confesionario pequebú / el capo de la no ficción / aguante la cruz
A sangre tibia
Emmanuel Carrère muerde la banquina confesional con El Reino, voluminosa declaración de fe católica en tiempos turbulentos para la identidad tradicional europea. Una prehistoria autoficcionada del otro autor más exitoso de la Francia contemporánea que se mezcla sin solución de continuidad con una exégesis bíblica sobre apóstoles y viajes por el Mediterráneo. Espejo penitente de Michel Houellebecq, Carrère pifia feo mientras de fondo se colan los pasos cansados de la explosión migrante a través del Viejo Mundo.
Ilustraciones: Mariano Grassi
12 de Octubre de 2017
crisis #23

Emmanuel Carrère ha desarrollado su carrera literaria en una frontera sinuosa y siempre  productiva: aquella que separa a los géneros ficcionales con la autobiografía, o para decirlo de un modo más silvestre realidad y ficción. Podría decirse que en la “ficción pura” su carrera ha sido más bien mediocre; otra cosa es cuando la frontera de convierte en un territorio desde el cual narrar. El Adversario (2000), Una novela rusa (2007), De vidas ajenas (2009) y muy especialmente Limónov (2011) conforman una serie de narraciones atrapantes, concisas, contundentes. Un lenguaje despojado, cercano por voluntad propia. A pesar de las torpes traducciones peninsulares que Anagrama ofrece sin distinción a todo su público hispanohablante, las no ficciones de Carrère son productos que el mercado editorial rara vez logra ofrecer: historias accesibles a un público amplio, regalable en Navidad a familiares intelectualmente inquietos pero con giros metaliterarios soft que en alguna medida jerarquizan al lector sin el prejuicio de afectación que la literatura francesa suele sufrir. Carrère proviene en sus jóvenes inicios de la crítica cinematográfica, ha dirigido un par de films, incluso El Adversario fue llevado a la pantalla grande; además es responsable de la idea original para la serie francesa de televisión Les Revenants. Esa influencia es evidente en un primer rasgo procedimental: el narrador está presente en el plano de lo que se relata. Si en A sangre fría Truman Capote en su rol de escritor está invisibilizado, las no ficciones de Carrère serían variaciones argumentales a la estructura de la biopic Capote, en la que el difunto Phillip Seymour Hoffmann entrevista a los asesinos, habla por teléfono con su novio, viaja a la escena del crimen, forma parte del jet set neoyorquino y la cámara repone por su parte el relato escrito. Un pie adentro y un pie afuera.

Siempre hay entre Carrère y el objeto de su escritura una cercanía palpable, unos pocos grados de separación: se cartea con el asesino Jean Claude Romand en el El Adversario; su madre le pide que no escriba sobre su abuelo colaboracionista en Una novela rusa; la hija ahogada de una pareja con la que compartía vacaciones en Sri Lanka cuando el tsunami de 2004; la muerte por cáncer de la joven hermana de su esposa Heléne para De vidas ajenas; la lejana amistad en París de los ochenta con el fabuloso poeta y guerrillero Eduard Limonov. Un pie afuera: todas las novelas están surcadas por una investigación profunda del contexto familiar y en consecuencia social, que aporta ese extra de fresco de época tan aplaudible. Un pie adentro: la primera persona cohabita con la tercera para reponer detalles de su propia biografía contemporánea al personaje narrado y propone reflexiones formuladas como opiniones individuales, humildes, sinceras. Emmanuel Carrère, el escritor tibio que no da paso en falso. El ciudadano normal, bo-bo de pura cepa que se identifica con sus personajes porque ahí donde ellos salieron de la normalidad (amén del delirio amoroso en Una novela rusa), él recondujo hacia el éxito de ventas.

La no-novela

Dice Carrère: “El interés para mí suele estar en el equilibrio entre dos aspectos: que el personaje que elijo tenga algo que ver conmigo, tenga un eco en mí y, al mismo tiempo, debe ser algo que me sea completamente ajeno. Hay muchas cosas que no tengo en común con Limonov ni con Romand. No maté a mi familia, no mentí por 20 euros y no soy fascista como Limonov, pero es parte de mi tarea como escritor, y esto no es intelectual, explorar el vacío que hay entre la imagen que uno da a los demás y lo que uno piensa de sí mismo.”

Durante una entrevista reciente para la Revista Ñ definía así su tarea como escritor de no ficción, género en el que se ha instalado desde el año 2000 con El Adversario, y que le ha reportado cierta fama a nivel mundial. A fines de noviembre habrá pasado por Buenos Aires para una conferencia sobre su oficio como novelista de lo real, además de presentar su más reciente obra El Reino, intrincado cruce de (otra) autobiografía, (otro) backstage literario y una desconcertante investigación sobre la génesis del cristianismo que es suceso europeo en lo que va del año. Más de 500 páginas en las que el método Carrère se despliega en su más denodada versión. Se trata de un estrepitoso traspié: su primera no-novela en sentido literal. Por otro lado, para nosotros, espectadores del circo romano de la sociedad francesa por estos días, El Reino es un éxito de timing editorial, un gesto más del F5 católico que se inició con Francisco “el Papa buena onda”. Por último, flotará en el aire un paralelo extrañamente coincidente con Sumisión, de Michel Houellebecq, ambos editados en Francia con solo tres meses de diferencia.

“En pocas palabras: en el otoño de 1990 fui… ‘tocado por la gracia’; decir que hoy me fastidia formularlo de este modo es decir poco (…) Durante esos años comenté cada día algunos versículos del Evangelio de San Juan. Estos comentarios ocupan una veintena de cuadernos que nunca he vuelto a abrir. No tengo buenos recuerdos de aquella época, he hecho lo posible por olvidarla. Milagro del inconsciente: la olvidé tan bien que pude empezar a escribir sobre los orígenes del cristianismo sin establecer una conexión.”

Las primeras 118 páginas de El Reino retratan en este tono los años previos a que Emmanuel Carrère deviniera Emmanuel Carrère. Autorreferencial desde el inicio de su obra, reconoce el efecto que esa confesión produce y lo cuenta (otra vez) todo: un matrimonio infeliz sostenido por el fervor practicante, el bloqueo creativo, la vergüenza ante sus pares escritores, la guía espiritual y bastante siniestra de Jacqueline, su madrina. Ella le instala un mantra para sostener la fe que repercutirá en el seno de su estilo literario: “no trates de ser tan inteligente”. Así, al pasar, Carrère elige contar que el errático proceso para El Reino comienza con una tentativa de suicidio en 2005, de la que un psicoanalista lo sacó recomendándole hacerlo efectivo. “Siempre que no estoy trabajando en mi próximo libro –parece avisarnos– sepan que estoy en problemas”. En unas cajas viejas encontrará los citados cuadernos de comentarios al Evangelio de Juan y se sorprenderá de no reconocerse en ese yo trastornado: “Yo estaba descubriendo, en definitiva, una de las paradojas que componen la trama del cristianismo y demuestran que es una locura la sabiduría del mundo: saber que nos conviene desdeñar el interés propio y que es mejor para uno mismo no tenerse muy en cuenta.”

La primera parte del método ha sido aplicado ya en El Reino, esto es, la apertura autobiográfica, el destape narcisista. Aquí es donde todo se retuerce y la novela de no ficción deviene no-novela. ¿Qué es una no-novela en un contexto de no ficción? En su lectura de Una novela rusa, Damián Huergo hacía referencia a que Carrère “realiza con el lector un pacto de lectura radical. No importa lo verosímil, sino la verdad.” El francés ha atravesado sus escritos dando por sentado que esa metaliteratura de la verdad en la ficción (y viceversa) no genera dudas porque la mélange carreriana es una verdad que supera los meros géneros de la verdad –el periodismo, la ciencia, toda fría investigación. Relatar la verdad como ficción constituye el placer del texto.

Pero, ¿cómo aplicar el método a casi 400 páginas inexplicables de exégesis del Nuevo Testamento? Carrère falsifica sus propios certificados de autenticidad, modifica por Decreto de Necesidad y Urgencia el estatuto: “Me gusta su forma de escribir la historia, no ad probandum, como él dice, sino ad narrandum: no para demostrar algo, sino simplemente para contar lo que sucedió. Me gusta su buena fe testaruda, sus escrúpulos a la hora de distinguir lo cierto de lo probable, lo probable de lo posible, lo posible de lo dudoso”. Se refiere a Ernest Renan, autor de mediados del siglo XIX de Vida de Jesús, un primer intento de lectura histórica de los hechos bíblicos que no parece muy alejado de la literatura danbrowniana (El Código Da Vinci). Carrère se aferrará a la última oración citada para, sin filtro alguno, inventar. Inventa baches del relato bíblico, inferirá personajes, propondrá diálogos, siempre erigiendo una alerta a la entrada de la zona de ficcionalización. Se identificará con Lucas, el apóstol médico, profesional, judío pero griego (por tanto helenizado) y lo subirá y bajará de barcos detrás de Pablo, el andrajoso y místico. La cercanía palpable del método carreriano realiza una pirueta sobre el vacío inevitable de veinte siglos de historia occidental. Que caiga en el abismo o que se salve dependerá de la fe; podría afirmarse que este es el único acierto del escritor en todo el volumen: sentadas las condiciones, que el lector se haga cargo de su tolerancia a la verosimilitud, porque él seguirá adelante no matter what. El ingrediente “completamente ajeno” en la mélange ocupa mucho espacio en la fuente, viene muy mal condimentado. En el plato, es un poco de todo pero no tiene gusto a nada. Carrère traslada su no ficción a una novela sobre lo verosímil con un resultado funesto: lo ficcional empobrece lo posible, lo verdadero carece de placer. El Reino inaugura el género erróneo de las no-novelas.

 

 

Bruma en el horizonte

Michel Houellebecq y Sumisión, Emmanuel Carrère y El Reino. Este último fue editado primero, del otro siguen rebotando las lecturas erróneas o interesadas. ¿Por qué los dos escritores franceses de mayor reconocimiento internacional al día de hoy trabajan sobre lo religioso? Es evidente que Europa, como propone Houellebecq, se parece al Imperio Romano, crisol efervescente de colores y rostros. La jactancia francesa por la tolerancia ha tomado un giro inesperado este año, ISIS mediante. Apenas el revoleo mediático post Charlie Hebdo había comenzado, Carrère publicó en Le Monde una columna titubeante en la que defiende Sumisión y descarta el hipotético tono irónico respecto al Islam que la novela contiene. En principio, nadie esperaría tal encolumnamiento, pero Carrère aporta la clave: entiende que ese concepto de la sumisión que implica la conversión al Islam por parte del ciudadano francés se parece bastante a la inversión gnoseológica que exige el cristianismo en El Reino. El escritor tibio y el escritor decadente parecen hacer tímidos contactos –aunque desde acá no se pueda afirmar que Houellebecq los confirme– en la actualidad espiritual francesa, porque ambos ven al Islam, próximo a un aggiornamiento europeizante. La sangre fresca en el piso del teatro Le Bataclan enturbia la lectura beatífica de este Emmanuel Carrère imbuido del efecto Papa Francisco, así como lo hacen las críticas de Houellebecq a Hollande por el ampuloso bombardeo sobre suelo sirio. Un enigma emerge de las cruces rotas y las lunas menguantes en llamas; su resolución no se ofrece en los stands franceses de éxitos editoriales.

Emmanuel Carrère

El Reino

Anagrama

2015

516 páginas

 

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