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Repetir o promover: la ecuación más difícil
Sólo la mitad de quienes cursan el secundario logra completarlo en tiempo y forma. Del otro lado, un 46% de les adolescentes no alcanzan ese rendimiento por diferentes razones. La pregunta es: ¿repetir es una solución a la crisis educativa que vivimos, o todo lo contrario? El dilema apunta a las entrañas de las políticas educativas y muestra los puntos ciegos de un sistema que se pretende inclusivo.
Ilustraciones: Panchopepe
15 de Abril de 2022

“No encuentro ningún fundamento pedagógico para repetir un año de la secundaria y rehacer todo lo aprobado”. La frase podría ser un argumento defensivo de un adolescente que no aprobó tres materias y está obligado a recursar. Pero sorprende cuando quien la pronuncia es el Director de Educación Secundaria de la Provincia de Buenos Aires, Gustavo Galli.

El índice de repitencia junto a la deserción escolar quizá sean los principales indicadores de la necesidad de realizar transformaciones profundas en el Nivel Medio. Según los últimos datos disponibles de los Anuarios del Ministerio de Educación de la Nación (2018), solo el 54% de los ingresantes a la escuela secundaria logra egresar en el tiempo previsto. Si bien en 2007 el índice era aún más bajo –el 40 por ciento-, el dato sigue siendo muy preocupante: el 46% de los chicos y chicas repite o abandona la escuela en algún momento de su trayectoria. Y muchas veces, la segunda opción es consecuencia de la primera. El problema es de larga data: desde 2012, los niveles de repitencia se mantuvieron estables, en torno 10% anual. Es decir, algo más de 350.000 adolescentes por año, una cifra que equivale a cinco estadios de River colmadísimos o, en su defecto, siete de Boca.

A partir de estos datos, muchas veces suele hacerse una lectura simplista: es habitual leer o escuchar en los medios de comunicación que uno de cada dos estudiantes no termina el secundario. En verdad, de acuerdo a la Encuesta Permanente de Hogares del 2º trimestre de 2020, mientras que el 57% de los adolescentes de 18 y 19 años cuenta con título secundario, la cifra trepa al 71% cuando se contempla la franja de 20 a 24 años. Es decir, el 14% de los jóvenes termina el secundario más tarde de lo que prevén los programas de estudio; lo hacen rindiendo las materias que deben en los años sucesivos o cursando en otros formatos institucionales, como por ejemplo el plan FinEs, que cuentan con acompañamientos más personalizados y diseños curriculares y organizaciones temporales diferentes, quizá más acordes a las rutinas de sus vidas y pensados especialmente para garantizarles el derecho a la educación a aquellos que abandonaron las aulas. 

 

La política del don

“Siempre me llevé materias, hice primer año dos veces y cuando repetí cuarto, mis papás me mandaron a un colegio para adultos y terminé. Pero ahí el sistema era diferente, te tratan de otra manera”, les contaba María a Florencia Maderna Negrin y Mariela Hernández en “¿Sirve repetir el secundario?”.

Aún así, las cifras de egresados del secundario en los formatos pensados para jóvenes y adultos están lejos de lo esperado. Según una investigación del Observatorio Social y Educativo de la UNIPE, en esas ofertas educativas solo cursa un 5,5% de sus potenciales estudiantes.

“Las explicaciones de por qué los chicos repiten hay que buscarlas con respuestas complejas y multicausales”, afirma Galli y el investigador de la UNIPE, Marcelo Krichesky, las enumera en su artículo “¿Por qué repiten el secundario?”: “Las causas de la repitencia tradicionalmente cayeron en la sospecha sobre los estudiantes y sus capacidades cognitivas, emocionales y motoras, expresada en la típica frase  ´a este chico no le da ́, y siempre enroladas en ideologías de los dones o del mérito que jerarquizan a los estudiantes. Pero desde hace tiempo los investigadores se deshicieron de estos prejuicios y analizan la incidencia de múltiples factores asociados al fracaso escolar: el contexto social de origen, la asimétrica formación y rotación de los docentes, el tamaño del curso, la infraestructura edilicia, los diferentes recursos pedagógicos, los regímenes de evaluación, las culturas institucionales selectivas y las experiencias de ausentismo escolar prolongado, entre otros. Cada uno de estos elementos impacta ocasionando desiguales rendimientos escolares, siempre en perjuicio de los sectores sociales más pobres y vulnerables”.  Las estadísticas le dan la razón a Krichesky, mientras que el 94 % de los jóvenes de 20 a 29 años tiene título secundario en el quintil de mayores ingresos, solo el 50% cuenta con él en el quintil de menores ingresos.

Algunos docentes justifican –y promueven– la repitencia en la escuela secundaria. Argumentan que resulta necesaria para motivar a los chicos a que estudien. Funciona como una amenaza solapada, como una medida punitiva que supuestamente incentiva a fuerza del  temor. “Quizá eso podía funcionar en otro momento”, dice Mariano Tomeo profesor de las materias Construcción de la Ciudadanía, Prácticas del Pensamiento y Posmodernidad en el Colegio Ramos Mejía de la Provincia de Buenos Aires. “Hoy –completa– no sirve para nada, porque la mayoría de los repitentes deja la escuela. Cuando un pibe repite entran en juego muchas frustraciones que son irreversibles, los chicos no están acompañados, bajan su autoestima y empiezan a desprenderse de la institución. Los que recursan, a su vez, vuelven a enfrentarse con lo mismo que vieron el año anterior, de la misma manera. ¿Por qué si hacés exactamente lo mismo que el año pasado vas a obtener distintos resultados? Encima, el chico que repite pierde su marco social, algo importantísimo a esa edad”.

En esa línea, Juan, que cursó en el EEM Nº 14 de La Matanza, les dijo a Maderna Negrin y Hernández: “Repetí dos veces. Hubo un momento en el que yo tenía 16 años y mis compañeros 14. Eso me aburría mucho. Veía a mis amigos en los recreos, pero no era lo mismo.”  A su vez, Francisco, exalumno del EEM Nº12 de Avellaneda se terminó por creerse lo que le daban a entender sus profesores: “Nunca me gustó la escuela, repetí la primaria y llegué a primer año del secundario, volví a repetir. No sé, no me daba.”

Tanto Galli como Tomeo introducen al debate preguntas relacionada con la noción de justicia: ¿Por qué un estudiante que aprobó ocho materias y desaprobó tres tiene que cursar las once de nuevo? ¿No sirve acaso todo aquello que hizo bien? “A lo largo del año, siempre le digo a los alumnos que se preocupen por aprender, que la nota solo es una herramienta, que todo es charlable y negociable, que podamos conversar sobre las formas de evaluar. Pero cuando llega febrero, donde se define si los estudiantes se llevan o no la materia previa y corren riesgo de repetir,  trato de dar el máximo de oportunidades. Me agarra la culpa porque no siempre es justo que un chico repita. Si un estudiante no sabe en segundo año la diferencia entre Estado y Gobierno puede aprenderlo más adelante. No es justo que por eso tenga que alejarse de sus amigos, cambiar de escuela”.

El cambio de institución se convierte, en numerosas ocasiones, en un castigo adicional para el repetidor. No sólo tiene que hacer el año de nuevo y cambiar de compañeros, sino también mudarse de establecimiento. “Se generan escuelas de primera y de segunda –subraya Irene Scheiner, vicedirectora de la ENS Nº9 Domingo Faustino Sarmiento-. Cuando un chico tiene que repetir, las autoridades habitualmente le dicen que no hay vacantes para continuar en su escuela, y se tiene que pasar a otra que sí acepta recursantes. Se hace, de esta manera, una selección de matrícula y se crean instituciones con repetidores y sin ellos”.

 

¿para todes? 

La secundaria nació pensada para formar a las elites dirigentes de los primeros años del Estado. Tardó mucho tiempo en comenzar a masificarse, a través de mojones que se fueron plantando a lo largo de la historia educativa del país. El primero, quizá, fue la creación de escuelas técnicas durante el primer peronismo. Tuvo que esperarse hasta la definitiva restauración de la democracia, en 1984, para que se eliminaran los exámenes de ingreso (excepto en las escuelas preuniversitarias) y, recién en 2006, con la sanción de la Ley de Educación Nacional, cursar la secundaria se transformó en una obligación para todos los argentinos y, por ende, se transformó en una responsabilidad para el Estado que todos lo logren. Si en 1960 solo el 53 % de los adolescentes estaba matriculado en la secundaria, en 2010 esa cifra trepó al 89 %.

Con cada hito que ensanchaba las puertas del Nivel Medio, sectores más vulnerados podían ejercer su derecho a la educación, pero la secundaria no repensó necesariamente todos sus objetivos ni sus formas para recibirlos. Si bien tampoco es justo decir que no tuvo cambios, mantuvo muchos hábitos selectivos y expulsivos. Perdura en ella una matriz cultural meritocrática que da lugar –muchas veces aún dentro de la propia escuela- a la sentencia que abolir la repitencia sería sinónimo de facilismo. “Esa no es una transformación que se pueda traccionar con una resolución o con un acto administrativo que diga que a partir de ahora no se repite, hay que generar muchos debates en las escuelas, mucho intercambio, muchas conversaciones pedagógicas porque implica un cambio cultural y eso necesita tiempo y consensos”, dice Galli.

Tomeo señala que la resistencia a abolir la repitencia existe en las familias y hasta de los propios alumnos. Sin embargo, asegura que los más conservadores son los propios colegas: “Está implícito entre compañeros que si tu materia tiene muchos pibes que aprueban no estás haciendo bien tu trabajo, o que tu materia es facilista. Hay que tener mucha personalidad para ir contra eso. Se sospecha que no das suficiente cantidad de contenidos, que sos poco exigente. Si no mandás muchos a marzo o a diciembre no te van a decir nada, pero te sentís observado”.

Scheiner, la vicedirectora de la ENS Nº 9, coincide y señala que en la jerga del sistema escolar se habla de “profesores antiestudiantes” y “profesores proestudiantes”. “Desde que se sancionó la Ley de Educación Nacional, en 2006, que convirtió la secundaria en obligatoria, hay muchos docentes que la resisten. A algunos les molesta que todos tengan que terminar quinto año. Escuchás todo el el tiempo comentarios del tipo:´¿Porque los tengo que aprobarlos si a estos pibes no les da la cabeza? Si los apruebo, les miento´. Esos profesores creen que su obligación es dar clase, pero no que los pibes aprendan. Esto se ve sobre todo en aquellos que no hicieron la carrera docente, que llegan al aula desde su formación profesional pero no tienen herramientas para contener a los adolescentes. Todavía tenés docentes que de un curso de 30 aprueban solo a tres y no se preguntan nada sobre sus prácticas. Y muchos de ellos no quieren tomar primer y segundo año, que son los momentos de mayor repitencia y donde todavía están todos. Prefieren los años superiores, en los que ya se aplicó un filtro importante, porque los primeros años son los de mayor repitencia”.

La vicedirectora, no obstante, resalta que no es todo responsabilidad de los docentes. “También es verdad que los adolescentes juegan al límite y especulan todo el tiempo. A veces les sale mal. Si repiten con dos materias y se llevan cuatro, estudian para aprobar solo dos y dejan previas las otras dos. Pero a veces les sale mal la apuesta, los bochan en un examen, y terminan repitiendo. Son hijos del rigor. Por eso no me convence mucho la nueva normativa de la Ciudad.”

Desde este año, de acuerdo con la resolución Nº 970 del 17 de febrero dictada por el Ministerio de Educación porteño, en la Ciudad de Buenos Aires podrán pasar de año estudiantes que adeuden hasta cuatro materias (antes era solo con dos), siempre y cuando lo determine un cuerpo colegiado integrado por docentes, tutores y autoridades de la institución cuya principal función será “acompañar las trayectorias de los alumnos”. Los contenidos adeudados en las materias desaprobadas se deberán recuperar al año siguiente a través de distintos mecanismos que fije la institución. Podrá ser la tradicional mesa de examen, pero también cursadas a contraturno o virtuales, recuperación de contenidos en el próximo nivel de la materia adeudada (por ejemplo en matemática de tercer año recuperar los contenidos de segundo) o realizar proyectos o trabajos especiales. El estudiante que pase de año con estas modalidades deberá firmar, junto a su familia, un acta de responsabilidad que indica a qué se compromete el adolescente en el próximo ciclo lectivo para aprender los contenidos que no incorporó hasta ahora.

una ecuación sin resolver

“Llevo 29 años de docencia y no tengo una respuesta clara para terminar con la alta repitencia. Puedo decir que se soluciona con más recursos pedagógicos, más inversión para acompañar a los chicos, de manera que lleguen todos a quinto año. Ahora, con la excusa de la Escuela del Futuro, en la Ciudad quitaron todo el presupuesto teníamos para profesores que no tenían cursos y acompañaban a los chicos con dificultades. Las redireccionaron para, por ejemplo, horas de planificación en conjunto que no necesariamente funcionan. Yo necesito pagar clases de apoyo de Matemática para los 30 chicos de primero que se la llevaron, no para que se reúnan a pensar una clase conjunta el profesor de Matemática con el de Biología”, subraya Scheiner.

La Provincia de Buenos Aires también busca innovar para disminuir los índices de repitencia. En 2015, por ejemplo, comenzó aplicarse lo que en la jerga del sistema educativo se llama el “peinado de materias”. En la práctica, significa que si un estudiante repitió el año y cuando recursa desaprueba las materias que ya había aprobado en el ciclo lectivo anterior, se le toman en consideración de manera que no repita por desaprobar lo que había aprobado en primera instancia. En el mismo distrito, en 2018, casi 600 establecimientos se sumaron al programa que se llamó Escuelas Secundarias Promotoras donde, entre otras cosas, se impulsaba el trabajo colectivo de los docentes y un sistemas de tutores que acompañen de cerca a los estudiantes. Entre otras cuestiones, se estableció la evaluación colegiada, en la que todos los profesores, de manera conjunta, establecen si un estudiante debe o no pasar de año a través de una ponderación más integral, que incluye una larga lista de ítems, que excede lo meramente contenidista. Un trabajo de campo publicado en La educación en debate Nº 79 por Marcelo Krichesky, Rafael Gagliano, Silvio Giangreco y Julia Lucas, demostró las limitaciones de una idea que, a priori, podía ser interesante: “Cada uno de los profesores –explica un tutor que testimonió para la investigación– pone una nota en la planilla. Después yo hago el promedio, que es la nota que le queda a cada chico.” Otro completa: “En realidad la evaluación tendría que ser colegiada, o sea, todos nos tendríamos que reunir a evaluar a cada uno de los chicos, pero eso no se logra. Estoy de acuerdo con esta evaluación si se hace como corresponde. Como la estamos haciendo ahora, no”.

La idea, que podía ser buena en la teoría, chocó contra las culturas institucionales y las condiciones laborales: “La evaluación colegiada es muy válida –sostiene Galli- pero para llevarla adelante como política educativa prescriptiva y obligatoria, hay que generar un piso de condiciones que hoy el sistema educativo no tiene. Por ejemplo, para realizarla tendríamos que pensar en una planificación, no es solo discutir el final de la película. La evaluación colegiada es la foto del final, pero antes debería haber también una planificación compartida,  y a partir de ahí puedo repensar la lógica de esa evaluación.  Para hacer muchas de esas cosas necesitamos, por ejemplo, que los docentes de las escuelas tengan una posibilidad de trabajar articuladamente, espacios físicos y temporales para reunirse, debatir, pensar juntos. Hoy tenemos una escuela secundaria donde la relación laboral y el puesto de trabajo está signado por módulos, un profesor trabaja en varias escuelas. Así es muy difícil generar esos lugares de encuentro”.

Donde definitivamente la repitencia secundaria ya no existe es en Río Negro. En 2017, la provincia realizó una reforma integral del Nivel Medio, mediante la cual –entre otras cosas- cambió la currícula, la asistencia ahora es por materia, la organización es cuatrimestral, los docentes trabajan por cargo y no por módulos horarios y… se abolió la repitencia a pesar de las acusaciones de “facilismo” de la prensa,  de la sociedad en general y de algún gremio que aseguraba que no se garantizaban los aprendizajes. Luego de la transformación, ya no se habla de repitencia sino de “trayectorias continuas y completas” de los estudiantes. 

“Que no se repita no significa que se den por acreditados los contenidos sin aprobar. Todos los contenidos tienen que ser aprobados, solo que a  veces se difiere el tiempo para hacerlo. Si no pudo un estudiante aprobar un cuatrimestre, lo hace en el otro, sin la necesidad de volver todo a cero ni de separarse de su grupo. Cada vez, es más personalizado el seguimiento de los estudiantes y se trabaja con ellos para que aprenda los contenidos que adeuda”, subraya Mercedes Jara, ministra de Educación de Río Negro y agrega: “Después de la reforma, las evaluaciones son formativas, no selectivas. En la secundaria ahora trabajamos por áreas, por proyectos, por solución de problemas, con abordajes interdisciplinarios. Teníamos que buscar una solución por las altas tasas de repitencia y abandono. Con la secundaria anterior, en una escuela comenzaban cuatro divisiones de primer año y terminaba solo una. Los estudiantes de tres cursos se quedaban en el camino. La obligatoriedad del secundario que marca la ley nos hizo repensar la escuela. Cuando implementamos los cambios, daba la sensación que los índices empezaban a mejorar. Pero los dos años de pandemia distorsionaron todas las estadísticas. Ahora que retorna la normalidad, tenemos que ver cómo funciona”.

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