iglesia que hasta hace muy poco se batía en retirada. La disputa es por el gobierno de los pobres en el siglo XXI.

A diferencia de quienes siguen creyendo en la inclusión y en el capitalismo de bienestar, a diferencia también de quienes se aprestan a gobernar desde y para las nuevas clases medias, el apostolado que pretende el pontífice argentino pone foco en los territorios periféricos donde la acción estatal no hace pie. Esos territorios donde la ley no muerde y la excepción es norma, donde la violencia poco a poco impone sus códigos y el consumo organiza los afectos, son el terreno fértil para una posmoderna cruzada misionera y moralizadora. Contra los preceptos a veces brutales de los poderes paraestatales, la Iglesia propone una restitución de los viejos valores del humanismo. El lenguaje de la política pos2001, la posibilidad de crear nuevos derechos, por ahora corre rezagado.

Los dos principales designios de la gestión del papa Francisco -la reforma interna de la Iglesia y la reconstrucción de un poder pastoral sobre la pobreza-, dependen de la capacidad de sus fieles para desbordar las gruesas paredes de la institución, deshaciendo los dogmas y prejuicios largamente heredados, y desordenando las rígidas jerarquías instituidas. Pero es difícil imaginar tal dinamismo sin una renovación ideológica de alto calibre. El jesuita Bergoglio, por el contrario, ha desarrollado una insistente polémica, desde los 70 hasta hoy, contra las reflexiones de la Teología de la Liberación y de otras corrientes críticas de la Iglesia, que proponen la construcción de un nuevo mundo.

El buen pastor Bergoglio ha mostrado cómo se deben reactivar los símbolos, los gestos y los discursos, para erigirse en el gran restaurador del lugar perdido por el catolicismo en la modernidad. Hay que ver si consigue movilizar ahora a los cientos de miles de cuadros de la orga más antigua y más grande del mundo, en función de una crítica al capitalismo contemporáneo que logre al mismo tiempo pacificar las secreciones de una crisis que no para de propagarse y de mutar.

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