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una ciudad chamuscada
La fascinación por los autos de lujo no es exclusividad de sus paquetos dueños desde que misteriosas hordas de quema coches se entretienen convirtiéndolos en chatarra. Del otro lado de la Capital, el fuego saquea las precarias viviendas de quienes poco tienen, alimentado por la especulación inmobiliaria. La democracia y el consumo no siempre van de la mano.
Fotografía: Marcelo Grossman
09 de Mayo de 2016
crisis #10

Monocorde, intensa, la sirena atraviesa la noche. Despierta, sobresalta, lastima. Quienes la escuchan saben que el fuego anda suelto. Que cerca, muy cerca, y rápido, pero muy rápido, convertirá en cenizas todo lo que toque. “Muchos vecinos no pueden dormir”, asegura, corbata al cuello, el abogado de las víctimas. Temen que el brazo anónimo esta vez elija encender la mecha sobre su lustrosa 4x4. “Muchos vecinos ya no tienen donde dormir”, dice una trabajadora social mientras las llamas consumen la chapa acanalada de un conventillo que no hace pie. Por ese barrio estancado en el borde sur de la Ciudad, el combustible que abona la chispa es la falta de políticas públicas que garanticen el derecho a la vivienda de las 5 mil familias que viven en las “pintorescas” estructuras de La Boca. En Villa del Parque y Devoto, rincón opuesto del mapa porteño, autos y camionetas de alta gama se queman por el puño de comandos anarquistas que golpean a los burgueses “para expandir la revuelta cotidiana”.

Así es el fuego. Atraviesa, violento y sin aviso, barrios y clases sociales. No hay culpables. Hay familias destrozadas. Porque el seguro no les cubre daño parcial y deberán salir a recorrer concesionarias para seguir por la autopista del placer. O porque quedaron con sus siete hijos en la vereda de la desprotección y otra vez, a inventar barro con cenizas.

No hay culpables. En los últimos tres años, La Boca vio morir bajo el fuego a diez pibes. Una decena de nenas y nenes que no lograron salir de la habitación en la que dormían. La velocidad con la que se encienden esas paredes improvisadas es tan rápida como las cámaras de televisión que llegan, filman dolor y se van. Qué importa el porqué. Qué importa el qué vendrá. El instante queda registrado y, enseguida, el plano americano de un conductor de noticiero invita a ver los goles de la pulga Messi.

En los incendios de La Boca las pericias nunca llevaron a ningún asesino ante la Justicia. Braceros encendidos, un desperfecto eléctrico o, según me dijo Oscar Giachino, el jefe del Cuartel de Bomberos que la Policía Federal tiene en el barrio: “Están borrachos o drogados y no saben lo que hacen”. Pero eso no es todo. El fuego también es herramienta para el fácil desalojo y, ni te digo, para que el terreno quede liso y listo para vender. Es que la irregularidad legal de los conventillos de La Boca es única en su especie. “En términos generales, se observa un alto nivel de deterioro en sus infraestructuras debido a la falta de inversión por parte de sus propietarios que habitualmente sólo especulan con la revalorización de las tierras para su posterior venta y que se agrava aun más cuando se trata de conventillos ‘ocupados’ y ‘administrados’ por personas que no revisten el carácter de dueño”. El diagnóstico es parte de un documento que realizó la Oficina La Boca-Barracas del Ministerio Público Tutelar luego del último incendio grande, el 24 de mayo al atardecer, minutos después de que los chicos salieran de la escuela. 

Para las 5.500 familias que habitan estos conventillos es moneda corriente no tener contrato de alquiler ni un mínimo recibo del pago mensual. También lo son la interrupción de los servicios públicos como medio de presión en caso de falta de pago; o la retención de todas sus pertenencias si el dinero del alquiler no llega a tiempo. A esta precariedad se suman, muchas veces, los incendios intencionales.

No hay culpables. Ni un Estado que controle (propiedad privada, argumentan sin más). Mucho menos, uno que ponga fin a esta violenta manera de sobrevivir.  

Tampoco hay culpables en los barrios del norte y oeste porteños, donde en los últimos meses son, al menos, medio centenar los vehículos quemados. Ni los dueños, ni la Policía, ni la Justicia sabe a ciencia cierta quién riega combustible debajo del motor, quién frota el fósforo final.

“Hay tres hipótesis. Una posibilidad es que sea un grupo de vándalos y de hecho se detectó la actividad de jóvenes que por las redes sociales invitaban a estos actos de violencia. Otra hipótesis es la de un grupo anarquista que busca el caos. Y la tercera, sería una banda de delincuentes que quema autos para desviar la atención para realizar robos en otro sitio”, repitió Javier Miglino ante sus amigas, las cámaras. El abogado que representa a varias de las víctimas es el fundador de Defendamos Buenos Aires (del lado de los buenos, completa el slogan), una organización “ciudadana” que si estás “harto/a” te invita al cacerolazo en Plaza de Mayo, o a denunciar a trapitos, manteros y bloggeros K, y hasta te explica vía web “cómo darte cuenta si tu edificio se está por derrumbar”. 

Bueno, ese abogado es quien se puso al frente, a través de su blog, de una campaña para dar con quienes reducen espléndidas camionetas a pura chatarra. Para eso convoca a enviar “imágenes, videos o testimonios” sobre estos incendios para agregarlos a la causa judicial “con total, completa y absoluta reserva de identidad”. 

“Vos nos conocés –interpela sonriente Miglino– y sabés que nunca uno de nuestros informantes terminó declarando en la justicia, por eso animate y no tengas miedo. Nadie va a enterarse de dónde provino la información. Yo personalmente te lo garantizo y te dejo mi abrazo”. El anonimato para ubicar a los anónimos. 

Es que el misterio de la hoguera de autos no parece estar escondido detrás de “El loco de la Eco Sport”, como algún policía intentó hacerle creer a la dueña de una de las camionetas chamuscadas. Más que de un pirómano, el fuego es el arma de quienes encuentran en la destrucción de fines burgueses, su principio de libertad. O al menos, eso es lo que explican los Amigxs de la Tierra y el Núcleo Indomable por la Expansión del Fuego en los documentos virtuales donde se adjudican las acciones. En los blogs de estos grupos relacionados con la Federación Anarquista Informal (FAI), los vecinos de Villa del Parque, Devoto o Palermo pueden encontrar el origen de su desdicha. Aunque no, como querrían, a la persona de piel, carne y huesos que prendió la mecha.

Qué mejor, entonces, que apelar al prejuicio. Como hizo Eduardo Goitman, un señor que el 22 de mayo pasado fue a cenar con amigos a un restó de Palermo y cuando salió, su auto estaba debajo de las mangueras de los bomberos. “Fue una pesadilla. Fui a cenar, un trapito me pidió 10 pesos, le dije que le daría después. Cuando salí encontré a los bomberos y a mi coche quemado”, relata ante las cámaras de TN. “¿Y cómo sabe que fue el trapito?”, preguntó el movilero. “Parecía que estaba tomado o drogado. Y cuando salí el muchacho ya no estaba esperando los 10 pesos. Las pericias de la Policía dijeron que encontraron líquido inflamable sobre el pavimento. Más dudas de que fue intencional no hay”. Esa noche, el cuida-coches fue quema-coches. 

“El burgués de Palermo que acusa al ‘trapito’, como lxs burgueses de Caballito y Villa Urquiza, ya vieron en sus camionetas las acciones de lxs amantes de la libertad”, responden en el blog Viva La Anarquía. “Les hacemos saber que los ‘trapitos’ nada tienen que ver ya que fue una acción de ‘los quema-coches’ o ‘los herederos de molotov’ como gusta decir la prensa burguesa al referirse a Amigxs de la tierra”.

Para las víctimas del fuego de La Boca, el foco es más difuso. Por lo general, ponen sus energías en encontrar un techo a donde hacer un nuevo hogar. O en intentar romper el caparazón de la burocracia y tener, lo antes posible, un documento que les permita cobrar el suculento subsidio de 1200 pesos por familia que, por algunos meses, le “regalará” el Gobierno de la Ciudad. A los responsables, ni los piensan ni los buscan. Tampoco tienen un Miglino. Sólo Asesorías Tutelares, Defensorías, Ministerios Públicos Fiscales, representantes de niños, pobres y ausentes que corren detrás de la urgencia.

“El conventillo era muy viejo y estaba hecho de madera y chapa, por eso ardió sin dar tiempo a rescatar nada, perdimos todo”, repasa Ángel, siete hijos y una olla que intenta calentar un guiso. Su familia y otra de las seis que vivían en Palacios 774 esperan alguna respuesta bajo una carpa, a metros del enorme agujero que dejó el fuego en esa cuadra. Esperan.

Jorge, vecino del conventillo que está pegadito al que se quemó, ensaya una respuesta: “Esta semana recibimos algunas amenazas de que nos iban a prender fuego el nuestro también, no sabemos quiénes son”. 

“Las pericias aún no están”, escupe, técnico, el jefe de Bomberos policial. Más tarde, por lo bajo, planta la duda. “¿Cómo sabés que fue un cortocircuito?”, me increpa misterioso. Y mirando para ningún lado, desliza: “Puede que haya sido intencional”.

Los que sí son premeditados son los incendios de autos en los barrios del norte. Hay en ese arder una acción como lección. Una elección del blanco, apunten, fuego. “La clase social que conforman lxs burguesxs se consolida activamente sobre la Tierra destruyendo todo lo que hay de lindo en la salud de una vida entre árboles y plantas para no dejar que haya otra forma de viajar que sea desde 50 km/h, nadie podrá ser libre así, dependiendo cada vez más de tecnología más compleja para hacer siempre lo mismo, producir y consumir para explotar todo al máximo, satisfaciendo el vicio de la civilización", iluminan en la página LiberacionTotal.org.

Sus víctimas miran para otro lado: “Esto es sensación de inseguridad”, exclama un papel pegado al vidrio de una de las camionetas de Villa del Parque.

“Inseguridad son los incendios”, explica Cristina, la coordinadora de la Mesa Barrial de Participación Comunitaria, que el Ministerio de Seguridad de la Nación tiene en La Boca y en otros barrios porteños. De esa frase, repleta de ejemplos y necesidad, nació la idea de brindar a vecinos y organizaciones sociales un taller de prevención de incendios hogareños. Además, tienen otra lista de iniciativas sin fecha, como dar cursos de electricidad a los jóvenes del barrio para bajar el riesgo de fallas en las precarias instalaciones de los conventillos.

La violencia del fuego apura el paso otra vez. El abogado de la tele sigue detrás de los anónimos quema coches. Los bomberos de La Boca, de los incendios que queman techos y vidas.

—¿En los últimos años aumentaron los incendios?

—No, cada vez son menos— me asombra un bombero voluntario con doce años de correr tras la sirena.

—¿Bajaron?

— Sí, porque cada vez quedan menos conventillos por quemarse. 

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